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Pocas veces
se había visto tanta
actividad en el granero del
castillo de Airún. Mientras
el tuerto Eurigio vigilaba que
el portón de entrada
se mantuviera cerrado, un ejército
de aldeanos, capitaneado por
Virenia, Amelia y Guzmán,
daba las últimas puntadas
al ala izquierda del coloso
que había estado levantando
las últimas noches. Si
todo salía bien, la gigantesca
cometa se elevaría a
los cielos en unos pocos días,
y el príncipe Hugo podría
ganarse sus espuelas de caballero.
Era un buen
muchacho, el príncipe.
Era uno de esos seres encantadoramente
desorientados que se pierden
hasta en el patio de su casa,
e iba a todas partes distraído,
ensimismado, y singularmente
mal vestido, pero siempre estaba
dispuesto a bajarse del caballo
y echar una mano con la siembra
o la recolección, o a
mirar al otro lado si algún
campesino hambriento abatía
un ciervo real. Y más
de una doncella se había
librado de pasar la noche de
bodas en la cama de algún
noble, gracias a su intercesión.
Por eso habían ido sus
súbditos tantas noches
al granero, olvidándose
de que tenían que dormir.
Ya no quedaban
dragones en el reino. El último
había sucumbido, hacía
ya quince años, bajo
la espada del duque Silano,
tío del príncipe.
Pero la norma que obligaba a
los aspirantes a caballero a
matar un lagarto gigante todavía
no había sido derogada
y, si no conseguía las
espuelas, el príncipe
no podría obtener la
mano de la hija de los condes
de Leuren, su gran amor desde
que ambos eran niños.
Y eso le hacía andar
triste y cabizbajo, especialmente
cuando alguno de los heraldos
que había mandado a países
lejanos volvía, y le
comunicaba que allí tampoco
había encontrado nada.
Si todo salía
bien, en unos pocos días
un gigantesco dragón
de tela surcaría los
cielos, y nadie fuera de los
autores se percataría
del engaño. Si todo salía
bien, en unos pocos días
el príncipe Hugo demostraría
su valía en un épico
combate y volvería al
castillo sonriente, admirado
ante su casi milagrosa fortuna.
Si toda salía bien, en
unos pocos días los aldeanos
podrían volver a la comodidad
de sus lechos, dichosos por
haber contribuido a la felicidad
de un hombre al que todos querían.
Si todo salía bien, en
unos pocos días un nuevo
caballero andante partiría
hacia el castillo de los condes
de Leuren.
Mientras el
resto de los improvisados sastres
seguían cosiendo el ala
izquierda, Virenia, Amelia y
Guzmán empezaron a plantearse
cómo conseguirían
que saliera fuego de la boca
de su criatura. |
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