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Llevaba mucho
tiempo preparando mi fuga, planeada
siguiendo el modelo de Julio
Verne en La Isla Misteriosa.
El cautiverio impuesto por mi
severo padre obedecía
a ocultos motivos que me fueron
revelados sólo en parte.
El mundo es obsceno, sucio,
pútrido; no merece la
pena caminar por él.
Pero a mis oídos llegaban
canciones y lamentos, perfumes
y hedores, y en mi hogar sólo
encontraba la grisura del lento
transcurrir de los días,
sopas insípidas, sombríos
patios, helechos. ¿Dónde
estaba la música, dónde
la fábula? Los libros
me ofrecían la imagen
de un mundo muy distinto, terrible,
obsceno, sucio, pero también
hermoso y cálido, colorido,
camelias, rosas, dientes de
león, danzas. Quería
participar de todo aquello,
y preparé mi fuga. La
casualidad puso en mi mano el
gas suficiente para llenar el
globo, la tela la apañé
en los arcones y armarios de
mi madre, cuya cera produje
(me procuré un enjambre
que cuidé en el patio
como una afición inocente
y científica, pero ¿de
qué flores se alimentaban?)
y la cesta la tejí yo
mismo con no poco esfuerzo.
Todo estaba listo aquel atardecer
de tonos anaranjados y luz tenue,
cuando soplaba un viento fuerte
que hacía retemblar las
persianas cerradas. No me costó
desligarme de una familia que
no había procurado el
nacimiento de lazos de amor,
todo lo más cadenas de
deber, fatiga y tedio como consecuencia
de verles poco, únicamente
para la reprensión. Lo
que debía ser un trago
difícil, lo cumplí
con la ligereza de quien traga
un chorro de crema, y con deleite
semejante. Así que, sin
culpa ni miedo, saqué
el aparato de su escondite,
lo ubiqué en el patio,
salté dentro de la cesta
y comencé a insuflarle
todo el gas necesario, hasta
que el globo se hubo inflado
y el viento, con sus garras
de aire, lo arrancó del
suelo, suelo que no he vuelto
a tocar.
La noche caía
rápidamente y apenas
acertaba a vislumbrar pequeñas
luces, aquí y allá,
que me parecían estrellas,
aunque sabía que eran
signo de humanidad, de la humanidad
que anhelaba encontrar. La negrura
me envolvía, y pensé
que no había elegido
el mejor momento para partir:
el mundo me seguía siendo
igualmente ajeno. Paciencia,
en el mañana los secretos
serán revelados. El exterior
era frío también,
descubrí que la noche
era gélida, pero misteriosa
y encantadora. La vida estaba
ahí, al alcance de mi
mano, pero velada por una cortina
oscura y eso despertaba en mí
el deseo reforzado por desvelarla.
Quizá eso era lo obsceno,
querer desnudar el mundo, conocerlo
en su más íntima
hondura, en vez de contentarme
con observarlo y amarlo. Me
estaba haciendo filósofo,
y yo quería ser poeta.
No, que la noche no se vaya
nunca, que permanezca por toda
la eternidad el sol ciego en
el horizonte. No quería
ver el mundo analizándolo,
midiéndolo, siempre lejos
de él, no luché
por escapar de un cautiverio
para caer en otro. Quería
sentir el mundo y amarlo, para
estar así más
cerca de comprenderlo, y entonces
amarlo con mucha más
fuerza. Para eso necesitaba
la complicidad de la noche,
pero entonces comenzó
a amanecer. La luz se derramaba
por la tierra como en alud,
y ese momento lo santifiqué
de inmediato. Cuántos
mundos había, iluminados
en diferentes grados, pero en
ese momento la verdad y el misterio
se confundían, se fundían,
y no acertaba a retenerlo todo
en mi corazón, mucho
menos en mi mente. Quería
asir ese momento, como poco
antes quise asir la noche, pero
sucedía tan veloz que
mientras me maravillaba nacía
en mí el desasosiego.
Me derrumbé, eran demasiadas
emociones para un espíritu
habituado a no tener ninguna.
Y rendido en llanto, no me di
cuenta de que el globo, diáfano
como un suspiro, se elevaba
hacia el cielo, alejándome
de mi ansiada tierra.
Cuando uno
ha respirado nubes, ha respirado
algo muy especial. Es escarcha
que atraviesa las fosas nasales
cauterizándolas, pero
hace de los pulmones centros
de fuerza, que terminan por
colapsarse. Ya había
visto a la tierra en fuga bajo
mis pies y, resignado, dejé
de preocuparme por el rumbo
del navío, hasta que
al superar el tejado blando
de cirros, cúmulos y
estratos, dimos de bruces con
una alta montaña que
hasta ese momento había
permanecido invisible. Sus rígidas
columnas trepaban sin aparente
esfuerzo, más bien mostraban
cierta molicie, y pequeños
arbustos raquíticos se
acogotaban en sus brechas húmedas,
musgosas. Asombrado, no paré
en mientes que la tierra estaba
de nuevo a mi alcance, tierra
vertical, en verdad obscena.
