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EL VIAJE

 

Creo que hacía tiempo que había abierto los ojos pero hasta aquel momento no había sido consciente de ello.

-Buenos días.

Escuché con tono cálido y agradable.

No recuerdo haber dicho nada. Sólo trataba de distinguir su figura de entre la nube que dificultaba mi visión. Era como la luna llena oculta tras una noche nublosa. Me sentía como un lobo subido a lo alto de un peñasco, solitario y triste; aullando su presencia como reclamo desde un profundo abismo. En mi mente sentí brotar la flor de un recuerdo que asomaba por primera vez. Era una señora que respondiendo a la voz de mi llamada se posaba envuelta en luz sobre mi cama y secaba el sudor de mi frente. Poco a poco y de forma repentina, afloraban otros recuerdos en mi interior. Gracias a esa nueva flor que brotaba sentía la vida cosquillear mi alma. Cada una de ellas refrendaba mi estancia dentro del tiempo y aunque mi jardín era cada vez más extenso sabía que más allá del mismo se extendían otros espacios que no era capaz de alcanzar.

Un día llegaron a mis oídos las palabras de un hombre. Su voz no sonaba como las demás voces. Era como traída por la noche, como arrastrada por el viento, como ráfaga que golpea el cristal de mi ventana preguntando si hay alguien en casa. Cada vez que me hablaba sentía miedo. Un miedo tan horrible como aquel que me invadía cuando la señora de la luz no acudía a la voz de mi llamada. En mi indefensión no dejaba de gritar en silencio. Gritaba. Gritaba más fuerte. Como aquella vez que viendo que no llegaba salté de la cama y corrí en busca de su abrazo y sólo encontré una mirada. Una mirada pálida. Unos ojos que se tornaron sobresaltados en sólo un instante. Entonces, sentí frío. Mis pies descalzos sobre el suelo helado. Regresé a mi cama y en su abrigo dormí hasta el día siguiente.

Estaba lloviendo ahí afuera. La voz continuaba a mi lado aunque parecía algo distante. Aquella noche su presencia no era tan sentida como otras veces. Quizá el ruido del agua le sumergiera como a mí en un estado onírico lleno de sensaciones. Quizá, pensaba yo, estuviera esperando su tren en una de esas oscuras y perdidas estaciones del país. Mientras tanto y hasta su llegada, observaba tras el cristal de la ventana el paso de horizontes ondulados y perfilados por una línea azul.

Tengo frío.

Al salir del túnel, el sol nacía tras las montañas.

Verde, verde oscuro, verde limón, verde turquesa, rojo.

Fin del trayecto.

Comencé a caminar. Detrás de mí el tren se alejaba. A mis oídos llegaba la voz de los pájaros. Mis zapatos sobre las hojas secas. No me hacía falta echar la vista atrás para comprobar que mi tren había desaparecido, y con él, mi viejo amigo.

Había alcanzado el sol la cúspide de su plenitud cuando llegué a un arroyo color de plata. El agua estaba fresca y sació mi sed. Volví a beber y pensé. Había decidido dejarme atrapar por la sensación de sentirme dentro. Así que me desvestí y completamente desnudo anduve hacia el agua. Continué andando. Mis pies sobre el frío lodo. Mis manos ya podían acariciar el agua sin mover más que mis piernas. Levanté la cabeza y me arrodillé. Entonces me dejé sumergir hacia atrás. Poco a poco fui abriendo los ojos. El mundo amanecía ante mí entre el cielo y el mar.

-¿Cómo te encuentras hoy Alex?

Me encontraba fenomenal. Jamás pensé que algo así pudiera provocar en mí aquella sensación. Sentía mi sonrisa traspasar los límites de la cara y posarse levemente en cada parte de mi cuerpo. Así que preferí permanecer tumbado sobre el lodo y seguir disfrutando del estimulante flujo de la corriente cristalina.

-Sigue así, campeón.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac.

Ya me parecía estar escuchando aquel ritmo hipnótico.

Mi compañero de viaje observaba con curiosidad la vuelta de mi mirada, expectante e impaciente. Pronto llegaríamos a la estación del gran reloj de cuerda. Y desde mucho antes de llegar podías dejarte arrastrar por la corriente hipnótica de sus latidos, al igual que un leño buscando el mar río abajo. Pero no sucedió así. A medida que nos acercábamos mi mente solicitaba a gritos el nexo entre el recuerdo y la realidad. No hubo tal fusión.

-Aún son las doce y cuarto en el gran reloj de cuerda.

La noticia llegó a mi mente en forma de mecha fulgurante y desató mis sentidos como una explosión en lo más hondo de mi corazón. Entonces me vi reflejado en un espejo que limitaba el infinito. A mi alrededor había un gran jardín de flores de distintos colores y tamaños. Pero a este lado del espejo sólo había oscuridad. Sentía frío, soledad, amargura, angustia. Mi reflejo lloraba, al igual que yo. Quería salir y entrar al otro lado, al igual que yo.-Quieres volver, ¿Verdad?- Nos miramos. Mis ojos se hundieron en los suyos y juntos, se apagaron.

En un lugar a las orillas del río Ucayali, al este de la ciudad de Pucallpa, en Perú, vivían Edwin, de tan sólo cuatro años de edad, y su madre Elvira. Este año las lluvias fueron tan fuertes que habían provocado el desbordamiento del río y una gran catástrofe para las vidas que habitaban aquel desgraciado lugar. Una anciana mujer lloraba desconsolada y culpaba al cielo del dolor y la desdicha que el poblado había arrastrado desde siempre. Edwin la miraba asustado mientras su madre hablaba con un señor con gafas que no había visto jamás. La mujer, percatada por la presencia del niño, enjugó su llanto en el vestido y se acercó a Edwin con los brazos extendidos y le besó en la mejilla. Abrazados observaban cómo Elvira invitaba a pasar a aquel extraño hombre a su humilde hogar.

Poco tiempo después, Edwin y su madre se disponían a marcharse lejos de allí. Y alguien les acompañaría en el largo viaje hasta la capital. En su flamante automóvil apareció el amigo de mamá y estacionó el coche frente a su modesta casita. Unos minutos más tarde se abrió la puerta y aparecieron Elvira y Edwin agarrados de la mano. La tristeza del pequeño contrastaba con la alegría y la esperanza que emanaban del rostro de la madre al reencontrarse con la mirada de su apuesto enamorado. Y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojillos color de miel. Fue entonces cuando, como un relámpago en una noche nublosa, aquel automóvil le trajo a Edwin la flor de un recuerdo olvidado. En su alma sonó un gran estruendo, que hizo eco en cada rincón de su vasto jardín florecido, instantáneamente iluminado por el rayo fugaz de la tormenta.

 

 

Indalecio Machuca