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Antes de cada
concierto, me gusta tomar el
pulso del grupo que voy a ver.
Y la forma de hacerlo es, hoy
día, acudir a Internet.
Claro que esto no es válido
para algunos grupos, sobre todo
los más grandes, de los
que incluso tiempo después
de haber muerto, queda aún
la huella en forma de miles
de páginas no actualizadas.
Páginas de fans que han
dejado de interesarse por la
banda, que mantienen vivos clubs
de fans únicamente para
vilipendiar los últimos
discos y echar de menos la gloria
de los viejos tiempos...
Lo que le ocurre
a Millencolin se podría
tomar como sintomático
de lo que ocurre con todo el
rock. Nada hace que sean más
representativos que cualquier
otra banda que lleve junta más
de cinco años. Sencillamente,
en ellos leo lo que le viene
ocurriendo a un buen número
de grupos. Y si he escrito esto
es para hablar de Millencolin,
no de los putos Pignoise.
Encuentro a
quienes agrada la “nueva”
dirección de los discos,
más rockera. Otros reconocen
varios temas de cada uno de
sus últimos trabajos
como “temazos”,
pero ningunean el resto de canciones.
Pero esos temas destacados son
tan rockeros como los otros,
luego la crítica no es
que se hayan olvidado del skate
punk para dirigirse por derroteros
más convencionales, ¿o
sí? Cuando acabo de leer
las páginas de fans,
sus opiniones disfrazadas de
críticas de discos en
páginas más o
menos amateur, lo único
claro es que Millencolin no
son tan buenos como solían
ser... casualmente cuando el
que opina era más joven.
Y es que Millencolin
han cambiado. Qué duda
cabe. No hay más que
escuchar el Life on a plate,
y compararlo con el Pennybridge,
y a este con Kingwood o Machine
15. Lo que quiero decir es que
el cambio se ha producido, pero
no ha ocurrido de la noche a
la mañana. Como uno no
crece ni se transforma en un
horrible insecto durante la
noche. Son cambios graduales
que revelan otros, menos evidentes
cuando no se sale a tomar algo
cada fin de semana con quien
compone. Uno asiste al envejecimiento
de las rock stars a través
de sus canciones.
Sonriendo,
como si hubiera realizado un
descubrimiento que me proporcionaba
un placer íntimo e inefable,
busqué a mi lado a Txomin,
Gerardo y Nikola. No los encontré,
pero tampoco me importó
en aquel momento. Prefería
estar en silencio y continuar
la visita del modo más
libre: deteniéndome en
las obras que pudieran provocar
en mí reacciones similares
a las que había sentido
con Murakami.
Mientras caminaba
lentamente por los laberínticos
pasillos del museo, me encontré
con un naufragio.
La explicación
de una guía que acompañaba
a un grupo de turistas me devolvió
a la realidad. Miré el
reloj, y me di cuenta de que
hacía un buen rato que
no me preocupaba la hora. No
me quedaba mucho para recorrer
todas las salas y extraer lo
que pudiera de ellas.
Bajé
unas escaleras para completar
la visión cenital que
había tenido de la obra
con otra más cercana.
Era un barco de más de
cien años de antigüedad,
restos de un antiguo naufragio
en las costas de China, que
había sido rescatado
por el artista. Los restos del
casco habían sido rellenados
con miles de fragmentos de cerámica
hecha añicos.
En un monitor
ubicado en la sala, se mostraba
el proceso de creación,
que supervisaba el artista como
si de un ingeniero se tratase,
como si la creación fuera
la idea misma; y la ejecución,
un acto que pudiera delegarse
en la mano de obra sin rebajar
el valor artístico del
resultado. A mí me parecía
que el artista debía
realizar su idea en la soledad
creativa e íntima de
la inspiración. Pero
todo cuanto me rodeaba me revelaba,
sala tras sala, obra tras obra,
lo profundamente trasnochadas
que eran mis ideas.
Tras encontrarme
con Txomin, Nikola y Gerardo,
les conté que había
una sala donde se proyectaban
un concierto de Nirvana y un
partido de cuando Zidane jugaba
en el Real Madrid. En el caso
del concierto de Nirvana, lo
que el espectador veía
era una cámara fija en
Kurt Cobain. En la proyección
del partido de fútbol,
se habían utilizado varias
cámaras para seguir a
Zidane por todo el campo, y
registrar cada uno de sus movimientos.
