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Joder, ahora
sí que sé por
qué al gallinero lo llaman
así. Uno tiene la sensación
de estar encaramado en un palo
cual gallo cantarín.
Vale que las entradas son más
baratas, pero coño, ¿hacía
falta remarcarlo tanto con unas
bancas tan estrechas?
Bueno, pues
en esto tenía yo ocupados
mi mente y mis riñones
cuando salió la Ute a
escena. Madre mía: esta
mujer cada día está
más delgada. Recuerdo
que el año pasado en
el auditorio de Benalmádena
ya lo estaba bastante, pero
es que ahora puedo contar perfectamente
sus vértebras cuando
se da la vuelta.
El de Ute
Lemper es el concierto que cierra
el ciclo “Terral.04”,
que ha aglutinado a los conciertos
de julio en el Cervantes. Lo
que nos presenta la Lemper esta
noche es prácticamente
el mismo espectáculo
del año pasado (por cierto,
ha pasado un año casi
exacto, ya que el de Benalmádena
fue el domingo 27 de julio de
2003), ese viaje a través
del tiempo y del espacio recorriendo
el siglo XX, que dio para mucho
en todos los aspectos, con algunos
cambios en el repertorio y con
la renovación parcial
de sus músicos: siguen
Tod Turkisher a la batería
y Mark Lambert a la guitarra,
pero esta vez estaban Gregory
Jones al bajo y Vana Gierig
al piano. La estructura, pues,
sigue siendo batería-bajo-guitarra-piano.
Ute abrió
con un tema de Astor Piazzola
(“Puedo cantar en español,
pero no puedo hablar en español”,
se disculpó después),
continuando con otra pieza acerca
de una gitana húngara
que va a París dispuesta
a triunfar, para acabar enamorándose
de un músico de cabaret.
La Lemper sigue tan cosmopolita
como siempre, cantándonos
tan pronto en castellano como
en húngaro, inglés,
alemán, francés,
yiddish o árabe. Y continua
siendo un gustazo oír
esa voz tan polivalente, que
lo mismo ruge que chilla o imita
cualquier instrumento musical.
Su repertorio sigue estando
compuesto por canciones que
cuentan historias acerca de
tiempos difíciles: la
mafia, la guerra, las situaciones
de crisis…La historia
del siglo XX, en suma. El barrio
de Pigalle, las trincheras,
el Berlín más
canalla, los bajos fondos de
las grandes ciudades de EE.UU.,
Potsdamer Platz y el muro…Todo
ello en boca de una intérprete
que siente lo que canta, confiriendo
a su espectáculo una
enorme intensidad emocional.
Fiel a sus
influencias, la Lemper cantó
magistralmente “Ámsterdam”,
de Jacques Brel (mi favorita
de la noche), pero no incluyó
esta vez en el repertorio “Ne
me quitte pas” (lástima).
Y si hablamos de influencias,
donde está claro que
Ute se desenvuelve a la perfección
es en el cabaret, o mejor: en
el “kabarett”, así,
en alemán, tal como ella
nos matizó. Hubo por
lo tanto la consabida ración
de temas de Kurt Weill y también,
no podía faltar, la inevitable
“Lili Marleen”,
en alemán e inglés.
Eso sí,
y siempre lo diré: me
parece que habla demasiado entre
canción y canción,
y sigue con su obsesión
por el “whisky flowing
and flowing…” y
por los “Johnnys”,
las “Jennys” y los
“Jimmys”. Corre
auténtico peligro de
convertirse en su propio personaje.
Pero bueno, a ella se lo perdonamos
porque es la Lemper y canta
de puta madre. Al final lo dejó
bien claro en un popurrí
de “All that jazz”,
la ópera de cuatro cuartos
y “La vie en rose”.
Un exitazo, cómo no;
algo con lo que ya se contaba,
pues era patente que el público
estaba entregado de antemano,
aunque esto de “antemano”
no siempre es una garantía:
la gente del gallinero teníamos
“de antemano” la
espalda sana y nos la jodimos
todos en aquella mierda de bancas
(era cachondo mirar a los lados
y ver a la peña retorciéndose
en busca de la postura menos
dolorosa).
Bueno, resumiendo:
el concierto estuvo muy bien,
pero personalmente debo decir
que me gustó más
el año pasado. No digo
que no influyera en esto la
diferencia entre estar en un
teatro al aire libre en una
noche perfecta y estar casi
en el tejado del Cervantes,
sentado en las bancas que utilizaba
la Inquisición para torturar
a herejes como yo. Pero el caso
es que esta noche me pareció
ver a la Lemper pelín
más histérica
y aplicando a veces un poco
el piñón fijo,
mientras que en el auditorio
de Benalmádena estuvo
más natural y hubo más
química con el público
(aunque el sitio también
era más agradecido para
actuar). De todas formas, Ute
es una profesional y canta como
Dios (y como “tries”
y como “cuatrio”,
jia, jia, qué malo),
y el concierto del miércoles
en el Cervantes también
estuvo dabuti, saliendo la gente
muy contenta, aplaudiendo a
rabiar y piropeándola.
No extraña que esta alemana
de Westfalia se esté
convirtiendo en una habitual
aquí en Málaga.
Siempre es un placer ir a sus
conciertos y oír su voz.
Hasta la próxima, preciosa.
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