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El club de
rol de la escuela de Teleco
de Madrid es un cuchitril de
reducidas dimensiones, donde
a duras penas caben un par de
mesas, algunas sillas, un botijo
y el sofá donde pasa
sus ratos muertos el presidente
de la entidad. No tiene ventana
ni conducto de ventilación
alguno, con lo que cien mil
gases tóxicos, producidos
por los múltiples fumadores
del lugar y algún que
otro socio muy aficionado a
las judías, se acumulan
en la atmósfera del garito
y en ocasiones llegan incluso
a dificultar la visión.
Las otrora blancas paredes son
de un color indefinido, a medio
camino entre el gris y el amarillo
pálido. Eso sí,
adornadas con tétricos
carteles en los que criaturas
infernales enseñan los
dientes y roban el bolso a viejecitas
indefensas. El paraje es francamente
desolador, te lo imaginas poblado
por malos espíritus y
seres procedentes del laboratorio
del profesor Bacterio.
Todavía
no acierto a explicarme qué
hacía yo, con lo buen
chico que soy, en ese antro
de perdición.
Juro por mis
ancestros que si osé
entrar en el lugar fue porque
me habían dicho allí
encontraría gente para
echar el mus de las cinco y
diecisiete. Ya no recuerdo quién
fue el que me dio semejante
consejo, pero vive Dios ya llegará
el día en que se arrepienta
de sus palabras.
Mas una gran
decepción me aguardaba
dentro de los muros del club.
Todos sus ocupantes me miraron
con gesto ceñudo y mirada
torva cuando les sugerí
emprendiéramos un encuentro
de mus. De nada valieron mis
ruegos y súplicas, absolutamente
de nada. Al contrario, fui yo
el que, a regañadientes
y temiéndome lo peor,
me uní al extraño
juego que en ese momento iba
a comenzar.
Mis compañeros
de partida respondían
a los nombres de Pose, Roger
y Santi, este último
jefe supremo del club de rol.
En uno de los extremos de la
mesa menos destartalada del
garito, un sujeto con cara de
niño travieso ordenaba
papeles y tiraba dados de estrambóticas
formas. Era César, el
master de la partida, el que
nos encomendaría la misión
y guiaría en nuestro
periplo a través de la
Tierra Media.
Veinte minutos
estuvimos, sentados en nuestras
sillitas, aguardando a que César
decidiera las características
de nuestros personajes. Veinte
minutos en los que la conversación
fue de lo más instructiva:
las últimas predicciones
de Nostradamus, Rappel y el
profesor Cavan; la influencia
de las fases de la luna en el
juego de Laudrup y Amavisca;
y un largo etcétera.
Tan sólo Roger parecía
preocuparse de algo ajeno a
la nigromancia, deleitándonos
ocasionalmente con comentarios
jocosos acerca de Juanito Hierbajos,
el encargado de la red de ordenadores
de la escuela. De lo que dijo
alcancé a comprender
que ese individuo consideraba
que Unix, en el mundo real un
pavoroso sistema operativo,
era nada menos que un personaje
de “Astérix y Cleopatra”,
creencia ésta que había
traído consigo un cúmulo
de desgracias a los ordenadores
del Eurielec, otro club de Teleco
del que Roger era uno de los
peces más gordos.
Justo antes
de empezar se abrió la
puerta y entró Pedrito.
Cómo no, venía
con su vetusta baraja y la aviesa
intención de jugar un
póker con quien fuera.
Igual que a mí, le acabaron
convenciendo de que entrara
en la partida. Otros cinco minutos
fueron necesarios para que César
determinara los rasgos distintivos
de su personaje.
Y, por fin,
terminó el master sus
cavilaciones. A mí me
indicó me tocaría
hacer de bardo cuarentón,
barrigudo, cheposo y con un
tal vez excesivo interés
por las niñas de doce
años. De nada valieron
mis airadas protestas. Mis compañeros,
a duras penas conteniéndose
la risa, me indicaron que era
una especie de novatada, que
en otras partidas seguro me
darían superhéroes.
A eso de las
seis comenzó el juego.
Nuestra misión consistía
en escoltar a un grupo de tratantes
de blancas en su viaje hacia
el lugar donde se celebraría
la convención anual del
gremio. No estaba exenta de
peligros, puesto que una secta
de indocumentados se había
propuesto acabar con tan noble
profesión mediante el
expeditivo método de
liquidar a cuanto bicho viviente
la ejerciera. Así, salíamos
a emboscada cada cinco minutos.
