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EL PRIMER BESO

 

El primer beso me lo dio una mujer. Olía a jabón de tocador. Con la piel blanca lechada muy femenina, y un pelo largo, negro y brillante. Él sabía a puro y a viejo, lo supe una hora después, aunque se me mezclaban las salivas y el asco y el desconsuelo y la culpa, y la incapacidad de reacción. Él olía y sabía a puro rancio, a nicotina descompuesta en la boca llenándolo todo con su color, también, a vejez impregnada en ese peluquín casposo y canoso, y en sus manos que me vapulearon como si yo fuera una muñeca. Al final quise olvidarlo todo, hacer un borrón absoluto en la memoria y convencerme de que los primeros besos me los dieron en un jardín mientras bailaba con un joven cordobés que tenía unos ojos intensos y una voz muy graciosa, muy dulce, y que su boca era cálida, también limpia. Y me obcequé en creérmelo. En rememorarlo una y otra vez para creérmelo. Pero no pude porque me asaltaban en sueños ráfagas agrias y corruptas que me despertaban con aquellas lenguas viscosas sobre mi cuerpo. Entonces se imponía la certeza de que aquella tarde de otoño existió. Y llovía. Había anochecido muy temprano, así que debió de ser a finales de noviembre cuando llovía. Y la tienda de repuestos estuvo vacía todo el día, ni un cliente. Un gin-tónic. Dieciséis años y un enamoramiento romántico que me embelesaba. Un amor de esos imposibles que ni siquiera se detienen a mirarte. Y una, lo sabe. Y se muere por dentro por una sola mirada. Pero sin embargo el gin-tónic hizo su efecto fulminante hacia los infiernos. ¿Qué pasa? Que el viejo nos envió a ella y a mí a recoger no sé qué a un apartamento sórdido, que tenía muy cerca, como de citas. Y la lluvia me nublaba los ojos. De ella olvidé su nombre pero no su rostro sonriente y lascivo. Y juro que no sabía que existiera la lascivia, ni cómo sabían las bocas. Me derrumbé en un sofá de flores mientras bebía una infusión que se suponía serviría para recuperarme. Se duchó con aquel jabón de tocador y su olor no lo soporté jamás. Desnuda se acercó con aquella piel tan blanca. Su humedad me manchó y yo me sentía... tan sucia... Decía no. Sé que yo decía no. No,no,no. Y no podía moverme. Y los colores de aquella habitación se me atravesaban como puyas mientras me hería aquella noche, tan prematura, tan fría. Y me emborronaban los ojos los rosas y los verdes, y el miedo que nunca tiene color. Sentí cómo me buscaba su mano mientras intentaba incorporarme y trataba de salir de allí. Después, Ella me sujetaba de los brazos cuando la lluvia la dejé caer sobre mi cara. Lavarme la cara y despertar. Lavarme la cara para volver a ser. Y me arrastró de nuevo hasta la tienda como a una muñeca sin brazos. A salvo. Pensé. Con una culpa pegajosa sobre mi piel. Entonces, al llegar a la tienda me ocultaron. El almacén tenía estanterías con piezas clasificadas. Pasillos de estanterías grises y desmontables, sucias de polvo, con codos y tuberías y llaves y alambres. Un sótano en dónde siempre hubo un somier y un colchón muy bajito y sucio, casi al ras del suelo. Había días en que yo me preguntaba qué hacía aquello allí. Ella se marchó enseguida. Y él me consolaba como un padre cuando rompí a llorar, y seguí llorando cuando me hablaba susurrándome que no iba a hacerme nada. No, por favor. Y me desabotonaban la blusa aquellas manos viejas. No, por favor. Olía a puro, rancio y sucio como no he vuelto a oler. No. Y su boca era muy húmeda y pegajosa y recorría el cuerpo. No. Ni siquiera sabía que aquello existiera. Y vomité agrio.