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UNA TENSA ESPERA

 

Llevamos ya más de un cuarto de hora esperándolo. El autobús se asemeja a uno de esos grandes cetáceos que, de cuando en cuando, las tormentas arrastran a las playas, y allí se quedan, sintiéndose extraños en un medio para el que no están adaptados, en el que sus aletas y sus formas hidrodinámicas no les sirven de nada. La mirada del conductor está perdida en el vacío, y las manos que tiene sobre el volante y la palanca de cambios están fijas, como si fueran las de un muerto. Los pasajeros intentamos hacerle reaccionar, pero es imposible.

Casi me hace gracia, cuando recuerdo cómo, antes de venirme a vivir a este barrio, era incapaz de creerme los programas de la tele que hablaban de sucesos paranormales. Cuentos para aterrorizar a las viejas, pensaba mientras observaba divertido las imágenes, bobadas con las que creen que mejorarán sus índices de audiencia. Trucajes made in Lucasfilms, o sabe Dios qué otra compañía de efectos especiales.

Y ahora, ya me ven, envuelto de lleno en uno de esos fenómenos.

Debo reconocer que, en un principio, el profesor Gropius me cayó simpático. Mi piso da puerta con puerta con el suyo, y la primera vez que lo vi, nada más trasladarme, estaba desconcertado porque su perrito se había quedado dentro de la casa, mientras él paseaba la correa, sin darse cuenta de lo que estaba pasando hasta mucho tiempo después. Y este no fue su primero ni su único despiste. El profesor era uno de esos entrañables seres de pelo alborotado, gafa caída y zapatos siempre desparejados, sonriente habitante de un mundo particular y entusiasta conversador sobre temas indescifrables, al menos para mí y para el resto de los vecinos. Un simpático excéntrico, de esos que dan color a los barrios, recuerdo que pensé.

Hasta que, una soñolienta mañana, coincidí con él en el autobús, se dio cuenta de que se había dejado la cartera dentro de la lavadora, e hipnotizó al conductor para que lo esperara. Y ese día llegué media hora tarde al trabajo. Y lo primero que vi, al llegar a la oficina, fue la mirada furibunda de mi jefe.

A quien el paso del tiempo dio más motivos para encolerizarse.

Hoy el profesor se ha confundido de nuevo, y ha mostrado un yo-yo al conductor, en lugar del abono de transportes. Y hoy, precisamente hoy, por nada del mundo puedo ser impuntual. Hoy tengo una reunión importantísima a primera hora y, como no esté al comienzo de la misma, mi cabeza pende de un hilo. Hoy no puedo permitirme esperar a que el profesor revuelva todos los muebles de su apartamento, y registre las papeleras y los contenedores del vecindario. Ni bajarme a la parada, y esperar los tres cuartos de hora largos que tardará en llegar el siguiente autobús.

Si el cubo de agua que unos compañeros están trayendo no surte efecto, no sé cómo acabará esta historia.