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THERION + GRAVE DIGGER + SABATON

Sala Joy Eslava (Madrid) 26/01/2007

Parece mentira que hayan tenido que pasar tantos años para que este momento llegara. Convertidos en una banda puntera europea desde hace casi una década y activos desde 1987, los suecos Therion, o lo que es lo mismo Christopher Johnsson y parte de la pléyade de músicos que le han acompañado en su trayectoria, se presentaban en Madrid. Muchos ya habían tenido la oportunidad de verles en Atarfe, la sala Jam de Bergara o algún que otro festival europeo (para mí, era ya mi quinto concierto) pero bastantes jamás disfrutaron, hasta este día, del espectáculo que suelen ofrecer, basado no sólo en sus gloriosas canciones sino en el efecto que produce en la audiencia ver a un cuarteto de vocalistas con unos registros bastante operísticos.

La comunidad metálica de esta ciudad es un poco peculiar y tenía dudas de la respuesta aunque se contaba con la ventaja de ser un viernes lo que hizo que público de fuera llegara a la capital para presenciar esta velada. Existía un factor añadido importante: Nada menos que los teutones Grave Digger eran los invitados especiales lo que implicaba que otro montón de gente estuviera allí exclusivamente por ellos (bueno, y algunos también por Sabaton). Grave Digger y Therion son como el agua y el aceite; sencillez contra estructuras complejas; heavy metal directo frente a pomposidad y magnificencia; Chris Boltendahl (un tipo vocalmente limitado pero increíblemente efectivo) y cuatro voces prodigiosas... Todo este contraste supuso una situación paradójica, fans que ni se preocupaban por las dos bandas teloneras y otros que pasaban del cabeza de cartel. Al final, la combinación fue un acierto, al menos para éste que escribe.

Nunca había vivido un concierto en Joy Eslava. Templo de la pijería decadente y de los famosos del “Tomate” (supongo que los señoritos burgueses y de la nobleza tirarán hacia otros sitios igual de pueriles tipo Gabana), ha diversificado desde hace unos meses su propuesta, programando conciertos en sesión de tarde. Al ser un antiguo teatro, cuenta con dos pisos pequeños de dimensiones y una pista que tampoco es la panacea. Dicen que caben mil doscientas personas. Me resulta difícil de creer pero si esto es cierto, más de un millar estaríamos en el momento de máximo apogeo popular. Eso sí, cuan sardinas en lata andábamos por las primeras filas ya que la ausencia de foso hizo que tomáramos posiciones muy pronto para que el reportaje gráfico no pareciera hecho desde Aranjuez. El sonido del show, por lo general, no fue muy bueno. Gente que estaba en la parte trasera se quejó de lo bajas que estaban las guitarras de Therion y Grave Digger. En el primer caso puedo dar fe de ello, y eso que nos ubicamos en tercera fila. A Christopher Johsson no se le distinguía y a Kristian Niemann poco más excepto en los solos que sí eran nítidos.

Con todas estas premisas y condicionantes previos, nos adentramos en Joy a las 19:10, justo en el momento en que se abrían las puertas, diez minutos más tarde de lo previsto. Como suele suceder en estos casos, apertura y comienzo de descargas quedan casi solapados y apenas trescientas personas habían entrado a la discoteca cuando la intro de Sabaton acompañó la salida del sexteto que volvía a Madrid menos de un año después de abrir fuego para Edguy y Dragonforce. Me sorprendió que hubiera bastantes seguidores que coreaban sus canciones con júbilo.

Ya dijimos entonces que este grupo, aun asociándose al power metal actual, ofrece distintas soluciones que hacen que su música sea más entretenida que la de muchos contemporáneos. “Panzer batallion”, la primera que tocaron, es un corte realmente poderoso y directo, sin duda, mi favorita de entre las interpretadas. El repertorio se centro en sus discos “normales” (ya que tienen otro, “Fist for fight”, que es la unión de dos demos y que ahora se reedita con el título de “Metalizer” en versión doble, vamos un batiburrillo), “Primo victoria” y “Attero dominatus”. Joakim Broden, sin ser un prodigio de voz, sí que cumple su papel y gana puntos por ser un frontman que gusta de interactuar con el público pero sin abusar ni aburrir. Asimismo, los coros resultaron notables. Como se distinguían bien le dieron ese plus que necesita toda actuación para que el sonido sea correcto. “In the name of god” siguió en una línea más o menos de metal tradicional con toques power, algo que se torció con “Attero dominatus”, celebrada por sus fans pero que, sinceramente, me pareció excesivamente deudora del “Wishmaster” de Nightwish.

