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GOLDEN GATE MAMBO

 

El doce de septiembre, Joe Lee compró una pistola y una bandera. La bandera la puso en un improvisado mástil en la entrada de su casa, la pistola la guardó en la guantera del coche: si los terroristas árabes volvían a atacar le encontrarían preparado.

Ramón nunca se hubiera dejado barba. Pero el director artístico, que no tenía puta idea ni de flamenco ni de baile, no le había dado opción a discutirlo.

–Tú te dejas una barba finita, con el bigote igual. Y el pelo con brillantina, no te lo quiero ver nunca seco –le había dicho el payo en Madrid y, antes de que Ramón pudiera reaccionar, ya estaba hablando con su compadre el Negro.

–Y tú esas patillas fuera, que pareces un bandolero. Déjate perilla.

Y así con todos y cada uno de los miembros de la compañía.

Ramón se miró una vez más en el espejo. En realidad la barba no le quedaba mal, pero le daba mal fario. Cuando, el día antes de coger el avión, fueron a Lavapiés a despedirse de los primos, como el viaje se retrasó por el follón de los rascacielos, ya les había crecido la barba. A Ramón le daba la sensación de que todo el mundo les miraba por la calle; especialmente los otros gitanos. En la casa de los primos, los churumbeles, siempre tan cariñosos con ellos, se escondían tras las faldas de sus madres que hacían mohines de disgusto.

El tío Rufino les preguntó, muy serio, nada más verles:

–¿Y esas barbas?

–Por el espectáculo. ¿Qué le extraña? También la lleva su hijo el Jonatan... Y el Pechuga... Y Luis el de la Rubia... Y la mitad de los gitanos de Lavapiés.

–Ya. Llevas razón. Pero... No sé, las vuestras me dan mal fario. No me gustan, me producen como escalofríos.

–Pues lo siento, tío Rufino, pero hasta que no pase por lo menos un año no podemos afeitarnos.

Sólo unos meses antes, Ramón no podía sospechar el cambio que iba a dar su vida. Era principio de verano, había salido, como casi todas las tardes, con el Negro a las terrazas del centro. Ramón cantaba (igualito que Camarón, decían) y su compadre le acompañaba con la guitarra, sacaban buenos duros. La Plaza Mayor era uno de sus lugares preferidos y más rentables; en la terraza de La Torre del Oro había un grupo grande de gente, de esa que se nota enseguida que tienen dinero. El Negro sacó la guitarra y empezaron a montar el numerito. Les escucharon encantados, soltando de vez en cuando olés que no venían a cuento y aplaudiendo después de cada canción. Aunque al principio no se dio cuenta, en el grupo había dos gitanos señoritos, de esos elegantes con el cuello y las manos llenos de oro, Ramón les saltó en su recorrido por las mesas recogiendo el dinero con la gorra. Después de hablar entre ellos, cuando ya Ramón y el Negro se iban a la próxima terraza, el mayor de los dos se levantó y les llamó:

–¡Eh, primo! Espera un poco, hombre. No tengáis tanta prisa.

Se acercó a ellos y continuó:

–Lo hacéis muy bien. A Paco y a mí nos ha gustado mucho, tenéis duende.

–Se agradece –contestó Ramón. El Negro raramente abría la boca: sólo hablaba con la guitarra.

–¿No sabéis quién es el que está conmigo? –pre­guntó el gitano señorito.

–Pues no. La verdad, no tenemos el gusto.

–Es Paco Amaya, el bailaor. Yo soy su represen­tante –sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y se la ofreció a Ramón–. Pasad esta noche por Los Gabrieles, estáis invitados. Hablaremos, a lo mejor tenemos algo para vosotros.

–Haremos lo posible, pero no sé si podremos. Tenemos otro compromiso –mintió Ramón.

–Yo creo que os conviene. Os esperamos.

Claro que pasaron. Hablaron, bebieron, cantaron, tocaron y, ya de amanecida, salieron siendo miembros de la “Compañía de Arte Flamenco Paco Amaya”, con un contrato, de palabra y rubricado con un apretón de manos, que suponía para ellos un sueldo fijo al mes con el que jamás habían soñado.

–Pero vamos a ver, Negro: ¿a ti te da miedo montar en ascensor?

