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“LAS RAMAS NO DEJAN VER EL BOSQUE”

O de la teoría de cómo las ramas, en ocasiones, no dejan ver el bosque. Kamelot es uno de los mejores grupos de heavy de la última década. Cercanos al euro power metal y ahora adalides de las influencias progresivas, en mi opinión, la banda americana comandada por el noruego Roy Khan ha sido capaz de facturar álbumes inmensos como “Epica” o “Karma”. Su aclamado “The black halo”, sin embargo, no acabó de entrarme como debería. Se notaba la vocación de cambio sostenido pero esa oscuridad y “madurez” de sus canciones me resultó, por momentos, fría aun siendo un trabajo notable.

Con “The ghost opera” (SPV) podemos establecer un compendio de cualidades teóricas. El envoltorio es excelente: Buena producción, infinitos arreglos de teclados y orquesta cortesía de su nuevo miembro, Oliver Palotai, una ejecución instrumental impecable y Roy Khan, en su línea, soberbio a la voz. Pues bien, algo falla y hace que este disco haya significado mi primera decepción con Kamelot. ¿El qué? Para mí, las composiciones son muy fáciles. Optan por los cuatro minutos de rigor, sin estructuras demasiado trabajadas y decoran esa fachada con el colorido juego que ofrecen los mencionados arreglos. ¿Resultado? Personalmente, considero que es un álbum anodino en su supuesta sofisticación. Se deja escuchar pero, ni de lejos, llega a la altura de cualquiera de sus predecesores.

Los violines de la introducción, “Solitaire”, se funden con maestría en lo que es la canción inicial, “Rule the world”, un tema con una cadencia atemperada donde teclados y cuerda poseen un protagonismo esencial. Es un buen corte pero se pierde en la inmensidad de su producción discográfica. Algo similar le sucede a la pulida “Ghost opera”, no te llega a tocar la fibra sensible. En “The human stain” uno ya se convence de que las guitarras de Thomas Youngblood quedan ahogadas y en segundo plano. Quienes deben salvar los muebles son Khan y Palotai en un gran estribillo.

“Blücher” contiene la voz femenina de la nueva pareja de Oliver, Simone Simmons de Epica, que ya contribuyera en “The black halo”. El intento de crear atmósferas y un poso oscuro carece de toda sustancia y deja la sensación de que le falta sal y pimienta. Por el contrario, la balada “Love you to death”, a dúo con Amanda Somerville, es el típico in crescendo que, sin aportar demasiado, cumple un papel positivo en este contexto. Los temas pasan y ni tan siquiera el pomposo comienzo de “Up through the ashes” logra levantarme del asiento o que mueva el pie.

Por fin, “Mourning star” se configura como un vehículo para que Youngblood aporte un poco de fiereza contenida a pesar de que los teclados siguen marcando el paso. Casi en el final, “Silence of darkness” es el nexo más evidente a su pasado con presencia del doble bombo de un apagado Casey Grillo. Quizá por eso es de las pocas que me convencen. No sucede lo mismo con la intrascendente balada “Anthem” que casi pone el epílogo que llega de la mano de “Edenecho”, sin duda, la mejor composición del álbum. La entrada de piano recuerda a Queen o Savatage. Posteriormente, se incorporan el resto de instrumentos para resguardar la labor de un Roy Khan desprotegido durante el resto de “The ghost opera”.

Para valorar un trabajo, debemos entroncarlo con la importancia del grupo. Si no se llamaran Kamelot, seguramente mis comentarios no serían tan duros pero en un grupo que, objetivamente, me parecen sobresalientes y subjetivamente adoro, es necesario un mayor despliegue de voluntades. Por muy elegante y expresivo que sea tu vocalista, no puedes entregarte a él con una base metalera (guitarra, bajo, batería) cogida con alfileres y arreglos orquestales a mansalva. El camino escogido por Kamelot no me enganchó en “The black halo” y momentáneamente me ha alejado de ellos en “The ghost opera”. Seguro que les doy más oportunidades pero, por ahora, escogeré otros senderos que me proporcionen más satisfacción.