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LOS ELFOS Y YO

 

El timbre del teléfono rompió el silencio de la noche, y para mi desgracia yo estaba allí. Pocos minutos antes, me había visto forzado a levantarme de la cama, angustiado por la perspectiva de una larga vigilia no deseada, de que llegaran las luces del alba y me pillaran, como tantas y tantas otras veces, con los cascos puestos y escuchando la programación nocturna de la cadena Ser. Había encaminado mis pasos al salón, y allí estaba, delante de la biblioteca, buscando desesperadamente un tomo que me ayudara en mi agónica lucha contra el insomnio, por eso me pilló el toque del teléfono lejos de cualquier refugio.

Yo soy una persona dulce y amable, normalmente no tengo ningún reparo en ponerme al aparato, pero cuando estás desvelado a las tres de la madrugada tu escala de valores tiende a cambiar radicalmente. Con lo que, frunciendo el entrecejo, decidí que fuera el contestador automático el que tomara las riendas del asunto.

Al cabo de unos segundos, comenzó a oírse el mensaje.

-Kermit, soy Enrique. ¡Venga, cojones, contesta de una vez! -tenía que haberlo supuesto. Las llamadas nocturnas e intempestivas de Quique son temidas en los hogares de todos sus amigos, entre los cuales tengo la inmensa suerte de estar incluido. Pese a nuestros sagrados e indisolubles lazos de camaradería, no me resultó muy difícil tomar la decisión de no coger.

-¿Kermit?. ¿Kermit?. ¿Qué pasa, Kermit, te has vuelto gilipollas de repente? -lo que faltaba. Quique parecía dispuesto a, una vez más, rellenar toda la cinta del contestador con su estúpida conversación. Maldiciendo entre dientes, tuve que sacrificarme.

-Quique, soy yo. ¿Qué mosca te ha picado?.

-Kermit, no consigo dormirme.

-Ah. No me digas -contesté, poniendo una voz de infinita consternación cuya ironía se le escapó por completo a Quique.

-Oye, ¿podrías contarme un cuento?.

Durante unos segundos no supe qué responder. No daba crédito a mis oídos, la situación se me antojaba producto de un mal sueño.

-Venga, ¿me lo cuentas, o no? -efectivamente, era verdad. A sus veintisiete años. Y me había espetado la pregunta como si fuera la cosa más natural del mundo. Como si me estuviera pidiendo los apuntes de clase, o la dirección de una tienda de discos de música irlandesa.

Finalmente, conseguí reunir las fuerzas necesarias para responder.

-Oye, Quique. ¿No sería mejor que fuera tu señora madre la que te contara el cuento? -puse aquí un tono lo más neutro posible, intentando dar tiempo a mi cerebro para que decidiera cómo reaccionar.

-Es que está afónica, la pobrecita.

-Vaya, lo siento.

Intuí entonces cuál era la estrategia más adecuada para enfrentarme a la crisis.

-Quique, ¿te enfadarías mucho si te dijera que la respuesta es no?.

Pero mi amigo no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente.

-¿Tienes todavía mis cintas de los Pogues y los Dublinners?. Podrías devolvérmelas.

-Está bien, tú ganas. ¿Qué cuento prefieres?.

-Me da igual. El que más rabia te dé.

En la biblioteca de mi casa hay un viejo tomo, de venerables tapas marrones oscuro y hojas amarilleadas por los años, ilustrado por algún contemporáneo de Gustavo Doré o tal vez incluso por el propio Gustavo Doré. Allí están todos los cuentos de los hermanos Grimm, impresos con una letra grande y clara, subrayados y comentados a lápiz por algún antepasado mío cuyo recuerdo hace mucho se perdió en la noche de los tiempos. Cogí el libro, y lo abrí al azar.

El agraciado resultó ser "Los elfos y el zapatero", un cuento en el que unos duendes ayudan a un miembro de la clase obrera a salir de la más negra de las miserias trabajando en su lugar, confeccionando pares de zapatos como nadie en la comarca había visto jamás, haciendo que la tienda del individuo se convierta en lugar de peregrinaje de todos los lechuguinos de los alrededores. Comencé a leerlo en alto, y no paré hasta que oí a Quique roncar al otro extremo de la línea.