Acudió en mi ayuda un
arbolillo que, con habilidad
de felino, atrapó los
cordajes del globo y, tras una
sacudida nos dejó inmóviles,
arrebatados, perdida nuestra
categoría por su mera
acción inanimada. Suspendido
observé el blanco suelo,
más abajo, inútil
para retener los pies de un
viajero extraviado, y eso me
creó una vaga sensación
de desconsuelo y nudez. Tomé
conciencia de mi orfandad: si
caía, no habría
freno hasta mi tierra ansiada,
dura y lejana, sería
sin duda mi final, ¡y
qué infortunio acabarse
cuando por fin se acaricia la
meta tan codiciada de una incierta
apuesta! Mas no tenía
miedo, quizá es que aún
no lo conocía. Me dispuse
a pasar largo tiempo allí,
dado que era imposible, tal
como estaba enganchado, alcanzar
la pared. Calculé el
alimento que me quedaba e hice
planes para arrojarme al vacío
cuando se hubieran agotado.
Después, me olvidé
de pensar en las cosas que me
estaban sucediendo, sencillamente
me quedé contemplando
la dolorosamente próxima
pared, pero más que contemplar
miraba, sin ver, sin percibir
nada. Hiberné no sé
cuanto tiempo.
Una mañana
apareció una chica, había
surgido de una grieta. Apareció
como aparecen los niños
de la húmeda sima materna,
pero sin gritos ni dolor. Tenía
un cuerpo fibroso y duro, de
robot cyborg, cubierto por una
piel tostada, con poca apariencia
de suavidad. Su rostro era compasivo,
sobrecogedoramente bello en
su sencillez. Las cejas marcadas
señalaban un carácter
consistente, como su propia
musculatura, su boca era dulce.
Esto fue lo que más me
llamó la atención,
desde el primer momento, sus
labios tiernos, que estiraban
los míos hacia sí
como si entre ellos operase
una ley física inquebrantable.
Pero, más allá
de la mera fisicidad, era claro
que nuestras bocas se comunicaban
sin palabras. Antes de que cruzásemos
las primeras frases, nuestros
labios ya se habían dicho
todo y reclamaban poder realizar
su amor. Pero el resto de nosotros
fue mucho más lento,
tardó todavía
en darse cuenta de que éramos
amantes perfectos, enamorados
ideales, o como se quiera decir.
A ella en seguida le sedujo
la idea de viajar en globo.
Como yo ansiaba la tierra, ella
ansiaba el aire, la libertad
del vuelo, aunque yo creía
que se es más libre allí
donde las piernas funcionan,
y el vehículo ya se había
mostrado indomable. El problema
fue aproximarnos, suspendido
como estaba yo, mientras ella
se anclaba firmemente en la
piedra, a unos metros de mí.
Pero ágil como una ardilla,
trepó por la pared vertical
hasta alcanzar el punto donde
el globo estaba enganchado,
logró romper la atadura,
y descendió por los cordajes
hasta la cesta. Impresionante.
- Ha sido
asombroso. Llevo ya un tiempo
aquí y no se me habría
ocurrido utilizar tu camino
para escapar. Lo cierto es que
no conozco la tierra y eso me
ancla un tanto al aire, pero
tú pareces moverte con
facilidad en todos los terrenos.
- Ansío,
ante todo, separarme de las
ataduras del suelo. Toda mi
vida la he dedicado a abrir
surcos en la corteza del mundo,
respirando polvo, absorbiendo
materia. No había tenido
ansias de nada más, me
contentaba con la tranquilidad
y seguridad del terreno ardiente
y regular. Hasta que un día
observé sobrecogida el
vuelo pausado de un buitre,
cuya morada está en la
cima de esta inmensa roca, y
en ese momento me propuse alcanzar
algo más, compararme
con las aves que no se limitan
al juego bidimensional que me
tenía atrapada.
- Yo quiero
alcanzar la tierra, ese ha sido
mi objetivo y la causa de mi
huida desesperada en este inmanejable
aparato que me aleja constantemente
de la felicidad. La paz, la
tranquilidad de lo esperable
y cotidiano me repugna. Yo veo
el mundo desde aquí,
y no se parece a lo que dices.
Tu historia se parece a la mía,
yo también he vivido
prisionero de la monotonía,
y por eso amo la tierra y su
ilimitada amplitud.
- Pero no,
la tierra es angosta, la porción
de ella que puedes vivir es
tan estrecha que tu mirada se
va acortando, hasta convertirte
en miope, sin solución.
