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Parece mentira
que hayan tenido que pasar tantos
años para que este momento
llegara. Convertidos en una
banda puntera europea desde
hace casi una década
y activos desde 1987, los suecos
Therion, o lo que es lo mismo
Christopher Johnsson y parte
de la pléyade de músicos
que le han acompañado
en su trayectoria, se presentaban
en Madrid. Muchos ya habían
tenido la oportunidad de verles
en Atarfe, la sala Jam de Bergara
o algún que otro festival
europeo (para mí, era
ya mi quinto concierto) pero
bastantes jamás disfrutaron,
hasta este día, del espectáculo
que suelen ofrecer, basado no
sólo en sus gloriosas
canciones sino en el efecto
que produce en la audiencia
ver a un cuarteto de vocalistas
con unos registros bastante
operísticos.
La comunidad
metálica de esta ciudad
es un poco peculiar y tenía
dudas de la respuesta aunque
se contaba con la ventaja de
ser un viernes lo que hizo que
público de fuera llegara
a la capital para presenciar
esta velada. Existía
un factor añadido importante:
Nada menos que los teutones
Grave Digger eran los invitados
especiales lo que implicaba
que otro montón de gente
estuviera allí exclusivamente
por ellos (bueno, y algunos
también por Sabaton).
Grave Digger y Therion son como
el agua y el aceite; sencillez
contra estructuras complejas;
heavy metal directo frente a
pomposidad y magnificencia;
Chris Boltendahl (un tipo vocalmente
limitado pero increíblemente
efectivo) y cuatro voces prodigiosas...
Todo este contraste supuso una
situación paradójica,
fans que ni se preocupaban por
las dos bandas teloneras y otros
que pasaban del cabeza de cartel.
Al final, la combinación
fue un acierto, al menos para
éste que escribe.
Nunca había
vivido un concierto en Joy Eslava.
Templo de la pijería
decadente y de los famosos del
“Tomate” (supongo
que los señoritos burgueses
y de la nobleza tirarán
hacia otros sitios igual de
pueriles tipo Gabana), ha diversificado
desde hace unos meses su propuesta,
programando conciertos en sesión
de tarde. Al ser un antiguo
teatro, cuenta con dos pisos
pequeños de dimensiones
y una pista que tampoco es la
panacea. Dicen que caben mil
doscientas personas. Me resulta
difícil de creer pero
si esto es cierto, más
de un millar estaríamos
en el momento de máximo
apogeo popular. Eso sí,
cuan sardinas en lata andábamos
por las primeras filas ya que
la ausencia de foso hizo que
tomáramos posiciones
muy pronto para que el reportaje
gráfico no pareciera
hecho desde Aranjuez. El sonido
del show, por lo general, no
fue muy bueno. Gente que estaba
en la parte trasera se quejó
de lo bajas que estaban las
guitarras de Therion y Grave
Digger. En el primer caso puedo
dar fe de ello, y eso que nos
ubicamos en tercera fila. A
Christopher Johsson no se le
distinguía y a Kristian
Niemann poco más excepto
en los solos que sí eran
nítidos.
Con todas estas
premisas y condicionantes previos,
nos adentramos en Joy a las
19:10, justo en el momento en
que se abrían las puertas,
diez minutos más tarde
de lo previsto. Como suele suceder
en estos casos, apertura y comienzo
de descargas quedan casi solapados
y apenas trescientas personas
habían entrado a la discoteca
cuando la intro de Sabaton acompañó
la salida del sexteto que volvía
a Madrid menos de un año
después de abrir fuego
para Edguy y Dragonforce. Me
sorprendió que hubiera
bastantes seguidores que coreaban
sus canciones con júbilo.
Ya dijimos
entonces que este grupo, aun
asociándose al power
metal actual, ofrece distintas
soluciones que hacen que su
música sea más
entretenida que la de muchos
contemporáneos. “Panzer
batallion”, la primera
que tocaron, es un corte realmente
poderoso y directo, sin duda,
mi favorita de entre las interpretadas.
El repertorio se centro en sus
discos “normales”
(ya que tienen otro, “Fist
for fight”, que es la
unión de dos demos y
que ahora se reedita con el
título de “Metalizer”
en versión doble, vamos
un batiburrillo), “Primo
victoria” y “Attero
dominatus”. Joakim Broden,
sin ser un prodigio de voz,
sí que cumple su papel
y gana puntos por ser un frontman
que gusta de interactuar con
el público pero sin abusar
ni aburrir. Asimismo, los coros
resultaron notables. Como se
distinguían bien le dieron
ese plus que necesita toda actuación
para que el sonido sea correcto.
