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SINOPSIS
Esta es la
historia de dos mujeres, de
dos putas, de dos princesas.
Una de ellas se llama Caye,
tiene casi treinta años,
el flequillo de peluquería
y un atractivo discutible, de
barrio. Zulema es una princesa
desterrada, dulce y oscura,
que vive a diario el exilio
forzoso de la desesperación.
Cuando se conocen están
en lugares diferentes, casi
enfrentados:son muchas las chicas
aquí que ven con recelo
la llegada de inmigrantes a
la prostitución. Caye
y Zulema no tardan en comprender
que, aunque a cierta distancia,
las dos caminan por la misma
cuerda floja. De su complicidad
nace esta historia.
LA
HEMOS VISTO Y NOS PARECE QUE...
Cuando vi Los
Lunes Al Sol, se me metió
en la cabeza que Fernando León
era el Ken Loach español,
pero con una sutil diferencia:
el magnífico uso que
hace del sentido del humor.
Con Princesas esa sensación
se reafirma, porque este excelente
director y mejor guionista vuelve
a hilvanar una historia de claro
trasfondo social, con vocación
de que el espectador se implique
en un problema real y cotidiano,
pero sin descuidar ese punto
de fuga y esperanza que es el
humor.
Princesa
es un relato desgarrador
de dos jóvenes prostitutas
en las calles de Madrid. Narrada
con una estética casi
de documental, gracias a una
fotografía naturista
y al complejo sistema de rodar
cámara en mano, la película
nos cuenta el encuentro casual
entre dos putas a priori muy
diferentes. Caye es española,
una chica perdida que acaba
ejerciendo de meretriz sin que
las razones sean muy claras,
aunque según pasa el
filme se apuntala la teoría
de que su inestabilidad personal,
afectiva y psicológica
le ha conducido hacia ese mundo
marginal. Zulema tiene otra
historia, una historia común
a muchas hijas del tercer mundo
que arriesgan su vida en un
viaje hacía el paraíso
ibérico y que acaban
vendiendo su cuerpo por unos
míseros euros. Pese a
las reticencias iniciales y
ese enfrentamiento por razones
de mercado entre las prostitutas
nacionales y las extranjeras,
surge una férrea amistad
que tiene como resultado una
emocionante historia de cariño
y mutua protección.
El realismo
de la película es incuestionable:
el barrio, los extras, la cámara
y los actores, nos muestran
un universo cotidiano y reconocible.
Lo bueno del filme es que el
guión de Fernando León
nos franquea el acceso a una
capa más profunda de
todo ese mundo. Un mundo crudo,
chungo, gris y peligroso, pero
en el que también hay
hueco para la ternura y el humor.
Quizás el único
elemento que desentona un poco
son los monólogos de
Caye, el personaje de Candela
Peña, que a veces chirrían
por un lirismo inusitado, frente
a unas muestras de espontaneidad
de gran pragmatismo vital y
laboral. Pero en conjunto la
historia de estas dos mujeres
funciona y consigue meternos
en un marasmo de emociones contradictorias,
pero nunca anodinas. Y siempre
con el firme colchón
de que antes de caer en el melodrama
o la apelación a la lágrima
fácil, está el
sentido del humor que nos hace
digerible este drama real. El
humor que viene de una peluquería
disparatada, donde se reúnen
las prostitutas, no se sabe
muy bien si a peinarse o a hablar
de sus cosas; y sobre todo el
humor que destila el personaje
de Candela, fruto de esa espontaneidad
y frescura que, cuando quiere,
despliega esta actriz. En este
trabajo Candela está
estupenda, como cuando debutó
en Días Contados,
haciendo también de una
prostituta desamparada y tierna.
Micaela Nevárez, lo tiene
más complicado, pero
nos va ganando minuto a minuto
con la dulzura que aporta a
un personaje complejo.
Fernando León
lo ha vuelto a conseguir. Como
un sabio alquimista ha sabido
reproducir una fórmula
en la que la mezcla de denuncia
social, historias de gran calado
humano y sentido del humor en
un marco de genuina marginalidad,
dan como resultado una película
brillante, sobria pero emocionante
y con una apelación amable
a la vez que contundente a la
conciencia del espectador.
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