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EL VIAJERO

 

El día se había despertado aún más áspero que los anteriores. Las nubes oxidadas le escupían su moho; la lluvia parecía un manto sólido de minúsculas partículas terráqueas, donde se colaban haces de luz anaranjados, como el soberbio regalo de un dios anónimo (a veces dudaba que las tormentas procedieran del cielo).

No conocía la orientación de la isla, no recordaba como había llegado hasta allí. Su sabática memoria se había desactivado aquel momento en que miraba como el capitán Rodrigo, compañero y fiel amigo durante toda la travesía, se aferraba a las amarras de proa, entre los incesantes golpes de olas. Nunca se habían enfrentado a una tempestad de aquel calibre y no tenían idea alguna de cómo hacerlo. El instinto les hacía luchar por dar un zarpazo a su destino que salvase, no solo la vida propia, ya que ¡cuánto más valía la de sus compañeros! Con el tiempo se habían hecho algo más que camaradas, y aunque el duro viaje los había transformado en un puzzle de veinte piezas irremplazables, todos, sin excepción, compartían el deseo de avistar pronto su tierra, su casa, su gente. Para él, quizá fuese mayor el ansia de mostrar a los demás esos castillos en el aire que tiempo atrás le hicieron sentirse tan seguro. Quería que Rodrigo disfrutase tanto como él de su Edén particular; juntos, tirarse de bruces al cielo, notando como la hierba fresca, la misma que había teñido de verde sus ropas cuando jugaba de niño en las colinas, se entremetía por debajo de su camisa y mojaba su espalda, sin perder de vista la mirada de Rodrigo, para que comprendiera el significado que aquello tenía...

Era la misma sensación que se había apoderado de él cuando se dirigía hacia el muelle, meses atrás, para emprender el viaje. La primera vez que vio la fragata le pareció bastante resistente encallada con gran majestuosidad en aquel puerto sureño; pero, tras dos meses de amargo oleaje, ya comenzaban a surgir un sinfín de debilidades ocultas. La suntuosa mirada que le había dedicado en su primer encuentro se había transformado en la mirada de un navío enfermo, que se iba deshaciendo en mil astillas día tras día. Empezó a sentir compasión por las resquebrajadas maderas de aquel barco que se había transformado en su hogar...

..Flashes de risas y barriles de ron, aquella partida de cartas junto a Rodrigo en su camarote, aquellas confesiones de vigilantes de madrugada...

Pero ahora estaba allí. Solo. No temía al agua que se colaba por las rendijas de las finas hojas de palmeras; muchas veces se quedaba mirando durante horas el recorrido que dibujaban las gotas desde el improvisado techo hasta el suelo de cañas. No sabía nada de sus antiguos compañeros, pero la sensación de haber sobrevivido a una masacre de tal magnitud le hacía encontrar consuelo pensando que la mar también se había llevado muchos de sus miedos. Solía dejarse caer sobre la orilla para sentir como el temporal se ensañaba con su cuerpo; la última vez que lo hizo estuvo tiritando durante semanas. Hoy sacrificaría ese placer. Se quedaría en el refugio pensando en su amada, a la que nunca había olvidado del todo, aunque las mareas la apartasen de su mente durante días enteros. Se acomodó como pudo entre lo poco que se había salvado aquella noche de truenos, lo único que conservaba de aquel catamarán de vivencias: un cajón de botellas que había atracado una mañana en la playa, ropa harapienta y confusos recuerdos. Y envuelto en sus pensamientos, decidió volver a su rito semanal de hojas y savia. Siempre lo hacía cuando tenía la necesidad de hablar con alguien, y aunque la picadura del alacrán seguía escociendo en su mano izquierda -la que usaba para escribir-, no cesó en su empeño de dedicar esas letras de recuerdo; solía escribir siempre lo mismo. Enrollaba las hojas y las introducía en las botellas de licor que le habían llegado aquella mañana como caídas del cielo.

Descalzo corrió sobre el lodo, dejando detrás la bandera a rayas verdes que había izado delante de su choza (antes había sido su vestimenta), y alcanzó la mar. Metió sus pies en el agua y notó como la sal crujía en sus heridas. Miró al horizonte, tomó impulso y, con toda la fuerza que creía haber perdido, lanzó una botella tras otra. La primera, para su sirena. La segunda, para Rodrigo. Eran las dos últimas que les quedaba. Las vio flotar durante unos minutos, siguiendo su ruta hasta perderlas en la penumbra. Retrocedió unos pasos y se dejó caer en el fango, junto a los cañones piratas que había diseñado con piedras una de aquellas tardes muertas.

Volvió a entregar su cuerpo al agua que le rodeaba por todas partes, desde el día en que zarparon. Se sentía como mojado por un manto de ansiedad que le hacía entender el poco valor que allí tenía todo. El tiempo, el futuro... ¿qué eran? Se veía abocado a pasar el resto de sus días en aquel lugar abandonado por Dios, viviendo de recuerdos. ¿Y qué momentos le podría ofrecer aquella playa que merecieran la pena ser recordados? No encontró respuesta. Prefirió cerrar los ojos y sentir cómo las gotas de agua rompían contra su pecho...
Pero amaneció una vez más. No entraba en sus planes, pero así fue. ¿Cuándo habría dejado de llover? ¿Cómo habría soportado su carne semejante maltrato? ¿Qué le aguardaba ahora? Buscó las partes que formaban su cuerpo... todo seguía ahí... podía mover los dedos de los pies... Contra sus párpados deducía el brillo del sol obligándole a enfrentarse a un nuevo día. Y así, empezó a abrir lentamente los ojos...

* * * * * * * *

-¡Luis, Luis!- gritaban desde el otro lado de la puerta.

Se había quedado dormido con aquel libro en el regazo, “La isla”

-¡Luis, por favor! -continuaba la protesta- ¿Puedes oírme?

Rápidamente se hizo con las ruedas de su silla y fue a abrir la puerta.

-¡Me tenías preocupada! Llevas ahí toda la tarde, ni siquiera has comido -Luis escuchaba algo atónito- Venga, te esperamos para cenar que debes irte pronto a la cama: mañana tienes sesión de rehabilitación a las ocho. Enseguida viene Germán y te ayuda a bajar.

“Cada día está más guapa”, pensó para sí mientras se dirigía hacia el pasillo. Desde allí contempló unos instantes los trece peldaños que le separaban de la planta baja.

A Luis no le funcionaban sus piernas desde pequeño, tras un grave accidente. Pero cada tarde, sin apenas darse cuenta, conseguía meterse en la piel de los personajes de sus libros. Sus fronteras comenzaban en el umbral de la puerta de su habitación; pagaba sus visados con grandes dosis de dependencia de alguien que le quisiese tender una mano (o las dos). Casi quince de sus veinte años sin poder andar y la sensación de haber dado la vuelta al mundo desde su cuarto.

“No existe ley ni cárcel capaz de aprisionar los pensamientos, que son la única esencia real de libertad del ser humano”

Grafiti de una plaza de Buenos Aires

 

 

Miguel Caballero