|
El
viejo y los libros
A muchos sorprenderá
el saberme entregado a la tarea
de demoler mi biblioteca, ladrillo
por ladrillo. A la madrugada,
mientras todos duermen, me levanto
y me dirijo a la cocina como
un ladrón. ¿Otro
de mis asaltos al refrigerador?
Nada de eso. Llevo conmigo un
libro que he tomado de mi biblioteca
y abro la bolsa de la basura,
allí, bien adentro, lo
introduzco entre cáscaras
de naranja y los utensilios
manchados con la sangre oscura
de la regla.
Así,
día tras día,
no sé cuantos libros
van. No los quiero ni ver, vámonos,
a la calle. Sí, una vez
los amé como a nadie
en este mundo. ¿Y de
qué manera me pagaron?
Les diré. Don Quijote
se ha jubilado y, piyama en
lugar de armadura, no se consigue
sacarlo de la casa. Ulyses,
por el contrario, no regresa
a casa. Y Hamlet, el príncipe,
amigo de pensar en voz alta,
calla. Poblaban mi biblioteca
y mis sueños, yo crucé
los mares con Ulyses, los caminos
anduve con Don Quijote, Hamlet
me sentaba frente suyo a escucharle
los monólogos. Fue hace
mucho tiempo, antes que desertaran.
Porque eso ocurrió, desertaron.
Sí, ustedes. Ustedes
que se presentaban como eternos,
sobreviviendo al paso de las
generaciones, ustedes acabaron
fallándome y todo se
fue a la chingada. Sí,
todo. Ya sé que todo
es efímero, que todo
es fugaz, lo sé. Pero
los libros se vanagloriaban
de escapar al destino común
¡oh, arcanos del saber
y de la fantasía, oh,
los mejores amigos del hombre!
Bah, bola de papel inútil,
unos años, sólo
unos años, fueron suficientes
para que envejecieran y entraran
en agonía, yo les doy
el empujoncito final, se van
al tiradero o, con suerte, al
reciclaje. ¡Largo, fuera
de aquí, no los quiero
ni ver!
Y bien, cumplida
la diaria tarea de un libro
menos en mi biblioteca, no tengo
más que hacer, me queda
la jornada por delante, y es
cuando comienzo a deambular
por la casa, estoy solo, los
demás han salido a trabajar.
Oh, oigo el camión de
la basura, frena, se ha detenido
junto a la banqueta, carga las
bolsas, arranca y sigue viaje,
ya pasó el camión
de la basura.
Me queda el
día por delante, las
preguntas regresan. ¿Quién
luchará contra los molinos
de viento, quién defenderá
a Penélope, quién
hablará del ser o no
ser?
¿Quién,
quién lo hará?
El
niño y las canicas
Voy de un
cuarto a otro, del estéreo
a la tele, de la biblioteca
a mirar por la ventana. Todo
me aburre. Me siento, llama
el teléfono, no atiendo.
¿Vestirme, salir a la
calle? Por favor, si lo que
quiero es acabar cuanto antes
con el mundo exterior, y a mis
anchas envolverme en los recuerdos.
Acabar, acabar cuanto antes:
nada de brindis con el cartero
celebrando que ha dejado de
llover, mientras se cumple la
ceremonia de entrega de la correspondencia,
que, dicho sea de paso, ya casi
no recibo. Acabar, acabar cuanto
antes con el pan y las salchichas
que degluto de pie en la cocina,
teniendo por delante todo el
tiempo del mundo, no puedo evitarlo;
tirados quedan en el fregadero,
tirados cuchillo, tenedor, cuchara,
plato, vaso. Porque no soporto
seguir dialogando con ellos
mientras les doy su regaderazo.
Todo lo que viene del exterior
me lastima, en mi sillón
estoy al abrigo, aun cuando
los recuerdos, también
ellos, pueden hacer daño
si se dejan ir por los caminos
de lo que pudo haber sido y
no fue. Pero sé conjurarlos,
mi maestra escribe al frente
de la clase, no alcanzo a leer,
todo se ve borroso en el pizarrón,
me levanto, atravieso el aula,
pego los ojos a las letrotas,
regreso a mi lugar, chin, ya
olvidé lo que estaba
escrito, otra vez al pizarrón...
