|
Siempre he
querido mucho a mi tío
Aurelio, a pesar de, o mejor
debería decir en gran
parte gracias a, sus extravagancias.
Mi tío
trabaja de conservador, en el
Museo Arqueológico de
una pequeña capital de
provincias cercana a Madrid,
y ahí no hay nada fuera
de lo normal. Tampoco, supongo,
se sale tanto de los cánones
el que tome prestados objetos
de los fondos del museo, y los
lleve a su casa, un día
o dos, para divertir con ellos
a algún sobrino-nieto
de corta edad, o para intentar
impresionar a alguna bella mujer.
Lo que es de
jaque mate, pienso yo, es que
se haya apropiado del manto
griego que hace invisible a
todo el que lo lleva, y que
acuda con él a todas
las fiestas y acontecimientos
familiares.
Es una verdadera
juerga verlo en acción.
Hay una reunión, pongamos,
por Navidad, y él llega
circunspecto, repeinado, trajeado
y con la corbata que mejor encaja
con la ocasión. Pero
eso no es más que una
pura fachada, y yo sé
lo que lleva dentro del lustroso
maletín de cuero que
trae consigo. Me guiña
el ojo cuando nos saludamos,
desde niño ha sido mi
tío favorito y no hay
secretos entre ambos, y yo le
respondo con una sonrisa maliciosa.
Luego se mezcla con los demás
parientes, habla con ellos de
economía, política,
viticultura, o lo que se tercie.
Entre los dos vigilamos su maletín,
controlamos que nadie se lo
lleve de la habitación
donde están los abrigos
de las visitas, o que intente
adivinar su combinación.
Cuando por
fin se harta de tanto cortés
chapapote, mi tío da
una palmadita al pelmazo con
el que esté departiendo
en ese momento, le dice que
tiene que ir al cuarto de baño,
y me hace una señal.
Él se encierra en el
improvisado ropero y, cuando
no hay moros en la costa, yo
abro la puerta y le digo que
salga. Y entonces llega el delirio.
Los más suculentos canapés
acaban en el plato del gato
o perro de la casa, si es que
hay, o de repente aparecen tachonados
de símbolos satánicos;
la suave música ambiental
es reemplazada por estridentes
números uno de las listas
de heavy metal; caen copas de
vino sobre camisas blancas,
en medio de gritos de sorpresa
de los afectados; y llueven
pellizcos sobre los traseros
de mis primas más apetitosas.
Y lo mejor es que mi tío
y yo nos las arreglamos para
que la culpa recaiga, siempre,
sobre el cursi de mi hermano
mayor, que en vano balbucea
todo tipo de argumentos para
demostrar su inocencia.
Lo mejor es
cuando se quita la capa y me
la pasa a mí, y puedo
dar rienda suelta a mis instintos
con total impunidad.
Pero a ver
qué pasa mañana.
Porque mañana me caso
con la chica de mis sueños,
y no quiero que nuestro matrimonio
se inicie con una debacle social.
Mi tío me ha dicho varias
veces que no me preocupe, que
no piensa hacer de las suyas
y que, en todo caso, si usa
el manto será contra
alguien que no tenga mucha importancia.
Pero no sé si creerlo.
Espero que
el sentido del humor de mi novia
sea a prueba de bomba. Porque
puede que mañana sufra
una durísima prueba.
Si llega el
caso, espero que la supere.
|
|