El resultado
en ambas grabaciones era idéntico:
el espectador tenía la
impresión de estar no
sólo en el lugar, sino
en la misma piel del personaje.
En un caso, una estrella de
rock entregada a la rabia de
un repertorio de emociones limitadas,
y que debía de costar
un esfuerzo extraordinario cantar,
noche tras noche, cuando tal
vez lo que sentía Cobain
podía diferir mucho de
lo que decían sus canciones.
Hasta cierto punto, daba miedo
pensar en alguien que sale al
escenario y, sin importar cómo
se siente, ha de entregar el
producto de una inspiración
concretada en la letra y la
música de una canción.
Si la canción dice que
eres un desgraciado negativo
(Negative creep, canción
interpretada en el vídeo),
has de decirlo con toda el alma,
con independencia de si esa
noche te sentías el hombre
más feliz del mundo
.
En el caso de Zidane, las cámaras
fijas te ponían frente
a un hombre que corre, escupe,
suda, pide el balón y
vuelve a correr. El sonido del
público es ensordecido
deliberadamente; o quizá
no se oye porque los jugadores
en el campo no pueden escuchar
a los hinchas. La sensación
de aislamiento es casi total,
como si el futbolista corriera
en el interior de una burbuja,
ajeno al espectáculo
del que forma parte.
Yo meneaba
la cabeza y me sonreía,
pensando que después
de todo, estaba disfrutando
bastante la visita. Mostré
las salas de proyección
a Gerardo, a Txomin y Nikola,
pero no le prestaron demasiada
atención. Un poco más
a la de Zidane, quizá,
antes de encaminarse a ver otra
obra de Cai Guo-Qiang, llamada
De frente, que nos gustó
a todos.
Una manada
de lobos corría por el
aire hacia un muro de cristal,
contra el que se estrellaban.
Nikola en especial pareció
disfrutar mucho con esta obra,
y tras examinarla con detenimiento
durante unos minutos, se volvió
y dijo: “I like this one”,
como si descartara con esta
opinión el resto de cuanto
había visto, y diera
por zanjada la visita.
Esta impresión
la confirmó el hecho
de que una vez salimos de la
sala donde habíamos visto
De frente, ninguno de los cuatro
mostramos mucho más interés
por nada de lo que quedaba por
ver.
En una hora
y cuarto, habíamos visto
el museo, y nos dirigimos a
la salida. Se me ocurrió
que quizá Nikola querría
visitar la tienda, y allá
fuimos. Sin embargo, precios
como una camiseta de algodón
y manga corta por 45€,
nos desanimaron tanto que decidimos
largarnos de allí e ir
a tomar unos pinchos y unos
vinos antes de que se nos hiciera
demasiado tarde.
En la salida
del museo nos fotografiamos
con Nikola, con el edificio
del Guggenheim detrás
de nosotros y un sol radiante
asomando entre las nubes. Caminamos
por una de las calles adyacentes
al museo, y en cuanto vimos
un bar con buena pinta, nos
metimos en él. Ocupamos
una mesa, y pedimos algo de
beber, y unos pinchos muy mediocres,
para así poder decir
que habíamos comido pinchos.
En la televisión
del bar, un hombre confesaba
en un reality que su primera
experiencia sexual no había
sido con un ser humano. El camarero
reía nervioso, y nos
miraba de vez en cuando, como
si nos tomara mentalmente medida
para hacernos un traje. Una
chica muy guapa, de unos 14
años, que parecía
ser su hija, se reía
de las implicaciones de la confesión,
y nosotros nos reíamos
y explotábamos el suceso
haciendo otras bromas mientras
nos levantábamos y pedíamos
algo más de beber.
Tras pedir
yo mis pinchos, me encontré
a Txomin enseñándole
a Nikola a decir “gracias”
en vasco. “Eskerri kasko”,
repetía esmerándose
en memorizar las palabras para
después decirlas en el
concierto. Me pregunté
cuántas veces se habría
repetido una escena similar:
en Belgrado, en Roma, en Copenague,
en Bruselas...
Mientras estábamos
sentados a la mesa, reparé
en que las paredes del local
estaban adornadas con cascos
de obra con inscripciones a
rotulador del tipo “Guggenheim
93-97”. Antes de irnos,
tras pagar Nikola la dolorosísima
cuenta de 48 euros por unas
cañas y un par de pinchos
cada uno, pregunté al
camarero de quién eran
esos cascos. Justo en el momento
en que me respondía que
eran de los arquitectos y diseñadores
del museo, que durante la construcción
de este iban allí a comer,
me fijé en que en una
esquina había uno en
el que ponía “Frank
Gehry”.