Colgué el teléfono, y volví a la cama. Y, por supuesto, no conseguí dormirme.

Una extraña idea rondaba en mi cabeza.

Pero, antes de que os la explique, conviene que sepáis quien soy yo.

Me llamo Kermit, dato este que supongo no constituirá una sorpresa para vosotros, y hace ya muchos años que entré a formar parte del elenco de estudiantes de la Escuela de Ingenieros de Telecomunicación de Madrid, Teleco para los amigos. Para descubrir, mucho tiempo más tarde, que me había equivocado de carrera, que mi auténtica vocación era la de salteador de caminos, profesión para cuyo ejercicio estaba en modo alguno preparado. Amargado y deprimido, conseguí aprobar por los pelos las últimas asignaturas, e imploré y supliqué por todos los departamentos hasta que por fin me dieron un Proyecto de Fin de Carrera. Que es algo así como un doctorado a lo cutre, horas y horas dejándote la vista delante del ordenador sin que nadie te lo agradezca ni mucho menos te lo pague, investigando el comportamiento de datos insulsos y monótonos a los que con gusto retorcerías el pescuezo si pudieras, y mientras tanto los mejores años de tu vida pasando en balde, el declive y la fosilización cada día más cercanos. Y luego, encima, tienes que escribir un tomazo con tus soporíferas averiguaciones, mil quinientas páginas con buena letra e ilustradas a todo color, y no precisamente por Gustavo Doré ni nadie que se le parezca.

En esa última fase de los estudios estaba yo, precisamente, la noche en la que Quique me llamó para que le contara un cuento.

Después, como ya he dicho antes, un extraño pensamiento bullía en mi cerebro.

Elfos. Elfos que vienen de noche, en silencio. Cogen los trozos de cuero que el zapatero ha preparado durante el día, aguja e hilo, y empiezan a coser. El zapatero duerme mientras tanto, duerme tranquilo porque sabe que su negocio va viento en popa, porque sabe que ya nadie le va a privar de su pensión de jubilación y de sus partidas de julepe los domingos por la tarde. Al día siguiente recogerá los zapatos que sus resplandecientes amigos han construido, y los venderá a precio de oro.

Y, si los elfos habían acudido en auxilio de ese mediocre y lamentable sujeto, ¿por qué no podrían, como un favor personal y sin que sirviera de precedente, ayudarme a mí a terminar el proyecto?.


El despertador cumplió su cruel cometido a las nueve de la mañana, exactamente al mismo tiempo que las señales horarias de la radio daban paso al enésimo boletín informativo de mi vigilia. Solté un exabrupto y, sin dejar de refunfuñar ni por un momento, abrí los ojos y me quité los auriculares. Repasé mentalmente el plan de trabajo del día: ducharme, vestirme, desayunar un mísero café con leche con dos bollos, subir por las escaleras que conducen al cuarto donde tengo mi ordenador como si fueran el mismísimo puerto del Tourmalet, entrar en la habitación con las orejas gachas y con unas ganas terribles de salir a toda velocidad de allí, poner algún disco de música guerrera, tipo la banda sonora de “El último mohicano” o el “Eye of the tiger”, de Survivor, que me impulsara a luchar contra las adversidades y a no rendirme jamás, sentarme delante del monitor, y escribir y escribir hasta que mis dedos pidieran clemencia.

No me levanté de la cama hasta la una y media. Y, una hora más tarde, estaba en la escuela.

Si existía algún método de conseguir que los elfos vinieran en mi ayuda, y que me aliviaran de la pesada losa que había caído sobre mí sin comerlo ni beberlo, era absolutamente necesario que lo averiguara. Y, pensaba entonces, triste de mí, dónde mejor que en Internet.

Los ordenadores de Eurielec e Iecubo, asociaciones estudiantiles de las que soy socio y donde tengo cuentas que me permiten acceder a la red de redes, estaban todos ocupados, y la pinta era de que permanecerían ocupados durante un montón de horas. Malhumorado y temiéndome lo peor, me encaminé al Club Deportivo.

Entré, y nadie pareció darse cuenta de que había entrado. Porque estaba todo patas arriba, y a todos los que estaban dentro se les veía demasiado atareados para prestarme la más mínima atención.

Estaban encalando una pared.

