|
Cuando el
obrero Matías Carajillo
la vio, caminando por la calle
a pocos metros de la pared que
estaba levantando ladrillo a
ladrillo, fue como si un Exocet
estallara dentro de su corazón.
Era una chica verdaderamente
increíble, una de esas
mujeres por las que puedes llegar
a morir. Rondaría el
metro ochenta, un metro ochenta
imperial, un auténtico
cuerpazo coronado por una larga
melena castaña, ondulada,
y brillante hasta decir basta.
Los ojos, negros como carbones,
grandes, enormes, misteriosos,
capaces de elevarte al séptimo
cielo, música de Wagner
incluida, pero también
de provocar la tormenta y el
caos, de sumirte en la locura
y la desesperación, de
convertirte en un náufrago
sin esperanza de rescate. Los
labios, rojos como la sangre,
sensuales, evocadores, la piel
perfectamente bronceada, unas
mallas negras y una blusa blanca
con un generoso escote... Lo
dicho, un pedazo de mujer, una
de esas hembras que cuidado
con ellas porque te pueden llegar
a destrozar el alma.
Era una cálida
mañana de mayo, ni una
sola nube en el horizonte, una
de esas mañanas en las
que los rayos de sol parece
que te abrazan y te sonríen,
en que todo parece recién
salido de un anuncio de tabaco
del bueno, en las que todo tu
cuerpo te incita a que salgas
a la calle en cuanto llegue
la menor ocasión. Muchas
niñas guapas se habían
paseado ya por los alrededores
de la obra, provocando mil gritos
de admiración a su paso.
Pero ninguna como esa.
El obrero Matías
Carajillo dejó lo que
estaba haciendo y se quedó
mirando fijamente a la chica.
Llevaba toda su vida soñando
con una mujer así, y
eso pese a que llevaba más
de diecisiete años casado
con una maruja gordinflona y
risueña, madre de sus
dos hijos y gran amiga de todos
los empleados de un conocido
bingo de Madrid. Una playa del
Caribe, palmeras y cocoteros
a escasos metros, inmensas olas
rompiéndose contra la
arena, y alguien así
a su lado, tostándose
al sol y pidiéndole de
cuando en cuando que le echara
un poco de crema por la espalda.
Una deliciosa visión,
le había acompañado
en incontables noches de insomnio,
en un sinnúmero de viajes
en vagones de metro abarrotados,
y en tantas y tantas plomizas
horas de trabajo. Tal vez había
llegado el momento de que se
materializara.
Pero no fue
Matías Carajillo el que
lanzó el primer demarraje.
-¡¡MACIZA,
TÍA BUENA, QUE TE ECHABA
DIECISIETE FELICIANOS AHORA
MISMO!!. ¡¡QUE TIENES
MÁS CUERPO QUE LA GUARDIA
CIVIL!! -la voz que profirió
este berrido era aguardentosa
y potente, terriblemente potente.
Todos los obreros la reconocieron,
y supieron al instante quién
era el culpable: Juancho el
Sesentainueve, un fontanero
que solía merodear por
el lugar, un elemento de cuidado
con la cabeza rapada y llena
de cicatrices, ojos de lunático,
un enorme bigote teñido
de rojo intenso, y el resto
del cuerpo tatuado con retratos
a todo color de Sabrina y Pamela
Anderson. Mas la chica a quien
miró con cara de odio
fue a Matías Carajillo.
No le dio tiempo
a éste a explicarse.
La chica lo señaló
con los dedos índice
y corazón de ambas manos,
y un viento salió de
allí y envolvió
al obrero. Un viento glacial,
cruel, un viento de muerte,
azotando una y otra vez todo
el cuerpo del infeliz, torturándolo
con saña durante unos
minutos que parecen eternos.
Por fin, la tormenta amaina,
y parece que va a llegar la
calma. Pero, entonces, Matías
Carajillo empieza a toser. Y,
ya desde el principio, con una
violencia tremenda. Intenta
cerrar la boca, se lleva las
manos a la garganta, no sirve
de nada, le es materialmente
imposible parar. Cae al suelo,
se retuerce, golpea las baldosas
con su cabeza, luego con la
espalda. Los ojos los tiene
cubiertos de lágrimas.
Mientras tanto,
los demás obreros miran
horrorizados la escena. El miedo,
o algo más, les impide
moverse, los atenaza, por no
dejar ni siquiera les deja gritar.
Ven a su compañero sufrir,
y no pueden hacer nada.
De repente,
la chica murmura unas palabras,
se da media vuelta y, sonriendo,
se va. Con toda la frialdad
del mundo, andando despacio
e incluso parándose a
mirar algunos escaparates como
si tal cosa. Cuando finalmente
se pierde de vista, los demás
obreros echan a correr. Llegan
en muy pocos segundos a donde
está Matías Carajillo,
y se quedan todos con la boca
abierta. Porque allí
ya no está Matías
Carajillo. Allí lo que
hay es un horrible y sintético
contenedor de pilas usadas,
y encima con la publicidad ya
puesta. Para morirse.
