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Ya en el año
1973, y para evitar comparaciones
odiosas no diré cuál,
hubo un grupo que sacó
un disco revolucionario no sólo
por su concepto musical sino
porque además, de manera
casi documental, reflejó
el desquiciante ritmo que iba
adquiriendo la sociedad. Nos
encontramos en otro siglo y
no es que nos hayamos convertido
en unos autómatas, en
el sentido estricto del término,
pero... como estamos inmersos
en ese frenesí y a pesar
de toda la evolución,
o bien por ésta misma,
funcionamos de manera mecánica...
la verdad es que apenas podemos
escapar de la presión
a las que nos somete el entorno,
maceramos la conciencia para
engrasar los engranajes por
entre los que discurre nuestra
existencia, y no hay muchas
oportunidades de escapar a esa
poderosa inercia. Creo que todos
hemos tenido esa sensación
alguna vez, lo que resulta bastante
sintomático, pero lo
que de verdad inquieta con más
frecuencia es pensar que esta
manera de comportarnos es necesaria
porque si de forma constante
tuviéramos plena consciencia
de todos los actos los individuos
acabaríamos trastornados.
Este proceso
alienante es lo que “Fear
Of A Blank Planet”, último
trabajo de la banda Porcupine
Tree, pretende transmitirnos...
y creo que lo consigue. Vale,
puedes pensar que es un delirio
pretender hablar de este disco
con una introducción
que puede tacharse (por su visión
catastrófica) de “ciber-punk”,
pero te aseguro que no es mi
intención profetizar
y cuando escuches las composiciones
del álbum rememora lo
que haces cada día. ¿Suena
el despertador?... Lo apagas,
seguro que ya haces uso de la
alarma del móvil para
levantarte y desde el primer
momento ya sientes que andas
justo de tiempo, que estás
adocenado. Observa todo tu alrededor,
en la calle, en el tren, en
el metro, en el autobús
o en tu vehículo. ¿Nadie
lleva MP3? ¿Hay alguien
hablando con el manos libres?
Observa las miradas esquivas
de la gente, apenas comunican
(¿qué habrían
de comunicar?). Piensa en qué
te diferencias del resto de
las personas con las que te
cruzas y qué harás
para que ese día no sea
igual al anterior... ¿Ver
la televisión? ¿Navegar
por Internet? ¿Jugar
con la Playstation? ¿Descargar
más música en
tu I-Pod?... y aunque no seas
una réplica exacta de
aquella persona, o de esta otra,
verás que respondes a
unas pautas que se dirían
inevitables.
Este ambiente
tan desasosegante, que tanto
desgasta nuestra conciencia,
es el que el disco reproduce
a lo largo de su escucha. No
es que ahora el cerebro de esta
prodigiosa formación
pretenda convertirse en un iluminado...
ya te digo que si lo meditas
verás que no hay que
tener una idea apocalíptica
para admitir que estamos cada
vez más anulados... simplemente
lo que este genial músico
quiere señalarnos es
que la misma tecnología
que usamos para comunicarnos,
para sentirnos más libres,
es la misma que nos aísla
de la sociedad y nos esclaviza.
Y para eso en “Fear Of
A Blank Planet” los temas
han sido compuestos y expuestos
de forma conceptual... algo
que, aunque no es novedoso en
el panorama musical empezaba
a estar olvidado, y que para
esta ocasión era un planteamiento
idóneo...
En una entrevista
realizada a Steve Wilson, alma
del grupo, el vocalista deja
bien claro cuál ha sido
su punto de partida: un álbum
que es un bloque, un todo creado
como una experiencia musical
continua. Esto es lo que crea
una atmósfera opresiva,
un clima intenso, una idea que
al no tener fisuras no da lugar
a dudas sobre su visión
del momento actual. Y el principal
elemento del que se vale para
dar forma al proyecto es el
imparable avance de la tecnología:
la posibilidad de navegar por
Internet a cualquier punto del
planeta, todos los canales que
consigo ha traído la
televisión digital, los
mundos paralelos que nos descubren
los juegos electrónicos,
la conexión tan inmediata
y cada vez más amplia
que ofrece la telefonía
móvil... pero todo esto
con el convencimiento de que
tales avances han traído
el caos. No hay nada más
que pensar en la increíble
cantidad de información
de que disponemos a través
de Internet, y la facilidad
de acceso que se tiene a esta
red virtual, para ver la confusión
que genera tal capacidad de
cruce de datos e imágenes...
algo similar a lo que ocurre
con la televisión digital
y el gran número de canales
que ha traído consigo,
donde las noticias se solapan
unas a otras con vertiginosa
velocidad.
Todos estos
aspectos quedan condensados
en “Fear Of A Blank Planet”
con una contundencia admirable.
Las armonías de las composiciones
son electrizantes e hirientes
pero sin dejar de ser exquisitas
ya que, de una manera realmente
sutil y gracias a multitud de
pequeños detalles tímbricos,
en ningún momento sobrecargan
la línea melódica
pero tampoco rebajan la tensión.
