Principal / Relatos / Calor Mediático
CALOR MEDIÁTICO

 

Regresaba a mi casa tras otra asqueante jornada de trabajo: un desahucio, dos atracos y un nuevo crimen pasional con ensañamiento había sido el menú del día y tal rosario de desgracias contribuía, un día más, a corroborar la tesis de que este mundo es una mierda. De camino a mi apartamento la tentación se materializó en forma del Jacinto, que insistió en un “tour” alcohólico por el barrio y de Estrellita, mi vecina del segundo que también quería terminar su jornada laboral, conmigo. Di largas a los dos con excusas banales y con el único propósito de descansar en mi viejo sillón mullido por los ciento y pico kilos que pesaba el anterior inquilino.

Cuando abrí la puerta del apartamento encontré todo revuelto: papeles por el suelo, el ordenador encendido, una botella de whisky vacía y la mesa sepultada por revistas, libros, facturas y ceniza. Pensé instintivamente en el robo –deformación profesional- pero rápidamente me di cuenta de que no había tenido tiempo de buscar una sustituta de Rosa, que hacía un mes que dejó de limpiar aquel antro en el que vivía. Desde que anunciaron la crisis en el periódico, la sección de sucesos y tribunales se quedó con Ramírez, conmigo y dos becarios, lo que en una ciudad como Madrid es como si en una orquesta de jazz sólo hay un acordeonista. Si a eso le añadimos aquel trabajito extra que me había ocupado muchas horas y esfuerzo mental, el resultado sólo podía ser lo que tenía delante de mis narices: el desastre total.

Rebusqué en la cocina y encontré media botella de tinto, pan de molde y una barra de salchichón. La cena estaba servida. Me hundí en mi desgastado sillón, miré el reloj y rápidamente conecté el televisor. Como siempre no encontraba el mando a distancia y apresuradamente volví a levantarme y sintonicé manualmente el canal que buscaba. Llegué justo a la cabecera del programa que quería ver y que llevaba siguiendo noche tras noche durante las últimas semanas. El careto del presentador anunciaba la dosis de excrecencia con la que nos iba a premiar en esa velada y a continuación aparecieron sus despreciables y desocupados colaboradores. Hinqué el diente en el emparedado de salchichón y me serví un generoso vaso de vino. El circo había comenzado y yo no podía perder ripio: lenguaje soez, intimidades bochornosas, escatología, sexo a raudales… Lo de todas las noches. Las peleas entre parásitos se sucedían dentro y fuera de los reportajes y yo había acabado con el salchichón y por supuesto, con el vino. Estaba asqueado y en una pausa publicitaria, a modo de tregua, me levanté a buscar una botella de whisky que no encontré, y a por un paquete de cigarrillos.

Siete colillas aplastadas contenía el cenicero cuando sucedió lo que había estado esperando durante semanas. En una patética interviú al primo segundo por parte de padre de Tamara, el stedycam nos premió con un movimiento de cámara en forma de uve invertida, partiendo desde el primo, pasó por el presentador y acabó en uno de los colaboradores, que hizo gala de su imbecilidad habitual.

Me levanté nervioso y apagué rápidamente el televisor. Llamé a Ramírez y le conté que al día siguiente no iba a ir a trabajar. Mi tía Feliciana por fin había doblado el ala y yo, como buen sobrino y heredero universal, iba a acudir a su sepelio en Guarroman, provincia de Jaén. Ramírez maldijo a mi tía y tuve que hacerme el ofendido. Encendí otro cigarrillo y llamé a Lobato. Tenía que conseguir tres billetes en el puente aéreo con Barcelona, para el día siguiente. Nada más colgar, sonó el teléfono. Santos había visto el programa; estaba preparado y ya había hablado con Irene. Todo estaba listo.

Después de preparar mi equipaje y todo lo necesario para nuestros propósitos, me tiré en el sofá y dormite durante un par de horas.

Al día siguiente, a las diez de la mañana Irene, Santos y yo estabamos puntuales para coger el avión a Barna.

Llegamos al Prat sanos y salvos, gracias a nuestra precaución innata de sustituir el desayuno de abordo por unos lingotazos de mi vieja petaca de whisky. En la terminal nos esperaba La Montse, una compañera que cubría la información cultural en una emisora de Barcelona. Tras los saludos de rigor, Irene la increpó por su estado:

- Pero coño, ¡ todavía estás serena ¡

- Collons, Irene, que ya no estoy acostumbrada a beber desde por la mañana –alegó La Montse un tanto avergonzada-.

- Pues si que empezamos bien –apostilló Santos-.

- Tranquilos, que todavía queda mucho día –intentó tranquilizarnos la catalana-.

Pero la situación era preocupante. Necesitábamos a La Montse ebria, y eso no se conseguía con una simple caja de botellines… Cuando estaba borracha, a parte de “congeniar” mucho mejor con los hombres, hablaba perfectamente inglés, algo que era fundamental para que nos abriera el paso con un londinense que ejercía de productor asociado en el programa.

Rápidamente nos dirigimos a un bar en Las Ramblas que conocía La Montse. La roña nos llegaba hasta los tobillos, pero el alcohol que servían era de tan mala calidad, que con dos copas, alguien normal podría coger una cogorza antológica. Irene se quedó con La Montse a pasar el resto de la mañana en aquel infecto bar y Santos y yo fuimos a reunirnos con Elías, el cámara del programa.

Elías era un tipo mal encarado, joven pero hosco y de una integridad personal a prueba de bombas. Después de pasar su niñez en casas de acogida y reformatorios, hizo su entrada triunfal en La Modelo a los 18 años por partirle la boca a un curita que le quiso introducir en el apasionante mundo del mariconeo. En la trena se apuntó a un curso de comunicación audiovisual y hoy era uno de los más solicitados steadycam. Había cumplido con su parte previa en el trabajo no sin dificultades, porque Elías es el típico tipo sospechoso de todo y más desde que apareció L’PATAM (liga de periodistas hastiados de tanta mierda). Repasamos el plan, todo estaba listo y según lo previsto. Habían sido muchos días de trabajo y todo parecía en su sitio.