Unos minutos
después, llega una ambulancia.
Pero no sirve de nada.
El despacho del comisario Lechuga
era pequeño, lóbrego
y claustrofóbico. Un
retrato del rey presidía
una habitación mal iluminada,
sin ventanas e impregnada de
un pestilente hedor a tabaco
rancio. Una mesa de oficina
cubierta de papeles desordenados,
un ordenador viejo con la pantalla
llena de marcas de dedos, varios
ceniceros repletos de colillas,
y humo por todas partes. Mal
lugar para celebrar una reunión,
o por lo menos eso pensaban
los inspectores Valverde y Bocanegra,
a quienes el comisario había
convocado allí para hablar
del caso.
-O sea que
lo que usted nos está
diciendo es que quince obreros
de la construcción juran
y perjuran que llegó
una especie de Cindy Crawford
a las inmediaciones de su lugar
de trabajo, extendió
los brazos, soltó una
maldición, y un compañero
suyo fue convertido en un contenedor
de pilas, nada menos -el inspector
Bocanegra, un tipo de unos cuarenta
años, calvo, gordo y
jovial, miraba con cara de extrañeza
a su superior.
-Afirmativo
-replicó el comisario
Lechuga, exhalando una larga
nube de humo mientras cogía
un fajo de papeles y lo colocaba
inmediatamente al lado de donde
estaba el inspector Valverde.
-Aquí tienen todas las
declaraciones, léanselas.
-Y es de suponer
que lo que hará ahora
será buscar a Blancanieves
para entregarle una manzana
envenenada. ¿Han avisado
ya a los siete enanitos, o también
tendré que ocuparme yo
de eso?.
-Bocanegra,
se lo advierto, no me toque
las narices -el comisario arqueó
las cejas y estampó con
furia su cigarrillo contra el
cenicero que tenía más
a mano. Claramente, no era ese
el primer comentario graciosillo
que le soltaban sobre el caso.
A continuación,
cogió una bolita de papel
de la mesa y se la lanzó
al otro inspector.
-¡Eh,
Valverde, amigo mío!.
¿Qué tal por el
país de Nunca Jamás,
que se cuentan por allí?.
Éste,
un sujeto espigado y con cara
de haber dormido poco, pegó
un respingo al notar el impacto
de la bolita sobre su rostro.
-¿Cómo?.
Ah, sí, tiene usted toda
la razón, el gol del
empate fue de Pantic.
El comisario
Lechuga esbozó una sonrisa,
la cínica y cruel sonrisilla
del buitre carroñero
a punto de abalanzarse sobre
su víctima.
-Vaya, vaya,
parece que otra vez le he pillado
en fuera de juego.
-No, no, señor
comisario, de verdad que no.
Le aseguro que me he enterado
de todo lo que ha dicho.
Bocanegra temió
en ese momento por la suerte
de su compañero. Nunca
le había caído
en gracia al comisario, la sombra
de un expediente disciplinario
o de un fulminante traslado
a la sucursal del monte Perdido
siempre había planeado
sobre él. Y ahora tenía
toda la pinta de que el cielo
estaba a punto de desplomarse
sobre la cabeza del inspector
Valverde.
Pero Bocanegra
nunca había dejado a
un amigo en la estacada, y tampoco
lo iba a hacer ahora. Cogió
el taco de declaraciones y echó
un vistazo rápido a la
primera de ellas.
-Oiga, jefe,
para mí que de los papelotes
estos lo único que se
deduce es que los testigos presenciales
estaban con una sobredosis de
orujo de agárrate y no
te menees.
La maniobra
de diversión fue todo
un éxito. El comisario
Lechuga dejó a un lado
su presa, que no pudo evitar
exhalar un casi inaudible suspiro
de alivio. Pero, lejos de contestar,
lo que hizo fue fijar su sádica
mirada en el inspector Bocanegra.
En silencio, y durante unos
terribles segundos.
Pero, cuando
parecía que el toque
de degüello iba a sonar
de un momento a otro, lo que
se oyó fue un tremendo
portazo. Y un agente grueso,
desaliñado y con barba
de tres días entró
partiéndose de risa en
la habitación.
-¡Señor
comisario, la bruja Avería
golpea de nuevo!. Esta vez ha
convertido a un techador en
columna publicitaria, y encima
toda ella cubierta de anuncios
de la Radical Fruit Company.
Una auténtica mariconada
de columna, pobre hombre, cuando
se entere de lo que le han hecho
seguro que está meses
y meses sin atreverse a salir
de su habitación.
-Monsalvete,
quiero urgentemente un retrato
robot de la tipa esa.
-Vale. Ahora
mismo se lo digo a los pintores.
-Gracias, Monsalvete,
muchas gracias. Y, por favor,
la próxima vez que entre
llame antes a la puerta, si
no le importa.
-Vale, jefe.
¿Ordena usted alguna
cosa más?.
-Sí.
Que se vaya al carajo.
