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EL EXTRAÑO CASO DE LOS CHIRIMBOLOS MUTANTES

 

Cuando el obrero Matías Carajillo la vio, caminando por la calle a pocos metros de la pared que estaba levantando ladrillo a ladrillo, fue como si un Exocet estallara dentro de su corazón. Era una chica verdaderamente increíble, una de esas mujeres por las que puedes llegar a morir. Rondaría el metro ochenta, un metro ochenta imperial, un auténtico cuerpazo coronado por una larga melena castaña, ondulada, y brillante hasta decir basta. Los ojos, negros como carbones, grandes, enormes, misteriosos, capaces de elevarte al séptimo cielo, música de Wagner incluida, pero también de provocar la tormenta y el caos, de sumirte en la locura y la desesperación, de convertirte en un náufrago sin esperanza de rescate. Los labios, rojos como la sangre, sensuales, evocadores, la piel perfectamente bronceada, unas mallas negras y una blusa blanca con un generoso escote... Lo dicho, un pedazo de mujer, una de esas hembras que cuidado con ellas porque te pueden llegar a destrozar el alma.

Era una cálida mañana de mayo, ni una sola nube en el horizonte, una de esas mañanas en las que los rayos de sol parece que te abrazan y te sonríen, en que todo parece recién salido de un anuncio de tabaco del bueno, en las que todo tu cuerpo te incita a que salgas a la calle en cuanto llegue la menor ocasión. Muchas niñas guapas se habían paseado ya por los alrededores de la obra, provocando mil gritos de admiración a su paso. Pero ninguna como esa.

El obrero Matías Carajillo dejó lo que estaba haciendo y se quedó mirando fijamente a la chica. Llevaba toda su vida soñando con una mujer así, y eso pese a que llevaba más de diecisiete años casado con una maruja gordinflona y risueña, madre de sus dos hijos y gran amiga de todos los empleados de un conocido bingo de Madrid. Una playa del Caribe, palmeras y cocoteros a escasos metros, inmensas olas rompiéndose contra la arena, y alguien así a su lado, tostándose al sol y pidiéndole de cuando en cuando que le echara un poco de crema por la espalda. Una deliciosa visión, le había acompañado en incontables noches de insomnio, en un sinnúmero de viajes en vagones de metro abarrotados, y en tantas y tantas plomizas horas de trabajo. Tal vez había llegado el momento de que se materializara.

Pero no fue Matías Carajillo el que lanzó el primer demarraje.

-¡¡MACIZA, TÍA BUENA, QUE TE ECHABA DIECISIETE FELICIANOS AHORA MISMO!!. ¡¡QUE TIENES MÁS CUERPO QUE LA GUARDIA CIVIL!! -la voz que profirió este berrido era aguardentosa y potente, terriblemente potente. Todos los obreros la reconocieron, y supieron al instante quién era el culpable: Juancho el Sesentainueve, un fontanero que solía merodear por el lugar, un elemento de cuidado con la cabeza rapada y llena de cicatrices, ojos de lunático, un enorme bigote teñido de rojo intenso, y el resto del cuerpo tatuado con retratos a todo color de Sabrina y Pamela Anderson. Mas la chica a quien miró con cara de odio fue a Matías Carajillo.

No le dio tiempo a éste a explicarse. La chica lo señaló con los dedos índice y corazón de ambas manos, y un viento salió de allí y envolvió al obrero. Un viento glacial, cruel, un viento de muerte, azotando una y otra vez todo el cuerpo del infeliz, torturándolo con saña durante unos minutos que parecen eternos. Por fin, la tormenta amaina, y parece que va a llegar la calma. Pero, entonces, Matías Carajillo empieza a toser. Y, ya desde el principio, con una violencia tremenda. Intenta cerrar la boca, se lleva las manos a la garganta, no sirve de nada, le es materialmente imposible parar. Cae al suelo, se retuerce, golpea las baldosas con su cabeza, luego con la espalda. Los ojos los tiene cubiertos de lágrimas.

Mientras tanto, los demás obreros miran horrorizados la escena. El miedo, o algo más, les impide moverse, los atenaza, por no dejar ni siquiera les deja gritar. Ven a su compañero sufrir, y no pueden hacer nada.

De repente, la chica murmura unas palabras, se da media vuelta y, sonriendo, se va. Con toda la frialdad del mundo, andando despacio e incluso parándose a mirar algunos escaparates como si tal cosa. Cuando finalmente se pierde de vista, los demás obreros echan a correr. Llegan en muy pocos segundos a donde está Matías Carajillo, y se quedan todos con la boca abierta. Porque allí ya no está Matías Carajillo. Allí lo que hay es un horrible y sintético contenedor de pilas usadas, y encima con la publicidad ya puesta. Para morirse.