El Negro estaba pálido. Tan pálido como su color permitía. No dijo nada, sus ojos permanecían bajos y húmedos.

–Pues es igual. ¿Qué más te da a que altura estamos? Lo único que tienes que hacer es no mirar por la ventanilla.

Las palabras de Ramón no tranquilizaban al Negro. Ni a él tampoco, aunque mantenía el tipo. Era la primera vez que subían a un avión. Cuando aceptaron trabajar con Paco Amaya nadie les dijo que estrenarían en San Francisco. Y si alguien lo hubiera hecho habría dado lo mismo porque ninguno de los dos sabía donde estaba.

En un principio, el estreno de “Gipsy Fever” estaba previsto para el 20 de septiembre y la “Compañía de Arte Flamenco” tenía que haber viajado a los EE.UU. una semana antes, pero, por la causa de fuerza mayor que todo el mundo conoce, hubo que retrasarlo hasta el miércoles 7 de noviembre.

Cuando, por fin, pisaron el suelo de California, Ramón se sentía igual que el día después de una monumental juerga. Sólo que las largas horas del vuelo no habían sido una juerga, sino una pesadilla. El Negro, como de costumbre, no decía nada y seguía blanco.

A Charlie Ramírez le había afectado el desastre de las torres. Y se había indignado, por supuesto. Pero, después de casi dos meses de psicosis colectiva y de no oír hablar de otra cosa, empezaba a estar harto.

A Charlie Ramírez le interesaban tres cosas en la vida: las mujeres, la marihuana y el jazz latino. Charlie tocaba las congas y tenía su propia banda, “Golden Gate Mambo” se llamaban, pero últimamente era imposible ensayar: los chicos del grupo estaban encogidos, como si les diera vergüenza hacer música vital y caliente en los malos tiempos que corrían. Además, con tanto control, la hierba había empezado a escasear y las chicas estaban tristonas y menos predispuestas al sexo. Charlie se aburría.

La llegada de la compañía de Paco Amaya al teatro donde trabajaba como conserje, mientras los “Golden Gate Mambo” triunfaban, le resultó un soplo de aire fresco. Nunca había escuchado flamenco antes, pero sentía aquella música muy cercana. Y no sólo porque, aunque con un acento extraño, hablaban español como en el Barrio. Era cuestión de raíces, pensaba Charlie, y le encantaba ver los ensayos. Luego, cuando los artistas españoles se iban, liaba un joint y se lo fumaba tranquilamente antes de volver a casa.

–Compadre, ¿has visto que olor sale del chiringuito del portero?

Ramón y el Negro se habían entretenido más de la cuenta después del ensayo. Al guitarrista no se le había arreglado el cuerpo desde el viaje, no iba bien del vientre, y Ramón había tenido que esperarle mientras se encerraba urgentemente en el servicio. Cuando se dirigían a la calle, hacía más de un cuarto de hora que el resto de los miembros de la compañía se habían ido.

–¿No te decía yo que este payo tenía pinta de enrollao? Seguro que no le importa pasarnos una chinita –continuó Ramón, empujando ya la puerta entreabierta del cuarto de Charlie.

–¿Se puede, hermano?

Ramón había oído que los hispanos se llamaban entre ellos así y le había faltado tiempo para incorporar “hermano” a su vocabulario. Era como cuando su gente se decía “primo”, aunque un parentesco tan próximo le resultaba un poco falso.

Se coló en la habitación con el Negro al lado. Charlie se les quedo mirando con la boca abierta por la sorpresa y los ojos semicerrados por el porro. Le tranquilizó la amplia sonrisa que iluminaba la cara de los dos gitanos.

–Está bueno el costo, ¿eh?

–¿Qué? –Charlie no sabía de qué le hablaban.

–El chocolate: que huele muy bien –intentó aclararle Ramón.

–¿Qué chocolate? –Charlie seguía sin enterarse.

–Sí, hombre. Eso que estás fumando.

–¡Ah! La marihuana. Sí, es bastante buena –a Charlie le caían bien aquellos tipos, y como leyó el deseo en sus rostros, les ofreció el petardo–. ¿Queréis probarla?

Ramón dio dos profundas caladas y, tras unos segundos de reflexión, asintió con cara de entendido y se lo pasó al Negro.

–Ya verás qué rama, compadre, canela pura.

