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EL CASTING

 

Margarita García, (nombre artístico, Marga Tovar) era modelo publicitaria desde niña. Su profesión la había proporcionado bastante dinero para vivir bien, para pagarse todos sus caprichos (que no eran pocos) y todos sus vicios (que no eran menos). Su rostro, prácticamente perfecto igual que su cuerpo, sólo tenía un pequeño defecto: su nariz; con un caballete un tanto prominente aunque no exagerado. De hecho, mirándola de frente, era imperceptible y, a pesar de que rompía claramente la delicada línea de su perfil, en opinión de muchos, le daba personalidad. Entraba en la madurez, los años y, sobre todo, la mala vida, habían aflojado un poco su carne y marcado ligeramente su cara, especialmente bajo los ojos.

Ultimamente no la llegaban tantos contratos como antes, cuando se podía permitir despreciar muchos de ellos; se la han abierto los ojos y la ha empezado a preocupar el futuro. Achacó su bajón profesional a la dichosa nariz y decidió operarse.

Acostumbrada a obtener dinero del encanto de su cuerpo, no conoce limites para utilizarlo. Su objetivo es encontrar al hombre de su vida, como ella dice; aquel que la permita encarar con tranquilidad el futuro y ponga a su disposición la suficiente cantidad de dinero para mantener su actual tren de vida, o mejorarlo si es posible.

Conoció a Alejandro Vilaboa, cirujano plástico (Alex, para las amigas) en una noche de copas y, en su línea habitual, le engatuso para que, de momento, la operara la nariz y después quién sabe.

Alex ya ha pasado de los cincuenta, pero aparenta menos. Además de desalmado y crápula, es cierto que es médico, pero no cirujano plástico, nunca pasó de médico de cabecera, de los que recetan aspirinas y jarabe. Lo que pasa es que los últimos dos o tres años ha ayudado a su hijo Luciano (éste sí, una estrella de la cirugía estética, ya con clínica propia a pesar de su relativa juventud) en sus intervenciones. Naturalmente le contó a Marga que era su hijo quien le ayudaba a él, que dejaba que se llevara la fama porque le hacia más falta con un largo futuro por delante y, además, por un hijo cualquier cosa. Y por comerse aquella perita en dulce, que para él era Marga, lo que hiciera falta. Hasta operarla la nariz.

La verdad es que Alex creía que lo podría hacer tan bien como su hijo, pero, por si acaso, hizo que Marga firmara un documento en el que reconocía que se había sometido voluntariamente a una intervención urgente porque un desgraciado accidente (que, por supuesto, nunca sucedió) le había destrozado el apéndice nasal, añadiendo que renunciaba a reclamación alguna, fuera el que fuese el resultado de la operación. Con el documento firmado en su poder, citó a Marga, en la clínica de Luciano, para un sábado por la noche. También citó a Manuel Oreja (conocido en la clínica como Dr. Sueño), anestesista de profesión para que le ayudara. En cierta ocasión, Alex, había sorprendido in fraganti al Dr. Sueño inyectándose la morfina que le había robado a su hijo. No le denunció, no habría ganado nada con ello; en cambio, compartir su secreto le convertía en la persona de total confianza que para el caso necesitaba. No era la primera vez que utilizaba el chantaje con el anestesista, pero siempre lo había hecho con la mesura suficiente para no empujarle a la desesperación, y no por humanidad, si no porque sabía que desesperado se volvería peligroso y dejaría de serle útil.

Aquella noche en el quirófano fue, quizás, la más larga de sus vidas. Para los dos médicos porque veían que la cosa se les escapaba de las manos, y para Marga porque al Dr. Sueño, que había llegado un poco colocado, se le fue la mano con la anestesia y la pobre seguía durmiendo el domingo por la tarde.

Cuando, días más tarde, la modelo se quito los vendajes y se miró en un espejo, su ataque de cólera sólo se puede comparar al de la madrastra de Blancanieves en situación similar. Marga ni siquiera lloró, juró venganza, y desde ese momento su nuevo objetivo en la vida fue acabar con la existencia del malvado galeno que, además, todo hay que decirlo, follaba fatal, ya que era eyaculador precoz. Y lo peor de todo: no tenía un duro, vivía a costa de su hijo Luciano.

Francisco Almansa (Paquito, le llaman todos en el pueblo) quería ser actor prácticamente desde siempre. Los sábados por la tarde su madre, la Paca, le daba el pecho en el salón de baile, para no perderse la película que todas las semanas proyectaban allí los del cinematógrafo ambulante. Desde entonces no había faltado ni una sola vez a la cita con sus sueños, siempre acompañado de su madre que compartía con él aquella pasión. Quintiliano, su padre, en cambio, jamas había visto una película; era un castellano antiguo que desperdiciaba la vida, trabajando de sol a sol en el campo; con un recelo exagerado a cualquier novedad; a Quintiliano, el placer, incluso el simple ocio, le parecía algo vergonzante, pecaminoso. El sexo, dentro del matrimonio, claro está, era el único pecado que le resultaba decente, y a él se dedicaba, casi cada noche, con un entusiasmo similar al que empleaba en la agricultura.