Y, nosotros, los pobrecitos
guardaespaldas, éramos
los que nos llevábamos
todos los mamporros. Al poco
tiempo, yo tenía la pierna
derecha escayolada y una inmensa
cicatriz surcándome la
frente. Mis compañeros,
para qué contaros.
La verdad es
que no me acuerdo por qué
tuvo Pose que hacer ese conjuro.
Tal vez estábamos rodeados
de orcos a punto de zamparnos
con salsa ali-oli; tal vez necesitaba
abrir una puerta de esas que
no hay ganzúa alguna
que las fuerce; tal vez alguno
de nosotros había sido
herido por un artilugio envenenado.
No me acuerdo, la cabeza me
da vueltas cada vez que pienso
en ello.
El caso es
que Pose, en un momento dado
de la partida, extendió
los brazos y pronunció
las siguientes palabras:
-VERBUM DISMISSUM
CUSTODIAT ARCANUM. TEA DUCK
QUEEN?.
Más
de una vez me he despertado
súbitamente en medio
de la noche, las sábanas
revueltas, el corazón
desbocado y la frente sudorosa.
Más de una vez, los recuerdos
de lo que pasó entonces
han venido a alterarme el sueño
y a dejarme temblando y aterido
en medio de la oscuridad. Y
ya empiezo a pensar estas pesadillas
no me abandonarán jamás,
no dejarán de torturarme
hasta el fin de mis días.
Dicen que el tiempo todo lo
cura, pero no sé, no
sé.
Lo primero
que noté fue un intenso
olor a azufre. A los pocos segundos,
tenía los ojos cubiertos
de lágrimas, mientras
sustancias ponzoñosas
inundaban mi cavidad nasal y
bajaban lentamente hacia los
pulmones, provocando cien reacciones
alérgicas a su paso.
En vano cogí el pañuelo
y me cubrí la cara con
él, el simple hecho de
respirar resultaba un auténtico
tormento. Los muebles del garito
parecían haber aprovechado
la ocasión para cobrar
vida, describiendo fantásticas
cabriolas, retorciéndose,
levitando y derribando a los
incautos que no nos habíamos
tirado al suelo. No sé
si alguien intentaría
gritar, sólo se oía
el frenético ulular de
un viento salvaje.
Pero, justo
cuando creía me iba directamente
al otro barrio, y sin pasar
por la casilla de Salida, paró
la tormenta. Sentí, realmente
aliviado, cómo las porquerías
que habían estado a punto
de dinamitarme las vías
respiratorias se batían
aceleradamente en retirada.
Poco después, pude levantar
la vista para averiguar qué
quedaba de mis compañeros
y del garito.
Todo parecía
haber vuelto a la normalidad.
El mobiliario había vuelto
a sus posiciones de partida,
las paredes habían retomado
su peculiar coloración,
ninguno de nosotros había
aprovechado la ocasión
para largarse al Walhalla. Salvo
por un pequeño detalle.
En el centro de la habitación,
subido en una de las mesas,
un extraño ser medio
hombre medio cabra nos miraba
con ojos de asesino.
Ni aun en una
situación así
fue capaz Santi de mantener
la boca cerrada.
-Pose, rica,
eres la hostia. Vale que te
preocupes por la ambientación
de la partida, pero que montes
este numerito ya es pasarse.
Pose nunca
había sido de las que
permiten que cualquier hijo
de vecino se le suba a las barbas.
-Oye, mamarracho,
a ver si te crees que yo me
dedico a invocar a Lucifer a
todas horas. De hecho, el conjuro
este me lo acabo de inventar,
para que te enteres.
-No, pues hay
que reconocer que tienes una
rara habilidad para estas cosas
-Santi se había llevado
la mano derecha a la barbilla,
una sonrisilla irónica
dibujada en su rostro.
Roger decidió
terciar en la conversación.
-¿Pensáis
seguir discutiendo durante mucho
tiempo, o bien hacemos un poco
de caso a este pobre hombre?.
Yo, a todo
esto, no quitaba la vista del
monstruo surgido tras el sortilegio
de Pose. Erguido sobre sus patas
traseras, contemplaba con expresión
sumamente irritada la escena.
Cuando oyó la sugerencia
de Roger, no pudo contenerse
un segundo más.
-¡Escuchadme,
oh insolentes mortales! -la
voz era grave y contundente,
con un timbre metálico
que traía ecos lejanos
de tormentos sin fin. -¡Soy
Tar-Balzog, enviado de Satán,
señor de las tinieblas!.
¡Me habéis llamado,
decidme para qué!.
-Ésta
-, respondió César,
señalando a Pose con
el dedo índice de su
mano derecha. -La tía
esta, que se ha vuelto loca
de repente.