Unos minutos después, llega una ambulancia. Pero no sirve de nada.


El despacho del comisario Lechuga era pequeño, lóbrego y claustrofóbico. Un retrato del rey presidía una habitación mal iluminada, sin ventanas e impregnada de un pestilente hedor a tabaco rancio. Una mesa de oficina cubierta de papeles desordenados, un ordenador viejo con la pantalla llena de marcas de dedos, varios ceniceros repletos de colillas, y humo por todas partes. Mal lugar para celebrar una reunión, o por lo menos eso pensaban los inspectores Valverde y Bocanegra, a quienes el comisario había convocado allí para hablar del caso.

-O sea que lo que usted nos está diciendo es que quince obreros de la construcción juran y perjuran que llegó una especie de Cindy Crawford a las inmediaciones de su lugar de trabajo, extendió los brazos, soltó una maldición, y un compañero suyo fue convertido en un contenedor de pilas, nada menos -el inspector Bocanegra, un tipo de unos cuarenta años, calvo, gordo y jovial, miraba con cara de extrañeza a su superior.

-Afirmativo -replicó el comisario Lechuga, exhalando una larga nube de humo mientras cogía un fajo de papeles y lo colocaba inmediatamente al lado de donde estaba el inspector Valverde. -Aquí tienen todas las declaraciones, léanselas.

-Y es de suponer que lo que hará ahora será buscar a Blancanieves para entregarle una manzana envenenada. ¿Han avisado ya a los siete enanitos, o también tendré que ocuparme yo de eso?.

-Bocanegra, se lo advierto, no me toque las narices -el comisario arqueó las cejas y estampó con furia su cigarrillo contra el cenicero que tenía más a mano. Claramente, no era ese el primer comentario graciosillo que le soltaban sobre el caso.

A continuación, cogió una bolita de papel de la mesa y se la lanzó al otro inspector.

-¡Eh, Valverde, amigo mío!. ¿Qué tal por el país de Nunca Jamás, que se cuentan por allí?.

Éste, un sujeto espigado y con cara de haber dormido poco, pegó un respingo al notar el impacto de la bolita sobre su rostro.

-¿Cómo?. Ah, sí, tiene usted toda la razón, el gol del empate fue de Pantic.

El comisario Lechuga esbozó una sonrisa, la cínica y cruel sonrisilla del buitre carroñero a punto de abalanzarse sobre su víctima.

-Vaya, vaya, parece que otra vez le he pillado en fuera de juego.

-No, no, señor comisario, de verdad que no. Le aseguro que me he enterado de todo lo que ha dicho.

Bocanegra temió en ese momento por la suerte de su compañero. Nunca le había caído en gracia al comisario, la sombra de un expediente disciplinario o de un fulminante traslado a la sucursal del monte Perdido siempre había planeado sobre él. Y ahora tenía toda la pinta de que el cielo estaba a punto de desplomarse sobre la cabeza del inspector Valverde.

Pero Bocanegra nunca había dejado a un amigo en la estacada, y tampoco lo iba a hacer ahora. Cogió el taco de declaraciones y echó un vistazo rápido a la primera de ellas.

-Oiga, jefe, para mí que de los papelotes estos lo único que se deduce es que los testigos presenciales estaban con una sobredosis de orujo de agárrate y no te menees.

La maniobra de diversión fue todo un éxito. El comisario Lechuga dejó a un lado su presa, que no pudo evitar exhalar un casi inaudible suspiro de alivio. Pero, lejos de contestar, lo que hizo fue fijar su sádica mirada en el inspector Bocanegra. En silencio, y durante unos terribles segundos.

Pero, cuando parecía que el toque de degüello iba a sonar de un momento a otro, lo que se oyó fue un tremendo portazo. Y un agente grueso, desaliñado y con barba de tres días entró partiéndose de risa en la habitación.

-¡Señor comisario, la bruja Avería golpea de nuevo!. Esta vez ha convertido a un techador en columna publicitaria, y encima toda ella cubierta de anuncios de la Radical Fruit Company. Una auténtica mariconada de columna, pobre hombre, cuando se entere de lo que le han hecho seguro que está meses y meses sin atreverse a salir de su habitación.

-Monsalvete, quiero urgentemente un retrato robot de la tipa esa.

-Vale. Ahora mismo se lo digo a los pintores.

-Gracias, Monsalvete, muchas gracias. Y, por favor, la próxima vez que entre llame antes a la puerta, si no le importa.

-Vale, jefe. ¿Ordena usted alguna cosa más?.

