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Para él
era algo inimaginable que durante
tanto tiempo se le hubiera pasado
por alto que ella estaba allí,
enfrente, esperándole
callada, como desde el primer
momento en que reparó
en su presencia. Según
fueron pasando los días
cayó en la cuenta de
que ella, precisamente, era
la más adecuada para
llegar al objetivo que bullía
en su cabeza.
Paso a paso,
despacio, sin aspavientos ni
hacer ruido un día decidió
acercarse hacia la esquina en
la cual siempre permanecía
quieta, como si le hubieran
apartado del resto y nadie osara
dirigirle, ni siquiera, un gesto
con un mínimo de cariño.
A poca distancia se quedó
clavado con la mirada puesta
en ese punto: ¿Estás
seguro de lo que haces? ¿O
es una locura más de
las tuyas? se preguntaba. Esa
decisión había
sido harto difícil de
tomar porque las consecuencias
salpicarían a mucha más
gente, la duda le asaltaba a
la vez que su corazón
bombeaba a mil por hora diciendo:
Hazlo.
Imposible volverse
atrás, no quería
tener que arrepentirse después
o se remordería, todavía
más, la conciencia; los
pies hicieron el último
movimiento y se vieron cara
a cara. Carente de emociones
permanecía impertérrita
e inmóvil incluso cuando
él alargó su mano
y la tocó. La retiró
con rapidez al igual que si
hubiera recibido un calambre:
de nuevo temor.
Sin ningún
otro miramiento la agarró
y la apretó junto a si
notando junto a su pecho la
esbeltez del cuerpo de su presa.
En ese momento clave, cuando
parecía que su órgano
vital iba a reventar la caja
torácica, tenía
que darlo todo. Ambos unieron
sus bocas en un beso. Mientras
sus labios estaban unidos él
empezó a llorar, lágrima
a lágrima, todo el desamor
que había padecido hasta
entonces. Por cada gota caía
un pensamiento dedicado a quienes
le habían despreciado:
aquellos jamás esperarían
de él algo así.
Lleno de valentía
empezó a mover su mano
derecha, temblorosa y sudorosa,
rozando el frío cuerpo
de su reina. El destino estaba
más abajo.
Al llegar se
detuvo y empezó a rodearlo
con el dedo índice sin
conseguir que ella reaccionara
como quería, lo hizo
con más rapidez, pero
sabía que lo que ella
necesitaba no era precisamente
eso. Iba a conseguir animarla
de una vez por todas.
Estiró
el pulgar y empezó de
nuevo con los mismos movimientos:
¡¡¡ No, no,
no, así no!!! Hazlo y
no tendrás nada más
de que arrepentirte pensó.
Apretó el dedo contra
esa zona con toda la fuerza
que pudo acumular en ese momento.
Un hondo suspiro y el fin de
la lluvia de lágrimas
fueron los precursores de la
llegada de la lengua... de fuego.
Todos sus sentimientos,
ideas, recuerdos, conocimientos,
opiniones, todo lo inmaterial
que pueda encontrarse en el
cerebro... desapareció
en la brevedad con que la bala
atravesó su cabeza y
se escondió en alguna
parte del techo de la habitación.
La sangre se
unió con parte de las
lágrimas caídas.
Ella había cambiado de
posición al desplomarse
el cuerpo de él, ahora
estaba encima: helada, fría
e insensible como desde el primer
momento hasta que estimularon
su clítoris de metal
y actuó como sólo
puede hacerlo una escopeta.
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