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MILLENCOLIN: DIARIO DE GIRA ESPAÑA

«De frente: road movie donde a uno le gustaría que la moraleja enseñara que Jim Morrison es lo normal»

Antes de cada concierto, me gusta tomar el pulso del grupo que voy a ver. Y la forma de hacerlo es, hoy día, acudir a Internet. Claro que esto no es válido para algunos grupos, sobre todo los más grandes, de los que incluso tiempo después de haber muerto, queda aún la huella en forma de miles de páginas no actualizadas. Páginas de fans que han dejado de interesarse por la banda, que mantienen vivos clubs de fans únicamente para vilipendiar los últimos discos y echar de menos la gloria de los viejos tiempos...

Lo que le ocurre a Millencolin se podría tomar como sintomático de lo que ocurre con todo el rock. Nada hace que sean más representativos que cualquier otra banda que lleve junta más de cinco años. Sencillamente, en ellos leo lo que le viene ocurriendo a un buen número de grupos. Y si he escrito esto es para hablar de Millencolin, no de los putos Pignoise.

Encuentro a quienes agrada la “nueva” dirección de los discos, más rockera. Otros reconocen varios temas de cada uno de sus últimos trabajos como “temazos”, pero ningunean el resto de canciones. Pero esos temas destacados son tan rockeros como los otros, luego la crítica no es que se hayan olvidado del skate punk para dirigirse por derroteros más convencionales, ¿o sí? Cuando acabo de leer las páginas de fans, sus opiniones disfrazadas de críticas de discos en páginas más o menos amateur, lo único claro es que Millencolin no son tan buenos como solían ser... casualmente cuando el que opina era más joven.

Y es que Millencolin han cambiado. Qué duda cabe. No hay más que escuchar el Life on a plate, y compararlo con el Pennybridge, y a este con Kingwood o Machine 15. Lo que quiero decir es que el cambio se ha producido, pero no ha ocurrido de la noche a la mañana. Como uno no crece ni se transforma en un horrible insecto durante la noche. Son cambios graduales que revelan otros, menos evidentes cuando no se sale a tomar algo cada fin de semana con quien compone. Uno asiste al envejecimiento de las rock stars a través de sus canciones.

Sonriendo, como si hubiera realizado un descubrimiento que me proporcionaba un placer íntimo e inefable, busqué a mi lado a Txomin, Gerardo y Nikola. No los encontré, pero tampoco me importó en aquel momento. Prefería estar en silencio y continuar la visita del modo más libre: deteniéndome en las obras que pudieran provocar en mí reacciones similares a las que había sentido con Murakami.

Mientras caminaba lentamente por los laberínticos pasillos del museo, me encontré con un naufragio.

La explicación de una guía que acompañaba a un grupo de turistas me devolvió a la realidad. Miré el reloj, y me di cuenta de que hacía un buen rato que no me preocupaba la hora. No me quedaba mucho para recorrer todas las salas y extraer lo que pudiera de ellas.

Bajé unas escaleras para completar la visión cenital que había tenido de la obra con otra más cercana. Era un barco de más de cien años de antigüedad, restos de un antiguo naufragio en las costas de China, que había sido rescatado por el artista. Los restos del casco habían sido rellenados con miles de fragmentos de cerámica hecha añicos.

En un monitor ubicado en la sala, se mostraba el proceso de creación, que supervisaba el artista como si de un ingeniero se tratase, como si la creación fuera la idea misma; y la ejecución, un acto que pudiera delegarse en la mano de obra sin rebajar el valor artístico del resultado. A mí me parecía que el artista debía realizar su idea en la soledad creativa e íntima de la inspiración. Pero todo cuanto me rodeaba me revelaba, sala tras sala, obra tras obra, lo profundamente trasnochadas que eran mis ideas.

Tras encontrarme con Txomin, Nikola y Gerardo, les conté que había una sala donde se proyectaban un concierto de Nirvana y un partido de cuando Zidane jugaba en el Real Madrid. En el caso del concierto de Nirvana, lo que el espectador veía era una cámara fija en Kurt Cobain. En la proyección del partido de fútbol, se habían utilizado varias cámaras para seguir a Zidane por todo el campo, y registrar cada uno de sus movimientos.