“In the name of god”
siguió en una línea
más o menos de metal
tradicional con toques power,
algo que se torció con
“Attero dominatus”,
celebrada por sus fans pero
que, sinceramente, me pareció
excesivamente deudora del “Wishmaster”
de Nightwish.
Treinta y cinco
minutos no es demasiado tiempo
pero supieron aprovecharlo para
enganchar y ser reconocidos.
Y es que según avanzaba
su descarga e iban cayendo cosas
como “Into the fire”
o la preferida del respetable,
“Primo victoria”,
la temperatura subía
y todos los presentes se animaban
a participar con palmas o gritos.
“Metal crüe”,
su tema más hardroquero,
puso el punto final a un gran
concierto algo que fue premiado
con cánticos de “Sabaton,
Sabaton...” para deleite
de los escandinavos que agradecían
sonrientes. Personalmente, no
me apasionan pero al césar
lo que es del césar,
y hoy me descubro ante estos
tíos, de los teloneros
con más ganas y seguimiento
que he visto en los últimos
años.
Afortunadamente,
Grave Digger, que son buena
gente, les cedieron a Sabaton
la batería y no hubo
que cambiarla ya que el escenario
de Joy Eslava es pequeño
y poco operativo para estas
cosas. Por lo tanto, había
que esperar únicamente
a la necesaria ecualización
de los técnicos y a la
colocación de un telón
con la excelente portada de
su reciente “Liberty or
death” flanqueada por
otros dos telones laterales
más pequeños,
también alegóricos
al mencionado álbum.
Para mí
es una lástima que nuestros
entrañables “cavatumbas”
abran para Therion, no por el
hecho en sí (aunque la
elección es difícil
quizá me quedaría
con los suecos), sino por no
poder disfrutar de una gira
suya en solitario pero hay que
ser realistas. En todas las
giras que han hecho Grave Digger
por nuestro país como
cabezas de cartel, las entradas
han sido pobres (las de apoyo
de “Rheingold” y
“The Grave Digger”
son ejemplo). Incluso, el tour
de “The last supper”
no pasó por nuestras
fronteras, es decir, que considero
que nos tenemos que dar con
un canto en los dientes y esperemos
que gracias a esta noche (y
a su fichaje por la española
Locomotive) se reactive el interés
para que vuelvan, en breve,
con un repertorio completo.
No obstante, hay que aplaudir
que se anunciaron setenta y
cinco minutos (lo dudaba, sinceramente),
y eso fue lo que tuvimos.
Aunque sea
una tontería hubo una
gran novedad que nunca había
sucedido en una concierto de
Grave Digger al que yo asistiese.
La cuento en el desarrollo de
la actuación porque ocurrió
muy pronto. Con muchísima
expectación (a pesar
de que siempre digo que sus
seguidores madrileños
son muy parados) suena la intro
de “Liberty or death”
y sale el H.P. Katzenburg enfundado
en su capa negra que le oculta
la cara. Con su teclado acompaña
la intro y ya con el resto del
grupo en escena, salvo Chris,
encaran la canción que
da título a su nueva
obra, un notable medio tiempo,
muy en la línea de lo
que suelen hacer en casi todos
sus trabajos. La guitarra de
Manni estuvo casi toda la velada
un poco baja pero podemos calificar
el sonido de aceptable o correcto,
vamos que no impedía
disfrutar. Boltendahl saltó
con la sonrisa en los labios
y ese carisma tan “de
pub alemán” que
te hace cogerle cariño
y perdonarle sus errores en
algún que otro registró.
La primera
ovación al culminar el
tema me impide darme cuenta
hasta después de unos
segundos de un hecho insólito.
¡Katzenburg se ha quitado
la capa!. Por fin, se le ve
la cara aunque yo ya había
entrado en la página
web de este polifacético
artista en la que parece cualquier
menos un metalero, je, je. Sin
embargo, aquí se presentaba
con un pelo más “moderno”,
chupa de cuero y atuendo roquero.
Sé que es una tontería
pero para mí no pasó
desapercibido.
Imagino que
confeccionar el set list les
habrá costado más
de un quebradero de cabeza.
Son doce álbumes de estudio
y muchísimo material.
A esto se une que en el doble
directo y DVD “25 to live”
recuperaron gran cantidad de
“olvidadas”. Sin
embargo, salvo una excepción,
optaron por ir a lo fácil.
