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El timbre
del teléfono rompió
el silencio de la noche, y para
mi desgracia yo estaba allí.
Pocos minutos antes, me había
visto forzado a levantarme de
la cama, angustiado por la perspectiva
de una larga vigilia no deseada,
de que llegaran las luces del
alba y me pillaran, como tantas
y tantas otras veces, con los
cascos puestos y escuchando
la programación nocturna
de la cadena Ser. Había
encaminado mis pasos al salón,
y allí estaba, delante
de la biblioteca, buscando desesperadamente
un tomo que me ayudara en mi
agónica lucha contra
el insomnio, por eso me pilló
el toque del teléfono
lejos de cualquier refugio.
Yo soy una
persona dulce y amable, normalmente
no tengo ningún reparo
en ponerme al aparato, pero
cuando estás desvelado
a las tres de la madrugada tu
escala de valores tiende a cambiar
radicalmente. Con lo que, frunciendo
el entrecejo, decidí
que fuera el contestador automático
el que tomara las riendas del
asunto.
Al cabo de
unos segundos, comenzó
a oírse el mensaje.
-Kermit, soy
Enrique. ¡Venga, cojones,
contesta de una vez! -tenía
que haberlo supuesto. Las llamadas
nocturnas e intempestivas de
Quique son temidas en los hogares
de todos sus amigos, entre los
cuales tengo la inmensa suerte
de estar incluido. Pese a nuestros
sagrados e indisolubles lazos
de camaradería, no me
resultó muy difícil
tomar la decisión de
no coger.
-¿Kermit?.
¿Kermit?. ¿Qué
pasa, Kermit, te has vuelto
gilipollas de repente? -lo que
faltaba. Quique parecía
dispuesto a, una vez más,
rellenar toda la cinta del contestador
con su estúpida conversación.
Maldiciendo entre dientes, tuve
que sacrificarme.
-Quique, soy
yo. ¿Qué mosca
te ha picado?.
-Kermit, no
consigo dormirme.
-Ah. No me
digas -contesté, poniendo
una voz de infinita consternación
cuya ironía se le escapó
por completo a Quique.
-Oye, ¿podrías
contarme un cuento?.
Durante unos
segundos no supe qué
responder. No daba crédito
a mis oídos, la situación
se me antojaba producto de un
mal sueño.
-Venga, ¿me
lo cuentas, o no? -efectivamente,
era verdad. A sus veintisiete
años. Y me había
espetado la pregunta como si
fuera la cosa más natural
del mundo. Como si me estuviera
pidiendo los apuntes de clase,
o la dirección de una
tienda de discos de música
irlandesa.
Finalmente,
conseguí reunir las fuerzas
necesarias para responder.
-Oye, Quique.
¿No sería mejor
que fuera tu señora madre
la que te contara el cuento?
-puse aquí un tono lo
más neutro posible, intentando
dar tiempo a mi cerebro para
que decidiera cómo reaccionar.
-Es que está
afónica, la pobrecita.
-Vaya, lo
siento.
Intuí
entonces cuál era la
estrategia más adecuada
para enfrentarme a la crisis.
-Quique, ¿te
enfadarías mucho si te
dijera que la respuesta es no?.
Pero mi amigo
no estaba dispuesto a rendirse
tan fácilmente.
-¿Tienes
todavía mis cintas de
los Pogues y los Dublinners?.
Podrías devolvérmelas.
-Está
bien, tú ganas. ¿Qué
cuento prefieres?.
-Me da igual.
El que más rabia te dé.
En la biblioteca
de mi casa hay un viejo tomo,
de venerables tapas marrones
oscuro y hojas amarilleadas
por los años, ilustrado
por algún contemporáneo
de Gustavo Doré o tal
vez incluso por el propio Gustavo
Doré. Allí están
todos los cuentos de los hermanos
Grimm, impresos con una letra
grande y clara, subrayados y
comentados a lápiz por
algún antepasado mío
cuyo recuerdo hace mucho se
perdió en la noche de
los tiempos. Cogí el
libro, y lo abrí al azar.