-Joder, jefe,
cómo se pasa usted. Ya
verá, cuando cuente en
el sindicato todo lo que me
ha dicho, ya verá.
En cuanto se
hubo ido el agente, el comisario
Lechuga se encendió otro
pitillo más y retomó
la conversación con ambos
inspectores.
-Todo el mundo
se cree muy gracioso últimamente,
desde que surgió este
maldito caso. Y yo ya empiezo
a estar hasta los mismísimos.
-Estoo... haremos
lo posible por resolverlo lo
antes posible.
-Eso espero,
Valverde, eso espero. Por su
bien, más que nada.
-Glubs.
-Venga, lárguense
de aquí de una puñetera
vez, y empiecen a investigar.
Ambos inspectores
no tardaron ni veinte segundos
en salir del despacho.
El retrato robot estaba listo
al día siguiente. El
que lo había dibujado
había hecho un buen trabajo,
se parecía enormemente
a la autora de los crímenes,
más de un policía
le sacó fotocopias de
estrangis y maldijo a Valverde
y Bocanegra por haberse apropiado
del caso.
El retrato
robot fue distribuido por todas
las obras que se estaban llevando
a cabo en Madrid. Ya por entonces,
el terror había cundido
entre los trabajadores empleados
en ellas, informados del caso
por periódicos, emisoras
y telediarios, todos ellos recreándose
en los detalles más truculentos,
buscando meter un gol a la competencia
por el dudoso método
de hacer lo posible por ser
quien más sembrara el
pánico entre la población
civil. Ya por entonces, muchas
mujeres habían acabado
en comisaría, culpables
de haberse citado con sus novios
formales, novios no tan formales
o amigos con derecho a beso
al lado de alguna de esas obras,
de haberse quedado admirando
alguna boutique cercana más
tiempo del prudencial, o simplemente
de ser demasiado guapas para
no resultar peligrosas. La difusión
del retrato poco ayudó
a frenar el aluvión de
denuncias. Algún autoproclamado
alumno aventajado del profesor
Cavan consultado por la prensa
amarilla había aludido
a la portentosa capacidad de
meigas y hechiceras de cambiar
de aspecto a voluntad, de parecerse
un día a Claudia Schiffer
y al día siguiente a
la verdulera de la esquina,
y los trabajadores mordieron
el anzuelo. Fueron días
terribles en las comisarías
de Madrid.
Periódicamente,
los que habían sido testigos
en alguno de los dos crímenes
eran convocados para rondas
de identificación. Las
sospechosas eran alineadas una
a una mientras, al otro lado
de cristales sólo transparentes
en uno de los sentidos, los
obreros las miraban y remiraban.
Ésta no, ésta
tampoco, esta tiene cierto parecido
pero no sé, me da en
la nariz que no es ella, en
cambio ésta no y ni de
lejos, señor inspector
esto es poco serio, le digo
que la asesina estaba como un
tren y me trae este callo malayo,
ésta tampoco, y menos
ésta. Hasta la próxima,
señor inspector, y a
ver si espabilamos un poco.
Valverde y
Bocanegra siempre estaban allí,
en las rondas de identificación,
El primero con su perpetuo aire
ausente, el otro mascullando
en silencio terribles maldiciones
sobre la misión, la total
falta de pistas para la conclusión
de la misma y Babe el cerdito
valiente, uno de los blancos
favoritos del furor del policía
en los últimos meses,
desde el funesto día
en que había sido forzado
a acompañar a sus niños
a ver la película de
marras.
Y así
un montón de veces, una
gris y desagradable rutina,
mujeres protestando por el atropello
al que están siendo sometidas,
los testigos cada vez más
hartos, ninguna de las rondas
dando resultados positivos.
Hasta que, un buen día,
pasó algo muy extraño.
Una de las
que habían sido seleccionadas
era un auténtico bellezón,
alta, delgada y de tez morena.
Valverde y Bocanegra se la quedaron
mirando, fascinados, los testigos
también. Éstos,
en un principio, simplemente
anonadados, pero al poco tiempo
comenzaron a mostrar signos
de perplejidad. Alguno cerró
los ojos buscando un mejor recuerdo
de la chica, de la que había
transformado a dos inocentes
obreros en feísimos muebles
urbanos claro está, otros
se mordieron los labios, los
más se pusieron a cuchichear
entre ellos. Ambos inspectores
se dieron cuenta de lo que estaba
ocurriendo, Bocanegra se frotó
las manos mientras Valverde
sacaba un arrugado bloc de notas
del bolsillo derecho de su gabardina.
La solución del caso
parecía estar a la vuelta
de la esquina. Pero, justo entonces,
en ese preciso instante, la
chica va y describe un semicírculo
con el antebrazo derecho, sonriendo
mientras tanto, una sonrisa
asquerosamente burlona y triunfal,
creías que me tenías,
Morgan, mas yo soy más
fuerte, te puedo ahora y siempre
te podré, pobre desgraciado.
Y después, llega el desastre.
