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DIVAS

 

Me encontré con una de esas divas de afterhours, irresistibles lolitas viciosas sinónimo de dulce perdición. Hay que ser muy capullo para enamorarse a esas horas, en un sitio así y con la cabeza de aquella manera. Pero el hombre, y en eso estoy de acuerdo con las tías, es un capullo por principios. Nada más verla supe que quería tenerla y no sólo esa noche, sino cuantas más mejor. ¿No es eso el amor?. Pues eso.

Me lancé a hacia ella como si fuera el protagonista de un documental de Rodríguez de La Fuente, imparable hacia el encuentro con la presa. Ella frenó el embiste con una sonrisa, un fugaz beso en mis labios, seguido de ¿no tendrás algo de coca tío?. El polvillo blanco hacía rato que se había esfumado, pero no podía dejar que un gramo de química hicieran peligrar toneladas de pasión. Estoy esperando refuerzos, mentí. Mientras ¿tomamos una copa?. Claro.

Intenté suavizar mis miradas, mis gestos, el devenir de mis manos con algo que se pareciera a una conversación ¿cómo podría acabar en mi cama una tía como tú?. No te confundas, respondió, yo nunca me acuesto con un tío la primera noche. Necesito tener más datos. Y su sonrisa me apuñalaba. Los que quieras, cuando desees comenzamos el examen. Pero la impresionante hembra no estaba dispuesta a entrar en arena y de repente otro cálido beso selló nuestra charla.

El garito, igual que propició nuestro encuentro, nos separó y me quede con la mirada perdida, pensando si aquel episodio no fue más que una alucinación. Luego supe que no, pero demasiado tarde.

De mi estado de absorción me sacó un colombiano, que juraba que le había dado un codazo y me retaba a enfrentarme a él como un hombre. Que te pires, le espeté. Pero no siguió mis consejos y la noche acabó a hostias. A la resaca del día siguiente, tuve que añadirle el escozor de las magulladuras que me proporcionaron aquella chapucera pela.

Con el ánimo por los suelos, y la vieja sensación de “que cojones estoy haciendo con mi vida”, afronté el día siguiente. Sin perspectivas, sin rumbo, sin una actividad definida, me lancé a la calle y recalé en el bar de Santi, allá por la calle León. Allí se reunían compañeros a tomar el aperitivo antes de comer, y yo necesitaba seguir comiendo, por lo que me acerqué con la esperanza de que alguien supiera de algún trabajo. El primer rostro conocido que avisté se abalanzó sobre mí. Era Torres, un cretino autor de los reportajes más lóbregos, casposos y sanguinarios de los últimos tiempos. Pertenecía a la generación de El Caso, pero había sabido adaptarse a las necesidades de los nuevos tiempos, convirtiéndose en un carroñero contemporáneo.

Enseguida advertí que algo quería el muy cabrón, por la efusividad de su apretón de manos, por el exceso de alegría grotesca que mostró, y en definitiva por aquel teatrillo que escenificó del reencuentro de dos “viejos amigos”. No tardó más de tres minutos en apurar la primera jarra cerveza y en mostrar sus verdaderas intenciones. Andaba metido en un reportaje de investigación sobre garitos nocturnos y quería ver drogas, chavales colgados y sexo fácil. A pesar de su experiencia, reconoció que ya era un poco carca para mezclarse en esos ambientes sin levantar sospechas. Le advertí que yo no tenía precisamente dieciocho años, pero que aún me mantenía “a la onda”. No me gustaba nada el derrotero que estaba tomando el trabajito, pero sabía que tenía que seguir escuchándole.