O, mejor dicho, dos socios estaban echando yeso sobre un tabique de ladrillos y cemento que había brotado verticalmente a alrededor de medio metro de una de las esquinas de la habitación, al lado de la vitrina donde se exhiben orgullosas las copas y medallas conseguidas por las diferentes selecciones de la escuela, mientras los demás miraban atentos y comentaban en voz alta las incidencias de la obra. El muro llegaba hasta el techo y formaba diagonales casi perfectas con las paredes cuya intersección era la esquina antigua, su única misión parecía ser cubrir ésta en su totalidad.

-¿Qué hacéis, redecorando el garito? -pregunté.

-Estamos emparedando a la estrella del equipo femenino de petanca en minifalda -me respondió lacónico mi amigo Lucky, sin por ello dejar de manejar la espátula con la que estaba dando los últimos toques a la parte alta del muro.

-¿A Elena?. ¿Y por qué?.

-¡Ven conmigo, anda! -Pollo, un vacaburra de más de dos metros de alto curtido en mil tumultos y algaradas librados en canchas de baloncesto de infausto recuerdo para sus adversarios, se levantó airado de su butaca de cuero, me cogió del hombro derecho y me arrastró hasta la antesala del club. Allí hay varios tablones de anuncios, Pollo me señaló una nota clavada con chinchetas en uno de ellos -¡Lee!.

-"Todo aquel socio que el día 9 del presente mes no haya pagado sus copias de la foto oficial de Ronaldo vestido de sirenita será torturado y morirá entre horribles estertores. Que lo sepáis" -leí en voz alta.

-¿Y qué día es hoy? -me preguntó Pollo, con su rudeza habitual.

-El diez.... creo -respondí, tímidamente.

-¡Pues eso! -la cuestión había quedado claramente zanjada para mi interlocutor.

Concluida su explicación, Pollo juzgó había llegado el momento de volver a su butaca. Yo entré en el club tras él, y eché un vistazo al ordenador.

Como siempre, lo tenía monopolizado Urbano, el veterano presidente de la entidad. Probablemente estaría buscando algún dato absurdo en la Internet, del estilo de “Incidencia de la anorexia entre la población de gorrinos de la provincia de Segovia”, o “Influencia de la dermatitis seborreica en la poesía de Juan Ramón Jiménez”. En honor a la verdad, hay que decir que no es enteramente culpa suya el que esté pegado al ordenador todo el día a la caza de semejantes extravagancias. Más bien suelen ser embolados que le mandan sus pupilas del equipo de balonmano femenino de la Politécnica, del que Urbano es el flamante seleccionador.

-¿Te queda mucho? -le pregunté, con más bien poca convicción.

Pero Urbano no llegó a contestarme. Fue otra voz la que se oyó.

-¡Mi padre es rico, os dará todo lo que pidáis!. ¡Por favor, dejadme salir de aquí! -era Elena, haciendo un último y desesperado esfuerzo por librarse de su cruel destino.

-¡Tú, a callar, morosa! -rugió Pollo.

Se hizo el silencio al otro lado del muro.

-Silbando al trabajar... -el socio que estaba enyesando la parte baja del muro consideró oportuno el momento para ponerse a canturrear una de las canciones de la banda sonora de "Blancanieves y los siete enanitos".

Y, prácticamente al mismo tiempo, una sacudida de varios miles de voltios recorrió toda la inmensidad de mi cerebro.

Había una dama en apuros. Alguien que necesitaba desesperadamente la ayuda de un paladín alto, fuerte, de ojos claros y mirada penetrante.

Es decir, de mi augusta persona.

-Pero cómo sois tan desgraciados de emparedar a Elena -exclamé, con mi mejor voz de sir Lancelot. -Con lo guapa que era.

-¡Gabino, no me seas execrable ahora! -Urbano siempre ha tenido la extraña idea de que tengo un remoto parecido con Gabino Diego, algo realmente absurdo, puesto que yo a quien soy clavado es a Harrison Ford. -Vamos a ver, ¿qué diablos tiene que ver el que sea guapa con que pague o no sus deudas?.

Bueno, pues lo había intentado. Pese a mi fracaso, nadie podría decir que no había hecho cuanto estaba en mi mano por socorrer a Elena, una vez más había quedado como un auténtico señor. Me sentí orgulloso de mí mismo.