Todos los testigos negando con
la cabeza, no, no es ella, por
un momento me pareció,
la verdad es que se parece un
montón la condenada,
incluso está tan buena
como la otra, pero no, no es
ella. Y Valverde mirando con
cara de no creerse lo que está
pasando, y Bocanegra apretando
los dientes y golpeando con
los nudillos la palma de su
mano izquierda, nos la ha jugado
la tía esa, seguro que
es ella la bruja, pero vete
tú a probarlo con todos
los testigos medio embobados.
Total, que tienen que dejarla
marchar.
Unos minutos
más tarde, en la sala
sólo quedan ambos inspectores.
Bocanegra mira apesadumbrado
a Valverde, no habla, pero la
expresión de su cara
lo dice todo. Va a ser muy difícil
pillar a la chavala, la única
manera sería vigilar
todos sus movimientos hasta
que cometa un paso en falso,
pero a ver quién es el
guapo que le cuenta al comisario
Lechuga que tiene que movilizar
todos sus agentes para seguir
a una simple sospechosa, por
muy buena que esté. Se
tendrán que ocupar únicamente
ellos, y eso mientras prosiguen
con las dichosas rondas de identificación,
no sea que contra todo pronóstico
aparezca otra individua que
resulte ser la culpable de verdad.
Pero, de repente,
guiña un ojo a su compañero,
se pone a tamborilear con los
dedos de ambas manos sobre su
barriga, y sonríe pícaramente.
Acaba de acordarse de lo terriblemente
impresionante que es la chica
a la que van a tener que investigar.
El inspector Valverde entró
en el vestíbulo de la
Residencia Universitaria Pax
Vobiscum. Estaba solo, Bocanegra
había sido reclamado
por un juez de la Plaza de Castilla
para testificar en un oscuro
caso de tráfico de drogas
de diseño en las costas
del Mar Menor, en el que un
primo segundo de su mujer al
parecer figuraba como imputado.
Una monja, nariz aguileña
y gafas redondas de montura
metálica, le lanzó
una mirada estricta desde el
otro lado del mostrador de recepción.
-Buenos días.
Vengo a ver a Esmeralda Coral.
-Usted no puede
entrar aquí. Esto es
una residencia de señoritas
decentes, no una casa de citas
-la voz de la monja era desagradable
y chillona. - Si busca mujeres
fáciles vaya al colegio
mayor de la esquina, que allí
son todas unas guarras.
Valverde sacó
su placa y se la enseñó
a la hermana.
-¿Conque
policía, eh?. ¡Debería
darle vergüenza, venir
a molestar a una pobre chica
en lugar de perseguir a los
maleantes, que es lo que tendría
que estar haciendo!.
Valverde sonrió
beatíficamente, en un
vano intento de conciliación.
-Esto... ¿podría
decirme cuál es la habitación
donde se aloja?.
-¡La
sala de visitas está
allí, al fondo a la derecha!
-la monja, visiblemente fuera
de sí, señaló
con un largo y fino puntero
metálico una gruesa puerta
de madera de nogal, situada
a unos diez metros -¡Vaya
usted, que ahora la aviso!.
El inspector
Valverde se encaminó
hacia donde le había
dicho la religiosa. De mala
gana, con pasos muy muy cortos,
mirando con desdén las
estampitas que decoraban el
vestíbulo, mostrando
así su rebeldía.
Cruzó la puerta, no sin
percatarse de que tenía
en su parte superior un ventanillo
de observación, desde
el cual las monjas podrían
controlar que no ocurriera nada
impuro durante las visitas.
La habitación no era
muy grande, estaba llena de
imágenes de santos con
ojos saltones, sus únicos
muebles eran cuatro sillas de
mimbre, un revistero con misales
y breviarios, y una papelera.
Valverde se sentó y se
dispuso a esperar.
Media hora
larga estuvo allí solo,
aguantando estoicamente las
furibundas miradas de santos
pintados al óleo y de
monjas de carne y hueso vigilando
a través de la mirilla.
Media hora de espera, pero mereció
la pena. Porque Esmeralda Coral
era la chica que había
sembrado el desconcierto en
aquella ronda de identificación.
Y, encima,
otra vez tenía esa sonrisa.
Se sentó
en frente de Valverde, a apenas
metro y medio de éste.
Llevaba una minifalda roja,
sus piernas eran morenas, kilométricas
y sencillamente perfectas. El
inspector intentó apartar
sus ojos de aquellas piernas,
no pudo. Su mente se quedó
en blanco, todas las preguntas
que había minuciosamente
preparado en la comisaría
huyeron a algún remoto
lugar del país de Nunca
Jamás. Estaba hechizado,
y lo peor es que ella se dio
cuenta.
-Bien, señor
inspector, ¿qué
opina de mis piernas? -mal empezaba
el interrogatorio cuando era
ella la que lo abría,
aunque, eso sí, con una
voz terriblemente sexy. Valverde,
colorado como un tomate, consiguió
levantar la vista y mirar a
Esmeralda Coral a la cara. Y
ella seguía sonriendo.
