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MUNICH

Un película de Steven Spielberg

Con: Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler, Geoffrey Rush, Ayelet Zurer, Omar Metwally, Ami Weinberg, Michael Lonsdale, Valeria Bruni Tedeschi, Yvan Attal, Lynn Cohen.

 

SINOPSIS

El 5 de septiembre de 1972 once atletas israelíes fueron asesinados por terroristas palestinos. Un joven agente secreto israelí, Avner, será el encargado de dirigir a un equipo encargado de asesinar a los presuntos responsables de la matanza de los Juegos Olímpicos de Munich. Para esta misión tendrá que abandonar a su esposa embarazada y perderse en el anonimato.

LA HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...

“Munich”, o la familia y el sentimiento de pertenencia. La identidad en su significado más puro, ése por el que te preguntan en los pueblos: ¿y tú, de quien eres? El hogar frente al desarraigo. La reconstrucción de los asesinatos de los Juegos Olímpicos de verano de 1972 se entrelaza en forma de “flashbacks” con la narración de los acontecimientos que le sucedieron, pero el director quiere ir más allá.

La última película de Steven Spielberg se construye sobre el conflicto entre la pertenencia a una nación, ese “la patria lo es todo” bajo el que se sustentan los actos de los terroristas palestinos y el terrorismo de estado de Israel (“era necesario costara lo que costara. Tenemos un lugar en la Tierra, al fin”); y por otro lado, la pertenencia a una familia, esto es, una entidad formada por personas con vínculos de sangre o afecto. Aquella que forma el protagonista (Avner) con su esposa y su hija, o bien, la que forma la familia francesa dedicada a ofrecer información desde la clandestinidad. Valga como ejemplo este dardo con punta de oro que lanza “Papá”, el magnífico papel que interpreta Michael Lonsdale, cuando Avner le visita en su villa francesa (un guiño a “El Padrino” de Coppola): “Volé trenes, puentes y camiones llenos de alemanes durante la Guerra. Mataron a mis hermanos, y a mi papá y a mi hermana los ahorcaron. Pagamos ese precio para que la escoria de Vichy fuera sustituida por la escoria de De Gaulle. Y los nazis fueron sustituidos por Stalin y por América. Huimos de los gobiernos”.

Pero quizá el aspecto más interesante del film, y que al mismo tiempo le ha traído más problemas a su director, sea el mensaje del largometraje: la violencia sólo engendra violencia. El ojo por ojo, diente por diente, sólo lleva a una vía de la que es difícil salir y que convierte a las personas en animales, haciéndoles perder los valores y los principios por los que se distingue una sociedad civilizada. Como dice Avner: “no habrá paz al final de este camino”. Es una rueda que nunca para de girar, un ovillo que cada vez se enreda más.

George Jonas, autor de “Venganza” (RBA), el libro que sirve de inspiración a la película, se ha quejado de que ésta es “inocente y confusa” y de que a pesar de respetar la letra del libro “el espíritu es totalmente contrario”. ¡Pero eso que más da! “Munich” no es el argumento de un libro sino el viaje de una persona, Avner, que, junto a sus compañeros, pasa de querer entregar su vida por su país a verse inmerso en un círculo que les absorbe, que a algunos les hace cuestionarse sus acciones, pero que, sobre todo, les convierte en víctimas de un juego mortal.

En la actualidad no estamos tan lejos de aquellos fatídicos años en los que los actos de terrorismo se repetían semana tras semana y las cifras de fallecidos ocupaban los sumarios de los medios de comunicación. “Munich” destila una reflexión actual sobre los acontecimientos ocurridos en Oriente Medio en los últimos años. Un mensaje que Steven Spielberg envía a Israel como judío, pero más directamente a su propio país. La escena final con Avner andando sólo por el neoyorkino barrio de Brooklyn con las Torres Gemelas como telón de fondo es su llamada de atención. Porque si la matanza de los Juegos Olímpicos de Munich marcó el inicio de la guerra sucia de Israel contra el terrorismo palestino, el 11 de septiembre también ha significado un hito en la estrategia militar y política de los Estados Unidos.

Indudablemente, durante el estreno de “Munich” la vertiente política ha superado al aspecto artístico de la obra. Aquellos que ensalzaron al director judío por “La lista de Schindler”, ahora han torpedeado su última entrega. El Rey Midas de Hollywood no ha visto dañada su influencia, pero sí se han cometido injusticias, como por ejemplo esquivarle el merecido Oscar a la mejor dirección.

Spielberg maneja con maestría a unos actores que encajan como anillo al dedo en sus personajes. Entre ellos, y como curiosidad, se encuentra el nuevo y rubio James Bond, Daniel Craig. Destaca la cuidada ambientación de aquella Europa de 1972 (Ginebra, Frankfurt, Roma, París, Londres…) sobre la que soviéticos y americanos movían sus fichas: el boom de la televisión, vestimentas que definen qué es moderno, míticos coches fruto del renacer industrial europeo, la música como elemento cultural, los diferentes idiomas que pueblan el viejo continente, el ambiente revolucionario, el supermercado clandestino mundial en el que se compra información, explosivos, documentos, pisos seguros… (Magnifica reunión inesperada de terroristas de distintas facciones en un piso franco en Atenas, ciudad que, por otro lado, siempre ha ejercido de punto de encuentro entre oriente y occidente).

Pero no sólo eso. La labor de dirección también incluye el tributo a películas de suspense de la época como “French conection” o “Bullit”, y los juegos de reflejos para unir escenas e historias (magnífico plano aquel en el que el informador francés Luois aparece en el escaparate de una tienda de cocinas para recordarle a Avner que “la construcción de un hogar siempre acaba saliendo muy cara”).

Todo esto, unido a la fotografía de Jamusz Kaminski (“La lista de Schindler”), que envuelve a los personajes en un velo de tonos grises (y dudas), y la magnifica banda sonora de John Williams (“Tiburón”, “La Guerra de las Galaxias”, entre otras) etiquetan “Munich” con la marca “Steven Spielberg”. Pero en este caso, aquella que el director de “E.T.” reserva para sus obras más personales en las que por medio del entretenimiento envía un mensaje que incita a la reflexión. Entretenimiento con cabeza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
David Montero Sierra