-Sí. Que se vaya al carajo.

-Joder, jefe, cómo se pasa usted. Ya verá, cuando cuente en el sindicato todo lo que me ha dicho, ya verá.

En cuanto se hubo ido el agente, el comisario Lechuga se encendió otro pitillo más y retomó la conversación con ambos inspectores.

-Todo el mundo se cree muy gracioso últimamente, desde que surgió este maldito caso. Y yo ya empiezo a estar hasta los mismísimos.

-Estoo... haremos lo posible por resolverlo lo antes posible.

-Eso espero, Valverde, eso espero. Por su bien, más que nada.

-Glubs.

-Venga, lárguense de aquí de una puñetera vez, y empiecen a investigar.

Ambos inspectores no tardaron ni veinte segundos en salir del despacho.


El retrato robot estaba listo al día siguiente. El que lo había dibujado había hecho un buen trabajo, se parecía enormemente a la autora de los crímenes, más de un policía le sacó fotocopias de estrangis y maldijo a Valverde y Bocanegra por haberse apropiado del caso.

El retrato robot fue distribuido por todas las obras que se estaban llevando a cabo en Madrid. Ya por entonces, el terror había cundido entre los trabajadores empleados en ellas, informados del caso por periódicos, emisoras y telediarios, todos ellos recreándose en los detalles más truculentos, buscando meter un gol a la competencia por el dudoso método de hacer lo posible por ser quien más sembrara el pánico entre la población civil. Ya por entonces, muchas mujeres habían acabado en comisaría, culpables de haberse citado con sus novios formales, novios no tan formales o amigos con derecho a beso al lado de alguna de esas obras, de haberse quedado admirando alguna boutique cercana más tiempo del prudencial, o simplemente de ser demasiado guapas para no resultar peligrosas. La difusión del retrato poco ayudó a frenar el aluvión de denuncias. Algún autoproclamado alumno aventajado del profesor Cavan consultado por la prensa amarilla había aludido a la portentosa capacidad de meigas y hechiceras de cambiar de aspecto a voluntad, de parecerse un día a Claudia Schiffer y al día siguiente a la verdulera de la esquina, y los trabajadores mordieron el anzuelo. Fueron días terribles en las comisarías de Madrid.

Periódicamente, los que habían sido testigos en alguno de los dos crímenes eran convocados para rondas de identificación. Las sospechosas eran alineadas una a una mientras, al otro lado de cristales sólo transparentes en uno de los sentidos, los obreros las miraban y remiraban. Ésta no, ésta tampoco, esta tiene cierto parecido pero no sé, me da en la nariz que no es ella, en cambio ésta no y ni de lejos, señor inspector esto es poco serio, le digo que la asesina estaba como un tren y me trae este callo malayo, ésta tampoco, y menos ésta. Hasta la próxima, señor inspector, y a ver si espabilamos un poco.

Valverde y Bocanegra siempre estaban allí, en las rondas de identificación, El primero con su perpetuo aire ausente, el otro mascullando en silencio terribles maldiciones sobre la misión, la total falta de pistas para la conclusión de la misma y Babe el cerdito valiente, uno de los blancos favoritos del furor del policía en los últimos meses, desde el funesto día en que había sido forzado a acompañar a sus niños a ver la película de marras.

Y así un montón de veces, una gris y desagradable rutina, mujeres protestando por el atropello al que están siendo sometidas, los testigos cada vez más hartos, ninguna de las rondas dando resultados positivos. Hasta que, un buen día, pasó algo muy extraño.

Una de las que habían sido seleccionadas era un auténtico bellezón, alta, delgada y de tez morena. Valverde y Bocanegra se la quedaron mirando, fascinados, los testigos también. Éstos, en un principio, simplemente anonadados, pero al poco tiempo comenzaron a mostrar signos de perplejidad. Alguno cerró los ojos buscando un mejor recuerdo de la chica, de la que había transformado a dos inocentes obreros en feísimos muebles urbanos claro está, otros se mordieron los labios, los más se pusieron a cuchichear entre ellos. Ambos inspectores se dieron cuenta de lo que estaba ocurriendo, Bocanegra se frotó las manos mientras Valverde sacaba un arrugado bloc de notas del bolsillo derecho de su gabardina. La solución del caso parecía estar a la vuelta de la esquina. Pero, justo entonces, en ese preciso instante, la chica va y describe un semicírculo con el antebrazo derecho, sonriendo mientras tanto, una sonrisa asquerosamente burlona y triunfal, creías que me tenías, Morgan, mas yo soy más fuerte, te puedo ahora y siempre te podré, pobre desgraciado. Y después, llega el desastre. Todos los testigos negando con la cabeza, no, no es ella, por un momento me pareció, la verdad es que se parece un montón la condenada, incluso está tan buena como la otra, pero no, no es ella. Y Valverde mirando con cara de no creerse lo que está pasando, y Bocanegra apretando los dientes y golpeando con los nudillos la palma de su mano izquierda, nos la ha jugado la tía esa, seguro que es ella la bruja, pero vete tú a probarlo con todos los testigos medio embobados. Total, que tienen que dejarla marchar.