Valverde se
sintió pequeño,
terriblemente pequeño,
como un insecto. Como un mosquito
hechizado por una luz incandescente,
volando hacia ella a sabiendas
de que va a morir abrasado,
trompeteando quejumbrosamente
pero totalmente incapaz de huir.
En ese momento, Valverde habría
vendido alma y posesiones por
convertirse en un pequeño
sputnik, toda la vida en órbita,
dando vueltas y más vueltas
alrededor de aquella increíble
mujer. Pero ese momento fue
interrumpido por el trueno de
un fuerte portazo.
-¡Pelandusca,
si es que eres una pelandusca!
-la monja de recepción
había entrado hecha una
hidra, blandiendo amenazadoramente
su puntero y llevando en la
otra mano una tosca manta de
color negro. -¡Te he dicho
mil veces que no puedes llevar
esas indecencias de falditas,
que son una incitación
al pecado!.
-Pero, sor
Anuncia, si estamos prácticamente
en verano.
-¡Eso
no es ninguna excusa para vestirse
como una vulgar meretriz!. ¡Toma,
cúbrete con esto! -le
lanzó violentamente la
tela, tan violentamente que
Esmeralda no tuvo tiempo de
cogerla, con lo que impactó
en su cara.
La monja a
continuación se irguió,
comenzó a darse pequeños
golpecitos en la palma de la
mano izquierda con el puntero,
y miró a Esmeralda a
través de sus gafas con
los ojos desorbitados. Y así
se quedó hasta que su
pupila se hubo colocado la dichosa
mantita sobre sus piernas.
Entonces, sin
decir nada más, sor Anuncia
se fue de la habitación.
Altiva, digna, como una reina,
el puntero incrustado bajo el
hombro derecho a modo de bastón
de mando. Y no dándose
cuenta de cómo la bellísima
Esmeralda Coral le sacaba la
lengua a sus espaldas.
El inspector
Valverde había aprovechado
la pausa para recuperar el aliento.
-Bueno, vayamos
a lo nuestro. Tengo que hacerle
unas cuantas preguntas sobre...
-la frase murió en la
mitad, y el cuello de la camisa
del policía se quedó
sin saber cómo acababa.
Esmeralda se
había levantado de su
silla. Con la manta ceñida
alrededor de cadera y piernas,
brazos en jarras y manos sujetando
la improvisada prenda. Se puso
a dar vueltas por toda la habitación,
contoneándose tan provocativamente
como le permitía la manta
negra que le habían obligado
a ponerse.
-La señorita
lleva una minifalda modelo “María
Tudor”, diseñada
por el insigne couturier Fray
Tomás de Torquemada y
Ruiz de la Prada. Cuentan las
leyendas que Felipe II llegó
a esbozar una sonrisa cuando
la vio por primera vez; los
herejes y sarracenos huyen despavoridos
ante su sola presencia. Rece
sus oraciones y evite las tentaciones
con la minifalda “María
Tudor” -Esmeralda había
puesto una voz grave, como de
hombre, mientras soltaba su
parrafada, el inspector Valverde
no pudo evitar reírse
a mandíbula batiente.
Después
de un par de vueltas, se sentó.
-¿Sabe
que se fustigan por las noches?.
En verano, cuando hay que dormir
con las ventanas abiertas, se
oyen estremecedores gritos procedentes
de sus celdas. Nadie sabe a
ciencia cierta qué es
lo que usan para sus torturas,
pero dicen que han desaparecido
sopletes y cizallas de las obras
más cercanas.
-¿Cómo?.
¿Un ser tan adorable
como sor Anuncia haciéndose
eso?. Me cuesta creerlo.
Esmeralda se
quedó unos segundos observando
al inspector, en silencio y
con una sonrisa enigmática.
Después volvió
la cabeza, lentamente, hacia
la puerta. Vio que no había
nadie vigilando al otro lado
del ventanillo. Y, nuevamente
con la mirada fija en el policía,
se quitó la manta que
la aprisionaba.
-Creo recordar
que estábamos hablando
antes sobre qué es lo
que piensa usted de mis piernas
-el inspector se puso nuevamente
rojo como un pimiento. - Me
gustaría seguir con la
conversación, ese es
un tema que me apasiona.
Valverde era
tímido, terriblemente
tímido. Siempre le había
costado un horror declararse
a las mujeres. Sin embargo,
esta vez lo consiguió.
-Son ma...
magníficas. Impresionantes.
-Ahora dígame
que soy un sueño. Todos
los hombres me dicen que soy
un sueño, en cuanto ven
mis piernas.
-Señorita,
es usted un sueño. Y
pienso eso desde mucho antes
de ver sus piernas por primera
vez -Valverde había recobrado
la compostura, y hablaba con
serenidad. Con la serenidad
de quien ha visto arder las
naves detrás suyo, y
sabe ya no le queda otra que
seguir al lunático que
tiene como general, aunque lo
más probable es que ni
él ni sus compañeros
vean jamás los palacios
de Tenochtitlan ni nada que
se lo parezca, y maldita la
gracia que hace la perspectiva
de acabar siendo el segundo
plato en el menú de algún
grasiento y borracho jefecillo
azteca y de toda su cochambrosa
familia, uno más de esos
guisotes mexicanos atiborrados
de chile y fríjoles,
los niños negándose
en redondo a comer semejante
porquería mientras sus
madres les amenazan con la cólera
de Moctezuma y el señor
de la casa se pone ciego a base
de tequila. Si es que en aquella
época ya se ha inventado
el tequila, que lo mismo ni
eso.
