|
Anoche me sorprendí
a mí mismo mirando el
escaparate de una tienda de
teléfonos móviles.
Yo, que siempre me he negado
a usar uno de esos aparatos.
Pero tal vez
no me quede otra.
Antes de que
aparecieran esos personajes
por la ciudad, era muy fácil
usar una cabina telefónica.
Llegabas, echabas unas moneditas,
marcabas el número, y
hablabas. Sí, es cierto,
las cifras de delincuencia estaban
por las nubes, las calles eran
un hervidero de sangre y violencia
y cualquier desconocido podía
ser una amenaza, pero si había
algo de lo que te podías
fiar, era de las cabinas telefónicas.
Ahora…
basta que una chica grite al
verse en peligro de atraco o
violación, o que un autobús
con el conductor dormido se
acerque a un precipicio, o que
una anciana se pregunte dónde
se ha metido su lindo gatito,
para que aparezca uno de esos
carnavalescos seres con capa
y arregle la situación.
Lo cual está muy bien,
no me vayan a entender ustedes
mal, no siento ninguna simpatía
hacia los criminales y soy el
primero que se alegra de poder
ir por las calles sin miedo.
Lo malo es
que todos esos estrafalarios
justicieros tienen identidades
secretas que desean proteger.
Habitualmente son gente de andar
por casa, periodistas, oficinistas,
obreros de la construcción
o lo que se tercie, y sólo
se disfrazan cuando se enteran
de que hacen falta. Y adivinad
dónde se cambian.
Antiguamente,
no habría habido nigún
problema. Antiguamente, había
cabinas telefónicas en
casi todas las esquinas, y nuestros
grotescos benefactores podrían
haber encontrado libres sin
tener que molestar a nadie.
Pero, con el auge de la telefonía
móvil, ya quedan muy
pocas, y les es imposible ponerse
la ropa de combate sin previamente
echar a alguien.
Y ese alguien suelo ser yo.
El último romántico
de la telefonía fija.
El otro día,
mi novia y yo tuvimos una dura
discusión. Mientras me
arrojaba libros y tazas de desayuno
a la cabeza, ella me echó
en cara lo poco que la llamo
por teléfono últimamente,
y lo poco que duran las conversaciones
cuando por fin se producen.
Aunque al final acabamos reconciliándonos,
me da en la nariz que mis explicaciones
no la satisficieron del todo.
Y, conociéndola, pronto
encontrará algún
pretexto para que alguno de
esos malditos superhéroes
acuda en su ayuda, y vayan ustedes
a saber qué pasará
entonces.
Por eso ayer
me sorprendí mirando
los precios de los teléfonos
móviles. Pese a lo mucho
que los odio.
|
|