A la salida,
tras comentar el sablazo, nos
dirigimos al coche para regresar
a la sala. Nikola quería
ver el partido entre la Juventus
y el Inter, que empezaba a las
20:30.
Comencé
a notar a Nikola impaciente
con la hora. Ese partido de
fútbol parecía
verdaderamente importante para
él, y se negó
incluso a hacerse una foto junto
a un cartel que anunciaba el
concierto. Era evidente que
tenía prisa por llegar
a la sala.
En el coche,
hablamos de cosas como el intercambio
de música por Internet,
los derechos de los artistas
(que él representaba,
como es obvio, en aquel coche
caballo blanco de Santiago)
y los odiosos recopilatorios
con dos canciones nuevas. Nikola
lo justificaba argumentando
que cada vez era más
difícil para un músico
ganarse la vida con lo que hacía;
y que en muchas ocasiones esos
productos sacacuartos eran algo
que se escapaba al control de
las bandas; que, si querían
dedicarse a la música,
adquirían obligaciones
contractuales con implicaciones
a menudo imprevisibles.
Nos volvimos
a perder de regreso a la sala,
y Txomin de vez en cuando tranquilizaba
a Nikola diciéndole que
sólo se perdería
los primeros minutos. Nikola,
frío o ejemplarmente
diplomático, hablaba
de fútbol con él,
como si la conversación
pudiera aplacarlo... durante
un rato.
Cuando llegamos por fin a la
sala, nos encontramos con muchos
fans que ya hacían cola
ante ante la entrada. Algunos
reconocieron a Nikola, e incluso
lo saludaron; pero Nikola tenía
otras cosas en mente, y saludó
casi de soslayo, con la cabeza
ocupada con el tiempo que ya
se habría perdido de
partido.
A veces no
sé cómo interpretar
la distante amabilidad de Nikola.
Es correcto con todo el mundo,
sonríe con cierta frecuencia,
y de cuando en cuando sorprende
con alguna afirmación
que revela que hay sentido del
humor más allá
del paralelo 50. Sin embargo,
guarda unas distancias que nos
recuerdan la diferencia entre
el temperamento español
o latino (dadle el nombre que
queráis) y el nórdico.
Es precisamente
esa personalidad reservada pero
amable, la que por un lado invita
a cometer el abuso; y por otro,
sugiere la idea de que te has
pasado. Claro que en nuestro
caso, era evidente que así
había sido, a juzgar
por la sonrisa sardónica
de Andreas, el encargado del
merchandising, cada vez que
nos veía.
Quedamos con
Nikola en que nosotros permaneceríamos
en el interior de la sala mientras
él veía el partido
con los de la banda. El interior
del recinto estaba aún
casi completamente vacío,
salvo por algunos empleados
que deambulaban de un lado a
otro, sin propósito aparente;
y unos tipos que cenaban al
otro lado de una mampara que
separaba la sala de lo que parecía
un restaurante al que no había
forma de saber cómo acceder.
Nikola ofreció
sacarnos algo de bebida cuando
le dije que a lo mejor nos íbamos
afuera a buscar un sitio más
barato donde tomarnos algo.
Los recintos como aquel suelen
hacer gran parte de su recaudación
con la bebida, lo que hace casi
prohibitivos los precios. Para
que no nos fuéramos,
o por simple deferencia, nos
sacó algo de bebida y
le entregó a Txomin un
pase para que, cuando quiera
que necesitáramos algo
de beber, entráramos
a la zona de backstage y lo
cogiéramos.
Aquello era
más de lo que podíamos
haber soñado. Sólo
nos faltaban las groupies. Algo
que, por otro lado, sirvió
de pretexto para soñar
una noche distinta a la que
nos esperaba: regresar a Madrid
en coche era algo que no me
apetecía nada, y traté
de convencer a Txomin y a Tagarrovich
para buscar alojamiento e irnos
por ahí, a algún
buen garito donde pasar la noche
bebiendo y escuchando buena
música. A veces me cuesta
resistir la inercia de mi entusiasmo,
sobre todo en los conciertos.