Treinta y cinco minutos no es demasiado tiempo pero supieron aprovecharlo para enganchar y ser reconocidos. Y es que según avanzaba su descarga e iban cayendo cosas como “Into the fire” o la preferida del respetable, “Primo victoria”, la temperatura subía y todos los presentes se animaban a participar con palmas o gritos. “Metal crüe”, su tema más hardroquero, puso el punto final a un gran concierto algo que fue premiado con cánticos de “Sabaton, Sabaton...” para deleite de los escandinavos que agradecían sonrientes. Personalmente, no me apasionan pero al césar lo que es del césar, y hoy me descubro ante estos tíos, de los teloneros con más ganas y seguimiento que he visto en los últimos años.

Afortunadamente, Grave Digger, que son buena gente, les cedieron a Sabaton la batería y no hubo que cambiarla ya que el escenario de Joy Eslava es pequeño y poco operativo para estas cosas. Por lo tanto, había que esperar únicamente a la necesaria ecualización de los técnicos y a la colocación de un telón con la excelente portada de su reciente “Liberty or death” flanqueada por otros dos telones laterales más pequeños, también alegóricos al mencionado álbum.

Para mí es una lástima que nuestros entrañables “cavatumbas” abran para Therion, no por el hecho en sí (aunque la elección es difícil quizá me quedaría con los suecos), sino por no poder disfrutar de una gira suya en solitario pero hay que ser realistas. En todas las giras que han hecho Grave Digger por nuestro país como cabezas de cartel, las entradas han sido pobres (las de apoyo de “Rheingold” y “The Grave Digger” son ejemplo). Incluso, el tour de “The last supper” no pasó por nuestras fronteras, es decir, que considero que nos tenemos que dar con un canto en los dientes y esperemos que gracias a esta noche (y a su fichaje por la española Locomotive) se reactive el interés para que vuelvan, en breve, con un repertorio completo. No obstante, hay que aplaudir que se anunciaron setenta y cinco minutos (lo dudaba, sinceramente), y eso fue lo que tuvimos.

Aunque sea una tontería hubo una gran novedad que nunca había sucedido en una concierto de Grave Digger al que yo asistiese. La cuento en el desarrollo de la actuación porque ocurrió muy pronto. Con muchísima expectación (a pesar de que siempre digo que sus seguidores madrileños son muy parados) suena la intro de “Liberty or death” y sale el H.P. Katzenburg enfundado en su capa negra que le oculta la cara. Con su teclado acompaña la intro y ya con el resto del grupo en escena, salvo Chris, encaran la canción que da título a su nueva obra, un notable medio tiempo, muy en la línea de lo que suelen hacer en casi todos sus trabajos. La guitarra de Manni estuvo casi toda la velada un poco baja pero podemos calificar el sonido de aceptable o correcto, vamos que no impedía disfrutar. Boltendahl saltó con la sonrisa en los labios y ese carisma tan “de pub alemán” que te hace cogerle cariño y perdonarle sus errores en algún que otro registró.

La primera ovación al culminar el tema me impide darme cuenta hasta después de unos segundos de un hecho insólito. ¡Katzenburg se ha quitado la capa!. Por fin, se le ve la cara aunque yo ya había entrado en la página web de este polifacético artista en la que parece cualquier menos un metalero, je, je. Sin embargo, aquí se presentaba con un pelo más “moderno”, chupa de cuero y atuendo roquero. Sé que es una tontería pero para mí no pasó desapercibido.

Imagino que confeccionar el set list les habrá costado más de un quebradero de cabeza. Son doce álbumes de estudio y muchísimo material. A esto se une que en el doble directo y DVD “25 to live” recuperaron gran cantidad de “olvidadas”. Sin embargo, salvo una excepción, optaron por ir a lo fácil. No les critico por ello porque hacía tres años que no pisaban Madrid pero para los que ya les hemos visto otras veces, hubiera sido un detalle deleitarnos con cosas como “The grave dancer” (que no toquen nada de “Heart of darkness” me resulta incompresible), la demandada “William Wallace”, “The reaper”, “King pest”, “Baphomet”, “Grave in the no man´s land”... ya sé que nunca llueve a gusto de todos o sea que, reitero, que por mí perfecto lo que descargaran ya que si bien nunca les vi un concierto memorable, tampoco fallan estrepitosamente.

