EDITORIAL CUANTOYPORQUETANTO

Vivimos tiempos de inestabilidad en Madrid. Eso que hemos denunciado en reiteradas ocasiones, referido a lo cultural, asoma ahora a nivel político e institucional. El que manda ha enseñado los dientes, y ha dicho que hasta aquí. Que las cosas iban muy bien como iban, que especulando se vive mejor, que la modernidad de una gran capital está en el ladrillo, y no precisamente el que alberga cultura, sino sujetos hipotecados. Si para mantener esto hay que morder, se muerde, si hay que corromper, se corrompe y si hay que desenmascararse, se hace parcialmente, con cobardía y como de costumbre.

Hay gente que comenta que si esto hubiera pasado en otro sitio, el pueblo (¿?) se hubiera levantado ante tamaña afrenta, pero que Madrid es un pueblo descohesionado, y que nuestro mestizaje es una traba para la unión. Casi mejor que no salgamos en otro acto de hipocresía festivalera, que luego no tiene traducción electoral. Todavía tenemos clavada la espina de esos días de ilusoria emoción, de un Madrid otra vez al pie de la calle para clamar contra injusticias como una guerra especialmente inmoral (si es que alguna no lo es), y frente a negligencias tan dolorosas como la de el Prestige, para que luego sus responsables y encubridores vuelvan a gobernarnos, por las buenas o por las corruptas.

Con ello no hay que desprestigiar las iniciativas de mucha gente en esta compleja urbe, de las voces de personajes influyentes de la vida social y cultural que por fin se alzaron para protestar, pero hemos de reconocer que hay un poderoso influjo conservador más fuerte que cualquier adversidad y que para alimentar esa tendencia se necesitan determinados sacrificios a los que nuestros gobernantes no van a renunciar. Entre ellos, prescindir de una prensa libre, evitar potenciar corrientes culturales que induzcan al pensamiento autónomo, prohibir las aglomeraciones, brindar tranquilidad y seguridad puntual ante la algarabía del ocio. Bonito panorama.

Preferimos un pataleo sincero, aunque sea minoritario a las grandes y por lo visto, vacías concentraciones en la que se suma gente que luego apoya a los que critican. No es momento de vacilaciones y los que queremos y tenemos algo que decir, hemos de expresarlo de manera clara, sin dramatismos, pero con contundencia. Como dice Amparanoia, rebeldía con alegría. Pero rebeldía.