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No quiero que
en esta crónica se hable
de los convencionalismos sobre
los Rollings. Me importa un
carajo lo de su pacto con el
diablo, me da igual su longevidad
antinatura, sus títulos
de lord, y la fama que por supuesto,
les precede. Observo que la
boca que les representa ya tiene
dientes, pero es que además
le han salido colmillos, no
por diablos, sino por veteranos.
Y eso tiene una expresión
encima del escenario, llámalo
feeling, comunicación,
sinergia o empatía. Pero
existe, vaya si existe.
Yo no veo a
cinco sexagenarios haciendo
rock and roll, veo la esencia
del rock and roll, como si un
psicotrópico me adentrara
en la esencia del arte de las
cinco cuerdas, la batería
y bajo al compás, y unos
cuerpos, sobre todo uno, como
un hilo conductor de esas sensaciones
mundanas, pero especiales, únicas
y repetibles. Hay un bocazas
que se agita en el escenario
como si estuviera poseído
por un irreverente son, y lo
peor de todo es que el muy Jagger,
es capaz de contagiar ese gusanillo
que parecía anquilosado
y obsoleto. Vale que ayude que
por la cavidad salgan a la primera
de cambio fonemas aglutinados
en forma de Brown Sugar, Star
me up, Angie o Don't stop y
que tan irreverentes invocaciones
produzcan un precoz instinto
abducidor, pero es que la cosa
no queda ahí y durante
más de dos horas, el
hechizo se repite. No me preguntéis
como, pero sigue.
Cierto es que
la puesta en escena del rock
and roll es espectacular, que
las dimensiones del escenario
son mastodónticas, el
juego de luces alucinógeno
y la pantalla de video cobra
un protagonismo inusitado, ya
sea por la especial retransmisión
del concierto, por los sugerentes
videoclips protagonizados por
la irreverente lengua o por
la cámara adherida al
mástil de la guitarra
de Ron Wood. Pero el artificio
no lo es todo, y a veces puede
despistar de lo principal como
la imperdonable merma del volumen,
que a los que poblábamos
el ecuador de ese estadio abarrotado
(y no quiero imaginar a los
del final), nos hizo un poco
menos intensa la magia desplegada.
Una cuestión que se hizo
bochornosa cuando ante el gentil
gesto de los gentleman del rock
de tocar tres temas en un pequeño
escenario ubicado en el centro
del campo para deleite de los
miles de seguidores que se apiñaban
al fondo de las gradas, el sonido
fue absolutamente deficitario
(lástima de Like a Rolling
Stone)
Pero la magia
puede llegar a superar a la
técnica y al final ya
sabéis, It´s Only
Rock and Roll, que junto con
el impulso de un público
entregado, hicieron brillar
de nuevo estos crédulos
del género. Los temas
de sus último trabajo
Forty Licks, se diluían
en los grandes éxitos
que atrapan a varias generaciones,
con puntos álgidos como
esa simpatía por el diablo
de lengua ardiente y fuegos
de artificio o el postrero Satisfaction,
auténtico delirio colectivo.
Potentes coros,
ayuda instrumental extra, una
sección de metales maravillosa
fueron complementos bien recibidos
por todos. El punto lánguido
lo aportó Keith Richards
con un par de baladas hipnóticas
(Thru and thru, Happy), en un
concierto cuyo desarrollo es
muy parecido al de la gira Voodo
Lounge, pero que sin embargo
y como ocurre siempre, fueron
dos horas únicas.
¡Larga
vida a los Rolling!
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