-Vaya, qué
original -Esmeralda miró
con cara de hastío al
inspector. -Oiga, ¿sabe
que tiene usted mucha cara,
viniendo a mi residencia, sacándome
de mi habitación aprovechándose
de su placa y trayéndome
aquí, y todo ello únicamente
para verme las piernas?.
Por enésima
vez se quedó Valverde
hundido en la miseria. Bajó
la cabeza, y apenas logró
balbucear algunas palabras.
-No, si en
realidad yo quería...
bueno, pues en fin... esto,
hacerle unas preguntas... ya
sabe, sobre el asunto ese de
los chirimbolos.
Y entonces,
todavía con la vista
clavada en el suelo, el inspector
oyó el redoble de unos
pasos rápidos y enérgicos
sobre el entarimado.
-¡Esmeralda,
ven conmigo ahora mismo! -sor
Anuncia había entrado
en la sala hecha un basilisco.
-¡Ya hablaremos tú
y yo, ya hablaremos!.
-Pero, oiga...
-acertó a decir Valverde.
-¡Tú
calla, sátiro, libertino,
astronauta! -la monja se había
encarado con el policía,
y le amenazaba con su puntero
metálico.
Esmeralda tuvo
que cubrirse las piernas otra
vez y salir de la habitación
junto con sor Anuncia. Pero,
justo antes de cruzar la puerta,
volvió la cabeza y le
lanzó un beso al inspector.
Al que por poco le da un infarto.
Había habido un tercer
crimen.
Un albañil,
haciendo caso omiso de las sabias
y machaconas consignas que inundaban
prácticamente todas las
vallas publicitarias de Madrid,
y entre ellas una situada a
apenas diez metros de la obra
donde trabajaba, había
soltado un requiebro a una chica
que pasaba por allí.
Y esas habían sido sus
últimas palabras. Ahora
era una marquesina roja, con
la pintura nueva y anuncios
de una conocida marca de helados,
lista para ser usada como parada
de autobús.
El escenario
de la tragedia se había
llenado rápidamente de
policías y periodistas.
Los policías intentando
tranquilizar a los numerosos
viandantes que habían
acudido al lugar, los periodistas
empeñados en justamente
lo contrario. Allí estaban,
con sus máquinas de fotos,
cámaras, micrófonos
y grabadoras, haciendo mil entrevistas,
poniendo el grito en el cielo
porque el caso no se hubiera
resuelto todavía y la
asesina anduviera libre y dispuesta
a continuar con su macabra obra.
Los telediarios de todas las
cadenas mostraban una y otra
vez todos los detalles de la
desgracia, desde el estado en
que había quedado el
albañil hasta las desconsoladas
lágrimas de su viuda.
Una y otra vez, y sólo
parando para los oportunos consejos
publicitarios.
Los inspectores
Bocanegra y Valverde estaban
en un bar próximo a la
comisaría de la calle
Fomento, tomando un café
con leche, mirando la televisión
con caras sombrías, recordando
la bronca que les acababa de
soltar el inspector Lechuga.
Y en el informativo seguían
haciendo entrevistas, todo el
mundo maldiciendo la desidia
e ineptitud de la policía,
pidiendo la cabeza de los encargados
del caso, echando pestes contra
el alcalde y todo su equipo
de gobierno. Esto último
porque, hacía apenas
tres días, habían
aparecido en plena calle, casi
como por arte de magia, un contenedor
de pilas y una columna publicitaria
asombrosamente parecidas a las
víctimas de los dos anteriores
crímenes. Y, para más
inri, justo enfrente de la puerta
principal del FNAC, en pleno
centro de Madrid, para que los
viera todo el mundo y parte
del extranjero.
El inspector
Bocanegra cogió su taza,
bebió un poco de café
y miró intrigado a su
compañero. Tenía
que hacerle un montón
de preguntas, tantas que no
sabía por dónde
empezar. Necesitaba ordenar
su mente, decidió aguardar
unos segundos antes de iniciar
el bombardeo.
Mientras tanto,
la televisión seguía
rugiendo.
-Que le digo
yo a la tipeja esa que, si no
le queda más remedio
que convertir a mi Rufino en
algo, que por favor lo convierta
en una lavadora, que es que
a mí una parada de autobús
no me sirve para nada -una señora
de unos cincuenta años,
bajita y gorda, estaba siendo
entrevistada por un periodista
del canal autonómico.
-¿En
una lavadora, ha dicho?.
-Sí,
sí, en una lavadora.
