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SINOPSIS
El 5 de septiembre
de 1972 once atletas israelíes
fueron asesinados por terroristas
palestinos. Un joven agente
secreto israelí, Avner,
será el encargado de
dirigir a un equipo encargado
de asesinar a los presuntos
responsables de la matanza de
los Juegos Olímpicos
de Munich. Para esta misión
tendrá que abandonar
a su esposa embarazada y perderse
en el anonimato.
LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
“Munich”,
o la familia y el sentimiento
de pertenencia. La identidad
en su significado más
puro, ése por el que
te preguntan en los pueblos:
¿y tú, de quien
eres? El hogar frente al desarraigo.
La reconstrucción de
los asesinatos de los Juegos
Olímpicos de verano de
1972 se entrelaza en forma de
“flashbacks” con
la narración de los acontecimientos
que le sucedieron, pero el director
quiere ir más allá.
La última
película de Steven Spielberg
se construye sobre el conflicto
entre la pertenencia a una nación,
ese “la patria lo es todo”
bajo el que se sustentan los
actos de los terroristas palestinos
y el terrorismo de estado de
Israel (“era necesario
costara lo que costara. Tenemos
un lugar en la Tierra, al fin”);
y por otro lado, la pertenencia
a una familia, esto es, una
entidad formada por personas
con vínculos de sangre
o afecto. Aquella que forma
el protagonista (Avner) con
su esposa y su hija, o bien,
la que forma la familia francesa
dedicada a ofrecer información
desde la clandestinidad. Valga
como ejemplo este dardo con
punta de oro que lanza “Papá”,
el magnífico papel que
interpreta Michael Lonsdale,
cuando Avner le visita en su
villa francesa (un guiño
a “El Padrino” de
Coppola): “Volé
trenes, puentes y camiones llenos
de alemanes durante la Guerra.
Mataron a mis hermanos, y a
mi papá y a mi hermana
los ahorcaron. Pagamos ese precio
para que la escoria de Vichy
fuera sustituida por la escoria
de De Gaulle. Y los nazis fueron
sustituidos por Stalin y por
América. Huimos de los
gobiernos”.
Pero quizá
el aspecto más interesante
del film, y que al mismo tiempo
le ha traído más
problemas a su director, sea
el mensaje del largometraje:
la violencia sólo engendra
violencia. El ojo por ojo, diente
por diente, sólo lleva
a una vía de la que es
difícil salir y que convierte
a las personas en animales,
haciéndoles perder los
valores y los principios por
los que se distingue una sociedad
civilizada. Como dice Avner:
“no habrá paz al
final de este camino”.
Es una rueda que nunca para
de girar, un ovillo que cada
vez se enreda más.
George Jonas,
autor de “Venganza”
(RBA), el libro que sirve de
inspiración a la película,
se ha quejado de que ésta
es “inocente y confusa”
y de que a pesar de respetar
la letra del libro “el
espíritu es totalmente
contrario”. ¡Pero
eso que más da! “Munich”
no es el argumento de un libro
sino el viaje de una persona,
Avner, que, junto a sus compañeros,
pasa de querer entregar su vida
por su país a verse inmerso
en un círculo que les
absorbe, que a algunos les hace
cuestionarse sus acciones, pero
que, sobre todo, les convierte
en víctimas de un juego
mortal.
En la actualidad
no estamos tan lejos de aquellos
fatídicos años
en los que los actos de terrorismo
se repetían semana tras
semana y las cifras de fallecidos
ocupaban los sumarios de los
medios de comunicación.
“Munich” destila
una reflexión actual
sobre los acontecimientos ocurridos
en Oriente Medio en los últimos
años. Un mensaje que
Steven Spielberg envía
a Israel como judío,
pero más directamente
a su propio país. La
escena final con Avner andando
sólo por el neoyorkino
barrio de Brooklyn con las Torres
Gemelas como telón de
fondo es su llamada de atención.
Porque si la matanza de los
Juegos Olímpicos de Munich
marcó el inicio de la
guerra sucia de Israel contra
el terrorismo palestino, el
11 de septiembre también
ha significado un hito en la
estrategia militar y política
de los Estados Unidos.
Indudablemente,
durante el estreno de “Munich”
la vertiente política
ha superado al aspecto artístico
de la obra. Aquellos que ensalzaron
al director judío por
“La lista de Schindler”,
ahora han torpedeado su última
entrega. El Rey Midas de Hollywood
no ha visto dañada su
influencia, pero sí se
han cometido injusticias, como
por ejemplo esquivarle el merecido
Oscar a la mejor dirección.
Spielberg maneja
con maestría a unos actores
que encajan como anillo al dedo
en sus personajes. Entre ellos,
y como curiosidad, se encuentra
el nuevo y rubio James Bond,
Daniel Craig. Destaca la cuidada
ambientación de aquella
Europa de 1972 (Ginebra, Frankfurt,
Roma, París, Londres…)
sobre la que soviéticos
y americanos movían sus
fichas: el boom de la televisión,
vestimentas que definen qué
es moderno, míticos coches
fruto del renacer industrial
europeo, la música como
elemento cultural, los diferentes
idiomas que pueblan el viejo
continente, el ambiente revolucionario,
el supermercado clandestino
mundial en el que se compra
información, explosivos,
documentos, pisos seguros…
(Magnifica reunión inesperada
de terroristas de distintas
facciones en un piso franco
en Atenas, ciudad que, por otro
lado, siempre ha ejercido de
punto de encuentro entre oriente
y occidente).
Pero no sólo
eso. La labor de dirección
también incluye el tributo
a películas de suspense
de la época como “French
conection” o “Bullit”,
y los juegos de reflejos para
unir escenas e historias (magnífico
plano aquel en el que el informador
francés Luois aparece
en el escaparate de una tienda
de cocinas para recordarle a
Avner que “la construcción
de un hogar siempre acaba saliendo
muy cara”).
Todo esto,
unido a la fotografía
de Jamusz Kaminski (“La
lista de Schindler”),
que envuelve a los personajes
en un velo de tonos grises (y
dudas), y la magnifica banda
sonora de John Williams (“Tiburón”,
“La Guerra de las Galaxias”,
entre otras) etiquetan “Munich”
con la marca “Steven Spielberg”.
Pero en este caso, aquella que
el director de “E.T.”
reserva para sus obras más
personales en las que por medio
del entretenimiento envía
un mensaje que incita a la reflexión.
Entretenimiento con cabeza.
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