El agraciado
resultó ser "Los
elfos y el zapatero", un
cuento en el que unos duendes
ayudan a un miembro de la clase
obrera a salir de la más
negra de las miserias trabajando
en su lugar, confeccionando
pares de zapatos como nadie
en la comarca había visto
jamás, haciendo que la
tienda del individuo se convierta
en lugar de peregrinaje de todos
los lechuguinos de los alrededores.
Comencé a leerlo en alto,
y no paré hasta que oí
a Quique roncar al otro extremo
de la línea.
Colgué
el teléfono, y volví
a la cama. Y, por supuesto,
no conseguí dormirme.
Una extraña
idea rondaba en mi cabeza.
Pero, antes
de que os la explique, conviene
que sepáis quien soy
yo.
Me llamo Kermit,
dato este que supongo no constituirá
una sorpresa para vosotros,
y hace ya muchos años
que entré a formar parte
del elenco de estudiantes de
la Escuela de Ingenieros de
Telecomunicación de Madrid,
Teleco para los amigos. Para
descubrir, mucho tiempo más
tarde, que me había equivocado
de carrera, que mi auténtica
vocación era la de salteador
de caminos, profesión
para cuyo ejercicio estaba en
modo alguno preparado. Amargado
y deprimido, conseguí
aprobar por los pelos las últimas
asignaturas, e imploré
y supliqué por todos
los departamentos hasta que
por fin me dieron un Proyecto
de Fin de Carrera. Que es algo
así como un doctorado
a lo cutre, horas y horas dejándote
la vista delante del ordenador
sin que nadie te lo agradezca
ni mucho menos te lo pague,
investigando el comportamiento
de datos insulsos y monótonos
a los que con gusto retorcerías
el pescuezo si pudieras, y mientras
tanto los mejores años
de tu vida pasando en balde,
el declive y la fosilización
cada día más cercanos.
Y luego, encima, tienes que
escribir un tomazo con tus soporíferas
averiguaciones, mil quinientas
páginas con buena letra
e ilustradas a todo color, y
no precisamente por Gustavo
Doré ni nadie que se
le parezca.
En esa última
fase de los estudios estaba
yo, precisamente, la noche en
la que Quique me llamó
para que le contara un cuento.
Después,
como ya he dicho antes, un extraño
pensamiento bullía en
mi cerebro.
Elfos. Elfos
que vienen de noche, en silencio.
Cogen los trozos de cuero que
el zapatero ha preparado durante
el día, aguja e hilo,
y empiezan a coser. El zapatero
duerme mientras tanto, duerme
tranquilo porque sabe que su
negocio va viento en popa, porque
sabe que ya nadie le va a privar
de su pensión de jubilación
y de sus partidas de julepe
los domingos por la tarde. Al
día siguiente recogerá
los zapatos que sus resplandecientes
amigos han construido, y los
venderá a precio de oro.
Y, si los
elfos habían acudido
en auxilio de ese mediocre y
lamentable sujeto, ¿por
qué no podrían,
como un favor personal y sin
que sirviera de precedente,
ayudarme a mí a terminar
el proyecto?.
El despertador cumplió
su cruel cometido a las nueve
de la mañana, exactamente
al mismo tiempo que las señales
horarias de la radio daban paso
al enésimo boletín
informativo de mi vigilia. Solté
un exabrupto y, sin dejar de
refunfuñar ni por un
momento, abrí los ojos
y me quité los auriculares.
Repasé mentalmente el
plan de trabajo del día:
ducharme, vestirme, desayunar
un mísero café
con leche con dos bollos, subir
por las escaleras que conducen
al cuarto donde tengo mi ordenador
como si fueran el mismísimo
puerto del Tourmalet, entrar
en la habitación con
las orejas gachas y con unas
ganas terribles de salir a toda
velocidad de allí, poner
algún disco de música
guerrera, tipo la banda sonora
de “El último mohicano”
o el “Eye of the tiger”,
de Survivor, que me impulsara
a luchar contra las adversidades
y a no rendirme jamás,
sentarme delante del monitor,
y escribir y escribir hasta
que mis dedos pidieran clemencia.