El resultado en ambas grabaciones era idéntico: el espectador tenía la impresión de estar no sólo en el lugar, sino en la misma piel del personaje. En un caso, una estrella de rock entregada a la rabia de un repertorio de emociones limitadas, y que debía de costar un esfuerzo extraordinario cantar, noche tras noche, cuando tal vez lo que sentía Cobain podía diferir mucho de lo que decían sus canciones. Hasta cierto punto, daba miedo pensar en alguien que sale al escenario y, sin importar cómo se siente, ha de entregar el producto de una inspiración concretada en la letra y la música de una canción. Si la canción dice que eres un desgraciado negativo (Negative creep, canción interpretada en el vídeo), has de decirlo con toda el alma, con independencia de si esa noche te sentías el hombre más feliz del mundo
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En el caso de Zidane, las cámaras fijas te ponían frente a un hombre que corre, escupe, suda, pide el balón y vuelve a correr. El sonido del público es ensordecido deliberadamente; o quizá no se oye porque los jugadores en el campo no pueden escuchar a los hinchas. La sensación de aislamiento es casi total, como si el futbolista corriera en el interior de una burbuja, ajeno al espectáculo del que forma parte.

Yo meneaba la cabeza y me sonreía, pensando que después de todo, estaba disfrutando bastante la visita. Mostré las salas de proyección a Gerardo, a Txomin y Nikola, pero no le prestaron demasiada atención. Un poco más a la de Zidane, quizá, antes de encaminarse a ver otra obra de Cai Guo-Qiang, llamada De frente, que nos gustó a todos.

Una manada de lobos corría por el aire hacia un muro de cristal, contra el que se estrellaban. Nikola en especial pareció disfrutar mucho con esta obra, y tras examinarla con detenimiento durante unos minutos, se volvió y dijo: “I like this one”, como si descartara con esta opinión el resto de cuanto había visto, y diera por zanjada la visita.

Esta impresión la confirmó el hecho de que una vez salimos de la sala donde habíamos visto De frente, ninguno de los cuatro mostramos mucho más interés por nada de lo que quedaba por ver.

En una hora y cuarto, habíamos visto el museo, y nos dirigimos a la salida. Se me ocurrió que quizá Nikola querría visitar la tienda, y allá fuimos. Sin embargo, precios como una camiseta de algodón y manga corta por 45€, nos desanimaron tanto que decidimos largarnos de allí e ir a tomar unos pinchos y unos vinos antes de que se nos hiciera demasiado tarde.

En la salida del museo nos fotografiamos con Nikola, con el edificio del Guggenheim detrás de nosotros y un sol radiante asomando entre las nubes. Caminamos por una de las calles adyacentes al museo, y en cuanto vimos un bar con buena pinta, nos metimos en él. Ocupamos una mesa, y pedimos algo de beber, y unos pinchos muy mediocres, para así poder decir que habíamos comido pinchos.

En la televisión del bar, un hombre confesaba en un reality que su primera experiencia sexual no había sido con un ser humano. El camarero reía nervioso, y nos miraba de vez en cuando, como si nos tomara mentalmente medida para hacernos un traje. Una chica muy guapa, de unos 14 años, que parecía ser su hija, se reía de las implicaciones de la confesión, y nosotros nos reíamos y explotábamos el suceso haciendo otras bromas mientras nos levantábamos y pedíamos algo más de beber.

Tras pedir yo mis pinchos, me encontré a Txomin enseñándole a Nikola a decir “gracias” en vasco. “Eskerri kasko”, repetía esmerándose en memorizar las palabras para después decirlas en el concierto. Me pregunté cuántas veces se habría repetido una escena similar: en Belgrado, en Roma, en Copenague, en Bruselas...

