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Mientras escuchaba
las palabras de su cliente,
el espejero Carlotti frunció
el ceño, y se llevó
la mano derecha a la barbilla.
Nunca, en los largos años
que llevaba ejerciendo su profesión,
le habían hecho un encargo
así. Una vez el hombre
terminó, el espejero
estuvo a punto de responderle
que no, que eso que pedía
era imposible, pero los suplicantes
ojos de la condesa Szagorny
se lo impidieron.
El espejero
Carlotti conocía a la
hija de ambos. Una niña
hermosa, de mirada lánguida
y piel clara como la luna, a
quien los demás chiquillos,
espoleados por sus padres, rehuían
y no dejaban participar en sus
juegos. Y que, en los raras
noches en que salía de
la mansión familiar,
lo hacía en compañía
de una aya grave y espectral,
y con una muñeca de porcelana
como única amiga.
Pero, le habían
dicho los condes, la pequeña
Elisa ha encontrado una pasión
a la que aferrarse: la danza.
Ahora, el castillo resuena con
las melodías de Tchaikovsky,
Debussy y Stravinsky, y es un
gozo ver cómo el rubor
ha vuelto a sus mejillas, cómo
su ojos brillan mientras practica
sus arabescos y piruetas, sus
giros y posiciones de pie. Y
por nada del mundo queremos
que ese sueño se desmorone,
¿entiende, amigo Carlotti?
Necesitamos que usted nos fabrique
un espejo ante el que pueda
ensayar, y que podamos llevar
a la academia en la que algún
día la matricularemos.
No nos puede fallar, Carlotti,
es nuestra última esperanza.
Y el espejero se sorprendió
a sí mismo accediendo.
Una vez se
hubieron ido sus clientes, el
espejero Carlotti se preguntó
cómo conseguiría
preparar un vidrio que reflejara
a la pequeña Elisa. Si
salgo airoso de esto sin duda
me haré famoso, se dijo
a sí mismo, intentando
encontrar una fe que distaba
mucho de sentir. |
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