No les critico por ello porque
hacía tres años
que no pisaban Madrid pero para
los que ya les hemos visto otras
veces, hubiera sido un detalle
deleitarnos con cosas como “The
grave dancer” (que no
toquen nada de “Heart
of darkness” me resulta
incompresible), la demandada
“William Wallace”,
“The reaper”, “King
pest”, “Baphomet”,
“Grave in the no man´s
land”... ya sé
que nunca llueve a gusto de
todos o sea que, reitero, que
por mí perfecto lo que
descargaran ya que si bien nunca
les vi un concierto memorable,
tampoco fallan estrepitosamente.
“In the
dark of the sun” del gran
“Tunes of war” es
una de esas habituales que son
coreadas por los seguidores,
por no hablar de la siguiente,
“Excalibur”, favorita
absoluta entre los más
jóvenes aunque reconozco
que, desde su publicación,
he tenido con este disco el
problema de que vino detrás
de “Knights of the cross”
y, para mí, la comparación
es... odiosa. Con todo, creo
que menos “Rheingold”,
que no termina de entrarme,
los discos de la segunda etapa
de Grave Digger (la que comenzó
con “The reaper”)
me parecen, cuanto menos, notables.
Del álbum que narra las
hazañas nibelungas en
torno al Rin solo ejecutaron
“Valhalla”, precisamente
una de las mejores.
Grave Digger
no es una banda que se mueve
mucho en escena dejando ese
peso en Chris pero son una máquina
bien engrasada con una sección
rítmica que parece un
reloj y un Manni que derrocha
metal por cada poro de su piel,
algo que también pasa
con Chris aunque a éste
le tengo que reprochar una cosa
y es que nunca da la talla en
la genial “Lionheart”
a la que le falta el punto de
brillantez que consigue en estudio.
Otra de las que sabes que estarán
es “The round table (forever)”,
en mi opinión corte sobrevalorado
pero que entre los fans levanta
pasiones. Por cierto, que como
dije la gente cantaba y aplaudía
pero no “se volvían
locos” a pesar de que
los rostros eran de satisfacción
completa.
Antes hablábamos
de la única sorpresa
del repertorio. Vino de la mano
de “The raven”,
una buena canción de
“The grave digger”
que no es de las típicas.
Yo hubiera elegido otras pero
la doy por bien empleada. Por
fin, Boltendahl nos habló
del nuevo disco para presentar
“Highland glory”
que, a pesar de su intro con
gaitas, se queda en un buen
tema, sin más. Otra elevación
de temperatura vino con “Morgane
LaFey”, dedicada al sector
femenino, y volviendo a demostrar
que “Excalibur”
caló hondo. La tercera
y última canción
de “Liberty or death”
que interpretaron fue “Silent
revolution”, una composición
distinta y con un estribillo
que me recuerda a Skyclad aunque
su estructura difiera. De mis
favoritas de su reciente entrega.
La actuación
estaba entrando en su recta
final y lo hizo a lo grande
de la mano de la sobresaliente
“Knights of the cross”
y del himno de sus seguidores,
“Rebellion (the clans
are marching)”, a mi entender
una de las mejores canciones
de los noventa y un corte inigualable
en cuanto a adicción
que crea. Después de
algo más de una hora
se despidieron por unos instantes
ya que el tiempo apremiaba.
Por fin, en los bises, tocaron
“The last supper”,
muy bien recibida, y se despidieron
con la composición que
les acompaña desde hace
cuarto de siglo, “Heavy
metal breakdown”. Con
ella, dieron carpetazo a un
concierto notable aunque con
altibajos. Empezó y terminó
muy bien pero en su fase central
pasó por momentos en
los que el tedio parecía
intentar abrirse camino cosa
que, afortunadamente, no sucedió.
Con un local
hasta los topes llegaba lo que
gran parte de los que habían
acudido al show en esta gélida
noche estaba esperando. Algo
más de media hora duró
el cambio (aquí sí
que hubo que reponer batería).
El decorado, únicamente
un telón en forma de
iglesia con cementerio con el
nombre de la banda y, en pequeño,
dos cifras: 1987 y 2007. Se
referían a los años
en activo que lleva esta formación
aunque nada tiene que ver con
el imberbe Christopher Johnsson
autor del EP “Time shall
tell” o el debut “...
Of darkness”, joyas del
death metal de Estocolmo en
su vertiente más furibunda.
Por desgracia, la minúscula
dimensión de las tablas
nos privó de las rejas
y candelabros que adornan su
puesta en escena.
Venían
con nuevo disco debajo de brazo:
“Gothic Kabbalah”.
