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El inmovilismo
suele ser denostado por aquellos
que creen en el progreso. Entiendo
que una posición inmovilista
que no tenga argumentos para
ser defendida (pongamos por
caso, cualquier dictadura) carece
de sentido pero estas convenciones
no se pueden aplicar al arte.
El arte es un cúmulo
de sensaciones y si te gustan
los pintores renacentistas flamencos,
ya te pueden asegurar que Dalí
es un genio que tú escudriñarás
en la obra de cualquier artista
menor del siglo XVI más
que en “La crucifixión”,
“La persistencia de la
memoria” o “Los
atletas cósmicos”
del gerundense.
Pues bien,
Grave Digger nunca serán
primeros espadas como Iron Maiden,
Judas Priest y demás,
pero su perseverancia, buen
hacer y seguir fieles a una
idea les hace gozar del respeto
y el cariño del aficionado
al heavy clásico. A veces
en su vertiente más directa,
en otras ocasiones más
orientados hacia los delirios
épicos, los teutones
siempre han mantenido una línea
estilística intachable.
Tendrán sus altibajos,
unos amaremos “Nights
of the cross” y otros
“Excalibur”, pero
todos confluiremos al apasionarnos
con el incansable Chris Boltendahl
y sus muchachos.
“Liberty
of death” (Locomotive)
viene a ser otro paso más
en su longeva trayectoria. ¿Mejor?
¿Peor? Cuestión
de gustos pero, en cualquier
caso, notable. Todo es previsible
pero da igual. Desde el comienzo
con el tema que da título
al álbum y a medio tiempo,
pasando por las composiciones
simples y directas para corear
con el puño en alto (óigase
“Ocean of blood”
o “The terrible one”)
hasta la reaparición
puntual de la gaita en “Highland
tears”, un corte donde
estrofas y estribillo no casan
en demasía pero que tiene
su encanto.
Me gusta que
en la parte central hayan incluido
dos canciones a medio tiempo,
la oscura y enigmática
“Until the last king died”
que se acelera progresivamente,
y la coreable “March of
the innocent” en la que
brilla, Manni, siempre el gran
Manni, con un brillante solo.
Chocante también “Silent
revolution”, con aire
hard rock pero que me recuerda
horrores a un tema de Skyclad
pero no logro adivinar cuál.
Después de este intervalo
volvemos al ritual de lo habitual
con “Shadowland”
y “Forecourt to hell”
y unos riffs marca de la casa.
Para concluir, la devoción
por Led Zeppelin que afloró
en su versión de “No
quarter” da un paso al
frente en “Massada”,
con su aire oriental, la voz
femenina y su atmósfera
positiva. Como bonus, otro cliché
de Grave Digger, es decir, un
pedazo de tema, la emotiva balada
“Ship of hope” donde
H.P. Katzerburg se luce al piano.
¿Qué
no hay nada nuevo bajo el sol?
Seguro. Eso sí, tened
claro que en el universo Grave
Digger nada se necesita menos
que la evolución. Para
ellos, el fuego se sigue haciendo
con ramas o dos piedras. Y que
sea por muchos años.
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