No me levanté
de la cama hasta la una y media.
Y, una hora más tarde,
estaba en la escuela.
Si existía
algún método de
conseguir que los elfos vinieran
en mi ayuda, y que me aliviaran
de la pesada losa que había
caído sobre mí
sin comerlo ni beberlo, era
absolutamente necesario que
lo averiguara. Y, pensaba entonces,
triste de mí, dónde
mejor que en Internet.
Los ordenadores
de Eurielec e Iecubo, asociaciones
estudiantiles de las que soy
socio y donde tengo cuentas
que me permiten acceder a la
red de redes, estaban todos
ocupados, y la pinta era de
que permanecerían ocupados
durante un montón de
horas. Malhumorado y temiéndome
lo peor, me encaminé
al Club Deportivo.
Entré,
y nadie pareció darse
cuenta de que había entrado.
Porque estaba todo patas arriba,
y a todos los que estaban dentro
se les veía demasiado
atareados para prestarme la
más mínima atención.
Estaban encalando
una pared.
O, mejor dicho,
dos socios estaban echando yeso
sobre un tabique de ladrillos
y cemento que había brotado
verticalmente a alrededor de
medio metro de una de las esquinas
de la habitación, al
lado de la vitrina donde se
exhiben orgullosas las copas
y medallas conseguidas por las
diferentes selecciones de la
escuela, mientras los demás
miraban atentos y comentaban
en voz alta las incidencias
de la obra. El muro llegaba
hasta el techo y formaba diagonales
casi perfectas con las paredes
cuya intersección era
la esquina antigua, su única
misión parecía
ser cubrir ésta en su
totalidad.
-¿Qué
hacéis, redecorando el
garito? -pregunté.
-Estamos emparedando
a la estrella del equipo femenino
de petanca en minifalda -me
respondió lacónico
mi amigo Lucky, sin por ello
dejar de manejar la espátula
con la que estaba dando los
últimos toques a la parte
alta del muro.
-¿A
Elena?. ¿Y por qué?.
-¡Ven
conmigo, anda! -Pollo, un vacaburra
de más de dos metros
de alto curtido en mil tumultos
y algaradas librados en canchas
de baloncesto de infausto recuerdo
para sus adversarios, se levantó
airado de su butaca de cuero,
me cogió del hombro derecho
y me arrastró hasta la
antesala del club. Allí
hay varios tablones de anuncios,
Pollo me señaló
una nota clavada con chinchetas
en uno de ellos -¡Lee!.
-"Todo
aquel socio que el día
9 del presente mes no haya pagado
sus copias de la foto oficial
de Ronaldo vestido de sirenita
será torturado y morirá
entre horribles estertores.
Que lo sepáis" -leí
en voz alta.
-¿Y
qué día es hoy?
-me preguntó Pollo, con
su rudeza habitual.
-El diez....
creo -respondí, tímidamente.
-¡Pues
eso! -la cuestión había
quedado claramente zanjada para
mi interlocutor.
Concluida
su explicación, Pollo
juzgó había llegado
el momento de volver a su butaca.
Yo entré en el club tras
él, y eché un
vistazo al ordenador.
Como siempre,
lo tenía monopolizado
Urbano, el veterano presidente
de la entidad. Probablemente
estaría buscando algún
dato absurdo en la Internet,
del estilo de “Incidencia
de la anorexia entre la población
de gorrinos de la provincia
de Segovia”, o “Influencia
de la dermatitis seborreica
en la poesía de Juan
Ramón Jiménez”.
En honor a la verdad, hay que
decir que no es enteramente
culpa suya el que esté
pegado al ordenador todo el
día a la caza de semejantes
extravagancias. Más bien
suelen ser embolados que le
mandan sus pupilas del equipo
de balonmano femenino de la
Politécnica, del que
Urbano es el flamante seleccionador.
-¿Te
queda mucho? -le pregunté,
con más bien poca convicción.
Pero Urbano
no llegó a contestarme.
