| Yo
La Tengo son un trío
de Hoboken, Nueva Jersey.
Por lo tanto, comparten
patria chica con Frank
Sinatra. Este trío
está formado por
Ira Kaplan, guitarrista,
ex periodista musical
en su mocedad y admirador
de Víctor Erice,
su mujer Georgia Hubley,
batería de reminiscencias
velvetianas, y James McNew,
bajista con aspecto de
oso y voz de ángel.
Llevan publicando discos
desde el 86 y obras maestras
desde, por lo menos, “Painful”,
en 1993.
En esta
su última entrega
el grupo trata de alejarse
de la quietud de su disco
anterior, “Summer
sun” (2003). Eso
queda claro desde el primer
tema “Pass the hatchet,
I think I’m goodkind”,
en el que regresan a su
faceta más ruidista.
A partir de ahí
se sucede una colección
de canciones con aspiraciones
enciclopédicas.
En ella nos encontramos
paseos por el soul con
voces a lo Beach Boys
(“Mr. Tough”),
nostalgia del garaje grasiento
(“Watch out for
me Ronnie”), pop
pluscuamperfecto (“Beanbag
chair”) o psicodelia
de alta graduación
(“The room got heavy”),
entre otras muchas especias.
Estamos ante otra de sus
obras mayores, que de
nuevo les otorga el cetro
de emires del rock independiente
americano. Por un lado,
esta condición
habla muy a favor del
grupo, de su capacidad
y de su habilidad para
seguir sonando con vigencia
después de pasarse
más de 20 años
grabando discos y girando
por todo el mundo, incluido
España. También
muestra una cierta carencia
de la escena a la que
Yo La Tengo pertenecen.
No puede ser, no es posible,
que en 2006 no haya nada
mucho mejor que un disco
de Yo La Tengo, exactamente
igual que en 1993.
Por lo
menos, el trío
norteamericano trata de
incorporar nuevos elementos
a su ya de por sí
muy refinada estética.
No es que se hayan pasado
al jazz, ni a la música
de orquestas, ni al funk,
pero lo cierto es que
en “I am not afraid
of you and I will beat
your ass” aparecen
secciones de viento. Siempre
en una posición
más o menos secundaria
e incorporadas con una
sorprendente naturalidad
al discurso de las canciones.
Lo interesante no es adoptar
esta novedad sino haberlo
hecho sin que se noten
las soldaduras (seguramente,
porque no las hay).
Y sí,
la guitarra de Ira Kaplan
sigue presente. Extravagante,
emocional, a ratos distorsionada
y a ratos dulce, mantiene
su tradicional hegemonía.
El mejor ejemplo es “The
race is on again”,
la canción más
bonita del álbum
para quien esto escribe.
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