La historia consistía en un par de noches de fiesta en unos cuantos garitos de moda, luego acabar en los dichosos after y descubrir otros tantos clandestinos. Yo llevaría la voz cantante y él la puñetera cámara. Me explicó con su delicadeza habitual los inconvenientes del trabajo: si nos pillaban con la cámara, nos hostiaban; si nos pasábamos de listos con los porteros, nos rajaban; si metíamos la gamba dentro de los locales, nos pisaban el cuello; si nos proporcionaban drogas, había que metérselas, si teníamos que follar, pantalones abajo. Me pagaría un veinte por ciento de lo que él cobrara y por supuesto, todo el mérito del reportaje sería para el Sr. Torres. No quiero malos entendidos, me advirtió, esto es lo que hay. Si quieres lo tomas y si no te vas a pillar tu pedo diario. Le dije que aceptaba, pero que a cambio tendría que procurar hablar en su empresa sobre mí para otras posibles ocupaciones. Me dijo que lo intentaría, pero que no me prometía nada.

Nuestra misión comenzó la noche siguiente. La ruta estaba elegida y me preocupaba que en ella se incluyeran un par de garitos que yo frecuentaba y me prometí a mí mismo que en esos sería especialmente cuidadoso. Los porteros me conocían y yo a ellos. Eran tipos de la Europa del Este, altos, rubios, muy pintones, pero venían del frío y tenían claro que no iban a volver. Pertenecían a una de las muchas mafias de empresas de seguridad para locales, eran menos peligrosos que los iraníes, pero también tenían lo suyo. Yo les había visto echar a un tipo del local abriendo las pesadas puertas de la sala con la cabeza del susodicho y si tenían que llevar a un tipo “al callejón” lo hacían con toda la alegría del mundo. Desde luego era mejor estar a bien con ellos y yo era practicante de esa filosofía. Cuando me vieron aparecer con el carcamal de Torres se sorprendieron un poco, pero tras el apretón de manos de rigor, nos dejaron pasar sin hacer cola. Si he de ser sincero, todo aquello me parecía un despropósito y tenía auténtico miedo a que nos pillaran. Hacíamos una pareja de lo más extraña para cualquiera y más aún cuando Torres, cerca de los sesenta, se había disfrazado de grunch. ¡La madre que me parió!

Le intenté convencer de que en ese local no teníamos nada que hacer, que allí la droga se movía en una afluencia normal de un garito de noche. Nada excepcional. Pero el capullo insistía en que intentáramos pillar algo. Tuve que hacer el amago de preguntar a cuatro pringados que nunca había visto por allí, si tenían algo para pasar, a lo que lógicamente me respondieron que ellos estaban en la misma tesitura, encontrar algo para pasar la noche. Yo sabía perfectamente que era Elisa, la del ropero, quien cubría las necesidades politóxicas del personal, pero tenía muy claro que no iba a encuadrar sus preciosos ojos en la cámara digital. Sabía que no era jugar limpio, pero no iba a amargar mi vida ni la de Elisa por aquel curro de mierda. Cumplí el expediente indicando a Torres que filmara a dos chavalitos esnifando coca en el water mientras se metían mano en las braguetas. La escena era pintoresca y el plano tan cerrado que pudiera haber sido en cualquier garito.

Torres se percató de la cierta pasividad que mostré en aquel local y me dio el primer aviso, como a los toreros, recordándome que no estaba allí para acompañarle en el día de la fiesta.

Yo sabía que la noche no había hecho más que empezar e intenté explicarle que sólo estaba calentando motores. Lo que sí me quedó claro es que en el siguiente antro habría que entrar a fondo.

Visto que la siguiente estación de nuestra ruta era otro local que yo conocía y frecuentaba, inventé una estratagema para cambiar el destino. Le hablé a Torres de una discoteca en la que al parecer había tema para dar y tomar. Le conté, y eso era cierto, que un camello amigo mío me aseguró que allí se movía de todo y que incluso los porteros cobraban a los dilers cincuenta talegos por entrar, en previsión del negocio que se hacía dentro. Mi compañero se iba convenciendo rápido, pero sus dudas se despejaron cuando le comenté que había chicas que por un par de tiritos y unas pastillas estaban dispuestas a todo. Al final aceptó el cambio de planes y yo me sentí aliviado por acudir a un sitio en el que, en principio, no me conocía nadie.