Es que se me ha estropeado la
mía, sabe usted, y no
sabe lo caro que está
últimamente que te reparen
un chisme de esos.
-Una de las
grandes dificultades de la vida
moderna, ciertamente. Y, dígame,
doña Felisa, ¿cómo
se las arregla usted, en estos
momentos de acuciante crisis
económica, para lavar
la ropa?.
-Pues el otro
día me fui al Manzanares,
sabe usted, con toda la colada,
y estuve toda la mañana
dale que te pego con el detergente
ese tan bueno que anuncian ustedes
ahora, ya sabe, ese que sale
una chica que es igual a la
hija mayor de mi vecina del
quinto...
-Ah, que bien,
qué buena idea. Seguro
que la ropa le quedaría
fenomenal.
-Sí,
sí, muy limpita. Lo que
pasa es que luego llegó
mi Rufino y me dijo que su camisa
blanca de los domingos, vamos,
la que usa siempre para ir al
fútbol, pues que estaba
hecha una porquería,
y que estaba llena de delitus.
-Detritus,
querrá decir.
-Ah, pues será
como usted dice, claro. Fíjese
usted que es que yo tuve que
dejar la escuela a los ocho
años, que es que yo tuve
que ocuparme de los gorrinos
de mi tío Artemiso, y
bien majos que eran, no vaya
usted a creer, pero...
-Gracias, muchas
gracias, doña Felisa.
Telemadrid le agradece su desinteresada
colaboración. Bien, vayamos
ahora...
-Oiga, ¿es
que no me va a dejar usted saludar?.
-¿Eh?.
Sí, sí, por supuesto.
¿A quién quiere
saludar?.
-Pues a mi
amiga Enriqueta, que seguro
que me estará viendo,
y también a mi hijo Lucrecio.
¡Lucrecio, corazón,
que rezo todos los días
por ti, que a ver si te dan
ya de una vez el tercer grado,
y puedes venir a casa a comer!.
¡Que te echo mucho de
menos!.
El inspector
Bocanegra lanzó entonces
la primera andanada.
-¿Y
de verdad me dices que la pava
esa, con lo mona y arreglada
que iba el otro día,
es en realidad una fanática
trotskista?.
-Ajá,
como te lo cuento. No veas la
parrafada que me soltó
sobre los derechos de los trabajadores
y sobre el capitalismo opresor,
que es quien en realidad convierte
al pueblo en mobiliario urbano.
-Me cuesta
creerlo.
-Pues es así.
Bocanegra fusiló
a su compañero con la
mirada.
-Parece ser
que le viene de familia -continuó
Valverde, al que se le notaba
demasiado que estaba pasando
un mal rato. -Por lo visto,
su abuelo por parte de padre
estuvo en la columna Durruti,
durante la guerra civil.
-La columna
Durruti era anarquista, no trotskista.
-Ah, qué
cosas -fue todo lo que pudo
decir Valverde. Acababa de recibir
el impacto de un torpedo justo
debajo de su línea de
flotación, y estaba temblando.
-Julián,
te estás cubriendo de
mierda tú solito -el
inspector Bocanegra se puso
a tamborilear sobre la mesa
con el dedo índice de
la mano derecha. -Tú
sabes como yo que a ese tipo
de tías sólo les
gustan los cretinos con gomina
y Rolex de oro.
Y, justo entonces,
entró ella en el bar.
Bocanegra fue
el primero en verla, Valverde
estaba demasiado asustado para
fijarse en nada ni en nadie.
Llevaba una blusa amarilla y
una minifalda negra, una combinación
muy peligrosa, pensó
Bocanegra, una combinación
capaz de volver loco de remate
a cualquiera. Incluso a este
imbécil.
El inspector
Bocanegra se levantó,
cogió una silla que había
cerca, la colocó al lado
de la mesita donde estaban ellos,
e hizo una indicación
a la recién llegada para
que se sentara. Pero ella prefirió
permanecer en pie.
-Vaya, qué
casualidad. Precisamente ahora,
estábamos hablando de
usted.
-Supongo que
debería enfadarme -respondió
Esmeralda. -Está muy
mal, eso de poner verde a la
gente cuando no está
allí para defenderse.
Bocanegra se
quitó el reloj de su
mano izquierda y se puso a juguetear
con él.
-Me dice este
fenómeno que tengo a
mi lado que es usted trotskista.
Esmeralda no
pudo reprimir una leve carcajada.
Después, miró
con dulzura a quien eso había
dicho de ella.
-Si mi pitufín
quiere que sea trotskista, seré
trotskista.
El reloj de
Bocanegra cayó de sus
manos, rozó uno de los
bordes de la mesa, y fue a dar
esfera abajo contra el suelo.
Se oyó un horrible ruido
de cristales rotos, pero nadie
pareció darse cuenta.
-¡Cariño,
no me mires con esa cara de
besugo ahora! -Esmeralda agitó
la mano, intentando que el alucinado
inspector Valverde, ojos como
platos y boca abierta prácticamente
en su totalidad, volviera en
sí. -Además, tienes
que ir ya mismo a hacer las
maletas, si es que todavía
quieres que esta noche nos vayamos
a Río, claro.
