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ES 9 Y NO ME HA BAJADO LA REGLA...

 

Mari Feli llegaba con la compra, la veía venir desde el balcón, cargada como una mula pero sin perder el paso firme. Saludaba a los vecinos con los que se cruzaba, pocas palabras aunque educada, nada de estúpidos cotilleos. Yo estaba apoyada en la barandilla del balcón, mi mano derecha me sujetaba la cabeza, como si en cualquier momento fuese a caer al vacío, sobre cualquiera de esos mediocres vecinos. Vecinos que sólo saben dispararte initimidantes miradas, rayos x de mi interior. Más de un hueso roto y alguna espina en mi corazón, habrán encontrado esos desgraciados.

- Rosita, nena, lo que has crecido, pero qué guapetona estás. Igualita que tú madre. ¿Cómo va la carrera?

- Señora Numancia, si yo no estudio carrera (ni siquiera la muy cotilla tiene un gramo de buena memoria, cuántas veces guarrona, se lo voy a tener que repetir)

- Por cierto, ya te ví hace unas semanas con un guapo muchacho en el parque, ¡vaya hombretón!.

Yo la sonreía, con esa hipocresía que en momentos así me llena de alegría. ¡So cerda! qué eso es lo que es usted. Bien que sacude el mantel por la ventana llenándonos de migas y huesos bien arrebañados nuestro balcón. Sacude que te sacude el mantel, un día y otro día. ¡Marranaza! qué seguro que tienes las bragas con palominos tan duros que hasta le dará gusto en ese asqueroso chocho.

- ¿Es buen muchacho? Lo importante, Rosita, es que sea honrado, trabajador y que te dé hijos sanos. Tú sabes niña.

Y dale que te pego con el temita, que no señora, que no va a sacar ni una palabra sobre mi idilio con el Cristóbal.

Mírala, si le hierve la saliva en la boca y los oídos parecen dos enormes altavoces esperando a oír buenas y frescas noticias. Para luego ir corriendo a la fuircia de la señora Tiburcia y devorarlo entre las dos como si fuera lo mejor y más emocionante que les hubiera ocurrido en toda la maldita semana.

- Pues señora Numancia, se habrá equivocado con otra chica. Yo poco voy por el parque. Mucho sinvergüenza hay por allí suelto, una muchacha como yo mejor es que se guarde de situaciones feas.

- Buena y guapa y sobre todo tan decente. Que así sea siempre, Rosita.

Mientras, me miraba con el rabillo de ese ojo incoloro, sucio pero chispeante, intentando hurgar en mi ser para ver lo cierto de mis palabras.

¡Alé cochinona! Vete y cuecete en tu envidia, vamos empieza a trajinar cómo contarle a la mentecata de tu amiga la Tiburcia, lo poco que suelto prenda.

¡Arrea, mueve ese nauseabundo culo! que llevarás hasta tirantes en las bragas para que te sujete bien esas flácidas nalgas.

Mientras todo esto pasaba por mi memoria, miraba el mar de tejados que rodea mi casa. Volaba de chimenea en ventana, de ventana en alféizar, de alféizar en balcón. Y pensaba en cada una de esas casas, en sus inquilinos, e intentaba imaginar sus vidas.

- ¡Cristóbal, Cristobalillo! ¿dónde estas?. Mísero, alcahueto, que te zurzan. Hoy es 9 y no me ha bajado la regla. Critóbal ven a mí.

- ¡Rosa, Rosa! Aquí, estoy aquí.

- ¡Trini! ¡Hola!

- Pero Rosa, qué haces ahí embobada, baja aquí conmigo, venga vamos.

- No Trini, hoy no bajo, no me apetece. Si quieres sube un rato, tengo chocolate con churros para merendar.

- ¡Uh, qué rico! Pues sí que subo, pero antes tengo que ir a ver un momento al tío Leónides. Vuelvo en una hora ¿vale?.

- ¡Venga, chica! ¡Hasta luego!.

La Trini qué maja es, vale más que las pesetas, y lo bien que me aguanta. ¡Ay, si no fuera por ella! qué otras locuras hubiera hecho yo.

Este Cristóbal me está matando.

- ¡Rosina! Nena que ya estoy aquí.

- Ya voy Mari.

- Te quedarás fría de estar tanto tiempo en el balcón y luego caerás mala como siempre. Alé y a cuidarte y con lo tontona que te pones cuando estas enferma, por que no hay quien te aguante.

- Vale ya de quejas y dime si me has traído cosas ricas.

- Nada de especial, hija, la vida está muy cara, yo no sé si es que tengo un agujerillo en la cartera pero el dinero vuela que da gusto.

- ¡Manzanas Rojas! ¡Tomates Rojos! ¡Queso de bola Rojo! ¡Filetes Rojos!.

