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Lo de tener
conciencia ecológica
y ser respetuoso con el medio
ambiente queda muy bonito en
los informativos y por lo visto
debe de ser muy útil
para conseguir votos indecisos,
pero a los que estamos por debajo
y tenemos que apechugar con
ello veinticuatro horas al día
y siete días a la semana
nunca nadie nos va a felicitar,
y si alguien se molestara en
preguntarme le respondería
que se vivía mejor antes
de que la gente se pusiera tan
ñoña y tiquismiquis.
Pero claro,
los del servicio secreto somos
los últimos pelagatos
en la escala evolutiva.
Me cayó
bien el ministro nuevo de entrada.
Supongo que su aspecto sencillo
y bonachón y el que nos
dirigiera la palabra y nos preguntara
por nuestras mujeres e hijos,
no como otros ilustres figurones
demasiado ocupados para gastar
saliva en nada que tuviera menos
de dieciséis títulos
nobiliarios o una cuenta corriente
de menos de dieciséis
cifras, nos engatusó
a todos sus escoltas, y nos
hizo pensar que habían
llegado tiempos mejores. La
rutina, el estar pendiente hasta
del balanceo de las hojas cada
vez que salíamos a la
calle, el tener metido en la
cabeza que igual tocaría
poner el cuerpo para frenar
una bala o trozo de metralla
dirigidas a él, se hizo
menos duro, y nada hacía
presagiar que un año
más tarde estaríamos
conspirando contra él.
Hasta que un
buen día todo cambió.
Lo recuerdo
perfectamente, el escenario
fue uno de esos simpáticos
foros sobre desarrollo sostenible
en los que hasta los expendedores
de preservativos son macrobióticos,
y donde todo el mundo puede
hacer proclamas bienintencionadas
y quedar fenomenal con la tranquilidad
de saber que nadie se va a enterar
y ellos podrán seguir
derrochando como de costumbre.
No había ningunas elecciones
a la vista, así que no
me explico por qué el
ministro había tenido
que aceptar la invitación
en lugar de endosársela
a algún grupo religioso
que quisiera predicar su doctrina,
tal y como es su costumbre.
Pero, en fin, aunque la presencia
de un miembro del Gobierno había
causado que hubiera más
periodistas que los prejubilados
habituales el acto se desarrollaba
con la somnolienta normalidad
propia de ellos, el ministro
tenía la palabra y soltaba
las encantadoras banalidades
de rigor.
Y, en esto,
mientras mis ojos evaluaban
la peligrosidad de unas piernas
largas y morenas que presuntamente
pertenecían a un espécimen
del subgénero azafata
espectacular ¾ignoro
cómo se traduce al latín
¾, llegaron a mis oídos
unas palabras que, aun amortiguadas
por la suave megafonía
del lugar, educadamente regulada
para no molestar a los asistentes
que aprovechaban la intervención
para dormir o practicar juegos
de mesa, hicieron que mirara
al estrado no creyéndomelo
del todo.
¾Y puedo
prometerles que, en un plazo
que de momento no puedo precisarles
pero que será sumamente
breve, todos mis desplazamientos,
así como los de mis secretarios
y subsecretarios, se harán
en transporte público,
para que los ciudadanos y ciudadanas
de este país tomen ejemplo
y entre todos consigamos cumplir
e incluso superar los objetivos
del Protocolo de Kioto en cuanto
a reducción de emisiones
de gases de efecto invernadero.
Desvié
la vista hacia Povedilla, el
jefe de mi núcleo de
seguridad, y el modo en que
se rascaba la nuca con la mano
izquierda mientras se mordía
el labio inferior me hicieron
ver que tampoco él había
sido consultado, y que al igual
que yo se estaba enterando del
embolado ahora. Y lo malo era
que ambos sabíamos que
el ministro era uno de los pocos
políticos del país
de quienes todavía se
podía afirmar que eran
honestos, que lo que decía
generalmente iba a misa y que
nos podíamos ir preparando.
El baile dio
comienzo dos semanas días
más tarde.
Desde entonces
parece ser que la popularidad
del nauseabundo ha subido como
la espuma, y que es uno de los
mejor situados para suceder
al presidente del gobierno en
cuanto éste se retire,
lo cual se rumorea que puede
suceder de un momento a otro.
A la gente le gusta verle subido
a un autobús de línea,
o a un vagón de metro
atestado de pasajeros. Pero
lo que la gente desconoce es
que ese autobús o ese
vagón de metro de lo
que están llenos es de
agentes del servicio secreto,
convenientemente disfrazados
de viejecitas, estudiantes,
obreros siderometalúrgicos,
señoritas vestidas con
ropas indecentes, inmigrantes
con poncho y flauta andina,
y todos los etcéteras
que se le puedan ocurrir a uno.