“In the dark of the sun” del gran “Tunes of war” es una de esas habituales que son coreadas por los seguidores, por no hablar de la siguiente, “Excalibur”, favorita absoluta entre los más jóvenes aunque reconozco que, desde su publicación, he tenido con este disco el problema de que vino detrás de “Knights of the cross” y, para mí, la comparación es... odiosa. Con todo, creo que menos “Rheingold”, que no termina de entrarme, los discos de la segunda etapa de Grave Digger (la que comenzó con “The reaper”) me parecen, cuanto menos, notables. Del álbum que narra las hazañas nibelungas en torno al Rin solo ejecutaron “Valhalla”, precisamente una de las mejores.

Grave Digger no es una banda que se mueve mucho en escena dejando ese peso en Chris pero son una máquina bien engrasada con una sección rítmica que parece un reloj y un Manni que derrocha metal por cada poro de su piel, algo que también pasa con Chris aunque a éste le tengo que reprochar una cosa y es que nunca da la talla en la genial “Lionheart” a la que le falta el punto de brillantez que consigue en estudio. Otra de las que sabes que estarán es “The round table (forever)”, en mi opinión corte sobrevalorado pero que entre los fans levanta pasiones. Por cierto, que como dije la gente cantaba y aplaudía pero no “se volvían locos” a pesar de que los rostros eran de satisfacción completa.

Antes hablábamos de la única sorpresa del repertorio. Vino de la mano de “The raven”, una buena canción de “The grave digger” que no es de las típicas. Yo hubiera elegido otras pero la doy por bien empleada. Por fin, Boltendahl nos habló del nuevo disco para presentar “Highland glory” que, a pesar de su intro con gaitas, se queda en un buen tema, sin más. Otra elevación de temperatura vino con “Morgane LaFey”, dedicada al sector femenino, y volviendo a demostrar que “Excalibur” caló hondo. La tercera y última canción de “Liberty or death” que interpretaron fue “Silent revolution”, una composición distinta y con un estribillo que me recuerda a Skyclad aunque su estructura difiera. De mis favoritas de su reciente entrega.

La actuación estaba entrando en su recta final y lo hizo a lo grande de la mano de la sobresaliente “Knights of the cross” y del himno de sus seguidores, “Rebellion (the clans are marching)”, a mi entender una de las mejores canciones de los noventa y un corte inigualable en cuanto a adicción que crea. Después de algo más de una hora se despidieron por unos instantes ya que el tiempo apremiaba. Por fin, en los bises, tocaron “The last supper”, muy bien recibida, y se despidieron con la composición que les acompaña desde hace cuarto de siglo, “Heavy metal breakdown”. Con ella, dieron carpetazo a un concierto notable aunque con altibajos. Empezó y terminó muy bien pero en su fase central pasó por momentos en los que el tedio parecía intentar abrirse camino cosa que, afortunadamente, no sucedió.

Con un local hasta los topes llegaba lo que gran parte de los que habían acudido al show en esta gélida noche estaba esperando. Algo más de media hora duró el cambio (aquí sí que hubo que reponer batería). El decorado, únicamente un telón en forma de iglesia con cementerio con el nombre de la banda y, en pequeño, dos cifras: 1987 y 2007. Se referían a los años en activo que lleva esta formación aunque nada tiene que ver con el imberbe Christopher Johnsson autor del EP “Time shall tell” o el debut “... Of darkness”, joyas del death metal de Estocolmo en su vertiente más furibunda. Por desgracia, la minúscula dimensión de las tablas nos privó de las rejas y candelabros que adornan su puesta en escena.

