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El niño
que no quiso ser nada vivía
con su abuela, una mujer con
manos de hombre y labios de
niña, a las afueras de
la ciudad. Allí, donde
nadie quería vivir. En
una casa de ladrillos rojos
y ventanas de madera. El niño
que no quiso ser nada, se pasaba
el día soñando
que era un ángel. Un
ángel desnudo de alas
negras y sonrisa de culpable.
El niño que no quiso
ser nada, aprendió a
jugar como le enseño
su abuela. Volaba como el cuervo
y miraba por sus ojos de pájaro,
sentía el vértigo
del vacío, la altura
y sus plumas llenas de sangre
posarse sobre el árbol
o sobre la iglesia abandonada.
El niño que no quiso
ser nada hacía magia,
como el falso viejo chino de
ojos postizos y bigote puntiagudo.
Se apoderó de sus manos
encadenadas y de su boca,
donde escondía la diminuta
llave del candado. El niño
que no quiso ser nada no sólo
era un niño, sino que
era el cuervo sin rumbo en el
cielo o entre las ramas, era
el mago impostor del circo de
papel, la vieja que dormía
con su gato atigrado en la mecedora,
el hermano muerto enterrado
con el anillo de oro. Era quien
él deseara, porque aprendió
a jugar al gran juego que le
enseñó su abuela.
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