La sonoridad aunque es elaboradísima
siempre resulta, por su tratamiento,
muy cercana a la de un grupo
con una innegable base rockera...
no porque se trate de hablar
de los avances de la tecnología
hay que ceñirse a los
registros propios de la música
electrónica, no. Asimismo
durante el desarrollo de la
obra los pasajes de corte poderoso
enlazan con otros de cuidada
sencillez, pero que no debilitan
la estructura al ser combinados
con precisión milimétrica...
la justa para que la configuración
no se derrumbe por su propio
peso... y que, sin embargo,
no ceda ni un ápice de
carga. Y en cuanto a la parte
rítmica, tanto el armazón
del bajo, como la batería,
dan una solidez impresionante
a todos los cortes del álbum...
no son ritmos obsesivos pero
están construidos con
admirable consistencia, son
persistentes y despliegan una
gran energía. Es de destacar
la cantidad de matices, inquietantes,
inesperados, en ocasiones rabiosos
y en otros momentos sedantes,
que recorre toda la configuración
del álbum, lo que hace
que, incluso después
de sucesivas escuchas, los temas
sigan resultando atractivos
y dignos de análisis
más atentos.
Volviendo a
la concepción y realización
del disco, e insisto que sin
ánimo visionario, es
interesante señalar que
Steve Wilson aborda el mismo
desde la perspectiva de alguien
nacido en este siglo y se plantea
cómo afecta toda esta
tecnología a la hora
de escuchar la música,
a la hora de relacionarse con
el sexo opuesto y cómo
influye toda esa extensísima
iconografía, tan asequible
a cualquiera, en sus pasiones,
en la concepción de lo
que es necesario y lo que no
lo es. Y creo que acierta de
pleno en esa sensación
de rápido cansancio dándole
a los temas un aire de general
abatimiento. No es que ese sentimiento
sea el eje central en el que
se apoya y gira “Fear
Of A Blank Planet”...
pero su atmósfera enrarecida
deja entrever constantemente
ese hastío... incluso
en los instantes más
enérgicos está
ahí latente, como un
presagio.
De todos los
experimentos en los que Steve
Wilson participa, en mi opinión,
Porcupine Tree es el más
consolidado, en el que más
se desarrolla el verdadero talento
de este artista. No es que los
demás proyectos no tengan
valor... ya que la capacidad
de asimilar otras fórmulas
musicales y aportar creatividad
que tiene este vocalista y guitarrista,
de afinada técnica, es
impresionante... pero es junto
con los músicos Colin
Edwin (bajista), Gavin Harrison
(batería) y Richard Barbieri
(teclados) donde el valor musical
de Steve Wilson llega a ser
de auténtico genio. Y
esto lo demuestra la discografía
de esta banda que a través
de los años demuestra
la honestidad e integridad que
tanto echo de menos en otras
formaciones.
Otro detalle
que quiero señalarte
es la duración del disco,
porque creo que merece la pena.
Es curioso. No digo que forzosamente
tuviera que haber sido más
extenso, no... pero si hay algo
que ya me llamó la atención
desde las primeras audiciones,
y que todavía me sigue
dejando como “desconcertado”,
es que es relativamente corto.
Y digo curioso porque una vez
termina “Sleep Together”,
último corte, tengo la
sensación de que mientras
oía el disco ha habido
temas que se me han despistado,
por lo que rápidamente
vuelvo al comienzo una y otra
vez y sin desviar mi atención
vuelvo a escuchar desde “Fear
Of A Blank Planet”, primer
tema, hasta el final... sin
tregua. Puede parecerte que
he entrado en trance ya, que
es hablar por hablar, o rizar
el rizo... pero, con o sin intención
por parte del compositor Steve
Wilson, el hecho de tener que
volver a escuchar el álbum
me recuerda esa sensación
que más de una vez nos
queda a todos con Internet:
que se nos ha pasado el tiempo
sin darnos cuenta, que nos volvemos
a conectar para volver a asimilar
algo que nos atrae y que una
vez terminado nos deja como
huecos. ¿Será
que realmente ha conseguido
transmitir hasta en ese detalle
la sensación de desapego?
¿Habrá impregnado
las composiciones de este álbum
con ese sentimiento de vacío?
Puede que la
capacidad de este prolífico
y prodigioso músico llegue
a provocar reacciones tan sutiles
como ésta... hacernos
sentir, con su música,
que todos los adelantos tecnológicos
nos van convirtiendo en una
extensión del ratón
del ordenador, del mando a distancia,
del móvil, de todo tipo
de consolas... que tan sólo
somos la pieza que acciona dichos
programas pero que, una vez
ejecutado el clic, somos el
elemento más ajeno a
todos los procesos que suceden
en el interior de esos sistemas...
y por eso nos sentimos tan anulados.
P.D. ¿Alguien
quiere adivinar a qué
disco me refería al comienzo?
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