Alrededor de
las diez salieron los teloneros,
Far from finished, que volvieron
a dar un buen concierto, pese
a que un par de horas después,
uno de los guitarristas confesara
a Matthias en el backstage que
no estaba nada contento con
la actuación. Claro que
a esas alturas ya me encontraba
sumido en un hondo aturdimiento
por culpa de los porros que
nos íbamos liando en
torno a la mesa de una especie
de reservado en el fondo de
la sala.
Nada más
dejar a Nikola perderse en el
backstage para ver el partido,
habíamos tomado la decisión
de ver el concierto desde la
parte de atrás de la
sala. Unas mesas rodeadas de
sillones parecían un
lugar magnífico para
ver el show. Con la perspectiva
que dan los errores cometidos,
quizá no fue tan buena
idea. Sobre todo porque el efecto
sedante de los sillones se sumó
al estupefaciente de la marihuana,
y a cada minuto que pasaba Txomin
y Gerardo estaban más
frescos, Red Bull tras Red Bull;
pero yo tenía cada vez
más ganas de encontrar
a una fan cariñosa que
me llevara a su habitación
llena de pósters de My
chemical romance y qué
sé yo qué más
grupos llorones y sensibles,
y dormirme en sus brazos, con
la cabeza recostada en sus blandos
pero ingrávidos senos.
La acústica
era lo bastante buena, y sin
duda mejor que la de Madrid;
y desde atrás, podíamos
ver entrar a todos los chavales
que componían el público
de aquella noche. Y que certificaba,
como ya sucediera en Madrid,
que Millencolin atrae a gente
nueva, jóvenes que nada
saben sobre las estériles
discusiones en torno a si Millencolin
se han ablandado o el pan se
ha endurecido.
Entre los asistentes
había algunos especímenes
singulares. Uno de ellos en
especial acabaría siendo
mencionado en el Twitter de
Millencolin como “weirdos
in the backstage!!”. Y
es que el chaval bien valía
el plural. Cuando lo vi, pensé
que era una especie de Nicholas
Cage de Barakaldo, con menos
horas de gimnasio y falto de
uno o dos hervores aún.
Aunque también pensé
“la de cosas que haría
yo con la mitad de su autoestima”.
Su lugar no parecía la
sala Rock Star Live de Bilbao,
sino el Studio 54 de Nueva York;
o algún otro rincón
soleado por el reflejo de las
bolas de espejo en las gafas
de sol de los famosos. Se movía
como un ente separado, ajeno
a la música... pero no
a las gachís. A todas
las miraba, y estoy seguro de
que él estaba convencido
en lo más hondo de sus
ser de que ellas no lo perdían
de vista ni por un segundo.
Y a lo mejor
era así, porque por peculiar
que fuera, el chico se había
esforzado por borrar la sombra
de pueblerino que aún
seguía de cerca sus pasos
desde la aldea de la que había
llegado su familia hacía
solo una generación.
Y casi lo había logrado,
gracias a la depilación
y el gimnasio. Sólo cierta
luz y desde cierto ángulo,
revelaba al paleto emboinado
que llevaba dentro y que habían
bajado del monte con un espejito.
Cuando Millencolin
subieron al escenario, las últimas
filas se levantaron sobre la
punta de sus zapatos para ver
mejor a las estrellas de aquella
noche. Hasta nosotros nos erguimos
un poco para ver por encima
del público.
“¿Al
final te ha dicho Nikola cuál
era la sorpresa de esta noche
en el setlist?”, pregunté
a Txomin, que negó con
la cabeza. A juzgar por los
setlists que habían venido
tocando en esta gira, no había
muchas variaciones. Txomin nos
había contado de camino
a Bilbao que Nikola a veces
llegaba al concierto sin saber
cuál iba a ser la lista
de canciones. Esta aparente
despreocupación, que
podría ser tomada como
una muestra de espontaneidad
rockera, era en realidad el
resultado de un repertorio casi
inmutable a lo largo de toda
la gira. Así, cualquiera
podía llegar a la sala
de conciertos sin miedo a sorpresas.
Lo que nos llevaba de nuevo
al asunto: ¿cuál
sería la sorpresa esa
noche, a la que Nikola se había
referido en el coche?
“Pater...
¿Y si cogemos a unas
cuantas de estas crías
y les decimos que si quieren
salir con la banda esta noche?”.
