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Cuando me
dijeron que la tía Gertrudis
había muerto sucedió
algo curioso. Pensé en
unos ojos cerrados, en la verdadera
belleza: una rosa roja marchitada
lentamente. La pobre tía
Gertrudis. La oscura edad. Irse
sin dejar un hijo, un valiente.
¿Y donde quedaría
su mirada secreta? Un olor a
naftalina penetró en
mi mente; el sonido de un leve
crujir de telas. Y evoqué
la imagen de una larga falda
almidonada junto a un montón
de libros de páginas
amarillentas. Evoqué
el roce tenue de unos dedos
manchados de añil, el
olor a cuero de un enorme sillón
y un piano de señorita.
Y en ese atardecer neblinoso
suspendido en una pertinaz llovizna
de enero, desde el fondo de
mi alma, como polvo efervescente
brotaron una serie de recuerdos
que creía olvidados.
Entonces sentí unas manos
suaves olorosas a jabón,
agradablemente secas: sentí
a la tía Gertrudis.
¿Era
bella? Imaginé ese rostro
cuya piel se tendía rojiza,
interrumpido por una nariz respingada
y pecosa; en la plenitud de
su madurez bien que era hermoso.
El pelo largo y rojo. Belleza
pelirroja. Existía además
en su mirada algo que sugería
ser la causa de su absurda soledad;
una especie de desamparo y orgullo.
Tratando de definir esa mirada,
diría algo así
como: vanidoso sacrificio. Si
es que existiera físicamente
y se pudiera describir con palabras.
Cuando me dijeron
que la tía Gertrudis
había muerto pasé
una noche tormentosa. Tuve un
sueño en donde volvieron
escenas oscuras que me abrumaron
en mi adolescencia: visitaba
el pueblo de mi infancia. Por
alguna causa tenía que
ir a mi casa. Llegué,
entré. Y de repente me
invadió un olor a flores
putrefactas y a cera quemada.
Tuve la certeza de que ahí
se velaba a un muerto. Ideas
de cirios y ataúdes.
-Su tía
lo está esperando –me
dijo alguien.
La tía
yacía completamente desnuda
sobre la mesa de la sala. De
algún modo, un ojo cómplice
me invitó a que me acercara
a la mesa.
-Le ruego que
no intente excitarla, aunque
no podría por más
que quisiera. Está muerta
–y el ojo se cerró
en un guiño en señal
de complicidad.
Desperté
invadido por un miedo cerval.
Cuando me dijeron
que la tía Gertrudis
había muerto, al otro
día me dirigí
al pueblo, quería llegar
a tiempo al sepelio. En la carretera,
los cálidos reflejos
del sol flotaban con las sombras
vegetales en los cristales del
vehículo. Una nube empezó
a cubrir el sol lentamente.
En aquellos tiempos yo era un
muchachón fornido acabado
de salir de la secundaria. La
tía Gertrudis vivía
con un canario en un ala del
viejo caserón donde habitábamos
toda la familia. Yo la sabía
mancillada por un antiguo amor
que huyó al enterarse
de lo disminuida que había
quedado la herencia. Y desde
mi corta edad la veía
lejana, débil y consumida
por un sufrimiento silencioso
que adivinaba en su mirada.
Por las tardes me dedicaba a
observarla desde mi ventana,
veía su sombra cruzando
los amplios ventanales. Ella,
ella, sombra suave, ojos suaves.
¿Qué es ella?
Robada. Dejada. Yo tan solo
aquí. Una pared de por
medio. Blancos senos de rojizos
pezones. ¡Oh! Acaríciame
y unamos nuestras soledades.
Yo triste también. Estoy
quieto, agitado, mirando como
se mueve esa sombra y se despoja
de su enorme falda.
El sol se liberó
abruptamente. Una sucesión
de granjas se desliza a mis
costados anunciándome
la inminente llegada al caserío.
¡Ay!
Aquellos tiempos. Ese día
bien que lo recuerdo. Eran como
las tres de la tarde. Yo acababa
de comer y me disponía
a salir a vagar por las calles
aprovechando la hora en que
toda la familia se retiraba
a sus habitaciones a dormir
la siesta. La vi aparecer de
repente envuelta en un halo,
iluminada por el tragaluz de
la sala. Parecía como
si flotara en una delgada capa
de luz. Y desde ahí me
miró sin sobresalto,
como si ya supiera que iba a
encontrarme.
-Buenas tardes,
Gabrielito. ¿Ya te vas?
¿Cuándo vas a
ayudarme a acomodar los libros
en los estantes?
-Ahora mismo
si usted...
-Puedes tutearme.
Ya eres todo un hombre.
Y acompañó
sus palabras con una sonrisa.
Caminamos por
un largo pasillo hasta llegar
a su alcoba. Una vez ahí
me condujo a la habitación
contigua, que hacía las
veces de biblioteca. Me sentó
ante una pila de libros empolvados.
-Quiero que
los ordenes y los acomodes por
temas. Y le des una sacudida
a los estantes –me dijo
antes de retirarse a su recamara.