Accedimos a la discoteca, no sin antes pasar un exhaustivo control visual de los porteros, que no parecían muy proclives a dejar pasar a la extraña pareja. Casualmente me encontré en la puerta con Lola, una amiga que empezaba la noche acompañada con un negro de casi dos metros. Al vernos hablar, pienso que los porteros creyeron que íbamos con la otra extraña pareja y pasamos sin contratiempos. La verdad es que los tíos sólo de aspecto acojonaban, pero no hay nada mejor que disimular tus temores sin parecer un chulo, para pasar inadvertido.

Una vez dentro nos quedamos sorprendidos del tinglado que allí había metido. La sala estaba impecable, la decoración siguiendo los patrones más vanguardistas del arc deco, que a mi personalmente me la trae al fresco, pero que he de reconocer que viste mucho. La música era un house suavecito, y eso era un dato confuso porque denotaba que no era un sitio simplemente de pastilleros, y que por tanto las posibilidades eran diversas. He de decir que nuestros oídos también agradecieron el matiz, ya que por unas horas nos íbamos a librar del previsible martilleo de los garitos al uso. La gente bailaba anodina en la pista, sin que en apariencia hubiera rastro de sustancias que les empujaran a ello. Había una relativa calma en la sala, poco habitual para esas horas, e incluso había gente que charlaba en las barras y en los pasillos. Torres empezó a inquietarse ante la perspectiva de que hubiéramos perdido el tiempo, pero yo estaba tranquilo: pese a la aparente normalidad que transmitía el club, sabía que allí había trapicheo. Le dije a Torres que se calmara y le conminé a que tomáramos una copa en la barra central, para desde allí tener una mejor panorámica. Así lo hicimos y tras cinco minutos en los que di cuenta de las tres cuartas partes de mi whisky, ya había localizado a un personaje que no hacía más que dar vueltas alrededor de una puertecita que debía dar a otro ambiente. Le hice una seña a mi compañero y nos dirigimos hacía aquel habitáculo y como me imaginé, el danzarín nos dio el alto, para advertirnos que estabamos a punto de acceder a la zona VIP. A Torres no se le ocurrió mejor idea que echar mano de su cartera para proporcionar a aquel angelito de metro noventa un pequeño soborno, a la vieja usanza, una usanza que si no hubiera sido por la providencia, nos habría dejado la cara como un cristo. Al mostrar la cartera, lo primero que vio el gorila fue un carnet de prensa de la importante cadena de televisión para la que colaboraba Torres. A mi me entró un sudor frío a pesar del impacto del whisky a palo seco sobre mi esófago, más aún cuando la manita del colega se abría a medida que su amenazador brazo se alzaba. Pero lejos de constituir un acto de violencia, aquella mano palmeó la hortera cazadora de Torres, a la vez que en su rostro aparecía una estúpida sonrisa con la que nos anunció el acceso para los “compañeros” periodistas.

Mientras bajábamos las escaleras guardé premeditadamente silencio sobre la torpeza que acababa de cometer mi socio. Quizás en el futuro tendría ocasión de descubrirlo en sus propias carnes. Además, no soy amigo de dar consejos a tipejos como Torres.

Lo que encontramos en aquel sótano fue muy alentador para nuestras pretensiones. Los rostros de la gente denotaban que andábamos por el buen camino, pero aquello no era una fiesta de chavalines, sino que se veía nivel. Le advertí a Torres que debíamos ser cuidadosos, por que allí se movía algo gordo, advertencia que no hizo más que avivar el ansia de esa sabandija por entrar en acción y tras rellenar nuestros vasos, no se le ocurrió otra cosa que preguntarle al camarero si nos podía pasar algo para alegrarnos la noche. El camarero se hizo el tortilla y vi como se alejaba hacia el otro extremo de la barra para servir a otro cliente. Cogí a Torres disimuladamente de la solapa y le expeté que como volviera a abrir aquella bocaza carcomida por la nicotina, me largaba, no sin antes cobrar lo mío. A partir de aquel momento yo hablaría y él se limitaría a filmar. Parece que por unos instantes se convenció de cual iba a ser su papel y me siguió sin mediar palabra cuando le invité a confundirnos entre la tropa.