Les presentamos a Nikola, nos
las llevamos de juerga... Gerardo
dedicaba a estas sugerencias
una sonrisa de perro viejo que
cualquiera podría reivindicar
para sí, y que es difícil
interpretar: nunca está
claro si la media sonrisa es
de aprobación, o la de
quien sabe abortados todos los
planes una vez formulados en
voz alta. Como si se guardara
para sí la verdad eterna
de que quien dice cuál
es su deseo tras soplar las
velas, nunca lo verá
realizado.
No sé
cómo escucharon Txomin
y Gerardo el concierto, pero
yo lo hice cómodamente
distraído, atento a mis
canciones favoritas. Me concentraba
en aquellos momentos que más
me gustaban dentro de un repertorio
que había oído
casi sin variaciones tres días
antes en Madrid. De cuando en
cuando me levantaba y cantaba,
con un brazo en alto, parte
de la letra de una canción.
I know that you can see it in
my eyes
I'm not myself right now
Pero la cerveza
y los porros hacían que
me asemejara más a alguien
que se despereza de una siesta,
que a un rockero entusiasmado.
Y sin embargo así me
sentía: entusiasmado.
Entusiasmado por el contexto,
por el día, por el viaje,
por el recuerdo del pájaro
estrellándose contra
el parabrisas del caballo blanco
de Gerardo, por la bebida gratis
y la promesa de más merchandising,
por la esperanza de que al final
Txomin y Gerardo se convencieran
de que lo mejor era reservar
una habitación e irnos
de marcha por Bilbao. La música
era la banda sonora de un buen
día, y no importaba si
el setlist era casi idéntico
al de Madrid, si Txomin afirmaba
sin demasiada convicción
que la sorpresa era que habían
tocado una canción que
no habían tocado en Madrid...
Si tienes que hacer hipótesis
sobre una sorpresa, no lo es
tanto al fin y al cabo, ¿no?
Pero nada de
eso importaba. Nikola agradecía
al público “eskerri
kasko”, y hablaba de los
conciertos pasados, en Lisboa,
Santiago de Compostela... En
un momento dado, al referirse
a esta última ciudad,
dijo que Millencolin eran peregrinos.
La ocurrencia, que me recordó
a la noche en que tomábamos
algo con Nikola en el Vips de
la Plaza de los Cubos, hermanaba
a los músicos, titiriteros
y demás artistas de la
farándula rockera con
los hombres santos que habían
recorrido el mundo hacía
siglos, en busca de lugares
de retiro donde ir a morir para
dejar sus huesos como reclamo
turístico.
Millencolin
parecían mucho más
animados que en el concierto
de Madrid, o al menos me pareció
que interactuaban más
con el público. No era
noche para hacer bromas con
la camiseta de la selección
española pero Matthias,
buscando la empatía general,
se refirió a lo que quizá
creyó que sería
una afición compartida
con el público: la Fórmula
1. ¿Fernando Alonso?,
preguntó, y la gente
abucheó el nombre como
fueran campesinos que corrieran
en las fiestas de los pueblos
tras simbólicos peleles
de paja, depositarios de un
odio acérrimo y común.
Sorprendido, Matthias preguntó
al público si le gustaba
la Fórmula 1, y la respuesta
mayoritaria fue negativa. Sin
dejarse amilanar por la mayoría,
él afirmó que
le gustaba.
“Vaya
panda de gilipollas”,
comentamos nosotros tres. “Como
no es vasco...”. Me reí
con la sola ocurrencia de Anasagasti
ganando un gran premio en Montmeló,
y el mismo público gritando
hurras por Iñaki. La
estupidez sirve para unir a
la gente, y es un gran catalizador
de reacciones multitudinarias.
En el pánico de la idiotez,
hace falta tener la cabeza fría
para no dejarse arrastrar por
la carrera de la manada y buscar
una postura disidente. ¿Independencia?
¿Autodeterminación?
Cada vez que escucho estos conceptos
que parecen hechos para llenar
muros de grafiti y pancartas,
pero no para la vida real, me
apetece preguntar “¿para
quién? ¿Para el
individuo o para el Partido?”
Tras un breve
descanso, Millencolin regresaron
al escenario para hacer el esperado
encore. Txomin y Gerardo se
habían acercado al puesto
de merchandising para ver si
podían arañar
algo más de la generosidad
de Andreas. Y así fue,
pero no pude conseguir otros
auriculares. “Uno, tal
vez; dos, no”, había
respondido cuando Txomin le
había pedido unos también
para mí.