Unos minutos más tarde, en la sala sólo quedan ambos inspectores. Bocanegra mira apesadumbrado a Valverde, no habla, pero la expresión de su cara lo dice todo. Va a ser muy difícil pillar a la chavala, la única manera sería vigilar todos sus movimientos hasta que cometa un paso en falso, pero a ver quién es el guapo que le cuenta al comisario Lechuga que tiene que movilizar todos sus agentes para seguir a una simple sospechosa, por muy buena que esté. Se tendrán que ocupar únicamente ellos, y eso mientras prosiguen con las dichosas rondas de identificación, no sea que contra todo pronóstico aparezca otra individua que resulte ser la culpable de verdad.

Pero, de repente, guiña un ojo a su compañero, se pone a tamborilear con los dedos de ambas manos sobre su barriga, y sonríe pícaramente. Acaba de acordarse de lo terriblemente impresionante que es la chica a la que van a tener que investigar.


El inspector Valverde entró en el vestíbulo de la Residencia Universitaria Pax Vobiscum. Estaba solo, Bocanegra había sido reclamado por un juez de la Plaza de Castilla para testificar en un oscuro caso de tráfico de drogas de diseño en las costas del Mar Menor, en el que un primo segundo de su mujer al parecer figuraba como imputado. Una monja, nariz aguileña y gafas redondas de montura metálica, le lanzó una mirada estricta desde el otro lado del mostrador de recepción.

-Buenos días. Vengo a ver a Esmeralda Coral.

-Usted no puede entrar aquí. Esto es una residencia de señoritas decentes, no una casa de citas -la voz de la monja era desagradable y chillona. - Si busca mujeres fáciles vaya al colegio mayor de la esquina, que allí son todas unas guarras.

Valverde sacó su placa y se la enseñó a la hermana.

-¿Conque policía, eh?. ¡Debería darle vergüenza, venir a molestar a una pobre chica en lugar de perseguir a los maleantes, que es lo que tendría que estar haciendo!.

Valverde sonrió beatíficamente, en un vano intento de conciliación.

-Esto... ¿podría decirme cuál es la habitación donde se aloja?.

-¡La sala de visitas está allí, al fondo a la derecha! -la monja, visiblemente fuera de sí, señaló con un largo y fino puntero metálico una gruesa puerta de madera de nogal, situada a unos diez metros -¡Vaya usted, que ahora la aviso!.

El inspector Valverde se encaminó hacia donde le había dicho la religiosa. De mala gana, con pasos muy muy cortos, mirando con desdén las estampitas que decoraban el vestíbulo, mostrando así su rebeldía. Cruzó la puerta, no sin percatarse de que tenía en su parte superior un ventanillo de observación, desde el cual las monjas podrían controlar que no ocurriera nada impuro durante las visitas. La habitación no era muy grande, estaba llena de imágenes de santos con ojos saltones, sus únicos muebles eran cuatro sillas de mimbre, un revistero con misales y breviarios, y una papelera. Valverde se sentó y se dispuso a esperar.

Media hora larga estuvo allí solo, aguantando estoicamente las furibundas miradas de santos pintados al óleo y de monjas de carne y hueso vigilando a través de la mirilla. Media hora de espera, pero mereció la pena. Porque Esmeralda Coral era la chica que había sembrado el desconcierto en aquella ronda de identificación.

Y, encima, otra vez tenía esa sonrisa.

Se sentó en frente de Valverde, a apenas metro y medio de éste. Llevaba una minifalda roja, sus piernas eran morenas, kilométricas y sencillamente perfectas. El inspector intentó apartar sus ojos de aquellas piernas, no pudo. Su mente se quedó en blanco, todas las preguntas que había minuciosamente preparado en la comisaría huyeron a algún remoto lugar del país de Nunca Jamás. Estaba hechizado, y lo peor es que ella se dio cuenta.

-Bien, señor inspector, ¿qué opina de mis piernas? -mal empezaba el interrogatorio cuando era ella la que lo abría, aunque, eso sí, con una voz terriblemente sexy. Valverde, colorado como un tomate, consiguió levantar la vista y mirar a Esmeralda Coral a la cara. Y ella seguía sonriendo.