Es de risa.
En cuanto su mecanógrafa
particular nos entrega una fotocopia
de su programa de actividades
toca la misma cantinela: a ver,
Rodríguez, esta vez vas
a hacer de pastor trashumante;
me cambio, recojo el rebaño
y me encamino a la estación
de metro más cercana
al aprisco; al cabo de varios
transbordos cronometrados hasta
la última centésima
cojo el convoy correcto, y dentro
de él el vagón
donde el servicio geográfico
ha calculado que entrará
el ministro; distingo allí
a varios compañeros vestidos
de lagarterana, soldado de permiso
o venerable pope, los demás
ocupantes son todos becarios
o subcontratados de alguna empresa
de seguridad privada; finalmente
el mandatario hace su aparición,
flanqueado por los tres enchufados
hermanos o primos de peces gordos
del partido, y que por esa razón
están rebajados de hacer
el ridículo como los
demás; los que somos
agentes de verdad nos abrimos
paso hacia la proximidad del
ministro lo más discretamente
posible, los becarios y subcontratados
no son de fiar y generalmente
no se saben sus papeles; si
se dirige a mí le recito
un informe pormenorizado acerca
de la situación de la
ganadería en España,
incluyendo todo tipo de cifras,
gráficos y estadísticas,
mi interlocutor se queda muy
satisfecho y apunta en su libretita
que debe felicitar a su colega
de Educación por los
evidentes progresos en la instrucción
de los pastores trashumantes;
se baja en su estación
destino, yo hago lo propio en
la siguiente; recorro la red
subterránea en sentido
inverso, devuelvo las ovejas
al aprisco y corro al punto
de reunión, donde mi
jefe me indicará cuál
es mi siguiente misión.
Y por no hablar
de otras consecuencias no tan
divertidas: las horas extraordinarias
hasta muy entrada la madrugada,
ensayando a las órdenes
de un profesor que no pierde
ocasión de ponernos en
tutú, y que nos sonríe
melifluamente cuando por un
azar no nos equivocamos; el
estado de abandono en el que
tengo a mi mujer y a mis hijas
adolescentes, aunque afortunadamente
parece que han entablado buena
amistad con un butanero nigeriano
muy buen chaval, al que los
continuos fallos en la instalación
hacen aparecer mucho por mi
casa; el presupuesto del departamento
estirándose hasta límites
insospechados ¾hay que
pagar a los becarios y subcontratados
¾, y ello repercutiendo
en nuestros sueldos cayendo
de manera correlativa; y, en
fin, un sinfín de penalidades
aparte, que prefiero no enumerar
porque nunca he sido de los
que lloran.
Pero si el
ministro supiera lo de las reuniones
clandestinas de nuestra sociedad
secreta, y la gran cantidad
de carcajadas malévolas
que inundan el aire en las mismas,
se le congelaría su estúpida
sonrisa y malditas las ganas
que se le iban a quedar de cumplir
el dichoso protocolo de Kioto.
Comenzamos
en febrero, al principio sólo
éramos Benítez,
Satrústegui y yo pero
poco a poco la idea se fue haciendo
popular entre los compañeros,
hasta el punto que finalmente
adoptamos la decisión
de acudir a los encuentros disfrazados
de extraterrestres. Fluyen las
bebidas espirituosas y una densa
niebla provocada por el humos
de los cigarrillos se apodera
del recóndito trastero
donde nos congregamos, sólo
se echa en falta música
de jazz, unas barajas de póker
y alguna chica de dudosa reputación
para que el lugar recuerde a
un tugurio de la época
de la ley seca. Nos pasamos
horas buscándole vicios
ocultos o rincones turbios de
su pasado, cualquier cosa que
pueda ser usada para forzar
un escándalo que les
aparte a él y a sus veleidades
tocapelotas del poder. No lo
voy a negar, a veces me dan
reparos porque este tipo de
conducta está tipificada
como falta muy grave en nuestras
normas de régimen interno,
y como nos pillen la sanción
puede ser de las que hacen época.
Dejando aparte las posibles
consecuencias penales.
De momento
el ministro parece limpio como
una patena: nunca ha engañado
a su mujer entre otras razones
porque no está casado,
tiene tantos amigos influyentes
que no le fue necesario dejar
ningún cadáver
en su ascenso a la cumbre, acude
todos los domingos a las misas
de varias confesiones, y su
afición a la cestería
resulta difícil que pueda
generar ningún tipo de
alarma social.
Pero algún
día le encontraremos
algo. Y que se vaya preparando.
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