Venían con nuevo disco debajo de brazo: “Gothic Kabbalah”. Permitidme unas breves líneas acerca del mismo desde la más profunda admiración que tengo por Therion. “Gothic Kabbalah” es un álbum diferente, distinto en el contexto del grupo. No por ello me parece mediocre, ni mucho menos, es un trabajo excelente como no podía ser menos en estos dioses. No obstante, he de decir que si bien Therion es una formación que siempre ha estado en constante evolución (ya no hablo de la primera época, que también, sino de “Theli” en adelante), considero que con esta “cábala gótica” se les ha ido un poco la mano en un aspecto. Si hay algo que ha marcado la idiosincrasia de Therion en la última década es el conjunto voces soprano, tenor, en una palabra, operísticas. Además, les han servido para crear desde discos sinfónicos como “Vovin” hasta obras más oscuras y personales, tipo “Secret of the runes”. En “Gothic kabbalah” abundan las voces solistas, muy por encima de los coros operísticos. Esto, ¿es bueno o malo?. No lo sé, tampoco he digerido el álbum lo suficiente pero reconozco que me chocó demasiado al principio.

Una vez hecha esta introducción, y con la gente ya sobreexcitada de inicio, los acordes de “Der mitternachtslöwe” nos adentraron en una actuación mágica. Con la batería de fondo, se encontraban en primera línea Johnsson y los hermanos Niemann, Kristian y Johan; flanqueándoles y unos pasos más atrás, teníamos, por una parte, a Mats Leven y Lori Lewis (cantante de Aesma Daeva y fichada para la gira) y, por otra, al inefable Tom G Warr... perdón Snowy Show (son clavados) vestido de verdugo medieval y a la gesticulante Katarina Lilja. Los cuatro vocalistas, separados en dúos, formaban un contraste entre el lado bueno (Mats y Lori) y el oscuro (Snowy y Katarina). Un aspecto interesante es que, si bien antes los coristas permanecían estáticos en su posición, ahora los cantantes tienen un mayor dinamismo y cuando tienen apariciones solistas o duetos pasan a ocupan el centro de la escena. A veces parece que tendrían que poner un semáforo pero yo creo que le da vidilla al asunto.

Al principio mencioné que el sonido podría haber sido mejor, sobre todo las guitarras, pero como las voces se escuchaban bastante bien, se puede afirmar que no perjudicó en exceso al disfrute del show aunque, por ejemplo, algunos de los pregrabados que llevaban (ya se sabe que en Therion son un montón) no lograron abrirse camino. “Schwarzalbenheim” fue la siguiente en ser ejecutada con Snowy y su libro como protagonistas máximos. Teniendo en cuenta que en 2007 Therion sólo tocan de “Theli” en adelante alguien podría decir que configurar el repertorio no sería muy difícil pero es que estos tíos han sacado en una década siete discos de estudio más un par de Ep´s que bien podrían ser considerados álbumes como tales. Por ello, aquí toca decir lo mismo que con Grave Digger, nunca llueve a gusto de todos pero reconozcamos que Therion arriesgan un poco más.

Con “The blood of Kingu”, Leven tuvo uno de sus pocos momentos de gloria. A este fenomenal cantante, la presencia de Shaw le ha relegado a un segundo plano pero Mats pasa con nota el examen vocal, sobre todo en cortes heavies como éste. Con “The falling stone” los chicos dejaron paso a un colosal dueto femenino en el que, para mí, Lori se comió a Katarina. La americana destacó mucho más que la europea, si bien éste teatralizaba sus movimientos con mayor gracia y arte. Cuando me refería a que Therion arriesgan es que son capaces de sacarse de la manga un “An arrow from the sun” del “Lemuria”, inédita en la gira pasada pero que puso un punto de calma y relajación. Esta atmósfera más intimista siguió con la genial “Deggial”, otro gran acierto el recuperarla dejando en el banquillo a otras del mismo disco más manidas como “Seven secrets of the sphinx” o “Flesh of the gods”.

La marcha retornó con “The wine of Alluqah” que al pertenecer a “Vovin” implicó que se necesitaran coros de fondo para acompañar porque si bien los cantantes actuales son excelentes, ni Mats ni Snowy pueden ocupar todo el apartado vocal que aparecía en “Vovin”. La decepción llegó cuando, respecto a días previos, se saltaron “Perennial Sophia”, una de las composiciones sobresalientes de “Gothic Kabbalah”. Me temo que fue porque salieron diez minutos tarde sobre el horario previsto y debieron sacrificar una canción. Lástima. “Son of the sun” se ha convertido en una de las favoritas de la gente, con un estribillo que anima a corear la canción. De las que mejor les quedó con una Lori impresionante. La senda más heavy salió de nuevo en “Son of the staves of time”, el segundo de los instantes en que Leven ganó su particular batalla, espectacular estuvo.