Valverde se sintió pequeño, terriblemente pequeño, como un insecto. Como un mosquito hechizado por una luz incandescente, volando hacia ella a sabiendas de que va a morir abrasado, trompeteando quejumbrosamente pero totalmente incapaz de huir. En ese momento, Valverde habría vendido alma y posesiones por convertirse en un pequeño sputnik, toda la vida en órbita, dando vueltas y más vueltas alrededor de aquella increíble mujer. Pero ese momento fue interrumpido por el trueno de un fuerte portazo.

-¡Pelandusca, si es que eres una pelandusca! -la monja de recepción había entrado hecha una hidra, blandiendo amenazadoramente su puntero y llevando en la otra mano una tosca manta de color negro. -¡Te he dicho mil veces que no puedes llevar esas indecencias de falditas, que son una incitación al pecado!.

-Pero, sor Anuncia, si estamos prácticamente en verano.

-¡Eso no es ninguna excusa para vestirse como una vulgar meretriz!. ¡Toma, cúbrete con esto! -le lanzó violentamente la tela, tan violentamente que Esmeralda no tuvo tiempo de cogerla, con lo que impactó en su cara.

La monja a continuación se irguió, comenzó a darse pequeños golpecitos en la palma de la mano izquierda con el puntero, y miró a Esmeralda a través de sus gafas con los ojos desorbitados. Y así se quedó hasta que su pupila se hubo colocado la dichosa mantita sobre sus piernas.

Entonces, sin decir nada más, sor Anuncia se fue de la habitación. Altiva, digna, como una reina, el puntero incrustado bajo el hombro derecho a modo de bastón de mando. Y no dándose cuenta de cómo la bellísima Esmeralda Coral le sacaba la lengua a sus espaldas.

El inspector Valverde había aprovechado la pausa para recuperar el aliento.

-Bueno, vayamos a lo nuestro. Tengo que hacerle unas cuantas preguntas sobre... -la frase murió en la mitad, y el cuello de la camisa del policía se quedó sin saber cómo acababa.

Esmeralda se había levantado de su silla. Con la manta ceñida alrededor de cadera y piernas, brazos en jarras y manos sujetando la improvisada prenda. Se puso a dar vueltas por toda la habitación, contoneándose tan provocativamente como le permitía la manta negra que le habían obligado a ponerse.

-La señorita lleva una minifalda modelo “María Tudor”, diseñada por el insigne couturier Fray Tomás de Torquemada y Ruiz de la Prada. Cuentan las leyendas que Felipe II llegó a esbozar una sonrisa cuando la vio por primera vez; los herejes y sarracenos huyen despavoridos ante su sola presencia. Rece sus oraciones y evite las tentaciones con la minifalda “María Tudor” -Esmeralda había puesto una voz grave, como de hombre, mientras soltaba su parrafada, el inspector Valverde no pudo evitar reírse a mandíbula batiente.

Después de un par de vueltas, se sentó.

-¿Sabe que se fustigan por las noches?. En verano, cuando hay que dormir con las ventanas abiertas, se oyen estremecedores gritos procedentes de sus celdas. Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que usan para sus torturas, pero dicen que han desaparecido sopletes y cizallas de las obras más cercanas.

-¿Cómo?. ¿Un ser tan adorable como sor Anuncia haciéndose eso?. Me cuesta creerlo.

Esmeralda se quedó unos segundos observando al inspector, en silencio y con una sonrisa enigmática. Después volvió la cabeza, lentamente, hacia la puerta. Vio que no había nadie vigilando al otro lado del ventanillo. Y, nuevamente con la mirada fija en el policía, se quitó la manta que la aprisionaba.

-Creo recordar que estábamos hablando antes sobre qué es lo que piensa usted de mis piernas -el inspector se puso nuevamente rojo como un pimiento. - Me gustaría seguir con la conversación, ese es un tema que me apasiona.

Valverde era tímido, terriblemente tímido. Siempre le había costado un horror declararse a las mujeres. Sin embargo, esta vez lo consiguió.

-Son ma... magníficas. Impresionantes.

-Ahora dígame que soy un sueño. Todos los hombres me dicen que soy un sueño, en cuanto ven mis piernas.