Apenas estuve
solo, escurrí mi mirada
por la habitación que
tanto tiempo estuvo vedada a
mis visitas. Un enorme sillón
de cuero esperaba junto un silencioso
piano de señorita. Mejor
terminar de una vez. Me puse
manos a la obra.
Al rato ella
regresó con una jarra
y me sirvió una limonada.
Luego que me vio beber, se recostó
cuan larga en el sillón.
Se arremangó un poco
la falda. Susurrante agua, crujir
de telas. Los dos reunidos,
ella ahí sin finalidad
alguna. Me dispuse a terminar
la faena, apresurado, bajo el
influjo de un temor desconocido.
Coloqué el resto de los
libros según fueron embonando.
De repente, fluye un murmullo.
¿Tan rápido estaba
dormida? Una mirada de reojo.
¿Y si me quedara súbitamente
desnudo aquí mismo? Más
confiado me dediqué a
observarla. Muslos lascivos
bajo el telar. Una mujer duerme.
En sus sueños, ella marcharía
agobiada hacia la llama de la
delectación morosa, hacia
tierras crepusculares. No está
desnuda. ¡Y sin embargo!...
Bajo esas enaguas se esconde
un tesoro de endemoniada blancura,
secreto, cálido, la riqueza
del mundo, carne trémula,
perfume de liviandad.
Oí un
murmullo:
-¡Amor!
Bésame mi muchacho.
El aire de
la habitación vibró.
Su pollerita arremangada. Con
el corazón excitado traté
de salir. ¿Oí
bien? La puerta estaba cerrada.
De nuevo me acerqué a
ella y vi como desnudó
ligeramente su pecho. Acerqué
los dedos sobre sus labios.
Aliento agitado. A través
de su cabello rojizo podía
ver las orejas, el lóbulo
delgado. Lo aparté suavemente.
El cuello y el hombro mostraban
la plenitud de una mujer madura.
Una media sonrisa. Olor de mujer.
Frente amplia, mejillas sonrojadas.
Tomé sus manos, olí
su dedos, estaban manchados
de añil y olían
a jabón fino. Deslicé
mi mano hasta su pecho. Haciendo
suavemente a un lado la blusa,
palpé, aparté.
Tenía los senos pequeños
pero redondos y altos. Había
que hacer la prueba. Toqué
los rojizos pezones erectos.
No, no eran pezones que hubieran
amamantado. La vida es un sueño
y lo que hacemos ahora mañana
será olvidado. Bajo la
enorme falda, poco a poco fui
bajando las enaguas. Espera.
Piénsalo. Pasé
mi mano despacio sobre el rojizo
bello púbico. ¿Qué
sueño puede tener para
jadear como lo hace ahora?
Al otro día
pasé por el frente de
su cuarto, y me demoraba intencionalmente
con la esperanza de encontrarme
con sus ojos secretos. Por fin
la encontré.
-¡Ah!
Eres tú.
Pérdida
de tiempo. No mencionó
nada. Que extraño. Tendría
que haber sido un hombre mayor
para pedirle explicaciones.
La tomaría en mis brazos
protectores, la consolaría
con un beso largo, y mientras
ella dormía la siesta,
haríamos el amor en el
enorme sillón de la biblioteca.
Pero ese rostro despierto era
un espejo ciego, o yo era demasiado
joven para comprenderlo. Cuando
se despidió de mí,
volvió por un segundo
el brillo de su mirada secreta.
Su alma estuvo en sus ojos.
Su corazón de mujer vino
hacia mí porque había
heridas que debían ser
curadas. Si ella había
sido mala, si había pecado,
ahí estaba yo como un
hombre de verdad para perdonarla
y curarla. Pero solo fue un
instante. Luego recobró
su mirada orgullosa. De eso
hará ya cosa de treinta
años.
Cuando me dijeron
que la tía Gertrudis
había muerto hice viaje
al pueblo. Traspasé el
enorme portal de la casa. En
la habitación que ahora
me perecía excesivamente
reducida, seguía el enorme
y ahora desvencijado sillón
de cuero, lo habían echado
a un lado para acomodar el féretro
que se mantenía con la
tapa abierta, y en los estantes
asomaban los lomos de los libros,
únicos testigos de un
secreto remoto. Un grupo de
viejos velaba los restos de
una anciana. Cuatro cirios ardían
lánguidos. No, no estaba
el piano de señorita.
Había ahí decrepitud,
decadencia, rostros desconocidos.
Nada que ver con mi bella pelirroja.
Decepcionado,
decidí retírame.
Pero al pasar por la sala, el
reflejo del tragaluz me detuvo
por un instante. Y la vi aparecer
envuelta en un halo, iluminada,
eternamente bella. Desde las
delgadas capas de luz me miró
sin sobresalto, como si ya supiera
que iba a encontrarme. Ella,
ella, luz suave, ojos vítreos
mirando desde la muerte, la
rosa roja, la verdadera belleza.
-Buenas tardes,
Gabrielito. ¿Ya te vas?
¿Cuándo vas a
ayudarme a acomodar los libros
en los estantes?
Fue solo un
instante. Luego una nube cubrió
el sol lentamente.
FIN
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