Mientras estábamos sentados a la mesa, reparé en que las paredes del local estaban adornadas con cascos de obra con inscripciones a rotulador del tipo “Guggenheim 93-97”. Antes de irnos, tras pagar Nikola la dolorosísima cuenta de 48 euros por unas cañas y un par de pinchos cada uno, pregunté al camarero de quién eran esos cascos. Justo en el momento en que me respondía que eran de los arquitectos y diseñadores del museo, que durante la construcción de este iban allí a comer, me fijé en que en una esquina había uno en el que ponía “Frank Gehry”.

A la salida, tras comentar el sablazo, nos dirigimos al coche para regresar a la sala. Nikola quería ver el partido entre la Juventus y el Inter, que empezaba a las 20:30.

Comencé a notar a Nikola impaciente con la hora. Ese partido de fútbol parecía verdaderamente importante para él, y se negó incluso a hacerse una foto junto a un cartel que anunciaba el concierto. Era evidente que tenía prisa por llegar a la sala.

En el coche, hablamos de cosas como el intercambio de música por Internet, los derechos de los artistas (que él representaba, como es obvio, en aquel coche caballo blanco de Santiago) y los odiosos recopilatorios con dos canciones nuevas. Nikola lo justificaba argumentando que cada vez era más difícil para un músico ganarse la vida con lo que hacía; y que en muchas ocasiones esos productos sacacuartos eran algo que se escapaba al control de las bandas; que, si querían dedicarse a la música, adquirían obligaciones contractuales con implicaciones a menudo imprevisibles.

Nos volvimos a perder de regreso a la sala, y Txomin de vez en cuando tranquilizaba a Nikola diciéndole que sólo se perdería los primeros minutos. Nikola, frío o ejemplarmente diplomático, hablaba de fútbol con él, como si la conversación pudiera aplacarlo... durante un rato.

Cuando llegamos por fin a la sala, nos encontramos con muchos fans que ya hacían cola ante ante la entrada. Algunos reconocieron a Nikola, e incluso lo saludaron; pero Nikola tenía otras cosas en mente, y saludó casi de soslayo, con la cabeza ocupada con el tiempo que ya se habría perdido de partido.

A veces no sé cómo interpretar la distante amabilidad de Nikola. Es correcto con todo el mundo, sonríe con cierta frecuencia, y de cuando en cuando sorprende con alguna afirmación que revela que hay sentido del humor más allá del paralelo 50. Sin embargo, guarda unas distancias que nos recuerdan la diferencia entre el temperamento español o latino (dadle el nombre que queráis) y el nórdico.

Es precisamente esa personalidad reservada pero amable, la que por un lado invita a cometer el abuso; y por otro, sugiere la idea de que te has pasado. Claro que en nuestro caso, era evidente que así había sido, a juzgar por la sonrisa sardónica de Andreas, el encargado del merchandising, cada vez que nos veía.

Quedamos con Nikola en que nosotros permaneceríamos en el interior de la sala mientras él veía el partido con los de la banda. El interior del recinto estaba aún casi completamente vacío, salvo por algunos empleados que deambulaban de un lado a otro, sin propósito aparente; y unos tipos que cenaban al otro lado de una mampara que separaba la sala de lo que parecía un restaurante al que no había forma de saber cómo acceder.

Nikola ofreció sacarnos algo de bebida cuando le dije que a lo mejor nos íbamos afuera a buscar un sitio más barato donde tomarnos algo. Los recintos como aquel suelen hacer gran parte de su recaudación con la bebida, lo que hace casi prohibitivos los precios. Para que no nos fuéramos, o por simple deferencia, nos sacó algo de bebida y le entregó a Txomin un pase para que, cuando quiera que necesitáramos algo de beber, entráramos a la zona de backstage y lo cogiéramos.

Aquello era más de lo que podíamos haber soñado. Sólo nos faltaban las groupies. Algo que, por otro lado, sirvió de pretexto para soñar una noche distinta a la que nos esperaba: regresar a Madrid en coche era algo que no me apetecía nada, y traté de convencer a Txomin y a Tagarrovich para buscar alojamiento e irnos por ahí, a algún buen garito donde pasar la noche bebiendo y escuchando buena música. A veces me cuesta resistir la inercia de mi entusiasmo, sobre todo en los conciertos.