Bocanegra pegó
un puñetazo a la mesa
y se levantó como un
resorte.
-¡Señorita,
usted bajo ningún concepto
puede largarse del país!.
-Vaya, señor
inspector. Es verdaderamente
conmovedora, esta súbita
muestra de afecto hacia mí.
-¡No,
no, no es eso!. ¡Por si
no lo sabe, es usted sospechosa
de haber liquidado a tres trabajadores
convirtiéndolos en feísimos
muebles urbanos!.
-¿A
esos desgraciados?. Se lo tenían
bien merecido, por machistas
y por maleducados. Que no se
hubieran dedicado a soltarme
marranadas.
Valverde se
levantó de su silla,
atónito por lo que acababa
de oír. Bocanegra cogió
su pistola y encañonó
a Esmeralda.
-¡Bien,
señorita, me parece a
mí que esto es una confesión!
-el inspector no hacía
ningún esfuerzo por disimular
su euforia, su sonrisa de oreja
a oreja bastaba para expresar
cómo era el peso que
se acababa de quitar de encima.
-Considérese usted arrestada.
Valverde, dígale cuáles
son sus derechos.
Lo que hizo
Valverde fue pegarle un puñetazo
en toda la mandíbula
a su compañero.
La sorpresa
fue total. El inspector Bocanegra
cayó tambaleándose
unos metros y fue a estrellarse
contra una columna, donde quedó
postrado, claramente fuera de
combate. Su pistola salió
despedida hacia el mostrador,
chocó con un parroquiano,
y acabó en el suelo,
sin que nadie se atreviera a
recogerla.
Una vez asegurada
su victoria, el otro policía
giró la cabeza, buscando
una mirada de agradecimiento,
o incluso una sonrisa, de la
mujer por la que acababa de
tirar por la borda y en apenas
una décima de segundo
toda su carrera en el Cuerpo
Nacional de Policía,
por la que se había pringado
hasta las cejas y sin posibilidad
de rectificación, por
la que, en resumidas cuentas,
había mandado absolutamente
todo al garete. Pero Esmeralda
se había esfumado.
Y al inspector
Valverde se le vino el mundo
encima. Salió corriendo
del bar, volvió a entrar,
la buscó en los lavabos,
en todos los recodos del establecimiento,
se fue otra vez a la calle,
recorrió las manzanas
adyacentes, miró en todos
los portales, en todas las tiendas.
Y siempre a galope tendido,
jugándose el tipo en
cada zancada, el rostro congestionado
y desencajado de pura angustia,
y gritando con cada vez más
desesperación el nombre
de su amada.
Al final, tuvo
que pararse. Dejó de
correr, se enjugó el
sudor y, con la triste mirada
del que se sabe condenado a
muerte, volvió al bar.
Donde el inspector Bocanegra,
todavía dolorido por
los golpes que le habían
propinado su compañero
y la columna, acababa de incorporarse.
El camarero y algunos clientes
estaban alrededor suyo, la pistola
ya no estaba donde había
caído, claramente se
la habían devuelto al
policía. Éste
negó con la cabeza en
cuanto vio a Valverde.
-Julián,
esta vez sí que la has
cagado.
-¡Carta para el señor
inspector!.
El carcelero
introdujo un sobre de los que
se usan para el correo aéreo
por debajo de la puerta de la
celda. Valverde abandonó
su gris contemplación
de las humedades del techo,
se incorporó, miró
con desgana el sobre, murmuró
algo entre dientes, y volvió
a echarse sobre su camastro.
Tardó unos largos minutos
en decidirse a levantarse y
recoger el bicho, y cuando lo
hizo fue con un infinito hastío
reflejado en todos sus movimientos,
casi como un zombi.
No tenía
remitente, pero el matasellos
era de Brasil.
Fue como una
descarga de cientos de miles
de voltios. Valverde sintió
una sacudida recorrer su cuerpo,
una sacudida que le arrancó
bruscamente del letargo en que
había estado sumido desde
su ingreso en prisión,
hacía ya no pocas semanas.
Sus dedos abrieron nerviosamente
el sobre, a duras penas consiguiendo
no rasgar su contenido. Valverde
sacó la carta, la desplegó,
y comenzó a leerla. La
letra era redonda, clara y limpia.
Y la firma, en la parte de abajo
de la hoja, era inconfundiblemente
de Esmeralda.
Valverde leyó
la carta, la plegó cuidadosamente,
y la metió dentro del
único libro que se había
traído a la cárcel,
una edición vieja y descosida
de “El señor de
los anillos”. Y, todo
el tiempo, sonriendo y mirando
al mundo con ojos de soñador.
Por primera
vez en su vida, tenía
la certeza de que alguien le
esperaba en Río.
A muchos kilómetros
de distancia, alguien se reía
interiormente de esa certeza,
mientras sonreía a un
musculoso bañista y lo
miraba con ojos de cazadora
blanca. |