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¿UNA NUEVA VIDA?

 

Hoy escribo desde la incertidumbre. Mañana, tal vez lo haga desde la certeza de que soy un muerto viviente.

El accidente fue hace siete meses, pero lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Una noche cualquiera, no puedo alegar en mi defensa que estuviera lloviendo, o que el firme estuviera resbaladizo por alguna otra razón, pero ya eran cerca de las cinco y mis ojos ya habían amagado un par de veces con cerrarse. Había estado con mis compañeros del trabajo, celebrando el ascensco de uno de ellos y, aunque no me había excedido con el alcohol, la juerga se había prolongado hasta una hora demasiado tardía.

La carretera serpenteaba por el angosto valle que conduce a mi urbanización, la Kawasaki se comía las curvas mientras el medidor de velocidad pedía inútilmente que aminorara la marcha, tenía la visera levantada para que el viento me mantuviera despierto. Y, en esto, las repentinas luces de un automóvil me sobresaltaron, y lo último que recuerdo antes de que me quedara inconsciente es una extraña sensación de diversión, de estar de nuevo en los cochecitos de choque de mi infancia, mientras mi cuerpo se deslizaba imparable sobre el asfalto, y el quitamiedos se agigantaba a cada instante que pasaba.

Cuando volví a abrir los ojos estaba en la cama de un hospital, y mi mujer y mis hijas lloraban de felicidad. Nadie se explicaba que siguiera vivo. Los médicos me habían dado por muerto, e incluso habían redactado un certificado de defunción con mi nombre.

La rehabilitación fue larga y costosa, pero fui poco a poco reemprendiendo mi vida normal, y finalmente pude volver a trabajar. Recuerdo la ovación que recibí el día en que entré de nuevo en la oficina, y lo contentos que estaban mis compañeros. Y cómo sonreía yo mientras les explicaba que no, que aunque pareciera mentira no me habían quedado secuelas del accidente.

Pero, hace pocas horas, recibí una llamada en el móvil. Mi interlocutor no se identificó, pero los pelos de la nuca se me erizaron al percibir su voz, y mi sangre se heló cuando me soltó que esa noche me aclararía el secreto de mi retorno a la vida. Y lo peor fue que no fui capaz de oponer resistencia cuando él me citó a las doce de la noche, en la cafetería de enfrente del Puente Viejo. Sólo pude responderle que sí, un sí servil, nada más. Las preguntas que se habían agolpado en mi mente se quedaron ahí, y algo me dice que nunca serán capaces de salir al exterior.

Mientras se acerca la hora de la cita me pregunto qué querrá ese hombre de mí, si efectivamente mis peores miedos se harán realidad y, si así fuera, qué crímenes tendré que cometer siguiendo sus órdenes, a quién me veré obligado a robar, matar, torturar o secuestrar. Y un escalofrío me recorre la espina dorsal.

Si, tal como el corazón me dice, soy un cadáver vuelto a la vida, espero que mi mujer y mis niñas no se enteren jamás. Muerto o no muerto, las quiero, y no me perdonaría que volvieran a sufrir por mi culpa.