Fue otra voz la que se oyó.
-¡Mi
padre es rico, os dará
todo lo que pidáis!.
¡Por favor, dejadme salir
de aquí! -era Elena,
haciendo un último y
desesperado esfuerzo por librarse
de su cruel destino.
-¡Tú,
a callar, morosa! -rugió
Pollo.
Se hizo el
silencio al otro lado del muro.
-Silbando
al trabajar... -el socio que
estaba enyesando la parte baja
del muro consideró oportuno
el momento para ponerse a canturrear
una de las canciones de la banda
sonora de "Blancanieves
y los siete enanitos".
Y, prácticamente
al mismo tiempo, una sacudida
de varios miles de voltios recorrió
toda la inmensidad de mi cerebro.
Había
una dama en apuros. Alguien
que necesitaba desesperadamente
la ayuda de un paladín
alto, fuerte, de ojos claros
y mirada penetrante.
Es decir,
de mi augusta persona.
-Pero cómo
sois tan desgraciados de emparedar
a Elena -exclamé, con
mi mejor voz de sir Lancelot.
-Con lo guapa que era.
-¡Gabino,
no me seas execrable ahora!
-Urbano siempre ha tenido la
extraña idea de que tengo
un remoto parecido con Gabino
Diego, algo realmente absurdo,
puesto que yo a quien soy clavado
es a Harrison Ford. -Vamos a
ver, ¿qué diablos
tiene que ver el que sea guapa
con que pague o no sus deudas?.
Bueno, pues
lo había intentado. Pese
a mi fracaso, nadie podría
decir que no había hecho
cuanto estaba en mi mano por
socorrer a Elena, una vez más
había quedado como un
auténtico señor.
Me sentí orgulloso de
mí mismo.
Ciertamente,
ya nada me quedaba por hacer
en el Club Deportivo. Urbano
no tenía ninguna pinta
de dejarme el ordenador, tendría
que buscar la información
sobre los elfos en otra parte.
Saludé a mis amigos con
la mano, y crucé la puerta
de entrada.
-Oye, Kermit,
tú no has visto nada
-me dijo Lucky a la espalda,
según me iba. -Ya sabes,
son rumores, son rumores.
Miré a mi alrededor,
y sonreí para mis adentros.
El cuarto donde tengo el ordenador
había adquirido un aspecto
realmente bucólico, sin
duda los elfos no podrían
resistir la tentación
de visitarlo. Diecisiete bonsáis,
las hojas relucientes de puro
bien cuidadas, los tallos rugosos
y serpenteantes, diecisiete
bonsáis recién
regados plantados dentro de
sus tiestos de loza y distribuidos
a lo largo de todo el suelo
de la habitación. Las
paredes son blancas, pero en
ese momento nadie podría
afirmarlo. Estaban cubiertas
casi en su totalidad por carteles
del Icona advirtiendo sobre
los peligros de quemar el monte
innecesariamente, por ramitas
arrancadas de una ridiculez
de roble que a duras penas sobrevive
en el jardín de mi casa,
y por fotos en blanco y negro
de la Tocino vestida de pastorcilla.
Incluso había esparcido
un poco de mantillo por la alfombra,
aunque aquello ya empezaba a
no parecerme tan buena idea.
Me había
costado un montón conseguirlo
todo. Concretamente, los bonsáis
me habían salido por
un ojo de la cara.
O, mejor dicho,
le habían salido por
un ojo de la cara a la tarjeta
de crédito de mi padre.
Y es que no
en balde uno es un hacha falsificando
firmas.
Pero, en esos
momentos aparentemente previos
al triunfo, la sombra de una
duda invadió mi semblante.
El artículo donde había
encontrado la información
acerca de la irresistible atracción
que sienten los elfos por las
masas boscosas podría
ser erróneo después
de todo. No, no puede ser, me
repetí machaconamente,
intentando disipar los nubarrones
que se habían apoderado
de mi mente, el "Marca"
es un periódico serio,
el hecho de que el artículo
esté ilustrado con una
foto de Ronaldo vestido de Campanilla
no indica absolutamente nada.
