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Cuando la galera
berberisca dobló por
el cabo del Aguilucho, Julio
“el gaviota” se
encontraba dormido en lo alto
de la torre de vigilancia. La
embarcación se deslizó
bajo la luna llena sin que nadie
diera la voz de alarma, los
botes tocaron la playa en medio
de una quietud casi sepulcral,
y ninguna campana avisó
a los pescadores del siniestro
brillo de los alfanjes de los
piratas. Los asaltantes se infiltraron
por las calles, encontraron
la iglesia y las casas de los
ricos, y a una señal
de su capitán entraron
a sangre y fuego en ellas. Y
fue entonces cuando el pueblo
se despertó. Demasiado
tarde para oponer una resistencia
organizada, o para refugiarse
en los baluartes naturales de
los montes aledaños.
Unas horas
más tarde, Julio “el
gaviota” volvió
en sí en medio de un
charco de sangre que no era
suya.
Le costó
levantarse. La cabeza le dolía
del culatazo con que uno de
los piratas le había
tumbado, y se sentía
débil. Pero eso no era
lo peor. Lo peor era ver los
rostros desencajados de los
vecinos que quedaban en pie,
mientras corrían de un
lado para otro intentando combatir
las llamas que envolvían
el pueblo. Lo peor era ver los
cadáveres que jalonaban
la plaza donde él se
encontraba, y reconocer en ellos
a amigos o conocidos. Lo peor
era no oír ninguna voz
de mujer o niño. Lo peor
era no poder mirar a los ojos
a nadie, y sentirse miserable,
y querer que la tierra se hundiera
bajo sus pies.
Julio “el
gaviota” ya no volvió
a dormir por las noches. Cuando
no estaba en alta mar subía
a la torre de vigilancia y,
con el tiempo, sus vecinos,
aunque nunca llegaron a perdonarle
del todo lo que había
pasado, volvieron a confiar
en él y a dejarlo solo.
Pero, por más que escrutaba
el horizonte, por más
que besaba la medalla de la
Virgen que siempre llevaba consigo,
ningún barco arribaba
con noticias de las mujeres
y los niños. Y a Julio
“el gaviota” se
le saltaban las lágrimas
cuando recordaba a su pequeña
hija.
Quince años
más tarde, Julio “el
gaviota” murió
de pena. La atalaya, con el
paso de los años, fue
cayendo en desuso y, al ya no
haber quien las subiera o bajara,
sus escaleras acabaron derrumbándose.
Llegó la era del turismo,
y las casitas de los pescadores
fueron poco a poco sustituidas
por enormes moles de apartamentos.
Pero hay quien
dice que, en las noches de luna,
puede verse una cara blanca
en la ventana de las ruinas
de la torre, y que unos ojos
tristes peinan las olas y las
embarcaciones de los veraneantes.
Y que, cada catorce de septiembre,
a la hora en la que la paz del
pueblo se quebró, un
grito de dolor se eleva por
encima del ruido de las discotecas.
Ojalá,
algún día, Julio
“el gaviota”, pueda
perdonarse el desliz que cometió.
Ojalá algún día
se entere de que su niña
tuvo una vida placentera en
algún serrallo lleno
de comodidades, y que no tardó
en olvidarse de que en una época
fue cristiana e hija de un pescador.
Ojalá pueda encontrar
la paz que tanto anhela.
A veces me
sorprendo a mí mismo
con la vista perdida en el mar,
casi buscando una lancha con
esos niños y mujeres
a bordo, lentamente volviendo
al pueblo en medio del griterío
y las carcajadas, y del júbilo
de los espíritus de los
pescadores, levantados de la
tumba especialmente para la
ocasión.
Me da mucha
pena que no sea posible.
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