-Señorita, es usted un sueño. Y pienso eso desde mucho antes de ver sus piernas por primera vez -Valverde había recobrado la compostura, y hablaba con serenidad. Con la serenidad de quien ha visto arder las naves detrás suyo, y sabe ya no le queda otra que seguir al lunático que tiene como general, aunque lo más probable es que ni él ni sus compañeros vean jamás los palacios de Tenochtitlan ni nada que se lo parezca, y maldita la gracia que hace la perspectiva de acabar siendo el segundo plato en el menú de algún grasiento y borracho jefecillo azteca y de toda su cochambrosa familia, uno más de esos guisotes mexicanos atiborrados de chile y fríjoles, los niños negándose en redondo a comer semejante porquería mientras sus madres les amenazan con la cólera de Moctezuma y el señor de la casa se pone ciego a base de tequila. Si es que en aquella época ya se ha inventado el tequila, que lo mismo ni eso.

-Vaya, qué original -Esmeralda miró con cara de hastío al inspector. -Oiga, ¿sabe que tiene usted mucha cara, viniendo a mi residencia, sacándome de mi habitación aprovechándose de su placa y trayéndome aquí, y todo ello únicamente para verme las piernas?.

Por enésima vez se quedó Valverde hundido en la miseria. Bajó la cabeza, y apenas logró balbucear algunas palabras.

-No, si en realidad yo quería... bueno, pues en fin... esto, hacerle unas preguntas... ya sabe, sobre el asunto ese de los chirimbolos.

Y entonces, todavía con la vista clavada en el suelo, el inspector oyó el redoble de unos pasos rápidos y enérgicos sobre el entarimado.

-¡Esmeralda, ven conmigo ahora mismo! -sor Anuncia había entrado en la sala hecha un basilisco. -¡Ya hablaremos tú y yo, ya hablaremos!.

-Pero, oiga... -acertó a decir Valverde.

-¡Tú calla, sátiro, libertino, astronauta! -la monja se había encarado con el policía, y le amenazaba con su puntero metálico.

Esmeralda tuvo que cubrirse las piernas otra vez y salir de la habitación junto con sor Anuncia. Pero, justo antes de cruzar la puerta, volvió la cabeza y le lanzó un beso al inspector. Al que por poco le da un infarto.


Había habido un tercer crimen.

Un albañil, haciendo caso omiso de las sabias y machaconas consignas que inundaban prácticamente todas las vallas publicitarias de Madrid, y entre ellas una situada a apenas diez metros de la obra donde trabajaba, había soltado un requiebro a una chica que pasaba por allí. Y esas habían sido sus últimas palabras. Ahora era una marquesina roja, con la pintura nueva y anuncios de una conocida marca de helados, lista para ser usada como parada de autobús.

El escenario de la tragedia se había llenado rápidamente de policías y periodistas. Los policías intentando tranquilizar a los numerosos viandantes que habían acudido al lugar, los periodistas empeñados en justamente lo contrario. Allí estaban, con sus máquinas de fotos, cámaras, micrófonos y grabadoras, haciendo mil entrevistas, poniendo el grito en el cielo porque el caso no se hubiera resuelto todavía y la asesina anduviera libre y dispuesta a continuar con su macabra obra. Los telediarios de todas las cadenas mostraban una y otra vez todos los detalles de la desgracia, desde el estado en que había quedado el albañil hasta las desconsoladas lágrimas de su viuda. Una y otra vez, y sólo parando para los oportunos consejos publicitarios.

Los inspectores Bocanegra y Valverde estaban en un bar próximo a la comisaría de la calle Fomento, tomando un café con leche, mirando la televisión con caras sombrías, recordando la bronca que les acababa de soltar el inspector Lechuga. Y en el informativo seguían haciendo entrevistas, todo el mundo maldiciendo la desidia e ineptitud de la policía, pidiendo la cabeza de los encargados del caso, echando pestes contra el alcalde y todo su equipo de gobierno. Esto último porque, hacía apenas tres días, habían aparecido en plena calle, casi como por arte de magia, un contenedor de pilas y una columna publicitaria asombrosamente parecidas a las víctimas de los dos anteriores crímenes. Y, para más inri, justo enfrente de la puerta principal del FNAC, en pleno centro de Madrid, para que los viera todo el mundo y parte del extranjero.

El inspector Bocanegra cogió su taza, bebió un poco de café y miró intrigado a su compañero. Tenía que hacerle un montón de preguntas, tantas que no sabía por dónde empezar. Necesitaba ordenar su mente, decidió aguardar unos segundos antes de iniciar el bombardeo.

Mientras tanto, la televisión seguía rugiendo.

-Que le digo yo a la tipeja esa que, si no le queda más remedio que convertir a mi Rufino en algo, que por favor lo convierta en una lavadora, que es que a mí una parada de autobús no me sirve para nada -una señora de unos cincuenta años, bajita y gorda, estaba siendo entrevistada por un periodista del canal autonómico.

-¿En una lavadora, ha dicho?.

