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“LA CRUZADA IRRACIONAL”

No sé qué mosca le ha picado al personal con Slayer aquí en España. Uno de los cuatro grandes del thrash y autores del disco definitivo del género, “Reign in blood”, han sido vilipendiados por muchos de manera injusta, tachándoles de vendidos (¿?) lo cual se tradujo en pobres asistencias a sus conciertos. Sólo hace falta recordar el “destierro” en el Egaleo de Leganés y el tercio de entrada en La Riviera durante su última visita a la capital en gira propia. ¿Las razones de esto?. Para mí, son varias: Una evidente bajada de nivel en sus entregas discográficas, sus tendencias políticas republicanas (ridículo pero real como la vida misma para alguno), pero sobre todo, para mí hay una que no debe desdeñarse. Cuando el “metal” en Estados Unidos estaba representado por gente como Korn, Limp Bizkit y demás chicos de nu, se produjo entre esas hornadas una reivindicación de la figura del cuarteto de Los Ángeles. Cuando llegó el mal llamado nuevo metal americano o metalcore, esta entronización se acrecentó aún más siendo Slayer, junto a Metallica (y mirad dónde están estos) la única banda de metal clásico americano (por no hablar de thrash) que permanece bajo el auspicio de una multinacional. ¡Ay, amigo, con la inquisición heavy hemos topado!. Esto de agradar a las “masas de muchachuelos que no representan la esencia del género” es un “pecado” enorme para algunos y se aprovechó que “Diabolus in musica” y “God hates us all” no cumplieron las expectativas para, incluso, decir que se habían apartado de “nuestro rollo”. Pero es que diré más. Me sorprendió cómo un concierto memorable y glorioso como el que se marcaron en el Metalmania 2003, donde interpretaron al completo “Reign in blood”, no fue de los diez más seguidos en aquel festival perdiendo esa batalla con grupos como “la banda antes conocida como” Sepultura, Nightwish o Barón Rojo, por no hablar de Blind Guardian, Iron Maiden y demás. Flipante.

No seré yo el que abogue por sus últimas entregas porque hay que reconocer que tanto “Diabolus in musica” como “God hates us all” son dos álbumes que se alejan excesivamente de lo que uno piensa que debe ser la propuesta de Slayer. El problema que tienen es que resultan excesivamente lineales en su modernidad: Guitarras actualizadas, Araya cambiando de registros, producción inorgánica y limpia, etc. Todo ello deja una sensación de no permanencia. El fan los coge con avidez pero, rápidamente, se olvida de ellos, lo digo por experiencia. Desde luego, todavía tienen cosas apetecibles, me refiero a composiciones como “State of mind”, “Bitter peace”, “Payback” o “Disciple”, pero son las menos en el contexto general. Por ello, cuando se anunció la salida de su nuevo trabajo, me puse un poco a la defensiva. A bombo y platillo la publicidad pregonaba el manido “una vuelta a las raíces” pero también lo dijeron en “God hates us all” y no era así o, como máximo, lo era en una proporción insignificante. No obstante, a mí me importa más bien poco esta apreciación porque, en el fondo, las críticas arreciarían si se intentaran refugiar en su pasado y no consiguieran atinar. Lo que yo, y supongo que la mayoría de seguidores, demando es un gran disco de Slayer, algo que echo de menos desde “Seasons in the abyss” porque ni tan siquiera considero que “Divine intervention” sea capaz de competir en condiciones de igualdad con sus cuatro primeras obras. Eso sí, me conformaba con algo como “Divine intervention”, es decir, una entrega notable aunque con altibajos.

