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El camino
de no retorno emprendido en
esta segunda entrega no especifica
en ningún momento el
sentido o dirección del
mismo aunque a través
de la sugestión y los
reflejos en su cubierta queda
claro que el punto de destino,
si es que lo hubiere, es vertical.
La razón es bien sencilla,
las escalas asidas con fuerza
y energía que Darksound
han subido con un nuevo disco
hacen parecer bisoño,
a día de hoy, un buen
debut como fue “Irresponsible
Optimism”.
La altura avanzada
a nivel compositivo, mejora
de cada apartado en singular
y como grupo transpira desde
la primera llegada a las trece
composiciones (la última
“The will to believe”,
homenaje a un amigo fallecido)
que forman “No return
road”. En un primer momento
puede parecer que es la voz
de Pedro Richard la cuerda tendida
de inicio en esa ascensión.
Y sería injusto no reconocer
el esfuerzo realizado y la multitud
de pasos recorridos dentro del
trayecto. Sus órganos
vocales se bifurcan, manteniendo
su personal timbre en vías
donde si aparece la furia esta
es voraz, en una métrica
amplia donde caben rápidos
recitados y partes novedosas
más aspiradas o profundas
donde se permite prolongaciones
de los sonidos que produce su
boca regulándose convenientemente
para clavarse con energía
junto a los otros cuatro puntos
que favorecen la subida.
Porque en lo
instrumental el salto dado también
favorece un efecto contrario
al de la fuerza de la gravedad.
El riesgo ganador se hace presente
mediante canciones que mantienen
la impronta del grupo pero han
diversificado su propuesta:
temas que mantienen el guión
clásico de puente y estribillo
se encadenan sin aludes con
una mayor amplitud y variedad
de orden en otras piezas que,
por otra parte, son las más
presentes. Este es un hecho
claro no sólo cuando
tornan a un primer plano, sino
también cuando enriquecen
de detalles los fondos que acompañan
a la voz o dan un vuelco a lo
que pudiera parecer una trama
preestablecida en cada capítulo
(“Tsunami”, “Red
Knees”, “Air shuttle”,
“Trigliceratops”)
haciéndolos crecer desde
su principio hasta su conclusión
como un cono invertido (“Hong
Kong Holidays”, “Authors
and Co”) y llenando de
melodía y momentos dilatados
y afectivos buena parte del
minutaje de las composiciones,
una faceta que aparece más
según van llegando al
final.
El último
estirón para superar
esta cota ya alta de por sí
está en la mezcla y grabación
en los estudios Cube llevada
tanto por Alberto Seara como
por Ricardo Larios (guitarrista)
por parte del grupo, y el último
paso clave antes de coronar
este particular ocho mil en
el master de Jay Franco en los
Sterling Sound Studios de Nueva
York consiguiendo un sonido
pulcro y brillante que acerca
sin rubor esta grabación
a la talla de conjuntos internacionales
y su rock-metal “alternativo”
a un punto máximo de
altura que queda indefinido
entre una amalgama de nubes.
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