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Un minuto.
Ese tiempo es lo que necesitan
los escépticos, aquellos
que acusaban a Avalanch de olvidarse
del heavy metal, para darse
cuenta de que esto va en serio
en cuanto a caña. ¿Cuál
será la próxima
excusa? Primero “el problema”
fue Ramón Lage; después,
el salirse de los parámetros
exigibles en una banda de sus
características; ¿Y
ahora? Cuando no hay nada que
objetar ni argumentos más
allá del gusto de cada
uno, la crítica se torna
vacía.
No, esto no
es una defensa a ultranza de
Avalanch pero he querido comenzar
la reseña del nuevo trabajo
de los asturianos con un párrafo
que bien podía estar
ubicado en el final o a mitad
de este reportaje. Puedo entender,
tolerar y aceptar que alguien
diga que no es su estilo o que
prefiere otras cosas, pero que
la palabra “malo”
se asocie a este grupo no lo
comprendo, sencilla y llanamente
porque estamos ante una banda
que vuelve a demostrar con esta
formación que es capaz
de superarse y editar otro álbum
sobresaliente. “Los poetas
han muerto” fue una sorpresa
para los que no apostaban demasiado
por la vigencia de Avalanch
sin Víctor García;
De “El hijo pródigo”
podemos afirmar que es inferior
pero no baja del notable; “Muerte
y vida” (Santo Grial)
alcanza, cuanto menos, el nivel
de “Los poetas…”
y supone un puñetazo
en la línea de flotación
de quienes les señalaban
con el dedo por su supuesta
falta de dureza.
El nuevo trabajo
de Avalanch es mucho más
guitarrero que sus predecesores.
Dos nombres me vienen rápidamente
a la mente: Symphony X y Angra.
No es que “Muerte y vida”
sea un disco intrínsecamente
progresivo pero sí contiene
momentos sincopados, cambios
de ritmo y el dúo Rionda
– León nos deleita
con un equilibrio entre los
riffs potentes y las melodías
cuidadas que bien podrían
recordarnos a los americanos
o los brasileños porque
esos guiños al progresivo
se aliñan con toques
de metal moderno, en concepción
que no en resultado.
La base rítmica
presenta una fiereza inusitada
hasta ahora y el contundente
golpeo de Marco se conjuga con
las líneas de bajo de
Francisco Fidalgo (“La
prisión de marfil”
es su apoteosis). Entre todos
estos instrumentos, me gustaría
realzar el trabajo de teclados
y piano. Roberto Junquera, cada
vez que aparece, lo hace con
clase y brillantez, no sólo
en los pasajes lentos sino creando
atmósferas.
¿Y Ramón
Lage qué? Si me habéis
leído otras reseñas
de los discos de Avalanch sabréis
que para mí este tipo
es un superdotado. Sencillamente
me parece el mejor cantante
español de la actualidad.
Su timbre de voz es exquisito
y sus melodías vocales
son, en ocasiones, sublimes.
Además, expresa y “te
crees” lo que está
diciendo en esos textos tan
cuidados con que nos deleitan
siempre Avalanch. Evidentemente,
el grupo es Rionda pero sin
Ramón (y como ya pude
comprobar con notables discos
como “El ángel
caído”) para mí
Avalanch no tendrían
ni la mitad de atractivo.
Claro que también
hay que darle al césar
lo que es del césar y
en el plano compositivo, Rionda
es dios. Ha sabido conjugar
todo su talento para escribir
una obra muy completa. Por ejemplo,
“Los poetas…”
me parece increíble pero,
en mi opinión, había
mucha diferencia entre los temas
gloriosos (“Lucero”,
“Los poetas”, “El
viejo torreón”)
y los que se quedaban en buenos.
Aquí todo está
más repartido. Dependiendo
del momento escogerás
distintos cortes como tus preferidos.
Asimismo, ha conseguido que
para un oyente como yo no todo
sea Ramón Lage. Con cada
escucha descubres infinidad
de matices nuevos, de guitarra,
teclado, un solo, lo que sea.
Me niego, por
una vez, a hacer una descripción
de los temas porque el sentimiento
es el mismo en los sesenta y
un minutos. Me limitaré
a mencionar algunos momentos
donde la emoción fluye
con intensidad. Por encima de
todos, quizá “Otra
vida”, una canción
que te llega muy dentro en ese
in crescendo que desemboca en
uno de los mejores estribillos
de su carrera. Si queremos metal,
debido al impacto y el choque,
la inicial “Ángel
de la muerte”, con duelo
de guitarras incluido, aunque
no es de las que más
me hace vibrar. Otra historia
es la preciosa balada “Aprendiendo
a perder”, con Lage cantando
con el alma una letra triste.
Aun sin estar
entre mis favoritos, “Caminar
sobre el agua” es la composición
que aúna todo lo que
Avalanch quieren expresar en
“Muerte y vida”:
Contundencia, serenidad, cambios.
Dentro de las accesibles o aquellas
que al instante reconocerías
como composiciones Rionda, “Pies
de barro”, la pegadiza
“Hoy he vuelto a recordar”
y “Quién soy”,
una maravillosa reflexión
que se erige como grito melancólico
en el ocaso de un disco fascinante.
Probablemente
muestre demasiada euforia pero
Avalanch se la merecen. Rionda,
que seguro tendrá sus
rarezas, musicalmente me parece
intachable. Consiguió
rehacer el grupo, lavarle la
cara y dotarle de una personalidad
que jamás imaginé
en los tiempos de “La
llama eterna”. “Muerte
y vida” les lleva un paso
más de allá. ¿Dónde
está el límite?
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