Un copazo
de Stolichnaya me ayudó
a restablecer el ánimo.
Y, cuando lo terminé,
las manecillas del reloj me
indicaron que eran las diez
de la noche.
La hora de
dar los últimos toques
al invento.
A los elfos,
como criaturas etéreas
y delicadas que son, les encanta
la música. O, al menos,
eso decía mi fuente de
información, la única
mínimamente fiable que
había conseguido en el
transcurso de mis pesquisas.
Y yo comparto esas inquietudes
artísticas, por eso duermo
al lado de un radiocassette
a pilas que astutamente había
subido a la habitación
del ordenador. Donde ya hay
una cadena de alta fidelidad,
pero conectada a la red eléctrica,
muy vulnerable a reacciones
histéricas de mis padres
del tipo tú pones música
a todo volumen nosotros te dejamos
sin corriente, y a ver quién
es el más chulo. A los
muy insensibles también
les da de vez en cuando por
irrumpir pegando bocinazos en
cuartos ajenos sin apenas mediar
provocación, pero ese
riesgo estaba perfectamente
cubierto por unas cuñas
de madera, otra cortesía
más de la American Express
de mi padre, que había
colocado debajo de la puerta.
No conocía
por aquel entonces los gustos
de los elfos, pero imaginé
que a una gente tan culta y
refinada por fuerza le tendrían
que agradar mis cintas de los
Pogues y los Dublinners.
Escogí
una de ellas al azar, y la puse
a todo volumen. Al poco tiempo,
comenzaron a oírse las
airadas protestas de mis padres
y hermanos, y alguien aporreó
repetidas veces la puerta de
la habitación. Yo, ni
caso. Estaba demasiado ocupado
escribiendo en un Pos-it todas
las indicaciones sobre lo que
tendrían que hacer los
elfos para satisfacer mis necesidades.
Al cuarto
de hora, se fue la luz. Una
vil estratagema del enemigo,
pensé, en cuanto se den
cuenta de que nada consiguen
darán marcha atrás.
Efectivamente, así ocurrió,
a los pocos minutos pude encender
el ordenador y cargar los ficheros
de mi proyecto.
Coloqué
el Pos-it en la parte de abajo
de la pantalla, apagué
todas las lámparas, me
escondí detrás
de un sofá, suficientemente
cerca del radiocassette a pilas
para cambiar de cinta sin dificultad
pero fuera del alcance visual
de cualquier elfo que cayera
en la trampa, y me dispuse a
esperar.
A las cinco horas en punto de
espera empezaba a estar ligeramente
harto. Ninguna criatura se había
dignado entrar en la habitación,
excepción hecha de un
par de libélulas a las
que había tenido que
echar a guantazos. La música
era excelente, en modo alguno
monótona, cada vuelta
que daban las cintas descubría
nuevos matices en las canciones
de los Pogues y los Dublinners,
pero lo que no resultaba tan
maravilloso eran los fortísimos
gritos y puñetazos en
la pared con los que esporádicamente
me torturaba mi hermano. Si,
había estado a punto
de replicarle más de
una vez, tu dormitorio estará
al lado de aquí, y salvo
que te largues al sofá
del salón, que es lo
que tenías que haber
hecho hace mucho tiempo, vas
a pasar la noche en vela, pero
eso no es excusa para tan deleznable
comportamiento. Sólo
el silencio que debía
guardar para no delatar mi posición
me había detenido.
A las cinco
horas en punto de espera, empezaba
a angustiarme. Me veía
nuevamente sumido en una vida
gris y sin esperanza, acosado
hasta el fin de mis días
por enjambres furibundos de
características técnicas
de teléfonos móviles
o aparatos de fax, llorando
amargamente por las noches y
sólo de esa manera consiguiendo
conciliar el sueño. Un
auténtico castigo bíblico,
a todas luces injustificado.
Unos segundos
más tarde, mi cuerpo
entero estaba preso de la agitación.