Ciertamente, ya nada me quedaba por hacer en el Club Deportivo. Urbano no tenía ninguna pinta de dejarme el ordenador, tendría que buscar la información sobre los elfos en otra parte. Saludé a mis amigos con la mano, y crucé la puerta de entrada.

-Oye, Kermit, tú no has visto nada -me dijo Lucky a la espalda, según me iba. -Ya sabes, son rumores, son rumores.


Miré a mi alrededor, y sonreí para mis adentros. El cuarto donde tengo el ordenador había adquirido un aspecto realmente bucólico, sin duda los elfos no podrían resistir la tentación de visitarlo. Diecisiete bonsáis, las hojas relucientes de puro bien cuidadas, los tallos rugosos y serpenteantes, diecisiete bonsáis recién regados plantados dentro de sus tiestos de loza y distribuidos a lo largo de todo el suelo de la habitación. Las paredes son blancas, pero en ese momento nadie podría afirmarlo. Estaban cubiertas casi en su totalidad por carteles del Icona advirtiendo sobre los peligros de quemar el monte innecesariamente, por ramitas arrancadas de una ridiculez de roble que a duras penas sobrevive en el jardín de mi casa, y por fotos en blanco y negro de la Tocino vestida de pastorcilla. Incluso había esparcido un poco de mantillo por la alfombra, aunque aquello ya empezaba a no parecerme tan buena idea.

Me había costado un montón conseguirlo todo. Concretamente, los bonsáis me habían salido por un ojo de la cara.

O, mejor dicho, le habían salido por un ojo de la cara a la tarjeta de crédito de mi padre.

Y es que no en balde uno es un hacha falsificando firmas.

Pero, en esos momentos aparentemente previos al triunfo, la sombra de una duda invadió mi semblante. El artículo donde había encontrado la información acerca de la irresistible atracción que sienten los elfos por las masas boscosas podría ser erróneo después de todo. No, no puede ser, me repetí machaconamente, intentando disipar los nubarrones que se habían apoderado de mi mente, el "Marca" es un periódico serio, el hecho de que el artículo esté ilustrado con una foto de Ronaldo vestido de Campanilla no indica absolutamente nada.

Un copazo de Stolichnaya me ayudó a restablecer el ánimo. Y, cuando lo terminé, las manecillas del reloj me indicaron que eran las diez de la noche.

La hora de dar los últimos toques al invento.

A los elfos, como criaturas etéreas y delicadas que son, les encanta la música. O, al menos, eso decía mi fuente de información, la única mínimamente fiable que había conseguido en el transcurso de mis pesquisas. Y yo comparto esas inquietudes artísticas, por eso duermo al lado de un radiocassette a pilas que astutamente había subido a la habitación del ordenador. Donde ya hay una cadena de alta fidelidad, pero conectada a la red eléctrica, muy vulnerable a reacciones histéricas de mis padres del tipo tú pones música a todo volumen nosotros te dejamos sin corriente, y a ver quién es el más chulo. A los muy insensibles también les da de vez en cuando por irrumpir pegando bocinazos en cuartos ajenos sin apenas mediar provocación, pero ese riesgo estaba perfectamente cubierto por unas cuñas de madera, otra cortesía más de la American Express de mi padre, que había colocado debajo de la puerta.

No conocía por aquel entonces los gustos de los elfos, pero imaginé que a una gente tan culta y refinada por fuerza le tendrían que agradar mis cintas de los Pogues y los Dublinners.

Escogí una de ellas al azar, y la puse a todo volumen. Al poco tiempo, comenzaron a oírse las airadas protestas de mis padres y hermanos, y alguien aporreó repetidas veces la puerta de la habitación. Yo, ni caso. Estaba demasiado ocupado escribiendo en un Pos-it todas las indicaciones sobre lo que tendrían que hacer los elfos para satisfacer mis necesidades.

Al cuarto de hora, se fue la luz. Una vil estratagema del enemigo, pensé, en cuanto se den cuenta de que nada consiguen darán marcha atrás. Efectivamente, así ocurrió, a los pocos minutos pude encender el ordenador y cargar los ficheros de mi proyecto.

