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El sol se escondió
detrás de la línea
del horizonte, y Xerardo sintió
cómo un estremecimiento
recorría su espina dorsal.
Esa noche la luna luciría
en todo su esplendor, redonda
y blanca como la muerte, y si
las leyendas eran ciertas sus
rayos le alumbrarían
a él con un aspecto totalmente
diferente. Con una piel distinta
a la suya, unos ojos inyectados
en sangre, y unos colmillos
capaces de segar la vida de
quien se les pusiera por delante.
Xerardo recordó
la noche de luna llena anterior,
y se llamó necio a sí
mismo repetidas veces. María,
al contrario que él,
siempre habría creído
en las historias de sus mayores,
y le había rogado que
esperara un día antes
de llevarla al bosque, pero
él había insistido.
Mujer, nada nos va a pasar,
si hay hombres-lobo por aquí
seguro que ni se fijan en nosotros.
Y llevo más de tres meses
sin verte, desde que te fuiste
a estudiar a Madrid no sabes
lo duro que se me está
haciendo hasta respirar. Vamos,
pequeña mía, hagamos
el amor entre las hayas y los
helechos, sintamos la hierba
húmeda bajo nuestros
cuerpos desnudos.
Y la súbita
llegada de la fiera. Una cabeza
oscura perfilándose entre
la espesura, fijando sus penetrantes
ojos en ellos, y rompiendo a
gruñir. Xerardo colocándose
delante de su novia y ordenándola
que eche a correr, pero esta
no le hace caso, está
paralizada por el miedo. La
bestia cargando, Xerardo defendiéndose
con una rama seca que ha arrancado
a un árbol, el bosque
resuena con los ecos de un furioso
combate. Finalmente el espanto
se retira, y María está
intacta. Pero no así
Xerardo. Tiene el brazo derecho
desgarrado, y marcas de dentelladas
en el abdomen y en ambos costados.
Está perdiendo mucha
sangre, su novia hace que se
apoye sobre ella mientras ambos
vuelven a la aldea, todavía
desnudos y tan rápidamente
como pueden.
Veintinueve
días más tarde,
las heridas del joven habían
restañado, y María
había podido volver a
sus estudios. Pero, mientras
los últimos rayos del
sol se batían en retirada,
a Xerardo se le hizo un nudo
en el corazón. En breve
sabría si lo que le había
atacado esa noche era un simple
lobo solitario, como había
afirmado tajantemente el médico
que le había tratado,
o algo más. En breve
sabría si su vida había
caído a un pozo del que
ya nunca podría salir.
Mientras la
oscuridad terminaba de adueñarse
del valle, Xerardo evocó
todos y cada uno de los rasgos
de su novia, y los momentos
que habían pasado juntos,
y musitó una angustiada
plegaria a los santos que estuvieran
de guardia. |
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