Permitidme unas breves líneas
acerca del mismo desde la más
profunda admiración que
tengo por Therion. “Gothic
Kabbalah” es un álbum
diferente, distinto en el contexto
del grupo. No por ello me parece
mediocre, ni mucho menos, es
un trabajo excelente como no
podía ser menos en estos
dioses. No obstante, he de decir
que si bien Therion es una formación
que siempre ha estado en constante
evolución (ya no hablo
de la primera época,
que también, sino de
“Theli” en adelante),
considero que con esta “cábala
gótica” se les
ha ido un poco la mano en un
aspecto. Si hay algo que ha
marcado la idiosincrasia de
Therion en la última
década es el conjunto
voces soprano, tenor, en una
palabra, operísticas.
Además, les han servido
para crear desde discos sinfónicos
como “Vovin” hasta
obras más oscuras y personales,
tipo “Secret of the runes”.
En “Gothic kabbalah”
abundan las voces solistas,
muy por encima de los coros
operísticos. Esto, ¿es
bueno o malo?. No lo sé,
tampoco he digerido el álbum
lo suficiente pero reconozco
que me chocó demasiado
al principio.
Una vez hecha
esta introducción, y
con la gente ya sobreexcitada
de inicio, los acordes de “Der
mitternachtslöwe”
nos adentraron en una actuación
mágica. Con la batería
de fondo, se encontraban en
primera línea Johnsson
y los hermanos Niemann, Kristian
y Johan; flanqueándoles
y unos pasos más atrás,
teníamos, por una parte,
a Mats Leven y Lori Lewis (cantante
de Aesma Daeva y fichada para
la gira) y, por otra, al inefable
Tom G Warr... perdón
Snowy Show (son clavados) vestido
de verdugo medieval y a la gesticulante
Katarina Lilja. Los cuatro vocalistas,
separados en dúos, formaban
un contraste entre el lado bueno
(Mats y Lori) y el oscuro (Snowy
y Katarina). Un aspecto interesante
es que, si bien antes los coristas
permanecían estáticos
en su posición, ahora
los cantantes tienen un mayor
dinamismo y cuando tienen apariciones
solistas o duetos pasan a ocupan
el centro de la escena. A veces
parece que tendrían que
poner un semáforo pero
yo creo que le da vidilla al
asunto.
Al principio
mencioné que el sonido
podría haber sido mejor,
sobre todo las guitarras, pero
como las voces se escuchaban
bastante bien, se puede afirmar
que no perjudicó en exceso
al disfrute del show aunque,
por ejemplo, algunos de los
pregrabados que llevaban (ya
se sabe que en Therion son un
montón) no lograron abrirse
camino. “Schwarzalbenheim”
fue la siguiente en ser ejecutada
con Snowy y su libro como protagonistas
máximos. Teniendo en
cuenta que en 2007 Therion sólo
tocan de “Theli”
en adelante alguien podría
decir que configurar el repertorio
no sería muy difícil
pero es que estos tíos
han sacado en una década
siete discos de estudio más
un par de Ep´s que bien
podrían ser considerados
álbumes como tales. Por
ello, aquí toca decir
lo mismo que con Grave Digger,
nunca llueve a gusto de todos
pero reconozcamos que Therion
arriesgan un poco más.
Con “The
blood of Kingu”, Leven
tuvo uno de sus pocos momentos
de gloria. A este fenomenal
cantante, la presencia de Shaw
le ha relegado a un segundo
plano pero Mats pasa con nota
el examen vocal, sobre todo
en cortes heavies como éste.
Con “The falling stone”
los chicos dejaron paso a un
colosal dueto femenino en el
que, para mí, Lori se
comió a Katarina. La
americana destacó mucho
más que la europea, si
bien éste teatralizaba
sus movimientos con mayor gracia
y arte. Cuando me refería
a que Therion arriesgan es que
son capaces de sacarse de la
manga un “An arrow from
the sun” del “Lemuria”,
inédita en la gira pasada
pero que puso un punto de calma
y relajación. Esta atmósfera
más intimista siguió
con la genial “Deggial”,
otro gran acierto el recuperarla
dejando en el banquillo a otras
del mismo disco más manidas
como “Seven secrets of
the sphinx” o “Flesh
of the gods”.
La marcha retornó
con “The wine of Alluqah”
que al pertenecer a “Vovin”
implicó que se necesitaran
coros de fondo para acompañar
porque si bien los cantantes
actuales son excelentes, ni
Mats ni Snowy pueden ocupar
todo el apartado vocal que aparecía
en “Vovin”. La decepción
llegó cuando, respecto
a días previos, se saltaron
“Perennial Sophia”,
una de las composiciones sobresalientes
de “Gothic Kabbalah”.
Me temo que fue porque salieron
diez minutos tarde sobre el
horario previsto y debieron
sacrificar una canción.
Lástima. “Son of
the sun” se ha convertido
en una de las favoritas de la
gente, con un estribillo que
anima a corear la canción.