-¡Hay
que joderse, tener amigos para
esto! - la acusada había
agarrado un cabreo mayúsculo.
-¡Mira, chivato de mierda,
que te den morcilla!.
Santi hizo
un gesto a los dos contendientes,
uno de esos movimientos de brazo
pidiendo silencio que, de paso,
dan a entender al voceras de
turno que se está comportando
como un auténtico modorro.
A continuación, se dirigió
al demonio.
- Supongo que
tu visita se debe a que quieres
ofrecernos un pacto. Nuestras
almas a cambio de mujeres, dinero,
fama o lo que haga falta. Contradíceme
si estoy en un error.
- Estás
en lo cierto, mísero
humano -, fue la lacónica
respuesta de Tar-Balzog.
- Pues ya puedes
ir explicando cuáles
son tus ofertas - ahora era
Pedrito el que hablaba.
La cosa se
ponía interesante. Un
ser venido del más allá
se disponía a brindarnos
las siete maravillas del mundo
a cambio de nuestros abyectos
espíritus. No sé
mis compañeros, yo estaba
dispuesto a aceptar. Entre nosotros,
dudo mucho que las puertas del
Paraíso se abran para
mí, supongo tendré
que conformarme con mirar a
través de una rendija
cómo otros ríen,
buitrean a las walkirias y se
colocan a base de néctar
y ambrosía. Tan sólo
mi carácter tímido
y apocado me ha impedido ser
esbirro a sueldo del Imperio
Galáctico o terrorista
del Frente Popular para la Liberación
de Judea, desde luego no la
falta de ganas. Y en algún
lugar del Buen Libro se asegura
que la intención es lo
que cuenta, que los pardillos
y timoratos también lo
tenemos muy crudo para huir
de las llamas del Infierno.
La idea de obtener un premio
a cambio de algo que tenía
perdido de todas maneras me
resultaba sumamente atractiva.
Tan atractiva
que, mandando a hacer gárgaras
el terror que había atenazado
mi mente desde cuando la invocación
de Pose, hablé.
- Bien, bien,
bien, hermano señor -
hacía pocos días,
había visto “La
naranja mecánica”
por decimotercera vez. La verdad,
soy muy impresionable. - ¿Y
puede ser conocido qué
es lo que tienes en tu quijotera
en lo referente a la cuestión
devotchkas?.
Tar-Balzog
me miró, el rostro mostrando
un inequívoco gesto de
desconcierto.
- No le hagas
caso, está un poco zumbado.
- Roger le echó un capote
al demonio. - Dice que qué
tías tienes para ofrecernos.
Una décima
de segundo bastó para
que le cambiara la expresión
al enviado de Lucifer. Sonreía
untuosamente cuando sacó,
sabe Dios de dónde, un
maletín de cuero negro.
A continuación, extrajo
de su interior una carpeta también
de ese color. Poco después,
teníamos encima de la
mesa un amontonamiento de fotos
de brillantes colores.
Comenzamos
a ojearlas. Eran retratos de
señoras, alguna incluso
de la temprana edad de treinta
y cinco años; las escasas
arrugas convenientemente disimuladas
por imperceptibles sedimentos
de maquillaje; cabellos de ese
glorioso color pajizo que sólo
se puede alcanzar tras varios
centenares de capas de pintura;
claramente nada anoréxicas;
sonrisas Denticlor, un tanto
forzadas tal vez; vestidas con
elegantes pieles de leopardo
sintético, compradas
sin duda en las más exclusivas
tiendas del ramo; y describiendo
posturas deliciosamente parecidas
a las de las señoritas
que adornan los calendarios
de carnicería. Mientras
contemplábamos las fotos,
Tar-Balzog nos enumeraba las
características técnicas
de las chavalas allí
representadas. Por ejemplo,
“a bruxa das Rías
Baixas” era fría
cual témpano, pero se
transformaba en una auténtica
tigresa a partir del séptimo
orujo; Genara “la burra”
tenía la malsana costumbre
de encadenar y torturar a sus
amantes, salvo que estos pudieran
demostrar les gustaban tanto
los culebrones venezolanos como
a ella; y “Susi morritos”
se ponía como una moto
cada vez que marcaba Julen Guerrero.
No sé,
se me debía notar en
la cara que no tenía
ninguna gana de condenar mi
alma a cambio de esas mozas,
porque el diablo, de repente
y sin previo aviso, interrumpió
su perorata y se dirigió
a mí.
- Oye, si eres
marica también puedo
conseguirte tíos. O alguna
ovejita - lo segundo dicho con
una no disimulada sorna.