La maestra convoca a mi mamá:
le compra lentes o lo saca de
mi clase, yo contentísimo
frente al espejo, parezco un
doctor, salgo a lucirme, otros
niños me ven, un coro
me sigue:
Cuatrojo,
capitán de los piojo,
date vuelta que te cojo.
Oh, las cosas
buenas se arruinan en la calle,
no importa, haré la lucha,
yo, el cuatrojo, seré
aceptado por los compas. ¿Cómo?
Ya sé, las canicas, aprenderé
a jugar canicas, y muy bien,
para que me respeten.
Y el niño
solitario guardó los
amados libros de cuentos y aventuras,
y comenzó a entrenarse,
era simple, ganaba quien tenía
la mejor puntería. Sí,
compré canicas y me pasaba
horas disparando desde todos
los ángulos. Al poco
tiempo resulté un buen
jugador.
Partió
pues el capitán de los
piojo a la lid de las canicas.
Pero ¡ay! todo allí
resultó distinto. No
porque los otros niños
lo molestaran, no hubo necesidad,
él se adelantó:
al momento de lanzar la canica
algo sucedía, una levísima
desviación en la mano
y el tiro resultaba fallido.
Era inútil, no podía
controlarse. Solo, jugando contra
sí mismo, resultaba imbatible,
pero, contra otros adversarios,
el cuatrojo fracasaba. Y claro,
la miopía había
sido corregida, distinguía
las formas sin esfuerzo, medía
las distancias con precisión.
Y sin embargo... fallaba.
¿Qué
fuerza superior hacía
a último momento de un
cuidadoso apuntar un tiro errado?
¿Canicas embrujadas?
Más bien, el cuatrojo
embrujado. No entré a
la sociedad de los pares, regresé
a las lecturas solitarias y
desde entonces soy un ratón
de bibliotecas, últimamente
bastante venido a menos. Las
canicas, el tiro fallido, el
tiro por la culata, el culo
por la tirata, ahora les explico.
Desde niño
es así, me salen bien
las cosas cuando no creo en
ellas. En cuanto una chispa
de entusiasmo se enciende, y
ya no me da lo mismo que salgan
bien o mal, obsesionado porque
salgan bien... me encargo de
cometer yerros suficientes para
acabar en el fracaso. ¡Ja!
me recuerda el cuento de la
señorita que debía
hacer su presentación
en sociedad; y esa noche, en
medio de un diálogo,
queriendo decir me salió
el tiro por la culata, escuchó
de sus labios:
- Me salió
el culo por la tirata.
Así,
yo, siempre saliéndome
el culo por la tirata. ¿Qué
fuerza superior hacía
a último momento de un
cuidadoso apuntar un tiro errado?
No sé, tal vez la mirada
de quien iría a contar
sus canicas de menos como mis
canicas de más, tal vez
el miedo a recibir esa mirada.
¿O
trataba de evitarme el vacío
que sucede al éxito,
cuando se ha conseguido lo deseado
y buscado?
Oh, mierda,
no quiero contemplar al caído,
su cara ardiente, jugándose
la última canica, no
quiero verlo marcharse las manos
en los bolsillos vacíos
y la derrota hundiendo sus hombros,
nada de eso me da placer ni
orgullo, al contrario, quiero
correr tras él, no, está
prohibido, alcanzarlo y devolverle
las canicas y pedirle perdón,
alto, es peor, no lo hagas,
todo eso, más el miedo,
más la sensación
de vacío, más...
¿vale la pena? ¿Para
eso, mierda, me he entrenado
durante horas? ¿Y así
pasa con los compas, con el
mundo, eso me espera para cuando
sea grande?
Cuando sea
grande.
Mejor adelantarse,
más vale ser el buen
perdedor que el mal ganador.
Las canicas,
los libros, llévense
todo en el camión de
la basura, fúchila.
Cuando sea
grande. |
|