De las que mejor les quedó
con una Lori impresionante.
La senda más heavy salió
de nuevo en “Son of the
staves of time”, el segundo
de los instantes en que Leven
ganó su particular batalla,
espectacular estuvo.
Me encantó
cómo Therion lograron
crear multitud de pasajes a
lo largo de la noche. Del intimismo
a la grandilocuencia; de la
caña al sinfonismo; etc.,
con un par de canciones en cada
bloque. “Birth of Venus
illegitima” es una de
esas composiciones que, sin
ser de las más loadas,
ocupa un hueco especial en el
subconsciente de mucho seguidores.
En esa misma línea podría
estar en un futuro “Tuna
1613” para los seguidores
de nuevo cuño de este
grupo. Como todo escribano echa
un borrón, el de Therion
fue el sólo de batería
de Petter Karlsson que, para
colmo, estuvo acompañado
en los timbales por Snowy Shaw
(atrapado por su pasado, je,
je) y Mats Leven reafirmándonos,
una vez más, en el enorme
daño que le hizo al metal
el “Roots” de Sepultura.
Claro que
eso se olvidó con la
mayor alegría que me
llevé ya que, con todo
el grupo de regreso, interpretaron
la increíble “Muspelheim”.
De acuerdo, son sólo
dos minutos y el violín
grabado había que intuirlo
pero no me la esperaba. El final
del concierto “normal”
estaba reservado para dos de
los temas más afamados.
Por supuesto, “Rise of
Sodom and Gomorrah” en
la que, por fin, Christopher
Johnsson se dirigió a
la concurrencia para que colaboráramos
en los coros, algo que no hacía
falta ni comentar, y “Ginnungagap”
que, por derecho propio, se
ha convertido en imprescindible.
A todo esto, de “Theli”
ni rastro y resulta que aparece
aquí, casi en el adiós,
en forma de “Grand finale”,
la instrumental que lo cerraba,
con los cuatro vocalistas portando
los estandartes negros que estaban
en el escenario. Curioso cuanto
menos esta primera despedida.
Con la gente
ávida de más Therion,
apareció Mats Leven con
una guitarra (ya había
hecho algo similar en un par
de temas) y otra de las que
no esperaba llegó y,
para mí, terminó
siendo otro de los flashes inolvidables
que nos dejó la noche.
La emotiva “Lemuria”
fue un bis insospechado y raro
por ser un corte pausado pero
en el que se salieron todos,
músicos y cantantes.
Más sorpresas. Era evidente
que tenían que recurrir
al “Theli” pero
no era previsible que fuera
en forma de “Nightside
of Eden”. Plausible pero
marrado intento porque aquí
pienso que Snowy naufragó
(incluso, cambió de tonalidad
a mitad del tema porque no se
le veía cómodo).
Para esto, siempre podían
haber recurrido a “Cults
of the shadow”, esperada
por una gran mayoría.
Cómo no, “To Mega
Therion” nos dejó
exhaustos si es que a alguno
le sobraban fuerzas durante
la interpretación de,
probablemente, mi canción
preferida de los noventa (increíble
que sonaran en un espacio de
dos horas “Rebellion”
y ésta). Los oés
futboleros, vítores,
aplausos, todo se entremezclaba
porque el concierto había
sido excelente...
“No se
vayan todavía aún
más” decían
los Looney Tunes, algo que se
puede aplicar a Therion porque
gustan de cerrar sus descargas
con una versión. Unas
veces ha sido “Iron fist”,
otras “Balls to the walls”,
hasta “747 (Strangers
in the night)” de Saxon,
pasando por todas las que vienen
en el DVD. Para esta gira la
escogida es “Thor (The
powerhead)” el clásico
de Manowar (que ellos no tocan
desde hace años, por
cierto) con un Snowy Shaw metido
en el papel con Mjöllnir
(el martillo de Thor) y todo.
Para desternille generalizado
se quitó las zapatillas
(o botas, no me fijé)
y mostró orgulloso su
tatuaje a la altura casi del
tobillo. Así, en una
especie de comunión metálica
concluyeron más de cien
minutos que para cualquiera
que no hubiera visto nunca a
Therion resultaron apoteósicos.
Yo que era la quinta vez y que,
por circunstancias que no vienen
al caso, no tenía mi
mejor día, disfruté
un montón, sobre todo
con ellos, pero también
con Grave Digger y, en menor
medida, Sabaton. Un concierto
para el recuerdo, de los mejores
del año... ¿ah,
qué era enero? En diciembre
diré lo mismo.
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Therion

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Therion





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