- Y ...¿no
tienes ninguna modelo? - pregunté,
así por lo bajinis, como
pidiendo perdón de antemano.
- ¡Una
modelo! - ahora Tar-Balzog estaba
realmente indignado. - ¡Vaya
con el señorito!. ¡Si
será pijo, el desgraciado
este!.
- Habrá
otras cosas que puedas ofrecernos:
dinero, trabajo... - dijo Pedrito.
El enviado
de Satanás se llevó
la mano derecha a la nuca, mientras
clavaba la vista en el suelo.
Estuvo alrededor de medio minuto
sin hablar, dándole vueltas
a lo que nos contaría.
Cuando al fin se decidió,
lo hizo en un tono que denotaba
escasa o nula convicción.
- Hombre, sí,
algunos trabajillos sí
que os los podría conseguir.
Vamos a ver, vendedor de “La
Farola” en la zona del
Bernabeu, basurero municipal
en Alcobendas... En cuanto a
dinero, supongo podría
intentar que os tocase alguna
quiniela, aunque aquí
sí que no os garantizo
nada.
Miré
a mis compañeros de partida.
Ni Pose, ni Roger, ni Pedrito,
ni Santi, ni César parecían
tener ninguna gana de hacer
un pacto tan sumamente cutre.
A Tar-Balzog
ver tantas caras de asco no
le debió gustar lo más
mínimo.
- ¡Eh,
ni por un momento penséis
que voy a volver al Infierno
de vacío!. ¡Si
no queríais vender vuestras
almas pues no haberme llamado!
- sacó entonces de su
maletín un artefacto
peligrosamente parecido a las
pistolas de rayos de los Geyper-man.
- Además, ya empiezo
a estar un poco harto de vosotros.
- ¡Espera,
espera! - Pedrito se había
levantado, sus brazos extendidos
clamando por una última
oportunidad - ¿qué
te parece si nos lo jugamos
al póker?.
- ¿De
qué hablas?.
- Mira, es
bien sencillo. Si ganas, te
llevas nuestras almas a cambio
de nada. En cambio, si pierdes,
te toca conceder un deseo a
cada uno de nosotros.
Una sonrisa
burlona y cruel surcó
la cara de Tar-Balzog.
- Acepto. Ah,
para vuestra información,
soy campeón infernal
de mus, julepe, póker,
ajedrez y no me acuerdo cuántas
cosas más. Me parece,
amigo mío, - esto último
lo dijo mirando a Pedrito -
que eres carne de cañón.
No me acuerdo
de lo que pensé en aquellos
momentos. No recuerdo si decidí
hervir a Pedrito en salsa de
menta, arrojarlo a una bañera
llena de cocodrilos o fusilarlo
al amanecer. Todos sabíamos
de su portentosa habilidad con
las cartas, mas pretender ganar
a un demonio, aunque fuera de
Segunda B, estaba claramente
fuera de su alcance.
Ajenos a mis
turbios pensamientos, ambos
contendientes discutían
las reglas del evento. Finalmente,
acordaron jugar con una baraja,
nueva y precintada, que Tar-Balzog
tenía en su maletín.
La apuesta máxima sería
de diez duros, el primero que
perdiera mil pesetas sería
el derrotado. Y, por supuesto,
estaba rigurosamente prohibido
hacer trampas.
- Una última
aclaración. - Tar-Balzog
se dirigió a todos nosotros.
- En el caso hipotético
de que este sujeto ganara, no
vale pedir como deseo gilipolleces
tipo la paz mundial o el fin
de la destrucción de
la capa de ozono.
- Oh, vaya.
Qué contrariedad, - respondió
Roger, mirando al techo con
cara de resignación.
Y comienza
el duelo. Se reparten las cartas,
ambos las estudian minuciosamente.
Llueven las apuestas. Te echo
dos duros, yo lo subo cinco
más, yo lo veo. A veces
gana el diablo, a veces no.
Nosotros, situados a la espalda
de Pedrito para así evitar
posibles chivatazos, no podemos
evitar mordernos las uñas,
se masca la tensión en
el ambiente. No es para menos,
son nuestras almas las que están
en juego.
Pasa el tiempo,
y llega el desánimo.
Pedrito está perdiendo.
Se defiende como gato panza
arriba, de vez en cuando tiene
alguna jugada brillante, pero
su pila de fichas tiende, lenta
pero inexorablemente, a disminuir.
Su adversario sonríe
cada vez más, sin duda
siente la proximidad de la victoria.
Nosotros, pálidos y temblorosos.
