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Fue en el
puerto. O en la playa. No lo
sé, quizás a medio
camino entre los dos. En una
de esas zonas rocosas a donde
suelo escaparme de vez en cuando,
para que el ruido de las olas
me impida pensar. Bueno, pues
allí estaba. Cualquier
otra persona se hubiera sorprendido,
pero yo no. Tal vez porque,
ya antes de doblar ese recodo,
pude sentir aquel olor desagradable,
como el de las pescaderías
cuando hace mucho calor y los
peces parecen derretirse entre
el hielo, con los ojos hechos
gelatina.
Estaba claro
que había ido allí
a morir. Lo supe mientras la
observaba con una mezcla de
repugnancia y lástima.
Su piel arrugada y blanquecina.
El cabello ralo y grisáceo.
Dos conchas rotas ocultando
el pecho. Vagamente, como pedazos
de algo que ya no existe, acudieron
a mi memoria algunos recuerdos
de mi infancia. Yo jugando a
las princesitas con mi prima;
yo leyendo cuentos de sirenas
y hadas; yo imaginándome
príncipes que venían
a rescatarme...
Después
me habían enseñado
que nada de eso existía.
Ni las brujas, ni las hadas,
ni los príncipes. Me
lo creí, porque necesitaba
creérmelo. Para poder
aceptar a mi marido infiel,
a mis hijos egoístas,
a mi hipoteca y mi vida perra.
Pero he aquí que, treinta
años después,
la vida me mostraba que algo
de aquello era verdad. Que las
sirenas sí existen y
que, cuando envejecen, vienen
a morir a las rocas. Las lágrimas
comenzaron a resbalar por mis
mejillas, mientras observaba
colear a aquella piltrafa en
que se habían convertido
mis sueños infantiles.
Y maldije a la vida, por enseñarme
siempre el reverso más
feo de la realidad. Y maldije
al tiempo y a mí misma,
por haber dejado que fuese demasiado
tarde para todo.
La sirena retorció
su cola y clavó en mí
sus ojos amarillos, nerviosa,
mientras su boca emitía
sonidos roncos e incomprensibles.
Me sequé las lágrimas
con la mano y miré a
mi alrededor. Estábamos
solas. Entonces, busqué
una piedra lo bastante grande
y, cuando la encontré,
me acerqué a ella. Sabía
que los pocos sueños
que me quedaban iban a morir
allí. Por eso, antes
de descargar el golpe final
sobre su cabeza, susurré:
“Te juro que esto me va
a doler a mí más
que a ti...” |
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