El Negro fumó y no dijo nada, sólo agrandó su sonrisa.

–Oye, hermano, ¿podríamos conseguir nosotros un poco de esta hierbita tan rica? –preguntó Ramón.

Y Charlie le contestó con otra pregunta que era una afirmación:

–¿Tenéis algo que hacer esta tarde?

La furgoneta de Charlie no quería arrancar.

–Me temo que habrá que empujar.

Los gitanos intercambiaron una mirada de fastidio.

–Nuestro primo el Jonatan, que es testigo de Jehová, tiene una parecida a ésta en España. Tampoco arranca bien, pero él la deja siempre cuesta abajo, así la suelta y no hay que empujar –contestó Ramón a modo de reproche.

Charlie le miró de reojo, sin saber muy bien cómo tomarse el comentario. Mientras, giraba por enésima vez la llave de contacto y pateaba el acelerador. En medio de un estruendo considerable y soltando un espeso chorro de humo, como si se hubiera incendiado, la vieja Chrysler empezó a temblar y se puso en marcha.

–Menos mal, hermano –exclamó Ramón, y el Negro volvió a sonreír.

Iban los tres en el asiento delantero, Ramón en medio, y el Negro con su inseparable guitarra nueva dentro de su flamante estuche de cuero sobre las rodillas.

–¿Dónde vamos?

–Al otro lado de la bahía. No creáis que es fácil conseguir hierba últimamente. Por suerte Eddie, el trompeta de mi grupo, tiene ya casi seca su cosecha.

–¡Shit! –Charlie dio un puñetazo en el salpicadero– Tenía que haberlo imaginado.

–¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué hay tantos militares? –Ramón tiró precipitadamente el porro que estaban fumando por la ventanilla.

La fila de coches parados delante de ellos se perdía en la lejanía del interminable Golden Gate. Soldados de la Guardia Nacional de California andaban entre los vehículos inspeccionando su interior y a sus ocupantes.

–Ese pendejo de Davis, el gobernador, a nadie más que a él se le puede ocurrir anunciar en televisión que se espera un atentado en alguno de los puentes de la bahía. ¡Fuck it! –y volvió a golpear el salpicadero–. Tenía que haber pensado que pondrían controles.

El coche de delante avanzó unos metros y la furgoneta le siguió a duras penas, dando tirones.

–Esta cacharra tiene el motor bien jodido –dijo Charlie entre dientes.

Cuando el Ford que les precedía volvió a moverse, la Chrysler, después de un par de sacudidas, se negó a seguirle. Cesó el traqueteo: el motor se había parado.

–¡Arráncala, hermano! ¡Arráncala como antes! –suplicó Ramón.

Charlie pateó una vez más el acelerador y tiró de la llave de contacto. En vano, estaba definitivamente averiada.

–Lo siento, pero ahora sí que tendréis que empujar –los gitanos le miraron mosqueados, pero estaban tan acojonados que no podían negarse–. Sólo un poco, para apartarla mientras llega la grúa.

Ramón y el Negro, siempre con la guitarra en la mano, se bajaron y fueron hacia la parte trasera de la furgoneta.

Joe Lee no había podido adelantar a aquella andrajosa furgoneta, así que, cuando llegaron al atasco del control del Golden Gate, tuvo que parar tras ella.

Joe Lee llevaba todo el día cruzando y volviendo a cruzar los tres grandes puentes sobre la bahía de San Francisco: el Coronado, el de Oakland y el Golden Gate. No le importaba soportar los atascos una y otra vez: él era un soldado más y si los terroristas aparecían quería estar allí para luchar.

Alguien tiró una colilla encendida por la ventanilla de la furgoneta. Cuando los coches avanzaron unos metros, la humeante colilla quedó justo bajo la ventanilla de Joe Lee: era marihuana, Joe Lee no tenía duda. Malditos hippies, fumando drogas en vez de preocuparse por su patria amenazada, pensó. Y decidió darles un susto, cogió la pistola de la guantera y salió del coche. La furgoneta se había parado, se bajaron dos tipos muy morenos, con extrañas barbas. Seguro que eran árabes. Joe Lee se puso tenso. Cuando se dio cuenta de que uno de ellos llevaba en la mano un estuche lo suficientemente grande como para contener una ametralladora, automáticamente levantó el arma y apretó el gatillo.