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APUESTO CONTRA LA MUERTE

 

Pensando y pensando, el otro día me acordé de una profecía escrita treinta años atrás por el hechicero mayor Jacques Bergier -coautor de un bestseller titulado “El retorno de los brujos”-quien anunció la conquista de la inmortalidad ¡para los noventa, a más tardar en el 2000!

La profecía, que sepamos, no se cumplió. Naturalmente, interesa como síntoma. ¿De qué? De la súbita agudización de un crónico anhelo: la inmortalidad. Hoy, cuando la ciencia se ha puesto las botas de las siete leguas; y cuando, a la vez, hemos cruzado de un milenio a otro. Es decir, la soberbia humana: creemos tener derecho a todo, sin excluir la vida eterna para cuerpo y alma.

Tal vez el error del hechicero mayor sea doble: atarse a un plazo y no admitir el carácter de apuesta más que de profecía. Por lo demás, la inmortalidad puede ser vista desde otros ángulos, el religioso, desde luego; y sin excluir el de la lógica, que dice: todo es posible mientras los hechos no prueben lo contrario. Y éstos, cada vez más, nos traen lo extraordinario, al punto de sostenerse que un arribo pacífico de los ET no causaría mayor impacto que el mundial de fútbol. Dirigir la mirada hacia el futuro es como levantarla hacia las nubes. Vagan los ojos allá arriba sin que jamás el cielo azul se descubra por completo, así el futuro: todo cabe en él, en su oscilante parte oculta, también los sueños y las quimeras de acá bajo, todo, como a Santa Claus, le podemos pedir. Y un buen día el futuro nos da alcance, revelándonos qué sí y qué no, de lado quedan las suposiciones, los hechos mandan, nada más elocuente que ellos.

Y bien, mientras eso ocurre, nadie ha probado que la eternidad nos esté vedada, podemos reclamarla, no es gran cosa, señor Futuro; sólo el paso del ser mortal al ser perenne; o, si se quiere, señor Futuro, nos conformaríamos con algo así como la longevidad por un tiempo a contratar con cada individuo.

Claro, las religiones son generosas en promesas sobre la vida superior que nos espera; no sabemos si se cumplirán, pero de momento son un bálsamo, no necesitan de la profecía del señor Jacques Bergier. En cuanto al no creyente, hemos preferido el camino difícil y, muertos de miedo, nos ponemos a especular sobre el paso del ser al inimaginable propio no-ser. Aguas, aguas ¿y el eterno retorno? El no-ser puede considerarse como una pausa, la vida siempre regresa, la muerte un intervalo. ¿Qué tal? No tan benéfico como la seguridad del creyente, pero ya es algo. Por lo demás ¿quién se encuentra totalmente blindado contra las dudas?

Y es en este momento de mi “pensando y pensando” cuando inopinadamente se presenta Mamacita Naturaleza y toma la palabra:

-Eso del paso del ser al no-ser, con o sin eterno retorno, me parece un jueguito propio de desocupados. Y yo tengo mucho trabajo. ¿Quieren saber qué es la muerte? Pues bien, es el mecanismo que encontré a mano para renovar la vida; sí, la muerte permite prolongar la evolución de múltiples formas, juega en armonía con otro mecanismo renovador, la división en sexos, digo, en géneros. Ambos van posibilitando acumular las diferencias que poco a poco de un pez harán un mamífero, de un ciudadano de los mares harán un individuo de la tierra, de un chango harán un hombre. El sexo y la muerte siempre figuraron unidos, recuerden Eros y Thánatos. Y bien, los dos trabajan para la evolución y ella es mi herramienta, ya lo saben.

-Pero ustedes -continúa Mamacita Naturaleza-, tienen la bomba atómica, no lo olviden. Y entonces toda esa cuidadosa evolución de las especies que he planeado puede irse al carajo en el momento menos pensado y mi obra arruinarse en La Guerra de Todas las Guerras, donde no hay vencedores, todos quedan derrotados por propia insensatez. ¿Recuerdas lo de Herodoto? En la paz los hijos entierran a los padres, en la guerra los padres entierran a los hijos. ¿Lo recuerdas? Pues bien, tuvo vigencia por más de dos mil años, se acabó, en su lugar va esto: en la guerra nadie enterrará a nadie porque no quedarán brazos para empuñar una pala, ni pala tampoco. La muerte es también la bomba, ya lo sabes.

-Mejor harían, ustedes, los hombres -continúa Mamacita Naturaleza-, en comportarse de otra manera con la muerte, con doña Noojos; ser amables con ella, pero, en cuanto la ven, quieren salir huyendo, eso le cae mal. Además, desde hace siglos la tienen con la misma ropa, los harapos de siempre, tristes y sin color. ¿Por qué no le compran un vestido de seda? ¿Por qué no la llevan a bailar al cuartel? ¿Por qué, eh, por qué?

Es cierto, yo desvío la mirada, sintiéndome culpable. La tenemos descuidada, lo reconozco. Pero, ni siquiera sabemos bien quién es ella. Tal vez sea un poco de todo lo dicho, y algo más. ¿La muerte? No una ley que Mamacita Naturaleza dictara en un momento de cólera, no: una costumbre que, tal cual otras -y aquí va mi apuesta- caerá en desuso. ¿Y si también cae en desuso la costumbre de nacer?

Cuando de este tema se trata, me gusta recordar las palabras dichas por un campesino cuyo testimonio ha sido recogido por Aurelio Fernández; morando en las faldas del Popo, el buen hombre se negaba a abandonar esas tierras a pesar del peligro que significa la vecindad del volcán:

-Aquí nací, aquí me toca perder.

De modo que nacer igual a ganar y morir igual a perder, se entiende. Todos ganamos con nacer y todos perdemos con morir. ¿Qué ganamos? La vida. ¿Qué perdemos? La vida.

De ella se trata, quisiéramos conservarla para siempre, dejar de ser, a la postre, perdedores. Y entonces, otros interrogantes se plantean. “El inmortal” ¿ha alcanzado la dicha? O, como el personaje del cuento de Borges ¿sólo anhela el regreso al país de los mortales? No sé... ¿qué quieres que te diga? A veces me da más miedo vivir eternamente que morir sin falta. De todos modos, no me arrepiento, mantengo mi apuesta contra la muerte.

Orita vemos.

 

 

Marcos Winocur