Eran dos y
eran pequeños, a la luz
de la luna no se podía
vislumbrar mucho más
de ellos, y estaban subiendo
por las ramas de un plátano
que crece a apenas dos metros
de las paredes de mi casa. Despacio,
sin hacer un solo ruido, camuflándose
casi perfectamente entre las
sombras, como los putos comandos
del Viet-Cong.
Llegaron así
a la rama que estaba más
cerca de la ventana, y saltaron,
uno detrás del otro.
Una vez en la cornisa, observaron
con detenimiento el interior
de la habitación, olisquearon
unas cuantas veces y, no detectándome,
bajaron por los tubos del radiador
y aterrizaron en la alfombra.
Estuvieron unos segundos quietos,
examinando el terreno, y luego
treparon por la mesa del ordenador
hasta colocarse delante del
monitor, mirándolo fijamente.
Ahora se los distinguía
bastante mejor al contraluz,
ambos debían de medir
en torno a unos treinta centímetros
de alto, eran muy delgados aunque
no llegaban a resultar escuálidos,
las orejas eran grandes y puntiagudas,
y lucían ropajes presumiblemente
verdes coronados por el inevitable
gorrito estilo Robin Hood. Uno
de ellos llevaba un enorme zurrón,
aparentemente lleno a rebosar,
colgado de la espalda.
El otro, que
se había situado de frente
a la parte derecha de la pantalla,
arrancó el Pos-it y se
puso a leerlo. Yo, agazapado
detrás de mi escondrijo,
mordí con fuerza un lápiz
que minutos antes me había
llevado a la boca, contuve la
respiración, y apreté
mis manos nerviosamente una
contra la otra.
Mas poco duró
mi euforia. Porque el elfo,
en lugar de seguir mis instrucciones,
lo que hizo fue estrujar el
Pos-it hasta que quedó
convertido en una bolita, apuntar
a la papelera, y lanzarlo como
si de un balón de baloncesto
se tratara. Eso sí, con
una técnica envidiable,
igual que Drazen Petrovic en
sus mejores tiempos, la bola
describió una parábola
perfecta y fue a alojarse al
fondo de la papelera.
No, no está
todo perdido, me dije a mí
mismo, intentando buscar un
rayo de esperanza en medio de
la nada. Seguramente, ese será
el modo de trabajar de los elfos,
se aprenderán todo lo
que tengan que hacer de memoria
y luego ya no les será
necesario el uso de chuletas
ni similares.
Pero el castillo
de naipes cayó en apenas
veinte segundos. El tiempo que
tardaron mis invitados en cargar
el "Eco fighter",
un matamarcianos para uno o
dos jugadores en el que hay
que salvar a la Tierra de la
invasión de unas sabandijas
intergalácticas empeñadas
en salvar la capa de ozono y
en proteger a las especies en
peligro de extinción.
Un juego de colores chillones
y sonido estridente, una auténtica
horterada, todavía no
acierto a explicarme cómo
diablos había venido
a parar a mi ordenador.
Y lo peor
del caso es que a los elfos
se les daba condenadamente bien,
no les costó prácticamente
nada superar todos los récords
que había tardado meses
enteros en conseguir. Agachados
como estaban, al borde ambos
del descoyuntamiento, probablemente
sufriendo lo indecible para
manejar las cinco teclas que
gobernaban cada una de sus moto-naves.
De repente,
a la conclusión de una
de las partidas, el elfo situado
a la derecha de la pantalla
se irguió, fue hacia
donde estaba el zurrón
de su compañero, que
éste había apoyado
sobre el ratón justo
antes del inicio de las justas,
extrajo un bulto rectangular
del mismo, bajó con el
bulto en sus brazos de un salto
a la alfombra, y comenzó
a andar en la dirección
del radiocassette. Es decir,
más o menos hacia mi
posición, tuve que esconder
la cabeza para evitar ser descubierto.
Poco después,
oí el clac característico
del botón "Stop"
del aparato al ser accionado,
y una de las magníficas
canciones de los Dublinners
fue interrumpida en la mitad.
Al poco tiempo, sonó
otro tipo de música radicalmente
distinto.