Todo lo lejano se torna borroso
y eso lo hace desagradable,
mareante. Cada día sabes
lo que te aguarda, y toda alegría
se hace esquiva. ¿No
es más ilimitado el cielo?
Aquí lo tenemos todo,
todas las direcciones abiertas,
el vacío inagotable para
nosotros, para nuestra intriga
irresuelta.
- En el cielo
no hay arriba ni abajo, ni cerca,
ni lejos. En el cielo, las posibilidades
se abren como un abismo, más
como una incertidumbre que como
una intriga. Es la soledad y
todo terror. Pero en la tierra,
amor mío, las posibilidades
se abren como senderos junto
a ríos tumultuosos y
bajo la sombra de alamedas.
Es la esperanza, porque en la
tierra podemos romper a caminar,
pero en el cielo sólo
cabe desesperanza, por la soledad,
por el miedo, y eso nos cierra
todo movimiento salvo el azaroso
de este globo que, ahora, cae
a plomo hacia la tierra con
tanta severidad como antes ascendía.
La libertad del cielo es perdición
y esclavitud, condena: los cordeles
con los que manejabas tu marioneta
te han sido arrebatados.
Así
nació nuestro amor, como
todo amor, de ilusiones enfrentadas.
Del querer llevar el rumbo del
otro a un puerto distinto del
deseado, al propio, sólo
por el placer de cambiarlo.
El globo se volvió dócil.
Flotaba sobre la tierra a escasos
metros, pero aún se mecía
en el viento. Aunque ninguno
de nuestros sueños se
realizaba completamente, no
estábamos descaminados,
pero además habíamos
descubierto un placer inesperado
en nuestra proximidad. Para
quienes han vivido apegados
a un trozo de tierra, o privados
del aliento del otro, un hecho
tal como el encontrarse es inimaginable,
y sumamente turbador cuando
ocurre. Gozamos de una felicidad
que no entraba en unos planes
trazados con demasiada premura
y desconocimiento, quizá
con falsas ilusiones. Pues,
¿qué otra felicidad
es posible para el ser humano,
que la que otro ser humano le
pueda proporcionar? ¿Acaso
esperamos comprensión
de una posesión, de una
mercancía, o de un fetiche?
Comprender es amar, y en ello
aparece la felicidad. Aunque
el relato de nuestra felicidad
debe ser silenciado. ¿A
quién puede interesarle
algo tan superfluo como la dicha
de los amantes, cuando viven
ese momento previo a la consumación
de su amor, cuando se susurran
secretos al oído y relatan
los tiempos lejanos de la infancia?
¿A quién puede
interesarle el nimio chiste
secreto que sólo hace
reír a la enamorada,
tensando sus mejillas en una
deliciosa mueca? No quiero exceder
mi acervo literario con detalles
de una vida íntima cuyo
relato a ninguna persona puede
atraer. Pero fuimos más
felices que nunca antes en nuestras
vidas. Sentimos, durante aquellos
días, una plenitud más
allá de la completud
física, de la integridad
espiritual, nos convertimos
en seres totales, con todas
las necesidades satisfechas.
Me fui familiarizando
con el cielo. Capté diversos
aromas en él, la misma
tierra penetraba en mí
desde nuestra atalaya flotante,
pero también la promesa
de un lejano océano,
frescos pastos, cumbres nevadas.
El aire me decía cuanto
necesitaba saber del hombre,
de sus aglomeraciones, de su
dispersión. No puedo
obviar el olor de la sangre
que a menudo quebraba la pureza
del cielo. El aire estaba preñado
de sentimiento, los pesares
y las alegrías que sucedían
bajo nuestros pies encontraban
su eco en la ilimitada amplitud
del espacio. Su etéreo
brazo me rodeaban guiándome.
Estaba aprendiendo lo que tanto
había anhelado, sin tener
que mancharme los pies de barro,
sin romperme los dedos intentando
arrebatarle a la tierra la fuerza
que tan cara vende. Los cantos,
los lamentos y las risas, los
producía en mí
el azul del cielo, y así
comenzaba a desvelar el misterio
que, tras los muros de mi prisión,
tanto me había intrigado.
Gracias a ella, también,
fui conociendo al ser humano.
Ella había conseguido
con su presencia domar el salvaje
monstruo que nos portaba, lo
había acercado al mundo
de tal modo que se me estaba
haciendo, por fin, perceptible.
El calor de su piel y la suavidad
de sus cabellos eran la inspiración
de mi exégesis de la
humanidad, que se pintaba con
los colores de la pasión,
de la dulzura, del cariño
acariciante del despertar. Desaparecida
la obscenidad, todo se impregnaba
de su hermosura, y en la guerra
podía ver el sacrificio
y el heroísmo, pero no
el horror. Mi atención
sólo era capaz de percibir
lo bello, sólo era capaz
de maravillarse, y así
el amor crecía en mí,
aunque ahora veo que envenenado
de agradecimiento. Estaba aprendiendo,
tal es mi disculpa; no era sino
un niño abierto por primera
vez a un mundo que le supera.
