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LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
Si consideramos
el universo de los malditos
contemporáneos, Bukowski
sería sin duda un astro
al que le han salido unos cuantos
planetas alrededor y que cuenta
con un buen número de
telescopios apuntando a sus
irreverentes aristas. Discutía
antes de entrar al cine sobre
el nivel de “popularidad”
actual de este escritor maldito
que creó un heterónimo
borrachuzo y muy pasota. No
llegamos a ningún acuerdo,
pero el hecho de mantener semejante
discusión daba un poco
la razón a quién
postulaba el engrandecimiento
de la figura de Charles Bukowski
en los últimos años.
Para muchos
Bukowski es un timo, un sinvergüenza
capaz de vender la misma historia
reiteradamente, una historia
que bien podría compendiarse
en un cómic marginal,
de personajes etílicos,
folladores y desfasados. Para
otros Charles es un transgresor,
alguien que, como Miller en
su momento, rompió con
las normas establecidas de la
literatura. También en
la poesía, que quizás
sea su faceta menos conocida,
a pesar de estar habitualmente
“publicitada” en
sus novelas y de que cuenta
con cualificados seguidores.
La solución
a todos estos interrogantes
deriva ineludiblemente al ámbito
personal y subjetivo. Si queréis
saber mi opinión, para
mi Bukowski fue un descubrimiento
en mi adolescencia literaria
que me mostró que era
eso de la libertad creativa
llevada al extremo, sobre todo
en la parte referida a la libertad.
También reconozco que
sus novelas me parecieron muy
divertidas y que caí
en la trampa de leer casi todas,
siendo muy similares. Pero desde
luego no me parece alguien con
una calidad literaria reseñable,
ni con una imaginación
desbordante. Siguiendo ese axioma
de que sólo se deberían
escribir los libros que configuran
un estilo personal y aportan
algo nuevo, Bukowski debería
haberse quedado en “Cartero”
o en “La Senda del Perdedor”.
Poco más.
Pero bueno,
esto pretendía ser una
reseña cinematográfica
sobre la adaptación de
“Factotum” que ha
filmado el noruego Bent Hamer.
Factotum es la segunda novela
de Bukowski, un cachondo interludio
de las ebrias aventuras de Henry
Chinaski (Hank) en el que continua
encadenando borracheras a base
de trasegar cervezas y whisquis
a lo bestia, con múltiples
empleos de los que es despedido
dado su desinterés y
con sórdidas y extrañas
mujeres que aparecen a su alrededor.
Todo salpicado con algunas reflexiones
puestas negro sobre blanco,
no exentas de cierta lírica.
No se me ocurren muchas más
opciones en la adaptación
de la novela de las que ha tomado
Hamer: píldoras narrativas
que van mostrándonos
en collage la vida y despropósitos
de Chinaski, todo regado con
un humor, desesperación,
grandes cantidades de sexo,
pero sobre todo de alcohol.
Una de las
incógnitas de la película
era si Matt Dillon iba a hacernos
creer que era el mismísimo
Chinaski y he de decir que aunque
en ocasiones se queda lejos,
en otras está sorprendentemente
creíble. En general le
falta alguno de esos ingredientes
extremos con los que aparece
caracterizado Hank en las novelas,
pero también entiendo
que es difícil llegar
a esos registros, incluso como
actor. No obstante es un sabor
agridulce el que nos deja Dillon.
No así las actrices del
reparto qué están
estupendas, sobre todo Lili
Taylor, en el papel de Jan.
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