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FLAQUEZA

 

Mientras la sombra de su amante se pierde poco a poco en las tinieblas del laberinto, la princesa se lame los labios y siente de nuevo el regusto a sal que el apresurado beso del joven acaba de dejar en su boca. Sin poder evitarlo, recuerda los versos que de niña le susurraba al oído su nodriza Altea para distraerla de los horribles llantos de su hermano menor. "El amor es dulce como la miel y oscuro como la muerte. El amor es almíbar en la boca. Un manantial trepando tu vientre.” Sus pupilas se dilatan mientras trata de percibir algún murmullo de lucha procedente del interior de la gruta. Se asoma a la entrada del tétrico corredor, pero no oye nada. El ovillo tiembla en su mano. Hace tiempo que el correr del hilo se ha detenido y ahora permanece tirante, como si el hombre atado a él llevase un rato quieto, acechando a su presa.

La princesa duda. Aún está a tiempo de salvar su reino. Aún puede soltar el ovillo y dejar que el hilo se adentre y se pierda en las sombras. Como las otras veces. Salvar a su hermano, a costa de perder a su amante. Sí, eso hará. Aún no ha amanecido. Puede volver a sus aposentos y asearse. Esperar al alba y, entonces, reunirse con su padre y sus hermanas para acompañarles al sacrificio de los trece jóvenes prisioneros. Trece, porque el último ya se habrá perdido dentro de esa cámara de la muerte. Tal vez para entonces haya sucumbido ya a la locura, o habrá caído en las garras de su odioso hermano. Tal vez lo parta en dos con su hacha, o lo ensarte con sus monstruosos cuernos. Tal vez lo aplaste a golpes contra la pared y lo devore, como hizo con la última doncella que sacrificaron.

El hilo se tensa más. Vibra. La vocecilla resuena con más fuerza en su cabeza: “Vete. Deja el hilo. ¿No ves que ese hombre te está utilizando? ¿Qué hará contigo cuando haya matado a tu hermano? Vete. Sálvate.” Tiene razón. No lo necesita. Hay más como él. La princesa suelta el ovillo y da media vuelta. Camina rauda hacia el palacio. De pronto, a medio camino, la detiene un bramido de dolor inhumano, estremecedor. Ariadna gime. Ya es tarde. Ha traicionado a Creta. Recoge de nuevo el ovillo y tira del hilo con rabia. Llora. Grita. Ruge. Maldice su debilidad.

Cuando Teseo sale del laberinto llevando en su diestra la cabeza del minotauro, su amada lo recibe sonriendo, feliz. Y él la besa, ávido de deseo. Y un amargo sabor llena su boca, mezclándose con el de la sangre. Y recuerda los versos que, en pleno éxtasis, Ariadna le susurró al oído unas horas antes mientras yacía con ella en su lecho. Sólo entonces una débil sospecha, vaga pero atroz, turba la mente del héroe: que la idea de construir un laberinto es muy sutil y retorcida como para proceder del decadente rey Minos; que la difunta reina quería demasiado a su único hijo como para encerrarlo en esa gruta inhóspita; que el rito de sacrificar catorce jóvenes atenienses al monstruo se inició con la mayoría de edad de la princesa Ariadna... Y que, tal vez, el príncipe más letal de Creta no es el que acaba de matar, sino el que ahora muerde con ansia sus labios.

 

 

Eva Díaz Riobello