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Las irritantes
imágenes de transilvanos
haciendo suscripciones para
erigirle estatuas en sus principales
pueblos y ciudades, y mandándole
toneladas de flores y de productos
agropecuarios -se rumorea que
un enfervorizado admirador de
la región de Brasov le
ha enviado un gallinero al completo
por paquete postal -para agradecerle
el haberles librado de la opresión
de siglos, inundan de un tiempo
a esta parte los periódicos
y los informativos de las cadenas
de televisión, y si los
Premios Nobel se concedieran
a quien más mensajes
de móviles tuviera a
su favor seguro que él
se los llevaría todos
de calle. Cada vez que sale
a la calle se ve rodeado de
una cohorte de viejecitas que
le dan consejos y le piden autógrafos
para sus nietos, las más
afamadas vulpes de la farándula
buscan hacerse fotos con él
y recuperar así parte
del prestigio que su irrupción
les hizo perder, y supongo que
los únicos enemigos que
tiene dentro de ese mundo tan
de color de rosa somos nosotros,
a quienes ha destrozado la vida.
Recuerdo la
primera vez que me topé
con su imagen, una melena revuelta
a lo Woody Allen, unas gafas
de culo de vaso, una bata blanca
y astrosa, una sonrisa de roedor
y la descripción adjunta
de sus descubrimientos, todos
ellos en la página ocho
de un divertidísimo semanario
de desinformación general
que todavía guardo. En
otros artículos, por
poner unos ejemplos para que
el lector se haga una idea,
se demostraba científicamente
que Helena de Troya era una
muñeca hinchable, se
detallaban sobre un mapa las
rutas migratorias de las ensaimadas,
y se comentaban tablas con las
cifras de absentismo laboral
entre los leones del Serengheti.
Y cuando leí que un científico
había sintetizado un
microorganismo que, aunque inocuo
para hombres y seres vivos en
general, aplicado a un vampiro
chupasangre hacía que
éste perdiera el gusto
por la hemoglobina y a cambio
desarrollara un apetito feroz
por el zumo de naranja, lo tomé
como un infundio más
de la publicación, y
si la memoria no me engaña
la noticia me hizo tanta gracia
que se la enseñé
a mis amigos, y nos echamos
entre todos unas buenas carcajadas.
Esa ha debido
ser la única vez en que
los del semanario se equivocaron
y contaron algo verídico,
como constataron mis atónitos
ojos cuando repararon en un
reportaje con prácticamente
el mismo contenido en la edición
nocturna de los informativos
de una importante cadena de
televisión. Y, clarividente
de mí, supe ver en ese
mismo momento que ese aparente
progreso acarrearía dramáticas
consecuencias para mi economía,
y no sólo eso sino también
para el ancestral modo de vida
de mi familia, cultivadores
de cítricos en la Huerta
Valenciana desde los tiempos
en los que el fútbol
televisado no era más
que un funesto presagio.
Los virus,
bacterias o lo que sean se propagan
por vía rectal y su contagio
es prácticamente inevitable,
con lo que en apenas un mes
todos los vampiros de Europa
habían cambiado de hábitos
alimentarios y se habían
traslado en masa a las regiones
productoras de naranjas, y ya
un porcentaje significativo
de la cosecha comenzaba a mostrar
incisiones muy parecidas a las
de las películas especializadas.
Sin que nadie diera la cara
y se interesara por los desperfectos,
claro está, mucho llevar
capa y hacerse llamar de condes
para arriba pero qué
rápidamente se les olvida
el señorío a los
malditos cuando hay que pagar.
Y cómo
contar la situación actual
sin que se me salten las lágrimas.
Frutas muertas de día
y vivas de noche, transformándose
en una especie de Naranjitos
con colmillos y alas de murciélago
y cayendo sobre sus congéneres
para despojarles de su zumo.
Aunque a los turistas les hace
mucha gracia, y vienen con cámaras
en ristre y sueltan chascarrillos
en lenguas bárbaras,
la confianza de los consumidores
en los productos de la Huerta
ha caído hasta el cero
absoluto -una campaña
de la Generalitat en la que
los teletubbies ensalzaban las
propiedades de las naranjas
vampirizadas sólo sirvió
para acabar con la reputación
de estos personajillos-, y de
ellos se están aprovechando
los americanos para hacerse
con la totalidad del mercado.
De poco sirven las ristras de
ajos y los crucifijos, aunque
los vampiros originarios huyen
ante ellos no pasa lo mismo
con los naranjitos, que no sólo
están completamente desprovistos
de sentido olfativo sino que
lo Sagrado les importa un bledo.
Pero esto se
va a arreglar. Porque un comando
guerrillero, formado por unos
cuantos horticultores armados
y dispuestos a todo, estamos
esperando al doctor Charquitos
al lado de la puerta del hotel
donde está alojado mientras
imparte un curso de verano en
la Guardería Infantil
El Pequeño Chabolista,
y cuando esté en nuestras
manos le obligaremos a que cree
algo que rectifique la plaga
que de manera tan irresponsable
ha desencadenado. Y gracias
a nuestra acción el mundo
respirará más
tranquilo, o al menos la parte
del mundo dedicada al cultivo
de cítricos, que es la
que nos concierne desde el punto
de vista emocional.
Lo malo es
que el ruinoso estado de nuestras
economías nos ha impedido
comprar armas de fuego, y es
posible que el profesor no se
sienta muy amedrentado cuando
le amenacemos con rastrillos
y azadillas para arrancar malas
hierbas. |
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