A los cinco minutos de estar apoyados en un lateral oscuro de la pista se nos acercó una chica y se dirigió a mi para pedirme un cigarrillo. Mientras sacaba el paquete de mi bolsillo, me insinuó que podíamos ponernos algo. Claro, a ti que te queda, pregunté. Si me miras a la cara averiguarás que sólo ganas de seguir la fiesta. Pues yo estoy igual, respondí, pero seguro que sabes quién nos puede solucionar este pequeño problema. E inmediatamente me hizo una indicación para que la siguiera.

Acompañamos a la niña hasta el pasillo que conducía a los lavabos y llamó a una puerta en la que se leía como sólo podía ser traspasada por personal autorizado. Y a mi me empezó a mosquear que la autorización consistiera en ir acompañada por aquella pastillera con pinta de niña bien. Torres estaba pegado a mi como una lapa y solo se separó cuando el gorila de la puerta VIP le sacudió un terrible ostión que lo desplazó al menos cinco metros de mi cuerpo. La cámara salió disparada y se hizo añicos al chocar brutalmente contra una mesa de mármol sobre la que se apoyaba la única lámpara de la estancia. Tras los impactos, una carcajada precedió al puñetazo que en la misma boca de mi estomago me propinó algún mal nacido. Cuando me pude medio incorporar un tipo se abrochaba sonriente sus pantalones de Armani, mientras se acercaba a nosotros con toda la tranquilidad que le proporcionaban los dos inmensos bigardos que nos estaban machacando. A mi ni me miró, se dirigió directamente a Torres que tenía la cara ensangrentada. El yuppie se identificó como directivo de la cadena para la que trabajábamos y le hizo ver a mi compañero, que había que ser gilipollas para meterse en ese garito a filmar. Torres trató de disculparse, pero sólo consiguió balbucir algo antes de que nuestro amigo de uno noventa le pisara la mano con especial dedicación. El ejecutivo advirtió que sólo se hablaba cuando el instara a ello, y en aquel momento únicamente le interesaba conocer el nombre del superior de Torres, antes de perdernos de vista, según sus palabras, para siempre. Torres cantó sin rechistar. Acto seguido nuestro educado agresor, anunció que nos pondría en libertad aunque con cargos y que la reincidencia se pagaba con la vida. Yo tenía claro que a mi, semejante hijo de puta, no me volvería a ver el pelo.

Antes de abandonar la estancia, el muy cabrón nos anunció que iba a seguir con lo que tenía entre piernas y para ello llamó a sus colaboradoras. Apareció la chica que me embauco para seguirla hasta la boca del lobo y tras ella, mi lolita diva de afterhour. Me quede absorto. Ella me miró con sus grandes ojos y estoy seguro de que me reconoció, a juzgar por la maliciosa sonrisa que me dedicó. Como exhibiéndose, saco dos horquillas de su bolsillo y se recogió el escaso flequillo que surcaba su frente. Con un cleenex se retiró el suave carmín de sus labios y se dirigió hacia el dueño de los pantalones de Armani, sin dejar de sonreírme. Solo reaccioné cuando uno de los matones me empujó bruscamente hacia la puerta.

Tras la paliza extra de rigor con la que nos despidieron nuestros amigos en una calle cercana, me despedí del capullo de Torres. No quise hurgar en la herida, porque él había perdido más que yo, pero aún así le reiteré que se olvidara de mi para siempre.

Moraleja: asco de moralejas.

Madrid, diciembre de 2002, tras una sobredosis (más) de Lichis, Sabina, J. Madrid