Con la misma
camiseta los tres, nos hicimos
unas fotos con el móvil,
y escuchamos el final del concierto.
Cuando la sala se hubo despejado
un poco, nos acercamos a la
zona de backstage, donde nos
encontramos a Nikola hablando
con una amiga de su mujer que
vivía en el País
Vasco.
Txomin, Gerardo
y yo saludamos al resto de la
banda y les felicitamos por
el concierto. “Better
than in Madrid”, les dije.
Agradecieron el cumplido, nos
ofrecieron algo de bebida del
camerino y se hicieron unas
fotos con nosotros. Les contamos
lo que habíamos hecho
por la tarde con Nikola por
Bilbao, y les animamos a que
la próxima vez se unieran
ellos también. Como verdaderos
profesionales, asintieron, escucharon
e incluso dijeron que estaría
bien salir todos por ahí.
Pero de lo que nos dijeron nadie
podría deducir que, en
efecto, podríamos contar
con ellos en una próxima
ocasión.
Pero daba igual:
el día había sido
espléndido; el concierto,
tal como les dije en el camerino,
me había parecido mejor
que el de Madrid; y era el momento
de dejarlos en paz, a solas
en el backstage, para que descansaran
y estuvieran tranquilos. Se
echaba en falta algo de lo que
la tradición rockera
ha imprimido de manera indeleble
en nuestras fantasías:
groupies, drogas a tutiplén
sobre espejos en los que se
reflejaran las muecas desquiciadas
de toda una troupe entregada
a excesos tan aniquilantes como
gozosos.
Si alguna vez
vivieron sobre la rueda del
exceso, era evidente que ese
tiempo ya había pasado.
Quienes habían saltado
al escenario para tocar un sólido
repertorio, tocado de corazón
para pasar un buen rato aquella
noche, eran un grupo de tipos
más cerca de los 40 que
de los 30, padres y maridos.
Ahora descansaban conversando
en los camerinos, charlaban
con viejos amigos y añoraban,
probablemente, el Home from
home donde quedan con los suyos;
y que tiene la ventaja adicional
de estar cerca de casa, para
ir de un hogar a otro.
Conocer a Millencolin
me hizo desear que el encuentro
se hubiera producido años
atrás, cuando tanto ellos
como yo éramos más
jóvenes y aún
tenían ganas de tirarse
toda la noche de juerga, rodeándose
de gente extraña y mujeres
ávidas de ídolos.
Pero también me sirvió
para entender que sigo alimentándome
de mitos forjados hace casi
50 años; de historias
donde Jim Morrison es lo normal,
lo que sin duda es una barbaridad.
Me costará
aún bastante tiempo desligar
el rock del anhelo de una vida
excesiva, irresponsablemente
hedonista y, en resumen, divertida.
La vida que uno desea durante
un tiempo y que, si no se tiene
la oportunidad de disfrutarla
aunque sea al nivel de los gramos
de coca mezclada con paracetamol
y laxante; Mariputones de Móstoles;
himnos rockeros en garitos desgañitantes;
borracheras que lo tumban a
uno sobre aceras en las que
asoman los primeros rayos de
un sol hostil como el consejo
de un padre... La vida que uno
románticamente desea
y que, si no se disfruta nunca,
se acaba magnificando en la
imaginación y la proyección
sobre nuestros ídolos.
Por el pasillo
que comunicaba el backstage
con la sala, aparecieron dos
gogós que debían
actuar en un par de horas. Una
mujer enana y de discurso tan
cargante como entusiasta de
la noche, trataba de hacer buenas
migas con la juventud, que en
ese momento representábamos
con toda la reticencia imaginable
Gerardo y yo. La despachamos
enseguida, y supimos, al ver
entrar en los camerinos a las
gogós para vestirse para
su número, que la noche
había acabado.
Nos despedimos
de Nikola, le agradecimos habernos
invitado al concierto y abandonamos
los camerinos. Fuera, el público
rockero había sido reemplazado
por otro bien distinto, que
se había acercado hasta
allí para escuchar música
dance y bailar hasta el amanecer.
Aún eran pocos, pero
no tardarían en llegar
muchos más, borrando
cualquier huella que todavía
quedara del concierto que acababan
de dar Millencolin.
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Tongari-Kun, de Takashi Murakami.

Reflexión – Un
regalo de Iwaki. Cai Guo-Qiang.



De frente, 2006. Cai Guo-Qiang.












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