Alrededor de las diez salieron los teloneros, Far from finished, que volvieron a dar un buen concierto, pese a que un par de horas después, uno de los guitarristas confesara a Matthias en el backstage que no estaba nada contento con la actuación. Claro que a esas alturas ya me encontraba sumido en un hondo aturdimiento por culpa de los porros que nos íbamos liando en torno a la mesa de una especie de reservado en el fondo de la sala.

Nada más dejar a Nikola perderse en el backstage para ver el partido, habíamos tomado la decisión de ver el concierto desde la parte de atrás de la sala. Unas mesas rodeadas de sillones parecían un lugar magnífico para ver el show. Con la perspectiva que dan los errores cometidos, quizá no fue tan buena idea. Sobre todo porque el efecto sedante de los sillones se sumó al estupefaciente de la marihuana, y a cada minuto que pasaba Txomin y Gerardo estaban más frescos, Red Bull tras Red Bull; pero yo tenía cada vez más ganas de encontrar a una fan cariñosa que me llevara a su habitación llena de pósters de My chemical romance y qué sé yo qué más grupos llorones y sensibles, y dormirme en sus brazos, con la cabeza recostada en sus blandos pero ingrávidos senos.

La acústica era lo bastante buena, y sin duda mejor que la de Madrid; y desde atrás, podíamos ver entrar a todos los chavales que componían el público de aquella noche. Y que certificaba, como ya sucediera en Madrid, que Millencolin atrae a gente nueva, jóvenes que nada saben sobre las estériles discusiones en torno a si Millencolin se han ablandado o el pan se ha endurecido.

Entre los asistentes había algunos especímenes singulares. Uno de ellos en especial acabaría siendo mencionado en el Twitter de Millencolin como “weirdos in the backstage!!”. Y es que el chaval bien valía el plural. Cuando lo vi, pensé que era una especie de Nicholas Cage de Barakaldo, con menos horas de gimnasio y falto de uno o dos hervores aún. Aunque también pensé “la de cosas que haría yo con la mitad de su autoestima”. Su lugar no parecía la sala Rock Star Live de Bilbao, sino el Studio 54 de Nueva York; o algún otro rincón soleado por el reflejo de las bolas de espejo en las gafas de sol de los famosos. Se movía como un ente separado, ajeno a la música... pero no a las gachís. A todas las miraba, y estoy seguro de que él estaba convencido en lo más hondo de sus ser de que ellas no lo perdían de vista ni por un segundo.

Y a lo mejor era así, porque por peculiar que fuera, el chico se había esforzado por borrar la sombra de pueblerino que aún seguía de cerca sus pasos desde la aldea de la que había llegado su familia hacía solo una generación. Y casi lo había logrado, gracias a la depilación y el gimnasio. Sólo cierta luz y desde cierto ángulo, revelaba al paleto emboinado que llevaba dentro y que habían bajado del monte con un espejito.

Cuando Millencolin subieron al escenario, las últimas filas se levantaron sobre la punta de sus zapatos para ver mejor a las estrellas de aquella noche. Hasta nosotros nos erguimos un poco para ver por encima del público.

“¿Al final te ha dicho Nikola cuál era la sorpresa de esta noche en el setlist?”, pregunté a Txomin, que negó con la cabeza. A juzgar por los setlists que habían venido tocando en esta gira, no había muchas variaciones. Txomin nos había contado de camino a Bilbao que Nikola a veces llegaba al concierto sin saber cuál iba a ser la lista de canciones. Esta aparente despreocupación, que podría ser tomada como una muestra de espontaneidad rockera, era en realidad el resultado de un repertorio casi inmutable a lo largo de toda la gira. Así, cualquiera podía llegar a la sala de conciertos sin miedo a sorpresas. Lo que nos llevaba de nuevo al asunto: ¿cuál sería la sorpresa esa noche, a la que Nikola se había referido en el coche?