-Sí, sí, en una lavadora. Es que se me ha estropeado la mía, sabe usted, y no sabe lo caro que está últimamente que te reparen un chisme de esos.

-Una de las grandes dificultades de la vida moderna, ciertamente. Y, dígame, doña Felisa, ¿cómo se las arregla usted, en estos momentos de acuciante crisis económica, para lavar la ropa?.

-Pues el otro día me fui al Manzanares, sabe usted, con toda la colada, y estuve toda la mañana dale que te pego con el detergente ese tan bueno que anuncian ustedes ahora, ya sabe, ese que sale una chica que es igual a la hija mayor de mi vecina del quinto...

-Ah, que bien, qué buena idea. Seguro que la ropa le quedaría fenomenal.

-Sí, sí, muy limpita. Lo que pasa es que luego llegó mi Rufino y me dijo que su camisa blanca de los domingos, vamos, la que usa siempre para ir al fútbol, pues que estaba hecha una porquería, y que estaba llena de delitus.

-Detritus, querrá decir.

-Ah, pues será como usted dice, claro. Fíjese usted que es que yo tuve que dejar la escuela a los ocho años, que es que yo tuve que ocuparme de los gorrinos de mi tío Artemiso, y bien majos que eran, no vaya usted a creer, pero...

-Gracias, muchas gracias, doña Felisa. Telemadrid le agradece su desinteresada colaboración. Bien, vayamos ahora...

-Oiga, ¿es que no me va a dejar usted saludar?.

-¿Eh?. Sí, sí, por supuesto. ¿A quién quiere saludar?.

-Pues a mi amiga Enriqueta, que seguro que me estará viendo, y también a mi hijo Lucrecio. ¡Lucrecio, corazón, que rezo todos los días por ti, que a ver si te dan ya de una vez el tercer grado, y puedes venir a casa a comer!. ¡Que te echo mucho de menos!.

El inspector Bocanegra lanzó entonces la primera andanada.

-¿Y de verdad me dices que la pava esa, con lo mona y arreglada que iba el otro día, es en realidad una fanática trotskista?.

-Ajá, como te lo cuento. No veas la parrafada que me soltó sobre los derechos de los trabajadores y sobre el capitalismo opresor, que es quien en realidad convierte al pueblo en mobiliario urbano.

-Me cuesta creerlo.

-Pues es así.

Bocanegra fusiló a su compañero con la mirada.

-Parece ser que le viene de familia -continuó Valverde, al que se le notaba demasiado que estaba pasando un mal rato. -Por lo visto, su abuelo por parte de padre estuvo en la columna Durruti, durante la guerra civil.

-La columna Durruti era anarquista, no trotskista.

-Ah, qué cosas -fue todo lo que pudo decir Valverde. Acababa de recibir el impacto de un torpedo justo debajo de su línea de flotación, y estaba temblando.

-Julián, te estás cubriendo de mierda tú solito -el inspector Bocanegra se puso a tamborilear sobre la mesa con el dedo índice de la mano derecha. -Tú sabes como yo que a ese tipo de tías sólo les gustan los cretinos con gomina y Rolex de oro.

Y, justo entonces, entró ella en el bar.

Bocanegra fue el primero en verla, Valverde estaba demasiado asustado para fijarse en nada ni en nadie. Llevaba una blusa amarilla y una minifalda negra, una combinación muy peligrosa, pensó Bocanegra, una combinación capaz de volver loco de remate a cualquiera. Incluso a este imbécil.

El inspector Bocanegra se levantó, cogió una silla que había cerca, la colocó al lado de la mesita donde estaban ellos, e hizo una indicación a la recién llegada para que se sentara. Pero ella prefirió permanecer en pie.

-Vaya, qué casualidad. Precisamente ahora, estábamos hablando de usted.

-Supongo que debería enfadarme -respondió Esmeralda. -Está muy mal, eso de poner verde a la gente cuando no está allí para defenderse.

Bocanegra se quitó el reloj de su mano izquierda y se puso a juguetear con él.

-Me dice este fenómeno que tengo a mi lado que es usted trotskista.

Esmeralda no pudo reprimir una leve carcajada. Después, miró con dulzura a quien eso había dicho de ella.

-Si mi pitufín quiere que sea trotskista, seré trotskista.

El reloj de Bocanegra cayó de sus manos, rozó uno de los bordes de la mesa, y fue a dar esfera abajo contra el suelo. Se oyó un horrible ruido de cristales rotos, pero nadie pareció darse cuenta.

-¡Cariño, no me mires con esa cara de besugo ahora! -Esmeralda agitó la mano, intentando que el alucinado inspector Valverde, ojos como platos y boca abierta prácticamente en su totalidad, volviera en sí. -Además, tienes que ir ya mismo a hacer las maletas, si es que todavía quieres que esta noche nos vayamos a Río, claro.