Me encantó cómo Therion lograron crear multitud de pasajes a lo largo de la noche. Del intimismo a la grandilocuencia; de la caña al sinfonismo; etc., con un par de canciones en cada bloque. “Birth of Venus illegitima” es una de esas composiciones que, sin ser de las más loadas, ocupa un hueco especial en el subconsciente de mucho seguidores. En esa misma línea podría estar en un futuro “Tuna 1613” para los seguidores de nuevo cuño de este grupo. Como todo escribano echa un borrón, el de Therion fue el sólo de batería de Petter Karlsson que, para colmo, estuvo acompañado en los timbales por Snowy Shaw (atrapado por su pasado, je, je) y Mats Leven reafirmándonos, una vez más, en el enorme daño que le hizo al metal el “Roots” de Sepultura.

Claro que eso se olvidó con la mayor alegría que me llevé ya que, con todo el grupo de regreso, interpretaron la increíble “Muspelheim”. De acuerdo, son sólo dos minutos y el violín grabado había que intuirlo pero no me la esperaba. El final del concierto “normal” estaba reservado para dos de los temas más afamados. Por supuesto, “Rise of Sodom and Gomorrah” en la que, por fin, Christopher Johnsson se dirigió a la concurrencia para que colaboráramos en los coros, algo que no hacía falta ni comentar, y “Ginnungagap” que, por derecho propio, se ha convertido en imprescindible. A todo esto, de “Theli” ni rastro y resulta que aparece aquí, casi en el adiós, en forma de “Grand finale”, la instrumental que lo cerraba, con los cuatro vocalistas portando los estandartes negros que estaban en el escenario. Curioso cuanto menos esta primera despedida.

Con la gente ávida de más Therion, apareció Mats Leven con una guitarra (ya había hecho algo similar en un par de temas) y otra de las que no esperaba llegó y, para mí, terminó siendo otro de los flashes inolvidables que nos dejó la noche. La emotiva “Lemuria” fue un bis insospechado y raro por ser un corte pausado pero en el que se salieron todos, músicos y cantantes. Más sorpresas. Era evidente que tenían que recurrir al “Theli” pero no era previsible que fuera en forma de “Nightside of Eden”. Plausible pero marrado intento porque aquí pienso que Snowy naufragó (incluso, cambió de tonalidad a mitad del tema porque no se le veía cómodo). Para esto, siempre podían haber recurrido a “Cults of the shadow”, esperada por una gran mayoría. Cómo no, “To Mega Therion” nos dejó exhaustos si es que a alguno le sobraban fuerzas durante la interpretación de, probablemente, mi canción preferida de los noventa (increíble que sonaran en un espacio de dos horas “Rebellion” y ésta). Los oés futboleros, vítores, aplausos, todo se entremezclaba porque el concierto había sido excelente...

“No se vayan todavía aún más” decían los Looney Tunes, algo que se puede aplicar a Therion porque gustan de cerrar sus descargas con una versión. Unas veces ha sido “Iron fist”, otras “Balls to the walls”, hasta “747 (Strangers in the night)” de Saxon, pasando por todas las que vienen en el DVD. Para esta gira la escogida es “Thor (The powerhead)” el clásico de Manowar (que ellos no tocan desde hace años, por cierto) con un Snowy Shaw metido en el papel con Mjöllnir (el martillo de Thor) y todo. Para desternille generalizado se quitó las zapatillas (o botas, no me fijé) y mostró orgulloso su tatuaje a la altura casi del tobillo. Así, en una especie de comunión metálica concluyeron más de cien minutos que para cualquiera que no hubiera visto nunca a Therion resultaron apoteósicos. Yo que era la quinta vez y que, por circunstancias que no vienen al caso, no tenía mi mejor día, disfruté un montón, sobre todo con ellos, pero también con Grave Digger y, en menor medida, Sabaton. Un concierto para el recuerdo, de los mejores del año... ¿ah, qué era enero? En diciembre diré lo mismo.


Therion

 

 

 

 

 

 

 


Sabaton

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 


Grave Digger

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Therion

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marco Antonio Romero
Fotografias: David Ortego