Coloqué el Pos-it en la parte de abajo de la pantalla, apagué todas las lámparas, me escondí detrás de un sofá, suficientemente cerca del radiocassette a pilas para cambiar de cinta sin dificultad pero fuera del alcance visual de cualquier elfo que cayera en la trampa, y me dispuse a esperar.


A las cinco horas en punto de espera empezaba a estar ligeramente harto. Ninguna criatura se había dignado entrar en la habitación, excepción hecha de un par de libélulas a las que había tenido que echar a guantazos. La música era excelente, en modo alguno monótona, cada vuelta que daban las cintas descubría nuevos matices en las canciones de los Pogues y los Dublinners, pero lo que no resultaba tan maravilloso eran los fortísimos gritos y puñetazos en la pared con los que esporádicamente me torturaba mi hermano. Si, había estado a punto de replicarle más de una vez, tu dormitorio estará al lado de aquí, y salvo que te largues al sofá del salón, que es lo que tenías que haber hecho hace mucho tiempo, vas a pasar la noche en vela, pero eso no es excusa para tan deleznable comportamiento. Sólo el silencio que debía guardar para no delatar mi posición me había detenido.

A las cinco horas en punto de espera, empezaba a angustiarme. Me veía nuevamente sumido en una vida gris y sin esperanza, acosado hasta el fin de mis días por enjambres furibundos de características técnicas de teléfonos móviles o aparatos de fax, llorando amargamente por las noches y sólo de esa manera consiguiendo conciliar el sueño. Un auténtico castigo bíblico, a todas luces injustificado.

Unos segundos más tarde, mi cuerpo entero estaba preso de la agitación.

Eran dos y eran pequeños, a la luz de la luna no se podía vislumbrar mucho más de ellos, y estaban subiendo por las ramas de un plátano que crece a apenas dos metros de las paredes de mi casa. Despacio, sin hacer un solo ruido, camuflándose casi perfectamente entre las sombras, como los putos comandos del Viet-Cong.

Llegaron así a la rama que estaba más cerca de la ventana, y saltaron, uno detrás del otro. Una vez en la cornisa, observaron con detenimiento el interior de la habitación, olisquearon unas cuantas veces y, no detectándome, bajaron por los tubos del radiador y aterrizaron en la alfombra. Estuvieron unos segundos quietos, examinando el terreno, y luego treparon por la mesa del ordenador hasta colocarse delante del monitor, mirándolo fijamente. Ahora se los distinguía bastante mejor al contraluz, ambos debían de medir en torno a unos treinta centímetros de alto, eran muy delgados aunque no llegaban a resultar escuálidos, las orejas eran grandes y puntiagudas, y lucían ropajes presumiblemente verdes coronados por el inevitable gorrito estilo Robin Hood. Uno de ellos llevaba un enorme zurrón, aparentemente lleno a rebosar, colgado de la espalda.

El otro, que se había situado de frente a la parte derecha de la pantalla, arrancó el Pos-it y se puso a leerlo. Yo, agazapado detrás de mi escondrijo, mordí con fuerza un lápiz que minutos antes me había llevado a la boca, contuve la respiración, y apreté mis manos nerviosamente una contra la otra.

Mas poco duró mi euforia. Porque el elfo, en lugar de seguir mis instrucciones, lo que hizo fue estrujar el Pos-it hasta que quedó convertido en una bolita, apuntar a la papelera, y lanzarlo como si de un balón de baloncesto se tratara. Eso sí, con una técnica envidiable, igual que Drazen Petrovic en sus mejores tiempos, la bola describió una parábola perfecta y fue a alojarse al fondo de la papelera.

No, no está todo perdido, me dije a mí mismo, intentando buscar un rayo de esperanza en medio de la nada. Seguramente, ese será el modo de trabajar de los elfos, se aprenderán todo lo que tengan que hacer de memoria y luego ya no les será necesario el uso de chuletas ni similares.

Pero el castillo de naipes cayó en apenas veinte segundos. El tiempo que tardaron mis invitados en cargar el "Eco fighter", un matamarcianos para uno o dos jugadores en el que hay que salvar a la Tierra de la invasión de unas sabandijas intergalácticas empeñadas en salvar la capa de ozono y en proteger a las especies en peligro de extinción. Un juego de colores chillones y sonido estridente, una auténtica horterada, todavía no acierto a explicarme cómo diablos había venido a parar a mi ordenador.