Ingenuo, astigmático,
me aproximaba al desengaño
sin ser capaz de verlo. Hasta
que llegó el día
en que recuperé la soledad.
- Mira, amigo,
el campo de arroz salvaje que
sobrevolamos ahora. Dará
fruto con poco esfuerzo y podremos
abandonar al fin este mareo
que nos atormenta. Este globo
exige demasiada pericia para
ser gobernado, pero ahí
abajo tenemos un remanso en
el que prosperar y criar nuestra
felicidad teniéndola
más firmemente asida.
¡Abandonemos este tormento
y alcancemos por fin tu amada
paz, tu ansiada tierra!
- Mira tú,
amiga, las sanguijuelas que
infestan esas aguas. Te arrebatarán
la color de la piel, minarán
tu fuerza con el sutil martirio
de sus bocas. ¿Qué
hemos de temer aquí?
El viento es nuestro amigo,
nos ha conducido a la felicidad
que ahora quieres estancar en
el lodo. En él hemos
encontrado el cojín de
pluma de nuestro amor, ¿por
qué abandonarlo, cuando
aún no hemos agotado
sus posibilidades? Yo todavía
no me canso de ello, de hecho
siento que no me cansaré
nunca, que soy como el albatros.
- ¿Qué
es lo que oigo? Tú querías
por encima de todo hollar la
tierra, tomar contacto con su
gente y respirar su aire un
poco viciado. Para ti, eso era
vivir y no esto, ni tampoco
la prisión impuesta por
tu padre. Y sin embargo, ahora
que tenemos la posibilidad de
cultivar una buena tierra, de
atarnos por fin a la vida anhelada,
lo rechazas. Creo que no puedo
entenderte, o es que eres demasiado
voluble.
- Ya veo que
no me entiendes. El abismo del
cielo aún me aterra,
pero lo necesito. También
sé ahora que no debo
estar junto al ser humano, que
no puedo acompañarlo,
yo estoy hecho de otra pasta.
En mí se utilizó
otra fórmula, por eso
quizá mi padre me escondía,
por eso levantó gruesos
muros a mi alrededor, consciente
de la diferencia de su hijo
respecto de los demás.
No lo sé, ni lo sabré
nunca. Como no sabré
lo que es vivir. ¿Es
esto vivir? Verse arrastrado,
privado de voluntad, por el
espacio descoordenado, siempre
lejos de otra carne, sediento,
hambriento, muerto de frío,
sofocado por el calor. Esto
no es la vida, pero no conozco
otra manera de seguir respirando.
Mi corazón precisa de
este martirio para continuar
latiendo. Si me arrancas a la
tierra, harás de mí
un tronco muerto, devorado por
termitas y hongos. Quedémonos
aquí, hazme compañía
aunque sea en silencio, aun
odiándome, permanece
a mi lado para que pueda soportar
esta angustiosa soledad. Estar
aquí es un parsimonioso
morir, un acabarse interminable,
pero sólo así
vivo. ¿Qué haría
ahí abajo? Perder la
expresión, el amor, dejar
de morir, de vivir. No volvería
a respirar, estoy convencido;
deambularía asfixiado,
sonriendo a los otros hombres
como una máquina, sólo
motivado por la conveniencia
de obedecer. ¿Eso es
lo que quieres hacer de mí?
- Veo que
no puedo hacer nada de ti. Debo
dejarte, pues yo no puedo soportar
más este vagar aéreo,
he aprendido a temer tanto desahogo
y tanto azar. Es demasiado incómodo.
Temo que eres un esclavo de
esta vacuidad, sin remisión.
¡Adiós!
No parecía tener muchas
ganas de hablar, mirando constantemente
hacia el suelo, y no bien terminó
la precipitada despedida saltó
sobre su infecto pantano, donde
la perdí de vista mientras
el globo, libre ya de su peso,
se elevaba cada vez más
lejos de la tierra, cada vez
más lejos de aquélla
que había amado; aquella
que, creyendo acudir a la liberación,
se había lanzado sobre
un peligroso trozo de queso.
Acababa de pactar su esclavitud
con un amo que no volvería
a dejarla escapar. En cambio,
aquí yo no puedo ser
prisionero. Nada me retiene,
yo también puedo arrojarme
por la borda y perderme para
siempre, pero ella no podrá
escapar jamás del lazo
que se echó al cuello.
A mí me retiene en esta
cesta vacía el amor,
el amor indefinido e inagotable
que me ha quedado, mientras
me quedo solo, mientras lloro
sobre el arrozal salvaje, mientras
el globo y yo, por fin libres
absolutamente, remontamos hacia
un infinito que ya no me aterra.
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