Una vez desmenuzado y asimilado “Christ illusion”, mi conclusión es que está a la altura de “Divine...” aunque no se parece demasiado estilísticamente a él. Hay que iniciar esta valoración afirmando rotundamente que Araya, King, Hannemann y Lombardo han querido recuperar parte de los valores extraviados en la década de los noventa. Tanto en el plano compositivo como en la producción (aquí menos), puedes captar elementos de antaño. Sin embargo, esto no significa una negación de esfuerzos pretéritos porque el espíritu innovador (algo que es innegable en los californianos) permanece ahí, intacto, aunque probablemente no aflore como en “Diabolus” o “God”. Queda por saber si han recuperado la chispa que les llevó a escribir temas brutales a la par que adictivos. En este apartado, es necesario distinguir entre las canciones de Kerry King (siete) y las de Jeff Hannemann (tres). El primero ha optado por mirar hacia atrás y escarbar en el thrash metal que les dio la fama mientras que el rubio guitarrista representa el factor más moderno de cuarteto. Tal vez la distancia entre los temas de cada uno sea muy grande pero esta diversidad le confiere a “Christ illusion” un valor añadido porque ni es un ejercicio de complacencia a los fans ni dan una vuelta de tuerca a su evolución.

“Flesh storm” abre fuego y te transporta directamente a la época “Seasons in the abyss”. Digamos que es un “War ensemble” en pequeñito con un solo afilado y un final grandioso con esa especie de partes tan características de Slayer (“Angel of death”,”Necrophiliac”,...) que no son ni estrofas ni estribillos, ni tampoco puentes, que aparecen cuando menos te lo esperas y sobresalen del resto. Para mí, la mejor canción de “Christ illusion”. “Catalyst” es otro trallazo de poco más de tres minutos. Su diagnóstico sería similar al de “Flesh storm” si no fuera porque después del solo hay una especie de ¿rapeado? de Araya que no termina de agradarme. Con “Skeleton christ” se baja un poco la velocidad aunque hay un cambio de ritmo que nos adentra en un estribillo bastante hardcore. Lo más destacable del tema, los tremendos riffs posteriores al segundo coro.

El toque Hannemann aparece en “Eyes of the insane”, una canción oscura, quizá evocando la línea “South of heaven”, aunque de resultado desigual. Curiosamente ha salido como single pero no es de las que se quedan en el cerebro. Todo lo contrario podría pasar con “Jihad”, otra de la pluma de Jeff, y tal vez el corte más novedoso en su concepción con una guitarra inicial bastante original. Es un tema notable que, para mí, no está entre las más grandes porque el final está cortado de forma abrupta y, además, Araya canta las estrofas de una manera un tanto disonante. Contra estos guiños modernos, ya llega Kerry y su “Consfearacy”, otra pedazo de canción de puro thrash a la Slayer.

Personalmente, hay dos temas no me gustan y van seguidos en el disco. “Catatonic” es una composición a medio tiempo que parece tener el freno de mano echado. Cada vez que la oigo pienso que quiere ir más rápido pero no le dejan. Me produce una sensación de oportunidad perdida. “Black serenade” es la última aparición de Hannemann en los créditos. Con una estructura peculiar va acelerando progresivamente hasta frenarse en un estribillo que llega consumida toda la letra y se repite hasta la conclusión de la canción, únicamente interrumpido por el solo. Correcta pero prescindible.

“Christ illusion” casi podría considerarse un disco capicúa porque la traca final es tan brillante como la inicial. “Cult” es, en el conjunto letra música, el tema más completo del álbum. Comienza muy marcial con el gran Lombardo marcando el ritmo hasta que el riff nos dirige por el abismo de la religión hasta desembocar en un estribillo para corear en sus conciertos (ya me imagino a la gente berreando el pasaje “I´ve made my choice 666!”). Como cierre, la también notable “Supremacist”, de los temas de corte “moderno”, sin duda la mejor gracias a una estupenda combinación de riffs de guitarra.

Para concluir, considero que si Slayer tenían que redimirse por algo (cosa que dudo) lo han conseguido con “Christ illusion”. No voy a decir si es mejor o peor que tal o cual disco de su carrera, sólo que estamos ante un trabajo notable que, si bien tiene algunas canciones que parecen de relleno, nos acerca a una lectura global de la trayectoria de los angelinos a través de diez composiciones que aúnan diversas vertientes de los veinticinco años de historia de uno de los grupos más grandes del metal y, desde luego, los mejores encima de un escenario. Supongo que eso no se duda, ¿no?.