Y lo peor del caso es que a los elfos se les daba condenadamente bien, no les costó prácticamente nada superar todos los récords que había tardado meses enteros en conseguir. Agachados como estaban, al borde ambos del descoyuntamiento, probablemente sufriendo lo indecible para manejar las cinco teclas que gobernaban cada una de sus moto-naves.

De repente, a la conclusión de una de las partidas, el elfo situado a la derecha de la pantalla se irguió, fue hacia donde estaba el zurrón de su compañero, que éste había apoyado sobre el ratón justo antes del inicio de las justas, extrajo un bulto rectangular del mismo, bajó con el bulto en sus brazos de un salto a la alfombra, y comenzó a andar en la dirección del radiocassette. Es decir, más o menos hacia mi posición, tuve que esconder la cabeza para evitar ser descubierto.

Poco después, oí el clac característico del botón "Stop" del aparato al ser accionado, y una de las magníficas canciones de los Dublinners fue interrumpida en la mitad. Al poco tiempo, sonó otro tipo de música radicalmente distinto.

El bulto rectangular que el elfo había sacado del zurrón, y que había traído consigo durante toda su travesía a través de la alfombra, era ni más ni menos que una cinta de audio.

Con los grandes éxitos de las Spice Girls.

Mi hermano golpeó con fuerza varias veces la pared, y yo me levanté como un resorte. Esa era la gota que colmaba el vaso.

-¿Pero qué cojones estáis haciendo? -pregunté a viva voz, furioso.

Podría contar aquello de que los elfos me miraron con ojos aterrados y balbucearon algo ininteligible antes de salir por piernas, o algo así. Pero no sería verdad. Porque los muy desgraciados no mostraron el menor signo de asombro o perplejidad, ni de nada semejante.

Uno de ellos, el que se había quedado delante del ordenador, prosiguió la partida que estaba jugando, esta vez en la modalidad de un solo jugador, como si la cosa no fuera con él. El otro, que todavía estaba en la alfombra, extendió el brazo apuntando a mi cabeza y murmuró unas palabras que la música no me permitió distinguir.

Y noté cómo un extraño hormigueo recorría mi cuerpo de cabo a rabo, y al poco tiempo ese hormigueo se transformó en un dolor lacerante, como de mil ampollas formándose y reventando a la vez. Quise llevar mis manos a las heridas, no pude, mis brazos habían desaparecido, mi visión también. Me desplomé sobre el suelo y allí me quedé, gimiendo en voz baja aunque la agonía prácticamente había cesado. Pero es que acababa de pasar por una de las experiencias más horribles y traumáticas de mi vida, todo un compendio de torturas medievales amenizadas a todo volumen por las canciones de las Spice Girls.

Al cabo de unos minutos, oí una voz tirando a aguda y estridente.

-Bueno, qué, ¿qué es lo que querías?.

Si bien había perdido brazos, piernas y ojos, mi capacidad deductiva permanecía intacta. No me costó mucho darme cuenta de que uno de los elfos quería hablar conmigo.

-¿Qué me habéis hecho? -pregunté, y todavía no me explico cómo lo hice, puesto que me percaté entonces de que también me había quedado sin dientes ni boca.

-Pues mira, te he convertido en una butifarra -fue la terrible contestación.

Casi me da algo al escucharla. Más de diez años estudiando una carrera salvaje, dura, matahombres, sufriendo lo indecible para mejorar el curriculum, y que todo ello sólo sirviera para acabar de artículo de charcutería barata. Me habría puesto a llorar de haber podido.

-¿Y por qué en una butifarra?. ¿Por qué no en una morcilla de Burgos, por ejemplo? -dije, más que nada para que no decayera la conversación.

-Yo es que soy de San Feliu de Guixols. Y a mí lo que me tiran son los productos de mi tierra, claro.

-Por supuesto -añadí.

-Pero dejemos de hablar de gilipolleces, por favor. A ver, ¿qué es lo que querías?.

-Lo ponía muy bien explicado en el Pos-it que tiraste a la papelera.

-Vale. Me acuerdo perfectamente. Ahora mismo te hago un presupuesto.

