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Hacer justo lo contrario
de lo que espera tu público
es un acto de valor, pero
hacerlo y conquistar a
todos, incluso a la crítica,
es una heroicidad. Eso
es precisamente lo que
ha logrado PJ Harvey con
su séptimo álbum,
“White Chalk”.
Polly
Jean ha cambiado su guitarra
eléctrica descarnada
y sus desgarradas cuerdas
vocales, por un suave
piano y un hilo de voz
casi lagrimeante. Y aún
así ha conseguido
que sus canciones sigan
sonando igual que siempre:
auténticas lanzas
para los sentidos, expuestas
sin paliativos.
Así
pudimos verla el pasado
verano en el Festival
Summercase.
Desnuda (musicalmente)
sobre el escenario, tan
sólo con un piano
o una guitarra, y entregándonos
lo mejor de si misma.
Sin embargo,
y a diferencia de sus
apabullantes directos,
“White Chalk”
esconde una gran producción.
En ella ha intervenido
un colaborar clásico
de los discos de esta
inglesa, John Parish.
Quizá esa sea la
razón de que a
pesar de haber cambiado
por completo el concepto
de su sonido, se han mantenido
las raíces de PJ
Harvey.
Ese es
el gran logro de este
álbum. A pesar
del nuevo registro de
voz, a pesar de las sensaciones
acuosas provocadas por
un increíble arpa
y a pesar de ese piano
que impregna el disco
de una apacible tranquilidad,
PJ Harvey mantiene su
magnetismo
desgarrador.
Algunos
se preguntarán
donde ha quedado aquella
agresividad que demostraba
una jovéncisima
sirena vestida de rojo
que nos conquistó
a todos con su increíble
To
Bring you my love (1995).
Sin embargo, desde la
primera escucha “White
Chalk” se descubre
como un disco lleno de
energía, en el
que los amantes de PJ
Harvey encontrarán
una grata sorpresa
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