| Christina
Rosenvinge siempre me
produjo curiosidad. Desde
Alex y Cristina, con esa
vocecita y ese estereotipo
de lolita ingenua con
sorpresas, pasando por
su aproximación
al rock en la etapa con
los Subterráneos,
cuando construyó
ese sonido de carretera
y esa actitud ante el
micro de femme fatale
montada en un Cadillac
huyendo a toda hostia
de lo convencional. Me
pareció todo un
personaje en la película
de Armero, “Todo
es Mentira”, cuando
formaba esa extraña,
bohemia, moderna y desquiciada
pareja con Jordi Mollá.
Pero prácticamente
dejé de seguir
su rastro ahí.
Ni Ray Loriga, ni su etapa
americana, ni sus discos
como solista.
Ahora
de repente llega a mis
manos este Continental
62 un disco enigmático,
sugestivo y plagado de
ambientes intimistas y
algo barrocos. Un disco
en el que hay pianos,
juegos de voces herméticos
y efectivos. De las voces
resaltaría la colaboración
de Tim Foljahn en White
Hole y el afán
susurrante de Christina
como si compitiera con
Nawja o Cathy Claret.
Sobre el hermetismo decir
que, sin embargo, es más
aparente que real, a excepción
quizás de Helicopter
Tomorrow. En el disco
ha incluido dos canciones
en castellano ¿Quién
me querrá? y Tok
Tok. En esta última
Rosenvinge más
que cantar, declama, como
lo hicieran las estrellas
más atormentadas
de la música al
más puro estilo
de Leonard Cohen.
El enigma
del disco para mi es que
lo he escuchado decenas
de veces y hay algo que
me impulsa a seguir haciéndolo,
aunque me cuesta explicar
porqué. Pero el
caso es que me alegro
de haberme reencontrado
con esa Christina que
yo recordaba, con ese
aire de niña bien
rodeada de malditismo,
pero en un estadio diferente.
La evolución es
obvia, aunque nada convencional
y a mi juicio muy positiva.
De lo que no hay duda
es que Christina sigue
explorando su estilo propio,
cada vez más naturista
en lo musical, pero que
sin embargo propicia una
apariencia sofisticada,
lo que provoca un contrasentido
de lo más sugerente.
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