“Pater... ¿Y si cogemos a unas cuantas de estas crías y les decimos que si quieren salir con la banda esta noche?”. Les presentamos a Nikola, nos las llevamos de juerga... Gerardo dedicaba a estas sugerencias una sonrisa de perro viejo que cualquiera podría reivindicar para sí, y que es difícil interpretar: nunca está claro si la media sonrisa es de aprobación, o la de quien sabe abortados todos los planes una vez formulados en voz alta. Como si se guardara para sí la verdad eterna de que quien dice cuál es su deseo tras soplar las velas, nunca lo verá realizado.

No sé cómo escucharon Txomin y Gerardo el concierto, pero yo lo hice cómodamente distraído, atento a mis canciones favoritas. Me concentraba en aquellos momentos que más me gustaban dentro de un repertorio que había oído casi sin variaciones tres días antes en Madrid. De cuando en cuando me levantaba y cantaba, con un brazo en alto, parte de la letra de una canción.
I know that you can see it in my eyes
I'm not myself right now

Pero la cerveza y los porros hacían que me asemejara más a alguien que se despereza de una siesta, que a un rockero entusiasmado. Y sin embargo así me sentía: entusiasmado. Entusiasmado por el contexto, por el día, por el viaje, por el recuerdo del pájaro estrellándose contra el parabrisas del caballo blanco de Gerardo, por la bebida gratis y la promesa de más merchandising, por la esperanza de que al final Txomin y Gerardo se convencieran de que lo mejor era reservar una habitación e irnos de marcha por Bilbao. La música era la banda sonora de un buen día, y no importaba si el setlist era casi idéntico al de Madrid, si Txomin afirmaba sin demasiada convicción que la sorpresa era que habían tocado una canción que no habían tocado en Madrid... Si tienes que hacer hipótesis sobre una sorpresa, no lo es tanto al fin y al cabo, ¿no?

Pero nada de eso importaba. Nikola agradecía al público “eskerri kasko”, y hablaba de los conciertos pasados, en Lisboa, Santiago de Compostela... En un momento dado, al referirse a esta última ciudad, dijo que Millencolin eran peregrinos. La ocurrencia, que me recordó a la noche en que tomábamos algo con Nikola en el Vips de la Plaza de los Cubos, hermanaba a los músicos, titiriteros y demás artistas de la farándula rockera con los hombres santos que habían recorrido el mundo hacía siglos, en busca de lugares de retiro donde ir a morir para dejar sus huesos como reclamo turístico.

Millencolin parecían mucho más animados que en el concierto de Madrid, o al menos me pareció que interactuaban más con el público. No era noche para hacer bromas con la camiseta de la selección española pero Matthias, buscando la empatía general, se refirió a lo que quizá creyó que sería una afición compartida con el público: la Fórmula 1. ¿Fernando Alonso?, preguntó, y la gente abucheó el nombre como fueran campesinos que corrieran en las fiestas de los pueblos tras simbólicos peleles de paja, depositarios de un odio acérrimo y común. Sorprendido, Matthias preguntó al público si le gustaba la Fórmula 1, y la respuesta mayoritaria fue negativa. Sin dejarse amilanar por la mayoría, él afirmó que le gustaba.

“Vaya panda de gilipollas”, comentamos nosotros tres. “Como no es vasco...”. Me reí con la sola ocurrencia de Anasagasti ganando un gran premio en Montmeló, y el mismo público gritando hurras por Iñaki. La estupidez sirve para unir a la gente, y es un gran catalizador de reacciones multitudinarias. En el pánico de la idiotez, hace falta tener la cabeza fría para no dejarse arrastrar por la carrera de la manada y buscar una postura disidente. ¿Independencia? ¿Autodeterminación? Cada vez que escucho estos conceptos que parecen hechos para llenar muros de grafiti y pancartas, pero no para la vida real, me apetece preguntar “¿para quién? ¿Para el individuo o para el Partido?”

Tras un breve descanso, Millencolin regresaron al escenario para hacer el esperado encore. Txomin y Gerardo se habían acercado al puesto de merchandising para ver si podían arañar algo más de la generosidad de Andreas. Y así fue, pero no pude conseguir otros auriculares. “Uno, tal vez; dos, no”, había respondido cuando Txomin le había pedido unos también para mí.