Bocanegra pegó un puñetazo a la mesa y se levantó como un resorte.

-¡Señorita, usted bajo ningún concepto puede largarse del país!.

-Vaya, señor inspector. Es verdaderamente conmovedora, esta súbita muestra de afecto hacia mí.

-¡No, no, no es eso!. ¡Por si no lo sabe, es usted sospechosa de haber liquidado a tres trabajadores convirtiéndolos en feísimos muebles urbanos!.

-¿A esos desgraciados?. Se lo tenían bien merecido, por machistas y por maleducados. Que no se hubieran dedicado a soltarme marranadas.

Valverde se levantó de su silla, atónito por lo que acababa de oír. Bocanegra cogió su pistola y encañonó a Esmeralda.

-¡Bien, señorita, me parece a mí que esto es una confesión! -el inspector no hacía ningún esfuerzo por disimular su euforia, su sonrisa de oreja a oreja bastaba para expresar cómo era el peso que se acababa de quitar de encima. -Considérese usted arrestada. Valverde, dígale cuáles son sus derechos.

Lo que hizo Valverde fue pegarle un puñetazo en toda la mandíbula a su compañero.

La sorpresa fue total. El inspector Bocanegra cayó tambaleándose unos metros y fue a estrellarse contra una columna, donde quedó postrado, claramente fuera de combate. Su pistola salió despedida hacia el mostrador, chocó con un parroquiano, y acabó en el suelo, sin que nadie se atreviera a recogerla.

Una vez asegurada su victoria, el otro policía giró la cabeza, buscando una mirada de agradecimiento, o incluso una sonrisa, de la mujer por la que acababa de tirar por la borda y en apenas una décima de segundo toda su carrera en el Cuerpo Nacional de Policía, por la que se había pringado hasta las cejas y sin posibilidad de rectificación, por la que, en resumidas cuentas, había mandado absolutamente todo al garete. Pero Esmeralda se había esfumado.

Y al inspector Valverde se le vino el mundo encima. Salió corriendo del bar, volvió a entrar, la buscó en los lavabos, en todos los recodos del establecimiento, se fue otra vez a la calle, recorrió las manzanas adyacentes, miró en todos los portales, en todas las tiendas. Y siempre a galope tendido, jugándose el tipo en cada zancada, el rostro congestionado y desencajado de pura angustia, y gritando con cada vez más desesperación el nombre de su amada.

Al final, tuvo que pararse. Dejó de correr, se enjugó el sudor y, con la triste mirada del que se sabe condenado a muerte, volvió al bar. Donde el inspector Bocanegra, todavía dolorido por los golpes que le habían propinado su compañero y la columna, acababa de incorporarse. El camarero y algunos clientes estaban alrededor suyo, la pistola ya no estaba donde había caído, claramente se la habían devuelto al policía. Éste negó con la cabeza en cuanto vio a Valverde.

-Julián, esta vez sí que la has cagado.


-¡Carta para el señor inspector!.

El carcelero introdujo un sobre de los que se usan para el correo aéreo por debajo de la puerta de la celda. Valverde abandonó su gris contemplación de las humedades del techo, se incorporó, miró con desgana el sobre, murmuró algo entre dientes, y volvió a echarse sobre su camastro. Tardó unos largos minutos en decidirse a levantarse y recoger el bicho, y cuando lo hizo fue con un infinito hastío reflejado en todos sus movimientos, casi como un zombi.

No tenía remitente, pero el matasellos era de Brasil.

Fue como una descarga de cientos de miles de voltios. Valverde sintió una sacudida recorrer su cuerpo, una sacudida que le arrancó bruscamente del letargo en que había estado sumido desde su ingreso en prisión, hacía ya no pocas semanas. Sus dedos abrieron nerviosamente el sobre, a duras penas consiguiendo no rasgar su contenido. Valverde sacó la carta, la desplegó, y comenzó a leerla. La letra era redonda, clara y limpia. Y la firma, en la parte de abajo de la hoja, era inconfundiblemente de Esmeralda.

Valverde leyó la carta, la plegó cuidadosamente, y la metió dentro del único libro que se había traído a la cárcel, una edición vieja y descosida de “El señor de los anillos”. Y, todo el tiempo, sonriendo y mirando al mundo con ojos de soñador.

Por primera vez en su vida, tenía la certeza de que alguien le esperaba en Río.

A muchos kilómetros de distancia, alguien se reía interiormente de esa certeza, mientras sonreía a un musculoso bañista y lo miraba con ojos de cazadora blanca.