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Un camino pedregoso
siempre es complicado de recorrer.
La arena se puede adentrar en
nuestro calzado, las piedras
magullarnos las plantas de los
pies, tenemos que molestarnos
en esquivarlas o apartarlas
dándoles una ligera patada.
Al transitar un sendero de este
tipo no solemos fijarnos en
aquello que sobresale de las
cunetas. “Es escombro,
deshechos ¿qué
va a haber ahí?”
pensamos. Pero puede surgir
la vida, y si llama la atención
la observaremos, e incluso habrá
alguien que se sienta atraído
y, aunque pueda pinchar o doler,
verá la belleza de ese
hierbajo.
Una ortiga
de cinco puntas en un viraje
del trayecto que puede convertirse
en preciosa flor. O más
sencillo, el grupo con más
posibilidades en los últimos
años de partir desde
el “subsuelo” para
ser reconocido por un público
mayoritario. El lugar de Evohé
no es una zanja sino que, por
derecho, debería ser
un jardín botánico.
Cada pincho es afilado con esmero
y cuidado al máximo detalle,
valga para ello hablar de que
uno de sus miembros (Eduardo
Gris) se dedica en exclusiva
a escribir las historias que
cuentan en sus canciones incrustando
lo poético con lo real
o imaginario. También
la presentación en digipack
de tres cuerpos con amplio libreto
donde se empareja cada composición
con un relato ilustrador de
su contenido. Por supuesto,
la producción de Daniel
Alcover (Habeas Corpus, Dover,
El Combo Linga…) en Infinity
Estudios que consigue mantener
en el suelo las raíces
del quinteto dándoles
un toque de accesibilidad en
su propio sonido.
Lo ideal y
recomendable para disfrutar
“Evohé” en
su plenitud es dedicar primero
un tiempo a la lectura para
pasar luego a escuchar cada
uno de sus doce pétalos,
una manera de unir el oído
con el corazón y comprender
mejor la dimensión buscada
por el conjunto. Su personalidad
no sólo radica en eso
sino que su abono de rock tiene
entre sus nutrientes clase y
elegancia de otras formas de
crear, en lugares donde suceden
muchas historias, sitios donde
el dióxido de carbono
ayuda a su crecimiento. Los
instrumentos de viento tipo
orquesta en “Queridos
golpes”, el piano y teclados
en esa misma canción,
“La llave de la jaula”,
“Las once eses del camino”,
“1+1= Infinito”
y “Alma fugaz”,
esta última de sentido
crooner (cantantes vocales estadounidenses)
traen a la mente jazz o cabaret
de clubes en los cuales humo
y ambiente son lo mismo y donde
muchos van a lamentarse de sus
vidas. Esta obra pasa como la
brisa que sopla mientras contemplas
en el suelo ese vegetal, pero
ello no significa que sea volátil,
sino imperecedera por el cuidado
que han tenido para regarla,
mimarla y darle sol hasta alcanzar
su punto álgido y presentárnosla,
algo que no es fruto de un esfuerzo
liviano.
A partir de
ahí lo justo debería
ser que su vía fuera
lisa y asfaltada, con el único
temor de poder quemarse las
extremidades inferiores. Eso
sería lo justo, pero
en este mundo la justicia es
algo muy relativo. Quien tenga
oídos, que oiga.
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