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AZUL

 

Mirando a través de los sucios cristales del automóvil observaba atentamente todo lo que poco a poco iba dejando atrás; edificios, señales, carreteras, pero especialmente aquella vasta extensión de agua salada que iba a terminar en una playa de arena lisa. Personas, gentes, miradas, rostros, todos los pequeños detalles de cada uno de los días que habían transcurrido, su estancia en aquel lugar, todo circulaba por su mente a una velocidad endiablada, como los fotogramas que componen una película.

Aunque finalmente acababa convergiendo en el mismo sitio formado de arena y agua, un agua de un azul profundo como no lo había visto nunca. La duda lo asaltó ¿nunca?. Eso no era cierto, sabía perfectamente que ya lo había visto antes, no antes sino durante ese tiempo que ahora tanto añoraba.

El mar le había cautivado desde el primer momento en que lo vio, la impresión que le causó y los sentimientos que despertó en él todavía resuenan en su interior. Sobre todos ellos la imagen de la línea del horizonte en donde se juntaban el cielo y la tierra, el cielo y el océano, los dos azules.

Lo cierto es que eso iba más allá, veía el mar pero también veía otra cosa. Esos ojos, unos ojos azules idénticos, con el mismo resplandor que las olas del mar cuando rompen y se convierten en espuma. Recordaba extasiado como desde ese instante le habían cautivado, tan profundos que podían penetrar en su interior y navegar dentro de él en busca de sus más preciados tesoros; tan cercanos y sin embargo tan distantes porque sabía que nunca podría juntar los suyos con aquellos y sumergirse, bucear unidos y recorrer las profundidades más íntimas.

Volvió a dirigir su mirada por la ventanilla para encontrarse con la realidad, lo que estaba viendo no era la costa sino un terreno árido que se extendía por doquier, gruesos terrones de dura arena seca en lugar de la fina arena del litoral que se escurría entre sus manos.

Cerró los párpados y se vio a si mismo en aquella inmensidad una vez más y sintiéndose observado por aquellas ansiadas pupilas en una especie de éxtasis marítimo, mientras se preguntaba sobre el origen, el nacimiento de algo tan sublime, probablemente de la espuma del mar como la antigua diosa griega.

El frenazo del conductor al llegar al semáforo en rojo le devolvió a la realidad, quedaban pocos kilómetros y con el final del viaje todo acabaría.

Una vez más la misma hilera de reflexiones, inquietudes y evocaciones volvieron clavándose en su pecho como un aguijón, todo había terminado y nunca se volvería a repetir.

Sin darse cuenta una lágrima resbaló por su mejilla, estiró el dedo índice, se la llevó a la boca y la probó, la decepción le embargó cuando, que lástima, se dio cuenta de que no estaba salada.

Septiembre 2000