El bulto rectangular
que el elfo había sacado
del zurrón, y que había
traído consigo durante
toda su travesía a través
de la alfombra, era ni más
ni menos que una cinta de audio.
Con los grandes
éxitos de las Spice Girls.
Mi hermano
golpeó con fuerza varias
veces la pared, y yo me levanté
como un resorte. Esa era la
gota que colmaba el vaso.
-¿Pero
qué cojones estáis
haciendo? -pregunté a
viva voz, furioso.
Podría
contar aquello de que los elfos
me miraron con ojos aterrados
y balbucearon algo ininteligible
antes de salir por piernas,
o algo así. Pero no sería
verdad. Porque los muy desgraciados
no mostraron el menor signo
de asombro o perplejidad, ni
de nada semejante.
Uno de ellos,
el que se había quedado
delante del ordenador, prosiguió
la partida que estaba jugando,
esta vez en la modalidad de
un solo jugador, como si la
cosa no fuera con él.
El otro, que todavía
estaba en la alfombra, extendió
el brazo apuntando a mi cabeza
y murmuró unas palabras
que la música no me permitió
distinguir.
Y noté
cómo un extraño
hormigueo recorría mi
cuerpo de cabo a rabo, y al
poco tiempo ese hormigueo se
transformó en un dolor
lacerante, como de mil ampollas
formándose y reventando
a la vez. Quise llevar mis manos
a las heridas, no pude, mis
brazos habían desaparecido,
mi visión también.
Me desplomé sobre el
suelo y allí me quedé,
gimiendo en voz baja aunque
la agonía prácticamente
había cesado. Pero es
que acababa de pasar por una
de las experiencias más
horribles y traumáticas
de mi vida, todo un compendio
de torturas medievales amenizadas
a todo volumen por las canciones
de las Spice Girls.
Al cabo de
unos minutos, oí una
voz tirando a aguda y estridente.
-Bueno, qué,
¿qué es lo que
querías?.
Si bien había
perdido brazos, piernas y ojos,
mi capacidad deductiva permanecía
intacta. No me costó
mucho darme cuenta de que uno
de los elfos quería hablar
conmigo.
-¿Qué
me habéis hecho? -pregunté,
y todavía no me explico
cómo lo hice, puesto
que me percaté entonces
de que también me había
quedado sin dientes ni boca.
-Pues mira,
te he convertido en una butifarra
-fue la terrible contestación.
Casi me da
algo al escucharla. Más
de diez años estudiando
una carrera salvaje, dura, matahombres,
sufriendo lo indecible para
mejorar el curriculum, y que
todo ello sólo sirviera
para acabar de artículo
de charcutería barata.
Me habría puesto a llorar
de haber podido.
-¿Y
por qué en una butifarra?.
¿Por qué no en
una morcilla de Burgos, por
ejemplo? -dije, más que
nada para que no decayera la
conversación.
-Yo es que
soy de San Feliu de Guixols.
Y a mí lo que me tiran
son los productos de mi tierra,
claro.
-Por supuesto
-añadí.
-Pero dejemos
de hablar de gilipolleces, por
favor. A ver, ¿qué
es lo que querías?.
-Lo ponía
muy bien explicado en el Pos-it
que tiraste a la papelera.
-Vale. Me
acuerdo perfectamente. Ahora
mismo te hago un presupuesto.
Me entró
la risa floja al escuchar las
dos últimas palabras.
Un presupuesto. Así como
sonaba. O sea, que después
de experimentar conmigo suplicios
desconocidos desde la época
de Wilfredo el Velloso, después
de transmutarme por todo el
morro en un embutido de a cien
duros el kilo, todavía
pretendían cobrarme por
sus servicios. Impresionante,
de jaque mate.
-Toma, aquí
tienes la calculadora -esa era
claramente la voz del otro elfo,
algo menos aguda que la de su
compañero.
Comenzó
éste su enumeración.