Cuando Paquito terminaba su último año en la escuela del pueblo, fue idea de su madre que se marchara a Orsuno, con unos tíos, para hacer el bachillerato. Su padre se negó en redondo; Paquito ya sabía leer y escribir, las cuatro reglas y ¡hasta quebrados! Para Quintiliano eso era todo lo que un hombre debía saber, suficiente para administrar sus tierras. No podía entender que otra cosa tenía que estudiar su hijo. Discutió con Paca. Quintiliano era, en lo fundamental, un buen hombre; pero discutir con él era peligroso. Si la discusión se enconaba demasiado perdía el control, llegaba un momento en el que le cambiaba la cara, se le ensangrentaban los ojos y un extraño instinto asesino se apoderaba de él. En opinión de Don Anselmo era un caso claro de posesión demoniaca transitoria que por eso mismo, ser transitoria, no podía exorcizar. La tarde de la discusión, Paca tuvo que refugiarse con su hijo en casa de una hermana, porque Quintiliano, presa de uno de sus ataques de ira, había cogido su hoz preferida con la cual, según proclamaba a gritos, “le iba a rebanar el gaznate”.

Al cabo de unas horas Quintiliano se había tranquilizado y era, de nuevo, el hombre, tozudo y seco, pero bonachón, que había sido siempre, aunque no daba su brazo a torcer y se seguía negando a que su hijo estudiara bachillerato.

El contraataque de Paca fue lento pero demoledor. Desde ese día ni ella ni su hijo le dirigían la palabra a Quintiliano, además ella dormía en el cuartito de al lado de la cocina, dejándole solo en la gran cama matrimonial de madera oscura.

Casi tres meses aguantó Quintiliano. Cuando llegó septiembre estaba destrozado, no podía aguantar más aquella situación y cedió. Paca volvió al dormitorio común, madre e hijo volvieron a hablarle como si tal cosa y, el día veintiocho, el matrimonio acompañó a Paquito a Orsuno.

En Orsuno había cine, circunstancia que, para Paquito, justificaba sobradamente su cambio de residencia. No se perdió ni uno solo de los programas dobles que proyectaron en el Cinema Imperio durante los cuatro años de su estancia en la villa. Por si fuera poco, dos o tres veces al año, alguna modesta compañía teatral (normalmente de Madrid) caía por Orsuno y ofrecía un par de representaciones en el mismo Cinema Imperio. Paquito tampoco se las perdía; aunque prefería el cine, le hacía ilusión conocer actores de carne y hueso. Y como era, sin duda, el mejor cliente del cine, el dueño le permitía colarse antes para curiosear el montaje del decorado y los últimos ensayos. El año que estudiaba Cou y se acercaba el momento de volver a su pueblo, conoció, en una de estas incursiones, a Santiago Macías, joven actor, sólo tres o cuatro años mayor que él. Termino invitándole a comer en casa de sus tíos. En la sobremesa, Santi le dio su dirección en Madrid, insistiendo en que, si alguna vez se decidía a ser actor en serio y se acercaba por la capital, no dejara de pasar a verle. Este encuentro fue crucial para Paquito, hasta el punto de que, desde aquel momento sólo pensó en irse a Madrid para hacerse actor como John Waine, Victor Mature o Santiago Macías.

Cuando volvió al pueblo, acabado Cou, y se lo planteó a su padre se volvió a repetir la escena y la situación de años antes. El ataque de ira le duró esta vez a Quintiliano un día entero y tuvo que intervenir, además de Don Anselmo, la Guardia Civil. Al día siguiente Paca y Paquito aplicaron de nuevo la táctica del silencio, pero ahora Quintiliano resistió dos largos años, al cabo de los cuales se rindió y consintió que su hijo se fuera a Madrid.

En Madrid, Santiago Macías comparte piso con otros dos actores, mejor sería decir aspirantes a actores, Tomás y Leyva. Tomás trabaja en la pescadería de su tío para poder comer mientras le descubren. Leyva, que empezó siendo modelo, trabaja como monitor en un gimnasio y hace de gogo-relaciones públicas en una discoteca por las noches, pero lo suyo es actuar y se presenta a todos los castings que se hacen en la ciudad, sean cual sean las características del personaje buscado. Santiago es diferente, se considera un artista, y no le da la gana trabajar en nada que no sea su profesión de actor, vive del cuento; come casi siempre en casa de sus padres, que además pagan su parte del alquiler; gorronea todo lo que puede a sus compañeros de piso que están un poco hartos de él, porque jamas colabora en la limpieza ú otras tareas domésticas y se aprovecha todo lo que puede de la ingenua novia de turno.

Son las once de la mañana. Santi se acaba de acostar después de una noche de juerga, Tomás y Leyva están trabajando. Llaman a la puerta, Santi es incapaz de levantarse a abrir y pasa. El que llama es Paquito, está en el descansillo con sus dos maletas, la puerta de Santi no se abre, en cambio lo hace la de la vecina de enfrente, Doña Asunción, que directamente, sin preámbulo alguno, dice:

–Buenos días, insista joven, insista, que seguro que hay alguien. No hace un cuarto de hora que he sentido llegar a uno de ellos.

Y, con sonrisa malévola, vuelve a cerrar la puerta sin que Paquito haya podido llegar a abrir la boca.

Paquito la hace caso y deja el dedo pegado al timbre hasta que Santi no tiene más remedio que levantarse y abrir.

Marga va a pillar coca y se encuentra con el Dr. Sueño que va a pillar caballo. Marga le comenta su odio a Alex y que la gustaría asesinarle. Al Dr. S. no le parece mal, también está harto de él y sus chantajes. Planean el asesinato. El Dr. S. le cuenta a Marga sus teorías sobre rasgos físicos y propensión a la violencia, ¿también habla de hipnosis? Deciden hacer un casting para seleccionar al asesino. Quizás hacen falta dos características físicas, una más general para la convocatoria del casting y otra más concreta que será la que ellos busquen. ¿Utilizar la hipnosis para llevar al asesino a la situación de asesinar?