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EL BARRANCO DEL SUICIDA

 

Qué le pudo suceder a Ernesto para arrojarse por el barranco. Nadie se lo explica. Ninguna pista, ningún indicio, ninguna carta suicida.

Desayunó en el bar de Carlos un café bien cargado que se tomó de un trago. Ponme un café que estoy hasta los huevos, me dijo, pero mientras que estaba en ello entró la Elvira, que está… cómo está la niña, y no hablé más con él, sacó tabaco de la máquina, pagó y se largó, serían las nueve y media más o menos.

Del cuartelillo de la guardia civil salió Carlos subiéndose los pantalones, mientras el sargento Ontiveros le observaba desde una ventana de las dependencias cómo se montaba en una berlingo blanca. ¿Habéis tomado muestras de las huellas de neumáticos? Preguntó a contraluz. No, señor. Éste ha visto muchas películas. ¿Cómo sacamos los moldes? Ya sabe que a El Barranco del Suicida va mucha gente. Se cree que lo va a resolver él solito. El cabo Antonio Guijarro pensaba y hablaba al mismo tiempo, sin respirar y sin mover los labios, todo de tirón. Si está más claro que el agua. El tal Ernesto se ha tirado por despecho, por qué si no. Está de moda, aunque se las suelen llevar por delante, a la novia y a la suegra y a quien se les ponga por medio. Pero el presunto suicida no daba el perfil psicológico al que el cabo se había agarrado en la reconstrucción de los hechos y antes de que su superior le diera las últimas instrucciones desestimó esa vía de investigación. Ni mujer ni novia, que la tuvo pero hace tiempo, ahora ya no tiene na. Así que, Guijarro, vamos a por el hermano. Dicen que discutieron y no se hablan desde el verano pasado.

Andrés portaba profundas ojeras con pesadumbre y sin ninguna dignidad. Ojeras de café. Una semana entera en vela y ayuno. El sargento Ontiveros le miró por encima de unas gafas de farmacia y luego bajó los ojos para concentrarlos en un folio donde estaba plantada la huella de una mano. Nos cabreamos, ¿y qué? ¿Usted no se ha peleado nunca con su hermano? Y Andrés Carrasco Espejuelo se rascó el mentón hundido, con aire de suciedad, delincuencia y siete días sin sentir la espuma y ni la cuchilla en su rostro. O sea, que ni idea tienen del asesino de Ernesto. ¿Quién ha hablado de asesino o asesinos? Él sólo se delata. ¿Ya no hablan de suicidio? A Ontiveros le hubiera gustado ser investigador privado con despacho propio en la ciudad, pero dejó preñada a Carmela y no llegó a estudiar los tres años de derecho que le hacían falta. Están ustedes locos, qué coño se va a suicidar, mi hermano no era de esos, cabezota sí, pero no se hubiera quitado la vida jamás. Vale, vale, no nos hablábamos porque se pasó con mi mujer, le despreció un arroz con leche que le sale de muerte, y ahí empezamos que si esto que si lo otro… esas cosas que tienen las familias, se fue de casa más cabreado que una mona, y oiga, hasta el domingo que desapareció.

Continuaron tres días más de interrogatorios sin ninguna detención. Por los despachos de la benemérita fue desfilando medio pueblo, amigos, enemigos, vecinos… y hasta un representante de energía solar, pues la susodicha víctima estaba interesada en la instalación de placas para abastecer de electricidad una de sus fincas. El informe del forense le llegó a Ontiveros por fax al quinto día de aparecer el cadáver. Se había abierto la cabeza de un golpe seco y rotundo, posiblemente causado por la caída, ningún otro signo de violencia. Pero ¿qué hacían en su puño derecho unas bragas tanga negras y unos restos de pino resinoso? Me comentó que solía pasear los domingos por el monte, precisamente se refirió a no sé qué de un suicida. El sargento recordó las palabras del canijo de la energía solar. Guijarro, ¿todavía se va a follar al barranco?

Pues claro.

Ya me daba a mí en la nariz que el tal Ernesto cualquier día daría un traspiés por voyeur y fetichista.