Con la misma camiseta los tres, nos hicimos unas fotos con el móvil, y escuchamos el final del concierto. Cuando la sala se hubo despejado un poco, nos acercamos a la zona de backstage, donde nos encontramos a Nikola hablando con una amiga de su mujer que vivía en el País Vasco.

Txomin, Gerardo y yo saludamos al resto de la banda y les felicitamos por el concierto. “Better than in Madrid”, les dije. Agradecieron el cumplido, nos ofrecieron algo de bebida del camerino y se hicieron unas fotos con nosotros. Les contamos lo que habíamos hecho por la tarde con Nikola por Bilbao, y les animamos a que la próxima vez se unieran ellos también. Como verdaderos profesionales, asintieron, escucharon e incluso dijeron que estaría bien salir todos por ahí. Pero de lo que nos dijeron nadie podría deducir que, en efecto, podríamos contar con ellos en una próxima ocasión.

Pero daba igual: el día había sido espléndido; el concierto, tal como les dije en el camerino, me había parecido mejor que el de Madrid; y era el momento de dejarlos en paz, a solas en el backstage, para que descansaran y estuvieran tranquilos. Se echaba en falta algo de lo que la tradición rockera ha imprimido de manera indeleble en nuestras fantasías: groupies, drogas a tutiplén sobre espejos en los que se reflejaran las muecas desquiciadas de toda una troupe entregada a excesos tan aniquilantes como gozosos.

Si alguna vez vivieron sobre la rueda del exceso, era evidente que ese tiempo ya había pasado. Quienes habían saltado al escenario para tocar un sólido repertorio, tocado de corazón para pasar un buen rato aquella noche, eran un grupo de tipos más cerca de los 40 que de los 30, padres y maridos. Ahora descansaban conversando en los camerinos, charlaban con viejos amigos y añoraban, probablemente, el Home from home donde quedan con los suyos; y que tiene la ventaja adicional de estar cerca de casa, para ir de un hogar a otro.

Conocer a Millencolin me hizo desear que el encuentro se hubiera producido años atrás, cuando tanto ellos como yo éramos más jóvenes y aún tenían ganas de tirarse toda la noche de juerga, rodeándose de gente extraña y mujeres ávidas de ídolos. Pero también me sirvió para entender que sigo alimentándome de mitos forjados hace casi 50 años; de historias donde Jim Morrison es lo normal, lo que sin duda es una barbaridad.

Me costará aún bastante tiempo desligar el rock del anhelo de una vida excesiva, irresponsablemente hedonista y, en resumen, divertida. La vida que uno desea durante un tiempo y que, si no se tiene la oportunidad de disfrutarla aunque sea al nivel de los gramos de coca mezclada con paracetamol y laxante; Mariputones de Móstoles; himnos rockeros en garitos desgañitantes; borracheras que lo tumban a uno sobre aceras en las que asoman los primeros rayos de un sol hostil como el consejo de un padre... La vida que uno románticamente desea y que, si no se disfruta nunca, se acaba magnificando en la imaginación y la proyección sobre nuestros ídolos.

Por el pasillo que comunicaba el backstage con la sala, aparecieron dos gogós que debían actuar en un par de horas. Una mujer enana y de discurso tan cargante como entusiasta de la noche, trataba de hacer buenas migas con la juventud, que en ese momento representábamos con toda la reticencia imaginable Gerardo y yo. La despachamos enseguida, y supimos, al ver entrar en los camerinos a las gogós para vestirse para su número, que la noche había acabado.

Nos despedimos de Nikola, le agradecimos habernos invitado al concierto y abandonamos los camerinos. Fuera, el público rockero había sido reemplazado por otro bien distinto, que se había acercado hasta allí para escuchar música dance y bailar hasta el amanecer. Aún eran pocos, pero no tardarían en llegar muchos más, borrando cualquier huella que todavía quedara del concierto que acababan de dar Millencolin.

 


Tongari-Kun, de Takashi Murakami.

 


Reflexión – Un regalo de Iwaki. Cai Guo-Qiang.

 

 

 

 

 

 

 

 


De frente, 2006. Cai Guo-Qiang.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ismael Gómez