-A ver, cien
horas de trabajo, a treinta
mil pesetas la hora, hacen un
total de... tres millones de
pesetas.... A eso hay que añadirle
el IVA, los gastos de kilometraje,
...., veamos, la póliza
de huérfanos de los caídos
en las luchas contra los trolls,
el impuesto de matriculación,
los complementos de productividad...
Lo que hace un total de....
-¡JAA
JA JA!
-Oye, que
éste se está pitorreando
de nosotros.
-Pues que
le zurzan. Venga, vamos a echar
otra partida.
-¡Esperad,
esperad, no os vayáis!
-exclamé, consiguiendo
por fin dominar las carcajadas
que se agolpaban en mi interior.
-Que necesito haceros una pregunta.
-A ver, dispara
-me dijo el elfo que había
hecho el presupuesto.
-¿Por
qué diablos no cobrasteis
nada al zapatero al que ayudasteis
y a mí, en cambio, me
queréis sacar hasta el
hígado?.
-Ah, pero
esos no fuimos nosotros. Esos
debieron de ser Gwylimm y Percival
-apuntó el otro elfo.
-Dos pringados,
se tomaron una poción
que había hecho el mago
Merlín contra las hemorroides
y sus cerebros se reblandecieron
- comentó su compañero.
-¿Y
cómo podría contactar
con Gwylimm y Percival?.
-No puedes.
Están trabajando gratis,
en una revista del hare Krishna.
-Pues qué
bien.
Se fueron poco antes del amanecer,
llevándose consigo sus
cintas de las Spice Girls, y
yo recobré mi forma normal.
La falta de sueño y la
experiencia de ser una butifarra
durante varias horas me habían
dejado molido, decidí
tomarme un día de descanso
de mi proyecto.
Mi proyecto.
Nadie me ayudaría a hacerlo,
tendría que currármelo
yo por mi cuenta. Qué
espanto.
Ordené
un poco la habitación,
bajé a mi cuarto, me
tumbé en la cama, y cerré
los ojos. Pero no pude dormirme,
estaba demasiado nervioso.
Mi cabeza
no paraba de dar vueltas y más
vueltas.
Pero, en una
de las vueltas, sucedió
algo maravilloso.
Tuve una inspiración.
Las puertas de Teleco se abrieron
a las ocho de la mañana.
Entré, no había
prácticamente nadie en
la escuela. Un bedel me dejó
la llave del Club Deportivo,
y yo hice uso de ella.
-¿Qué
tal, Elena? ¿Estás
bien?-pregunté, solícito,
nada más cruzar el umbral.
-Psche -respondió
la estrella del equipo femenino
de petanca en minifalda, su
voz amortiguada por los ladrillos
que la aprisionaban. -Un poco
incómoda, la verdad.
-Oye, que
voy a sacarte de aquí.
-Ah, qué
bien.
-Pero con
una pequeña condición...
Elena es una chica muy trabajadora,
da gusto verla teclear los datos
de mi proyecto mientras yo,
repantingado en el sofá
de la habitación del
ordenador, aprovecho la coyuntura
para escuchar música
y releer mis libros de Astérix.
Pero no vayáis
a pensar que la trato mal, o
que la tengo esclavizada. Ni
mucho menos. De vez en cuando,
incluso la llevo a mi dormitorio
y la encierro en el armario
para que descanse, con un poco
de comida y algo para beber.
Yo, entre tanto, me voy al zoo
a ver a los animalitos, a la
vuelta mi madre me comenta que
se han oído extraños
ruidos procedentes de mi cuarto,
algunos incluso remotamente
parecidos a gritos de auxilio.
Yo le explico que es un hámster
al que he adoptado, mi madre
tiene unas ideas un tanto anticuadas
y es posible que si le dijera
la verdad se enfadara conmigo,
ella me mira como diciendo hijo
mío, eres un desastre
y siempre serás un desastre,
no sé como te aguanto.
Yo me encojo de hombros y sigo
mi camino.
Mi proyecto
avanza a pasos agigantados,
pronto estará acabado
y tendré que dejar marchar
a Elena. Creo que la voy a echar
mucho de menos.
Aunque últimamente estoy
pensando que podría hacer
el doctorado.
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