Al final, Numancia
cae. Yo estoy a punto de desmayarme
al ver la última ficha
de Pedrito en el montón
de Tar-Balzog. Madre mía,
la que nos espera. Hasta el
fin de los tiempos pelando patatas
y fregando letrinas allá
abajo, y eso si tenemos suerte
y no deciden asarnos como a
un pincho moruno. Y sabiendo
que de ese sitio no nos saca
ni el Séptimo de Caballería.
Tar-Balzog
sacó unos papeles con
un aspecto horrible de su maletín.
Le entregó el primero
de ellos a Pose, mientras sus
ojos brillaban con una extraña
luz.
En ese momento
se oyó la potente voz
de Pedrito.
- Eh, para
el carro, amigo. Me parece que
aquí alguien ha hecho
trampa, y no he sido yo.
- ¿Cómo?
- fue todo lo que pudo decir
el enviado del Maligno.
Su adversario
había cogido la baraja,
y nos enseñaba unas pequeñas
muescas, apenas visibles, casualmente
en las cartas más significativas.
- Fijaos bien.
El muy marica ha ido haciendo
estas marcas en instantes en
los que creía que no
estaba mirando. La verdad es
que el condenado es endiabladamente
rápido, un descuido de
un microsegundo y ya sabe para
los restos cuál es el
as de diamantes. A vosotros
os ha engañado, pero
yo le he conseguido pillar un
par de veces.
A continuación,
la clásica y odiosa reacción
de Pedrito en cuanto gana a
cualquier cosa. Extendió
los brazos, hizo en las dos
manos el signo de la victoria
y, una sonrisota marcada en
los labios, se puso a berrear
como un poseso.
- ¡ROMARIO!.
¡O REI ROMARIO!. ¡NUEVAMENTE,
LO HIZO NUESTRO HÉROE!.
¡ROMARIO DA SOUZA FARÍA!.
¡DIOS ES BRASILEÑO!.
Nunca ha sido
un buen vencedor. Siempre tiene
que reírse de su rival,
pisotear el orgullo del caído
hasta dejarlo hecho un amasijo
sucio y maloliente. Es pesado
como un collar de melones, pero
esta vez nos había salvado
de una buena.
Pues lo que
son las cosas. Del cero más
absoluto a la cima del Tourmalet,
y todo ello en cuestión
de segundos. Yo, tengo que reconocerlo,
tardé algún tiempo
en digerir lo que acababa de
pasar.
- Y, ahora,
¿cómo vuelvo yo
al Infierno?. ¿Con qué
cara le digo a Lucifer que me
han engañado como a un
chino, que no traigo ningún
nuevo fichaje? - Tar-Balzog
estaba postrado en una esquina,
lloriqueando, comportándose
como un auténtico lila.
Entonces ocurrió
algo que nos dejó a todos
boquiabiertos y paralizados
de pura estupefacción.
Roger murmuró un “espera”,
cogió uno de los documentos
traídos por el demonio,
y se puso a rellenarlo. Todos
los malditos datos personales,
en letra casi de imprenta, fecha
y firma al final del todo. Y
nadie, absolutamente nadie,
con la presencia de ánimo
necesaria para echarse encima
del loco y romperle el papelajo
en las narices.
Cuando Tar-Balzog
se hubo largado, Pose, Santi,
César, Pedrito y yo nos
quedamos mirando a Roger. Éste
rompió a reír.
- Supongo no
pensaréis que he puesto
allí MIS datos.
Esta mañana
he visto a Juanito Hierbajos,
el encargado de la red de ordenadores
de la escuela. Estaba charlando
con Óscar, el antiguo
delegado de Teleco, justo al
lado de donde yo me tomaba mi
café con leche, y no
pude evitar escuchar parte de
la conversación.
- Estoy muy
extrañado, Óscar.
Me he encontrado, nada más
levantarme, un mensaje en el
contestador. Era de una tal
Genara “la burra”,
y me proponía que quedáramos
a las diez en un pub de Carabanchel.
No sé qué hacer,
no conozco a la chica esa.
- Mira, no
tienes nada que perder. Quién
sabe, igual resulta que es la
mujer de tu vida.
Tal vez debería
haber dicho algo, haber advertido
a Juanito del peligro que corre
como no se empolle a toda galleta
cuanto culebrón venezolano
pueda pillar. No lo hice, qué
malvado soy.
Y, además,
ya es hora de que pare de escribir.
He quedado en una hora con mi
deseo, en la suite nupcial de
uno de los mejores hoteles de
Madrid. Alta, delgada, tez morena,
larga melena negra, proporciones
sencillamente perfectas... Algo
me dice que esta noche lo voy
a pasar muy bien.
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