A las 22:30 aparecimos Irene y yo en los estudios donde se grababa el programa. Nos recibió Henry, el productor asociado que estaba acompañado por La Montse, que en lo que parecía un perfecto inglés, le indicó que éramos el matrimonio especializado en intercambios de pareja. Con diez copas de más la catalana era infalible…

El giri, animado por La Montse nos enseñó el plató y el control de realización, donde vimos a Santos ocupando el puesto de operador de VTR con nuestra cinta en la mano. Se confirmó entonces que los gruñidos que, al parecer, sólo yo había detectado en el armario de la sala de continuidad, pertenecían al legítimo ocupante del aparato de vídeo. Ahora todo dependía de que los chicos de Madrid demostraran su valía…

Sintonía de cabecera, el público rugía, acrobático plano que acaba en el presentador y saludo inicial. El tema de hoy: el intercambio de parejas. Para hablar del tema los habituales contertulios y un matrimonio promiscuo. Irene y yo aguantamos estoicamente las andanadas de soplapolleces que se les ocurrían a esa pandilla de desocupados y en la medida de lo posible, entramos en el juego.

- Me encanta ver follar a mi mujer con otro tío –aseguraba yo, de vez en cuando -.

- Es una experiencia sublime hacer el amor con tu marido y otro hombre a la vez, - soltaba descaradamente Irene, que a ratos parecía disfrutar de la historia -.

Hacía más de media hora que el tema no daba para más y que el nivel del “debate” había descendido a cotas de inmundicia gigantesca, cuando por fin Elías nos hizo la seña. Con su cámara consiguió meternos a Irene y a mi en un mismo plano y como si fuéramos a dar un telediario, nos dirigimos al espectador:

Hoy están disfrutando de una muestra más de en lo que se ha convertido la televisión, un espectáculo bochornoso, sin interés, soez y sin más fin que engrosar cifras de audiencia a base de cualquier cosa, con la complicidad de todos los que están en sus casas pasando horas en profundizando en los aspectos más íntimos y retorcidos de vidas ajenas.

Desde L´PATAM rechazamos esta forma de hacer televisión y periodismo, porque creemos que aunque no estamos aquí para educar ni para alumbrar tontos, debemos ofrecer al menos dignidad y profesionalidad. Llevamos años intentando cambiar la tendencia imperante, pero es francamente difícil. El círculo es cerrado y sólido: los programadores ofrecen mierda y ustedes la devoran con gusto y en masa, con lo cual el sistema se fortalece cada día. Hemos llegado a la conclusión de que sólo podemos acabar con ello utilizando sus mismas armas para poner en evidencia a popes de la bazofia como estos, que además van de impolutos y celosos de su intimidad. Hoy le ha tocada el turno a uno de los cabecillas, al presentador de este programa.

Entró el vídeo y todos pudimos advertir como el presentador acudía a un conocido parque de Barcelona lleno de travestis, como pagaba a uno y lo montaba en su coche, como avanzaba unos metros, detenía el vehículo y como el propio presentador practicaba una felación al travesti. Un rótulo anunciaba, Queréis mierda, pues tomar…! Mientras, el presentador tomaba por atrás.

Para cuando acabó el vídeo ya nos habían sacado de allí a hostias, pero todo había salido a pedir de boca. Entre La Montse, Santos y Elías habían controlado la emisión desde Barcelona y los chicos de Madrid bloquearon el sistema informático para que no cortaran la emisión desde Madrid.

Por supuesto a Santos, a Irene y a mí, nos detuvo la policía. Irene salió al día siguiente y yo, por hacer observaciones sobre la halitosis del comisario, pasé un día más en los calabozos. Pero en seguida nos soltaron. A fin de cuentas no nos habían pillado con dos gramos de farlopa, ni con una china de hachís, ni habíamos robado un paquete de pilas en el supermercado, que es por lo que te puedes pudrir en la cárcel en este país.

Cuando salí de la comisaría había un grupo de compañeros esperándome y el gesto casi me emociona. Me despedí de ellos y partí para el aeropuerto. Ellos permanecerían en la puerta de la comisaria hasta que soltaran a Santos, al que la policía y el juez querían enmarronar por el secuestro del operador de vídeo.

- No podemos abandonar a Santos –advertí antes de largarme-.

- Tranquilo, nosotros no nos movemos de aquí hasta que lo veamos salir por esa puerta. Además hoy se han publicado varios artículos calificando de hazaña lo de ayer. No creo que tarden mucho en soltarlo.

- Es mejor que desaparezcas –añadió La Montse, dándome un cálido beso- Saluda a los chicos del foro y dile a Carpintero que me llame alguna vez…

Allí quedó ese reducto de profesionales que aman su oficio y lo defienden con uñas y dientes, no frente al intrusismo, sino frente al chabacanismo. Yo llegué a Madrid y como esperaba el primer mensaje del contestador contenía la voz de Ramírez que me felicitaba por el logro, me insultaba por haberle engañado y me anunciaba la intención de mi jefe de ponerme en la puta calle. Me importaba una mierda. Lo peor vino después; tenía más de catorce mensajes de medios de comunicación solicitándome entrevistas, e incluso había un par de ofertas de trabajo para conducir magazines, ¿era acaso un contraataque feroz? ¿Me querían convertir en aquello contra lo qué había luchado? ¿Sería verdad que pagarían la pasta que me anunciaban esas voces femeninas y sugerentes…?