Me entró la risa floja al escuchar las dos últimas palabras. Un presupuesto. Así como sonaba. O sea, que después de experimentar conmigo suplicios desconocidos desde la época de Wilfredo el Velloso, después de transmutarme por todo el morro en un embutido de a cien duros el kilo, todavía pretendían cobrarme por sus servicios. Impresionante, de jaque mate.

-Toma, aquí tienes la calculadora -esa era claramente la voz del otro elfo, algo menos aguda que la de su compañero.

Comenzó éste su enumeración.

-A ver, cien horas de trabajo, a treinta mil pesetas la hora, hacen un total de... tres millones de pesetas.... A eso hay que añadirle el IVA, los gastos de kilometraje, ...., veamos, la póliza de huérfanos de los caídos en las luchas contra los trolls, el impuesto de matriculación, los complementos de productividad... Lo que hace un total de....

-¡JAA JA JA!

-Oye, que éste se está pitorreando de nosotros.

-Pues que le zurzan. Venga, vamos a echar otra partida.

-¡Esperad, esperad, no os vayáis! -exclamé, consiguiendo por fin dominar las carcajadas que se agolpaban en mi interior. -Que necesito haceros una pregunta.

-A ver, dispara -me dijo el elfo que había hecho el presupuesto.

-¿Por qué diablos no cobrasteis nada al zapatero al que ayudasteis y a mí, en cambio, me queréis sacar hasta el hígado?.

-Ah, pero esos no fuimos nosotros. Esos debieron de ser Gwylimm y Percival -apuntó el otro elfo.

-Dos pringados, se tomaron una poción que había hecho el mago Merlín contra las hemorroides y sus cerebros se reblandecieron - comentó su compañero.

-¿Y cómo podría contactar con Gwylimm y Percival?.

-No puedes. Están trabajando gratis, en una revista del hare Krishna.

-Pues qué bien.


Se fueron poco antes del amanecer, llevándose consigo sus cintas de las Spice Girls, y yo recobré mi forma normal. La falta de sueño y la experiencia de ser una butifarra durante varias horas me habían dejado molido, decidí tomarme un día de descanso de mi proyecto.

Mi proyecto. Nadie me ayudaría a hacerlo, tendría que currármelo yo por mi cuenta. Qué espanto.

Ordené un poco la habitación, bajé a mi cuarto, me tumbé en la cama, y cerré los ojos. Pero no pude dormirme, estaba demasiado nervioso.

Mi cabeza no paraba de dar vueltas y más vueltas.

Pero, en una de las vueltas, sucedió algo maravilloso.

Tuve una inspiración.


Las puertas de Teleco se abrieron a las ocho de la mañana. Entré, no había prácticamente nadie en la escuela. Un bedel me dejó la llave del Club Deportivo, y yo hice uso de ella.

-¿Qué tal, Elena? ¿Estás bien?-pregunté, solícito, nada más cruzar el umbral.

-Psche -respondió la estrella del equipo femenino de petanca en minifalda, su voz amortiguada por los ladrillos que la aprisionaban. -Un poco incómoda, la verdad.

-Oye, que voy a sacarte de aquí.

-Ah, qué bien.

-Pero con una pequeña condición...



Elena es una chica muy trabajadora, da gusto verla teclear los datos de mi proyecto mientras yo, repantingado en el sofá de la habitación del ordenador, aprovecho la coyuntura para escuchar música y releer mis libros de Astérix.

Pero no vayáis a pensar que la trato mal, o que la tengo esclavizada. Ni mucho menos. De vez en cuando, incluso la llevo a mi dormitorio y la encierro en el armario para que descanse, con un poco de comida y algo para beber. Yo, entre tanto, me voy al zoo a ver a los animalitos, a la vuelta mi madre me comenta que se han oído extraños ruidos procedentes de mi cuarto, algunos incluso remotamente parecidos a gritos de auxilio. Yo le explico que es un hámster al que he adoptado, mi madre tiene unas ideas un tanto anticuadas y es posible que si le dijera la verdad se enfadara conmigo, ella me mira como diciendo hijo mío, eres un desastre y siempre serás un desastre, no sé como te aguanto. Yo me encojo de hombros y sigo mi camino.

Mi proyecto avanza a pasos agigantados, pronto estará acabado y tendré que dejar marchar a Elena. Creo que la voy a echar mucho de menos.


Aunque últimamente estoy pensando que podría hacer el doctorado.