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La
pelota vasca viene precedida
por la polémica y ya
es muy difícil que la
veamos con neutralidad, capacidad
de sorpresa, con la mirada limpia
que propone Medem o la dulce
ignorancia sobre lo que va a
ver, que creo debe tener un
espectador sin prejuicios. Es
lamentable, pero su deambular
previo por los periódicos,
por la boca de afectados, protagonistas,
ajenos, aprendices de censores,
contestatarios de pro y un largo
etc. de especies que tienen
voz en los medios de comunicación,
han destrozado con premeditación
y una terrible anticipación
(ya se hablaba largo y tendido
del film cuando ni siquiera
se había estrenado),
la posibilidad de un visionado
libre de influencias.
Imagino que
la gente que se acerque a leer
críticas como ésta
sobre la película, querrán
indagar en las opiniones de
los firmantes sobre la polémica,
pero si algo hay que criticar
es precisamente la existencia
de la misma, un obvio y doloroso
calidoscopio del nivel de la
libertad de opinión y
artística que vivimos
en este país.
Como os podéis
imaginar la película
no tiene elementos de escándalo
alguno más que una incitación
al diálogo y una pequeña
muestra de ello, que provocará
erupciones alérgicas
a aquellos que durante años
han evitado este supuesto, principalmente
los animales malnacidos de las
pistolas y los intolerantes
reaccionarios abanderados del
pensamiento único. Todos
aquellos que se escandalizaron
con la interpelación
al diálogo que expuso
Gemma Nierga a los políticos
en el sentido homenaje a Ernest
Lluch (por cierto, su hija ha
puesto parte del dinero de la
herencia de Lluch para el film),
lo volverán a hacer con
la película de Medem
y con energías renovadas.
Es todo tan previsible...
Sinceramente
creo que la película
en sí no tiene demasiadas
virtudes, si no fuera por el
contexto en el que está
concebida. Medem ha dado voz
a múltiples personas
que tienen cosas que expresar
sobre lo que ocurre en Euskadi,
cometiendo la osadía
de indagar en opiniones a las
que habitualmente no tenemos
acceso. Quedan claras las posturas,
quedan claros los argumentos
de los que participan, pero
también de los que han
rehusado aparecer. Pero insisto,
no veo virtudes excelsas en
el documental. Todo esto me
recuerda a mi primera clase
de Lengua en el instituto cuando
la profesara nos instó
a hacer un resumen de un texto;
mis compañeros presentaron
el mismo texto pero desprovisto
de adjetivos y yo un mediocre
resumen del tipo: “este
texto trata sobre...”.
Era flojo, pero el único
que se ajustaba a lo solicitado.
La película de Medem
es más una respuesta
a la necesidad de que se hable
del tema, que un ejercicio de
calidad cinematográfica
o periodística. Pero
tiene mérito, vaya si
lo tiene. Es el Informe Semanal
que llevamos demandando desde
hace veinte años, o el
programa debate anhelado por
los que no nos creemos que la
razón sólo tenga
un camino, es en definitiva
el reto de una prensa independiente
que no existe, porque el periodismo
se ha convertido en un mercado
que bulle de intereses y que
ahoga a los profesionales con
ansias de hacer un trabajo serio.
No voy a entrar
en la polémica sobre
el cariz de las intervenciones,
simplemente son gente opinando
sobre un tema que les atañe
de cerca, y que tienen una visión
divergente sobre el mismo. Es
la expresión amplia del
conflicto que supera el mísero
debate de “terrorista
tu y tu más” y
esa es la grandeza del film.
Las opiniones, los datos aportados,
las ideas expuestas, deben quedar
al juicio de un espectador que
tiene derecho a escuchar a todos
y sacar sus propias conclusiones.
Hay muchas opiniones discutibles,
pero es que precisamente de
eso se trata, de generar un
debate con todos los argumentos
sobre la mesa. Y si bien es
cierto que hay una mayor parte
de testimonios de la órbita
nacionalistas (recordemos que
PP, Basta Ya, Asociación
de Víctimas del Terrorismo
no han querido aparecer), no
es más que un ínfimo
desagravio a la constante manipulación
televisiva en este país
que diariamente y durante años,
invierte esta desproporción.
En lo cinematográfico,
la inserción de imágenes
reales sobre el conflicto es
bastante aleatoria y las escasas
imágenes de ficción
que incluye Medem, como la de
los frontones o parajes naturales
de Euskadi, son sencillas, rodadas
en video, y que cumplen la finalidad
de descargar la densidad de
tantos personajes, opiniones
y entrevistas. Por el afán
de trasparencia que asume el
director, las entrevistas contienen
bruscos efectos de montaje,
para dejar claro que ha habido
tijera en el razonamiento del
entrevistado, en aras de un
lógico criterio de economía
con respecto al tiempo final
del metraje. Yo creo que ese
es uno de los handicap de la
película y que Medem
ha resuelto para mi gusto de
manera un tanto atropellada,
es decir, ha optado por incluir
muchos testimonios pero casi
de carácter telegráfico,
en lugar de otorgar un mayor
desarrollo a esas ideas. Por
eso, y quizás Medem haya
pensado lo mismo, se erige como
valioso y necesario, el trabajo
ampliado que se publicara en
un DVD de cinco horas, el libro
que se publicará o la
serie de televisión en
3 capítulos, que seguro
no veremos en Madrid. Por último
destacar que uno de los hallazgos
es sin duda la inclusión
de la música Mikel Laboa,
que aporta un punto de sosiego,
serenidad y belleza a todo el
documental.
No suelo reseñar
lo que ocurre en los visionados
para prensa de las películas,
pero cuando se presentó
la película a los medios
en Madrid, al final muchas personas
aplaudieron la película
(algo que, creerme, no es demasiado
habitual), y permitidme que
interprete ese aplauso como
un, gracias Medem, por haber
tenido la valentía de
romper con el mutismo sobre
las otras opiniones sobre el
conflicto. Luego, a saber lo
que escribirán o les
dejarán escribir en sus
medios a esos compañero,
pero Julio puede contar con
la gratitud, incluida la mía,
de mucha gente hastiada del
atropello informativo al que
nos vemos sometidos día
a día.
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