- ¿Estas tonta? Y a ti que pasa con el rojo, ni que fuera la primera vez que vieras comida con el color rojo. Cada vez más rarita.

La inocente de la Mari que no sabe que es día 9 y no me ha bajado la regla. Y me trae toda la comida en color rojo, sé que es una verdadera estupidez por mi parte, pero estoy muy sensible con este tema. Rojo y más rojo, menos mis bragas teñidas de rojo, lo demás todo de ese intenso y apasionante color. ¡Manda narices!

- Si dejas de decir tonterías te daré una cosilla que te traje.

- ¡No me digas! Venga, ya no diré más bobadas por hoy, pero sólo por hoy.

- No ya, si tú eres indomable. Bueno toma ¿qué te parece?

El salto que di fue tan grande que ya sólo por esto me hubiese tenido que bajar la condenada regla. El regalo que me sacó de una de las bolsas era una rebeca, ni más ni menos que Roja. Más roja que cualquier rojo hecho jamás, más roja que mi propia sangre, la que a mí no me bajaba. Hay que joderse, esto ya no es una obsesión, esto es una persecución.

Y claro, la Mari me miraba sin saber a ciencia cierta si mi cara era de alegría plena o de pena infinita. Pobre Mari con lo sencilla que es ella, cómo podría comprender estas reacciones tan ridículas.

- Oye guapa que no te he comprado la rebequita para que me pongas ese jerol. Pues vaya con la niña.

- Que no Mari, pero si me encanta y este rojo es precioso. Vamos voy a estar tan guapa que ni el chulo de Joaquín el vecino se me resistirá.

- Pues me alegro porque una ya no sabe qué pensar contigo. Y al Joaquín ese, sólo le van las marranazas, o se que ni te mire con el rabillo del ojo o tendrá a la Mari dándole una buena somanta palos.

- Pero Mari, era una bromilla. Bueno, bueno es monísima, ven aquí que te doy un achuchón.

- Vale ya, no me lametees tanto que sabes que no me hace gracia.

- ¡Sosona, cardo borriquero! Con lo que me gusta hacerte carantoñas.

Suena el timbre de la puerta.

- Esta es la Trini, que viene a merendar con nosotras.

- La Trini, ¡ah, que bien! Hace tiempo que no veo a esta moza, qué maja es ¿verdad? Vale más que las pesetas, y lo bien que te aguanta.

- Tú a callar.

¡Trini cariño! Dame dos besazos.

- ¡Mua ,Mua! Buenas tardes reina de la soledad.

- Menos cachondeo y pasa ya.

Te podrías haber puesto un pintalabios más discretito, menudo rojo.

- Y a ti ¿qué mosca te ha picado?

- Tú ni caso Trini, que no sé qué puñetas le pasa. Por lo visto el rojo le hace daño a los ojos de la señorita últimamente. ¡Me cagüen San Pedro! Te daría yo unos buenos palos así te espabilabas.

Pero Trini, pasa a la salita, si ya está todo preparado.

- Sí, pasa y siéntate, sólo hay que servir el chocolate.

- Pues he traído una mermelada de fresas que me ha dado el tío Leónides que es tan espesa y tan rojita que no vaís a poder resistir untaros hasta el hocico.

Y dale con el rojo, ni adrede, estas dos la han tomado conmigo, quizás sospechen lo de mi preocupación. Mi vida es un mar en rojo. ¡Qué desastre!.

- Venga a la mesa, chicas.

- A ver que veamos esa mermelada tan especial.

- Si lo sé ni te la ofrezco. Toma, mira qué rica, qué espesota.

- ¡Dios mío! Pues sí que es roja. Y digo yo ¿es que la mermelada de fresas tiene que ser tan roja?

- Pero Rosina, qué petardeces estás diciendo, tu estás trastornada.

Allí sentadas a la mesa camilla. El canario canta que canta, el chocolate humeando en las tazas y las tres degustando la rica merienda.

Un churro en mi mano, mueve que te mueve el chocolate, vueltas y mas vueltas y una infinidad de placeres rodean todo mi ser. El trozo de churro va y viene de aquí, allá por mi boca. Cierro los ojos, soy feliz.

Trini y Mari, qué mejor compañía. Momentos de verdadero cobijo y serenidad. Mientras tanto entre mis piernas cae una gota y otra y otra más y llega un río de sangre. Siento como mis preciosas bragas blancas se van tiñendo de rojo. Yo ni caso, no me inmuto.

Y al Cristóbal que le den, ahí se las componga él solito. Qué bueno está este chocolate.

- Mari, ¿qué nos vas a preparar de cenar?

- ¡Canguingos y Patas de Peces!

Fin.

 

 

Susana Lizarralde Saquero